La Asociación de Vecinos de Cueto ha plantado cara una vez más al empeño del Ayuntamiento de Santander por imponer un modelo de ciudad que prioriza el asfalto sobre el patrimonio natural. A pesar de la narrativa oficial, que intenta pintar al vecindario como «retrógrado» u «obstruccionista», el colectivo denuncia que la verdadera batalla no es contra la movilidad, sino contra la «destrucción sistemática de Mataleñas» bajo el disfraz de una sostenibilidad que solo existe en los folletos institucionales. Tras las movilizaciones celebradas en las últimas semanas, la entidad vecinal ha querido aclarar su posición y sostiene que el proyecto supondría «la destrucción de una parte significativa del parque», uno de los espacios naturales más relevantes de la costa santanderina.
Lo que el Consistorio presenta como un «aparcamiento disuasorio» financiado con fondos europeos (Next Generation) es, para quienes habitan el barrio, un atentado ambiental en toda regla. Los datos del proyecto original revelan una desproporción alarmante, donde casi el 80% del presupuesto ( de 800.000 € provenientes de la UE) se destina exclusivamente al hormigonado y asfaltado, dejando una partida irrisoria, apenas superior al 3%, para la jardinería. Esta distribución del gasto público evidencia que el objetivo no es la integración paisajística, sino la transformación de un ecosistema vivo en una explanada inerte.
El «búnker» que amenaza la costa
La intervención prevista no solo supondría la tala de más de una treintena de árboles, sino la construcción de muros de contención de gran altura que transformarían un paseo peatonal de uso diario en un auténtico «búnker de hormigón». Desde la asociación son tajantes: «No nos oponemos a los aparcamientos, nos oponemos a que se destroce nuestra identidad». En un reciente comunicado, han denunciado la falta de transparencia de la alcaldesa, Gema Igual, a quien acusan de faltar a la verdad al afirmar que los vecinos rechazan cualquier mejora.
«Gobernar no consiste en imponer decisiones, sino en gestionar lo común con transparencia y respeto. El Ayuntamiento insiste en eliminar una zona verde cuando existe otro aparcamiento a menos de 100 metros que podría habilitarse con un sencillo acondicionamiento de grava», sostienen desde el colectivo.
El vecindario califica de irracional la creación de una nueva carretera de doble sentido a menos de 30 metros de la ya existente calle Inés Diego del Noval. Para la asociación, este despropósito representa un gasto público injustificado y una agresión innecesaria que solo responde a una lógica extractiva, que se lleva denunciando desde hace tiempo. Bajo la etiqueta de «movilidad sostenible», se esconde un proyecto que en realidad genera un «efecto llamada», atrayendo más vehículos privados a un entorno costero ya tensionado y convirtiendo las zonas de esparcimiento gratuito en meros activos para un modelo turístico depredador.
Una alternativa basada en la cordura
Frente a esta política de hechos consumados, el vecindario de Cueto ha tenido que elevar su protesta hasta el Defensor del Pueblo, respaldado por más de once mil firmas que exigen la paralización de una herida irreversible en el territorio. Su propuesta no es el «no por el no», sino una apuesta por la renaturalización real que mantenga el suelo como zona verde y apueste decididamente por el refuerzo del transporte público y las lanzaderas, en lugar de colonizar espacios vírgenes con más cemento.
El conflicto de Mataleñas es, en última instancia, un pulso por la soberanía ciudadana. Es el resultado de una ciudad planificada a espaldas de sus habitantes, donde se vende la modernización a través de fondos europeos mientras se ignora la pérdida constante de identidad y espacios naturales. Como afirman los propios vecinos, esta actuación no responde a una necesidad real del barrio y sigue sin explicarse con claridad a qué intereses obedece. Mataleñas se mantiene así como el último bastión de un Santander que se niega a ser solo una postal para el consumo externo, reivindicando su derecho a seguir siendo, sencillamente, un lugar para vivir.



