Mientras los gobiernos del mundo se limitan a emitir tibias declaraciones y los organismos internacionales se muestran impotentes o cómplices, el pueblo palestino en Gaza sigue resistiendo bajo un asedio brutal. La devastación provocada por los constantes bombardeos israelíes no solo ha reducido la Franja a escombros, sino que ha transformado la vida cotidiana en un infierno inhumano.
Rocío Simón, enfermera cántabra que trabajó en Palestina hasta diciembre de 2024, compartió en una charla en el Centro Social Smolny un testimonio que desmonta la narrativa oficial de las potencias occidentales. Gaza es hoy un laboratorio de terror, dividido en zonas numeradas de las que los civiles son expulsados a golpe de mensaje de texto, condenados a vagar sin refugio mientras el cielo ruge con el sonido de drones y explosiones.
Pero la represión no se limita a la violencia directa: la guerra del hambre y el frío es otro de los frentes del genocidio en curso. Miles de toneladas de ayuda humanitaria se pudren en la frontera mientras bebés mueren de hipotermia en hospitales sin electricidad. La excusa del “control de seguridad” se convierte en un eufemismo para el exterminio por inanición y enfermedad, mientras Europa y Estados Unidos financian y sostienen el bloqueo con su silencio y sus acuerdos comerciales con el régimen sionista.
Frente a esto, la respuesta del pueblo palestino no es la resignación, sino la resistencia. Simón relata cómo, a pesar de haberlo perdido todo, la gente se aferra a la vida, reconstruyendo lo que pueden, organizándose para compartir lo poco que tienen y desafiando la maquinaria del exterminio con la mera voluntad de existir. Porque en Gaza, existir ya es un acto de insurrección.
Mientras las instituciones internacionales miran para otro lado, la solidaridad entre los pueblos es más urgente que nunca. Romper el cerco informativo, boicotear a quienes se lucran con la masacre y apoyar a quienes resisten en el terreno no es solo una cuestión de humanidad, sino de justicia. Gaza no necesita nuestras lágrimas ni nuestra conmiseración: necesita acción. ¿Estamos dispuestos a dársela?



