El pueblo tunecino ha soportado el desprecio y la codicia de un tal Ben Ali durante 24 años. 30 han sido los años que el pueblo egipcio ha sufrido en sus carnes la mordedura del pitbull Mubarak. Valientes egipcios y tunecinos que no han permitido a sus verdugos acercarse al récord en la escalada de violencia y expolio que ostenta el payaso sin ninguna gracia Gaddafi, látigo que lacera al pueblo libio desde hace 42 años. Como tantos otros dictadores que en la historia han sido, Gaddafi, Ben Ali y Mubarak, los malos, fueron consentidos, cuando no aupados, por los intereses –económicos, estratégicos, geopolíticos, etc.- de los buenos, de la llamada comunidad internacional, con EEUU a la cabeza de la dictadura del capitalismo, que es la que reparte maldiciones y castigos a los pueblos, nunca premios y bendiciones. Ese emporio de la hipocresía exige a los hasta ahora esbirros que escuchen a las soliviantadas víctimas, y se retiren a un tranquilo y bien ganado estado de coma o, quien así lo prefiera, remate su faena en plan mártir asesino y levante su jaima en la eternidad, donde las vírgenes tampoco lo son.
La comunidad internacional ha vitoreado tan entusiastamente a estos bárbaros, y a otros del mismo pelaje, que les ha pillado sin ensayar los silbidos, que suenan al descoloque de quienes no saben lo que se les viene encima en lo que más les duele, las consecuencias económicas. Ya puestos, y visto lo visto, quizá la comunidad internacional se decida a limar las zarpas ensangrentadas de otras fieras. Por ejemplo las del rey de Marruecos, Mohamed VI. Cuando me refiero a la comunidad internacional, excluyo a los paniaguados dirigentes políticos españoles, no porque no tengan vela en el entierro, sino porque su vela no tiene mecha, o sea, no porque no tengan responsabilidad alguna, sino porque, aun teniendo mucha, su incumplimiento se lo imponen otros. Mohamed VI, en cuyo reino la comunidad internacional sufre el espejismo de una apertura democrática, además de ser el sátrapa que oprime a su pueblo con los brazos armados del ejército y la policía, y las togas desarmadas de otras leyes que las del capricho del rey, es el perseguidor, torturador y asesino de otro pueblo que no es el suyo, el pueblo saharaui, de cuyos derechos humanos la comunidad internacional hace caso omiso, como no puede ser de otro modo, pues no hay en el mundo un solo país que respete los derechos humanos de los pueblos, bien porque unos los violan directamente, bien porque otros consienten la violación.
El enemigo de tunecinos, egipcios y libios era uno de los suyos. El enemigo del pueblo saharaui es venido de fuera, vía invasión y ocupación: vino atropellándolo con la fuerza de las armas. Las leyes que regían la historia de egipcios, libios y tunecinos, y las que rigen la de los marroquíes, sólo los dictadores las promulgaban. Contra ellas se han rebelado sus pueblos y las han derogado con la huida de los legisladores, excepto en Marruecos. La comunidad internacional, con EEUU a la cabeza, ha recomendado la huida. Pero con toda probabilidad no alentará de igual modo las manifestaciones contra Mohamed VI, cuya ley, no sólo rige las tristes vidas de sus súbditos, sino que también ha torcido la historia del pueblo saharaui, que tiene sus pautas escritas en los artículos de la legislación internacional, donde se prescribe la celebración de un referéndum de autodeterminación, por el que decida libremente sobre su presente y su futuro.
El próximo domingo se cumplirán 35 años desde la proclamación de la RASD (República Árabe Saharaui Democrática) en Bir-Lehlu, destacamento en pleno campo de batalla entonces, hoy sede de la Tercera Región Militar en territorio liberado, al este del muro de 2700 kms., levantado por Marruecos en los años 80 del siglo pasado. Fue en la noche del 27 al 28 de febrero de 1976, y en su Constitución figuran para los saharauis todos los derechos por los que tunecinos, egipcios y libios están exponiendo sus vidas, sacrificándose muchas. Han sido 35 años, de los cuales 16 en guerra, y todos en los que el pueblo saharaui ha estado dividido, separadas sus familias a uno y otro lados del muro. Han sido 35 años de resistencia, unos en el refugio de los campamentos en la hammada argelina, ardiente y fría en extremo, otros perseguidos, encarcelados, torturados, desaparecidos y muertos en su propio país, invadido, ocupado y expoliado. Unos y otros sujetos de un profundo e inalienable sentimiento de identidad nacional, consagrado por la legalidad internacional.
En el mes de octubre de 2010, los saharauis, convertida su tierra en su prisión, fueron los protagonistas de la primera revolución por sus derechos, negados por el opresor, ocurrida en el Norte de África. Levantaron un campamento de protesta y de la dignidad en Gdeim Izik, a pocos kms. de la capital del Sahara Occidental, El Aaiún, que llegó a reunir 8000 jaimas ocupadas por 20000 saharuais. El campamento fue desmantelado brutalmente el 8 de noviembre, y de sus consecuencias no se sabe la verdad, saboteada por el silencio cómplice y el conformismo culpable de la comunidad internacional. A aquella revolución saharaui, pocas semanas después la siguieron las de los tunecinos, egipcios y libios, culminadas con éxito (en Libia, si no se ha culminado cuando se publiquen estas líneas, no tardará en suceder), tras haber pagado un alto tributo en vidas y ante un futuro incierto, pero que cuenta con el respaldo tibio, casi frío de la comunidad internacional, cuyos beneficiarios predican ahora una libertad, que en realidad sólo quieren para ella.
Es esa misma comunidad internacional que calla la realidad del pueblo saharaui, como si el Sahara Occidental no formara parte del norte de África, al igual que Túnez, Egipto, Libia, Mauritania o Marruecos. Es esa misma comunidad internacional que, según su conveniencia, permite que se juegue con los derechos humanos de los pueblos. La misma que simula desconocer la legalidad internacional que asiste a los pueblos. Al saharaui, por ejemplo, cuyo espíritu de resistencia permanece intacto 35 años después de haber sido invadido.
Extraido de Cantabria por el Sahara.
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