Son casi las 11 de la mañana pero el minutero no cambia. El tiempo y sus caprichos relativistas: ha decidido d i l a t a r s e u n m o n t ó n justo ahora, justo cuando estoy a punto de conocer a V. Ya me asoman en la frente algunas gotitas de sudor, no tanto por los nervios, sino más bien por la cuesta que hay que recorrer hasta alcanzar el portal de su casa. Llamo al timbre y subo las escaleras con decisión, como si llevase tiempo inmersa en un periplo homérico que, al fin, va a concluir. Es la prueba final porque en cuanto llegue arriba encontraré todas esas respuestas que he venido a buscar. Subo con ganas y, cuanto más me acerco a la puerta, más siento una marca en mi muslo que palpita y se enciende al más puro estilo Harry Potter. Pero V no es Voldemort, es Virginie, la Despentes y mi marca no es una cicatriz, sino un tatuaje, y no tiene forma de rayo, es un “Fóllame” que habla por sí solo.
Virginie Despentes nació en Nancy, Francia, en 1969, es novelista, ensayista, realizadora de cine y lleva 30 años poniendo Francia patas arriba y dinamitando nuestras cabezas. Creció en unos años donde el universo era absolutamente masculino, sin apenas referentes de mujeres —“y mucho menos lesbianos”, apunta—. En clase le hablaban de autoras de ciento a viento y había que esforzarse mucho para encontrar libros feministas y discos de mujeres. Sus obras son muy diversas pero suelen aunar música, violencia y personajes femeninos que no encajan del todo en la norma. Tiene una pluma (literaria) inteligente, divertida y muy transfeminista. Le encanta Mariana Enríquez, el ciberactivismo y Kourtney Love.
Eres y has sido muy importante para muchas personas. Teoría King Kong, por ejemplo, fue un clack sin retorno: tras leerlo ya nadie volvió a ser le misme.
Esto es superguay para mí porque fue muy duro escribirlo y no esperaba este efecto. Pero es exactamente la razón por la que haces libros. Y ahora pienso: “Sí, fue doloroso el proceso pero valió la pena”.
Dices que fue doloroso… ¿Por qué?
Porque intuitivamente, espontáneamente, no quieres hablar de tu violación, e incluso del trabajo sexual, porque sabes que es un tema tabú. Teoría King Kong es un libro que es superviejo, ahora las cosas han cambiado bastante, pero en ese momento era muy poco común hablar de feminismos, especialmente en Francia, y era un gesto en el desierto. Una vez que lo has hecho ves que es superbien recibido pero puedes hacer el mismo gesto y caer en el vacío, en el odio, en la hostilidad total, como nos pasó con la película Fóllame.
¿Y cómo has vivido el cambio del desierto feminista de entonces a la piscina municipal en agosto de ahora?
Lo he vivido con mucho entusiasmo, con mucha curiosidad. Ahora, lo queer tiene unas herramientas que a la gente de mi edad nos costaba tener y, esto, para mí, es como una fiesta. Me ha dado a muchas personas que no esperaba ver en mi vida, maneras de ser feminista, de pedir las cosas, de decir las cosas, incluso en el movimiento queer ahora se viven vidas que antes eran imposibles. Obviamente, todo el tema de este feminismo supermainstream también tiene sus cosas. ¿En serio vamos a hablar de este tema ooootra vez, chicas heterosexuales, cuando antes no os interesaba? (ríe).
Pero tú has hecho un favor —a todo el mundo, pero especialmente— a las chicas heteros, me parece.
No pienso que haya hecho un favor, pero yo fui hetera hasta los 35 años, entonces, venía de este ámbito y sabía lo difícil realmente que puede ser, puuufff, no estar a gusto con la feminidad tal cómo nos la imponen. Y esto, cuando eres heterosexual, es peor, porque siendo lesbiana o queer tienes una posibilidad de movimiento mucho más amplio, pero conozco de verdad el dolor que es ser heterosexual y saber que no cabes en la feminidad para nada. Está muy vigilada, es muy estricta, muy difícil de conseguir, hay muy pocas ocasiones en la que te sale bien, hay tantas maneras de fallar… Entonces, muchas de nosotras —aquí hablo de cuando era heterosexual— nos sentíamos como mierda porque sabíamos que rechazábamos la feminidad. Y esto creo que ahora ha cambiado para las más jóvenes. Bueno, por un lado hay más vigilancia que nunca en los cuerpos, pero a la vez, hay más posibilidades de escapar, sabes que hay puertas… Cuando yo crecí no había puertas.
