Santander ha vuelto a tomar las calles este 8 de marzo bajo un cielo gris que refleja el pulso de una ciudad aún conmocionada. La tragedia de El Bocal —donde el reciente colapso de una pasarela segó la vida de seis jóvenes— ha marcado profundamente esta jornada de lucha. Miles de personas han respondido a la convocatoria de las Asambleas Feministas Abiertas y la Comisión 8M, transformando el duelo en una herramienta de contrapoder frente a un modelo de ciudad que precariza, expulsa y, como ha quedado demostrado, pone en riesgo nuestras vidas.
Del dolor a la rabia: una tragedia evitable
La jornada comenzó con un peso específico en el ambiente. El minuto de silencio guardado en memoria de las víctimas de El Bocal ha sido una interrupción necesaria en el ruido mediático. El movimiento feminista ha querido dejar claro que el dolor por las vidas perdidas no es un accidente fortuito, sino «una tragedia que nunca debió ocurrir», consecuencia directa de la dejadez y de una gestión que ignora la seguridad en favor de la desidia.
Mientras las instituciones intentaban capitalizar la jornada con discursos vacíos y «lazos morados», el lema «Contra el capitalismo rentista, poder feminista» acompañaba una marcha que, desde Puertochico, ha demostrado que el feminismo en Santander no busca la integración en los despachos, sino la transformación radical de nuestras condiciones materiales de vida. Durante el trayecto, las consignas —«No es un caso aislado, es el patriarcado» o «mujeres en precario, violencia a diario»— recordaron que la violencia no es una excepción, sino la norma del sistema.
Las grietas de un sistema insostenible
Más de 6.000 personas reafirmaron un feminismo que va mucho más allá de la igualdad formal. Fue una jornada que, lejos de limitarse a la denuncia de brechas salariales o agresiones machistas, acogió discursos disidentes que cuestionan el binarismo de género y la norma heteropatriarcal como pilares del control social. Este feminismo, que dibuja un horizonte de libertad lejos de los corsés de las categorizaciones, se alzó contra la cultura del castigo y el colonialismo extractivista, priorizando la construcción de redes de autodefensa frente a instituciones que, en su esencia, perpetúan el racismo y la violencia patriarcal.
Al llegar a la Plaza del Ayuntamiento, el manifiesto adoptó un tono más centrado en la urgencia de las necesidades materiales y en la reclamación de una responsabilidad institucional que, a día de hoy, sigue sin garantizar nuestras vidas. El documento puso el foco en los ejes que vertebran la precariedad, haciendo un señalamiento directo a las carencias de un sistema que, lejos de protegernos, nos expulsa.
Así, se denunció cómo el capitalismo rentista nos arroja fuera de nuestros hogares, recordando que la vivienda es un derecho y no un activo financiero para el beneficio de unos pocos. Del mismo modo, el texto puso sobre la mesa la ineficacia crónica de los mecanismos actuales de protección y exigió un sistema de cuidados que deje de basarse en la precarización de las mujeres migrantes. Finalmente, ante el auge de los discursos negacionistas, el manifiesto reclamó una igualdad efectiva frente a la igualdad legal de papel, bajo la premisa irrenunciable de que una democracia real no puede sostenerse sin justicia social.
Si bien estas demandas señalan las carencias del sistema, el ambiente en la calle recordaba que, más allá de la reclamación institucional, el feminismo en Santander sigue apostando por la organización desde la base. Porque, como decía uno de los muchos carteles presentes, «el machismo mata, el feminismo salva vidas»; y esa salvación —se respiraba en el ambiente— no vendrá solo de las reformas que el poder pueda conceder, sino de nuestra capacidad para construir redes comunitarias propias frente a su pasividad.
Una red de resistencia frente a la reacción
La «marea morada» trascendió la capital. En Castro Urdiales, el colectivo Las Sinsombrero movilizó a centenares de personas demostrando que la lucha cántabra no entiende de fronteras. El 8M también resonó con fuerza en el plano internacional del que recordaban: «no podemos olvidarnos». Desde la solidaridad con las mujeres iraníes que luchan simultáneamente contra la teocracia y las garras imperialistas, hasta el grito innegociable por el fin del genocidio en Palestina, el feminismo cántabro ha dejado claro que ninguna lucha local es ajena a la injusticia global.
Asimismo, el movimiento brindó un apoyo explícito a quienes, en un momento de auge de discursos reaccionarios, alzan la voz frente al acoso digital, como en el reciente caso de Cristina Fallarás. Frente al intento de convertir el 8M en una festividad neutra y domesticada, la jornada ha mantenido su carácter de contrainformación y lucha. La participación de colectivos como Percumozas, junto a la diversidad de las asambleas feministas, demuestra que se puede hacer frente al avance de los discursos reaccionarios y la pasividad institucional de una forma autónoma y eficaz.
La manifestación culminó con una «jarana feminista» en la calle Peñas Redondas. Un cierre donde el cuidado mutuo y la alegría política se reivindicaron como herramientas para sostener la lucha a largo plazo. Como expresaba la cartulina de una de las asistentes: «Defendiendo la dignidad encontré mi felicidad». Santander ha hablado alto y claro: ni el duelo detiene la movilización, ni el capitalismo podrá silenciar una resistencia que sigue tejiendo redes desde abajo para construir la vida que nos merecemos.