Has pasado de la censura de Fóllame en 2000 a que tus últimas novelas hayan sido best sellers ¿Responde esto a que Francia ha abrazado el feminismo?
Ahora hay mucha gente, especialmente jóvenes, que tiene muchas ganas de que las cosas cambien radicalmente y me parecen sumamente interesantes. Me gusta mucho el activismo en TikTok pero lo que ha pasado en estos 20 años en Francia es que la extrema derecha ha subido de manera espectacular, y sobre todo, una extrema derecha estadounidense y rusa, que parece que ha financiado el odio en redes. Ves las cuentas de las jóvenes y en el momento en que se hace un poco visible que son feministas, lesbianas, trans, etcétera comienza un ataque masivo tanto de la extrema derecha como de esa “izquierda” estilo Manuel Valls, muy cercana a la extrema derecha. Cuesta mucho ser activista ahora y no sé cómo podemos defendernos las unas a las otras de manera un poco eficaz.

Virginie Despentes con algunos de sus libros en el bar vegano y librería feminista La Raposa.
Ahora sacas en castellano Querido capullo donde tratas el tema de las redes, ¿verdad?
Sí, es un encuentro por cartas entre una actriz de 50 años muy conocida en Francia que fue una belleza y que ahora ha perdido un poco su look y un escritor de casi 40 cuya exempleada de prensa le acusa en redes sociales de haberla acosado. La pregunta que quería plantear con este libro era ¿qué se puede hacer?, ¿qué movimiento puede hacer un hombre o una persona blanca, o una persona rica, o alguien que ha abusado de sus privilegios, para reparar el daño? Estamos un poco encerradas en lo hago público —tú dices que no ha pasado nada— yo te odio —tú me odias— tú utilizas tus privilegios para no escuchar lo que digo. Pero, ¿qué otro movimiento sería posible?
¿Hablas de cancelación?
El protagonista es atacado por lo que ha hecho, pero no es cancelado. Toda la gente que conozco que ha sido realmente cancelada es gente sin poder real. Tú solo puedes cancelar a los que son como tú, pero a los demás… Veo que a Johnny Depp le va superbien, veo que Donald Trump se la pasa pipa.
¿Crees que señalar agresores en redes es una forma de hacer tangible de que el miedo va a cambiar de bando?
A mí lo que realmente me interesa es conocer si tras hacerlo público la persona que ha sido agredida se siente mejor y más poderosa o se siente más vulnerable y con una herida más grande. Porque creo que a veces pasa, y entonces, quizá esta no acabe de ser la forma. Es por lo que supongo que he escrito este libro, para pensar qué más, qué podríamos hacer que fuese un poco reparador. De la parte de los agresores me parece interesante que estas denuncias públicas han hecho un poquito de daño a la solidaridad masculina —que es la peor cosa que existe—. Creo que, ahora, algunos hombres —tampoco muchísimos— ya no caen inmediatamente en el silencio, en el “esto no va conmigo”, sino que se dan cuenta de que algo está mal, bien por miedo a las consecuencias, bien porque han entendido el mensaje. No creo que el miedo haya cambiado de bando pero creo que las cosas no acaban aquí.
En tus novelas el uso de la violencia y la autodefensa por parte de mujeres y otros sujetos no hegemónicos está muy presente. ¿En Fóllame las mujeres matan por venganza o matan porque quieren?
No matan por venganza en el sentido de… no han leído a Valerie Solanas, no es una venganza de género, porque, además, matan a mucha gente, matan a un niño… Son mujeres expuestas a mucha violencia y responden con violencia extrema, no de una forma inteligente o sofisticada de arreglar las cosas; a la violencia la única respuesta intuitiva es más violencia. No se vengan, matan porque quieren explotar. Sufren violencia de género, pero también violencia capitalista pura y dura de no poder pagar las facturas, y matan porque no hay salida, no hay salida, no hay salida. Entonces las veo más nihilistas que vengativas. En el momento que saqué el libro tenía 23 años y mi estado era que o lo escribía o lo hacía.
Y se armó un buen revuelo.
Sí, lo que yo no entendí en el momento fue que era un tabú que las asesinas fuesen dos mujeres, lo descubrí más tarde. Yo no planteé el libro como “oh son dos mujeres que matan y van a transgredir un rol de género”, entendí que era una transgresión tras la publicación porque yo leía James Ellroy, veía películas de Abel Ferrara, de [Francis Ford] Coppola, de [Martin] Scorsese y ahí la utilización de la violencia sí estaba superlegitimada.
[Contiene spoilers] En Vernon Subutex hay una escena en la que dos chicas marcan a un agresor tatuándole ‘VIOLADOR’ en la espalda. Háblame de esto.
Aquel momento era antes del #MeToo y me había impactado mucho todo el movimiento de escraches en Sudamérica. Me interesaban los escraches porque partían de pensar que no es la víctima la que tiene que hacer todo el trabajo ella sola. En Vernon quería eso, que las víctimas y sus compañeras fueran a marcar públicamente al agresor. Me parecía muy potente, además, que lo hiciese la hija de Satana que es musulmana porque en Francia hay un silencio —no absoluto, pero sí muy espeso— sobre el colonialismo y me vino lo del tatuaje a la cabeza porque una vez que te marcan no puedes olvidar lo que has hecho. Aún así, es difícil que los más poderosos sientan miedo, es muy difícil que no se sientan protegidos.
¿Es legítima la rabia y su expresión?
Es legítima esa rabia, porque desde la feminidad siempre tienes que estar dispuesta a hablar, a perdonar, al “no ha pasado nada”. ¡Incluso con tu agresor! Es legítima, pero no sé si es una solución, es lo que llevo tres décadas pensando un montón y no tengo una conclusión…
Es un tema complejo…
Por ejemplo, respecto a lo del derecho al mal de las mujeres en un momento de su show ‘Señoricidio’, Irantzu Varela dice esto de que si estás sola en la calle de noche y tienes a alguien detrás y cuando te giras es una chica no tienes miedo, pero si es un chico sí tienes miedo. No sé si es una solución que también tengamos miedo de las chicas. O por ejemplo, en Francia, tuvimos movimientos populares superfuertes en contra de un cambio en la ley de la jubilación pero cuando ves la violencia que ejerce la policía piensas… para responder a este nivel violencia no sé hasta qué punto de guerra tenemos que llegar. La violencia es el lenguaje del poder y el poder lo desarrolla hasta tal punto… Pero es legítimo lo que he visto en las calles cien por cien, y es legítimo cuando una mujer mata a su maltratador, obviamente, porque a la violencia la respuesta es la violencia. Pero, por ejemplo, cuando hablamos de la navaja durante mi violación pienso: si yo utilizo la navaja esta noche, me condeno yo misma a una vida entera alrededor de esta noche, porque me pillarán. Entonces, ¿qué hago?, ¿voy a la cárcel y esa noche se convierte en la noche que define toda mi vida? No es una solución.
Es muy curioso porque, si no reaccionas, la justicia considera que has consentido y si reaccionas te condena.
Es que nunca puedes hacerlo bien. Es el lugar en el que te ponen con la feminidad, no puede salir bien, es un sin salida, hagas lo que hagas, acabas mal.
Esto me recuerda a que, en el juicio por la violación grupal de San Fermín de 2016, se quiso usar como prueba que la mujer agredida tenía una camiseta en la que ponía “Hagas lo que hagas, quítate las bragas”, y me recordó a tu “Imposible violar a una mujer tan viciosa”.
Esto fue como una pesadilla total. Yo no sé qué pienso de la justicia en estos casos, si te ayuda o no. Supongo que deberíamos pensar en otro tipo de instancias para los casos de agresión sexual, realmente tendríamos que tener otras instituciones que fuesen capaces de tratar los casos de forma distinta porque la Justicia es guay si te han robado el coche, pero en violaciones y agresiones sexuales piensas “esta gente no está capacitada”.
Tampoco nos educan para defendernos…
Lo que es totalmente extraordinario es que, conociendo las cifras de violaciones y agresiones, no estemos enseñando violencia a las niñas en la escuela. Todas las niñas de cinco años deberían empezar a atacar. Nos enseñan desde muy pequeñas que, pase lo que pase, no puedes matar a un hombre.
¿Por qué?
Yo pienso que todo esto se relaciona mucho con las guerras, este derecho de los hombres a la violencia y al mal viene, en parte, porque son los que tienen que hacer la guerra. Las mujeres aguantamos como civiles, intentamos sobrevivir en tiempo de guerra, cuidamos y, obviamente, somos violadas, pero no vamos a matar. Si mañana nos enviasen a la guerra, si nos dejasen desarrollar nuestra maldad, también volveríamos contaminadas por lo que hemos visto, lo que hemos hecho y lo que hemos permitido hacer. No podemos hablar de violencia de género sin pensar que los hombres pertenecen al Estado para, en caso de guerra, defenderlo. La guerra es supercentral para entender el patriarcado, además, una guerra destruye tres o cuatro generaciones, como mínimo. Tiene que pasar un siglo para que desaparezcan los traumas directos, en España es superobvio.



