Comunalismo libertario: lo común, el cuerpo y la vida en el centro

(Originalmente publicado en el periódico CNT nº 444. Dosier: «Por la revolución social»)

A noventa años de la Revolución Social de 1936, de aquella experiencia de vida en común en la que las colectivizaciones fueron producto material de un músculo revolucionario vivo y no de una mera planificación abstracta proyectada al porvenir, nos encontramos ante la imperativa necesidad de subvertir un orden de las cosas que es una guerra declarada contra la vida. Y solo podemos hacerlo en común y por lo común, actualizando el comunismo libertario con las herramientas que nos ha dado la lucha. Por ello, no conmemoramos desde la nostalgia, como quien recuerda un hito petrificado de la historia obrera; queremos activar aquella potencia revolucionaria en un presente de guerra social permanente en el que el credo neoliberal nos condena a una existencia invivible.

El pensamiento anarquista no sólo está en plena renovación sino que, además, ha ganado actualidad. Un “anarquismo extramuros”, en expresión de Tomás Ibáñez, enriquece el panorama de las luchas del presente adoptando herramientas analíticas y de lucha libertarias. Extirpando ciertos tics decimonónicos, del positivismo científico y algunos mitos de la Ilustración y apoyados en las herramientas críticas del post-estructuralismo, la deconstrucción, los feminismos antiesencialistas y el pensamiento decolonial, surgen interesantes actualizaciones de las ideas libertarias como el «anarquismo posfundacional» del propio Ibáñez, de impronta foucaultiana. Su lectura nos conmina a evitar el error de entender el poder como un bloque monolítico ubicado en las altas esferas del Estado. Muestra, así, que el poder es relacional, capilar y omnipresente, por lo que pensar que para la revolución baste con destruir el Estado es una ilusión. El poder coloniza nuestras relaciones cotidianas, lenguajes y dispositivos tecnológicos, siendo la libertad, en consecuencia, una práctica de resistencia, un ejercicio cotidiano de desobediencia, y no tanto un punto de llegada. Ibáñez advierte, asimismo, de que la sociedad perfecta no existe y pretender imponer un modelo puede conducir al totalitarismo.

El desafío revolucionario actual pasa por desactivar los micropoderes que reproducimos cada día y reactivar la brújula de lo común desde la rotunda materialidad del cuerpo, comunalizando, esto es, conjugando en común la existencia toda. Para Suely Rolnik, feminista deleuziana, la revolución fracasa si solo cambia las estructuras estatales pero deja intacto el inconsciente colonial-capitalista, porque la emancipación exige una insurrección del deseo que nos lleve a crear redes de afinidad frente a la subjetivación neoliberal. John Holloway, por su parte, propone multiplicar los espacios donde rescatemos nuestra potencia creativa y comunitaria de forma horizontal y asamblearia, saboteando la reproducción del capital mediante la negativa a obedecer sus lógicas en nuestra vida. La revolución se hace, a su juicio, expandiendo los espacios liberados, “en las grietas» del sistema, en esos surcos donde se siembra hoy la praxis de lo común, alternativa al binarismo tóxico de lo público-estatal y lo mercantil-privado. Se trata, como puede observarse, de ideas, todas ellas, muy afines al pensamiento libertario.

Volviendo al binarismo público/privado, necesitamos superar en nuestros análisis esta dicotomía impuesta, funcional al capitalismo (neo)liberal, para poner en juego las políticas de lo común, la comunalización. Ni una «tercera vía» tibia ni, como a menudo se presenta, un mero complemento a la generalidad capitalista, se trata de un cambio de lógica radical que coloca nuestra vulnerabilidad e interdependencia en el centro de la reflexión política, impugnando la trampa del individualismo. Prácticas por todo el planeta — recogidas, por ejemplo, por Dardot y Laval en Común: ensayo sobre la revolución en el siglo XXI— muestran que mientras lo privado se basa en la exclusión y lo público-estatal en la gestión lejana y la delegación, lo común se sostiene mediante la inclusión, la corresponsabilidad y el cuidado. No “es” ni “se tiene” —herencia del antiesencialismo y del antisustancialismo—: se hace comunalizando, a través de la práctica de comunidades que deciden qué es esencial para su vida y lo gestionan colectivamente, devolviendo la agencia a quienes ya no admiten ser clientes ni administrades.

Somos herederes de modos de vida en común expropiados por los cercamientos capitalistas que Silvia Federici ha historizado, mostrando que el capitalismo no medró por «evolución natural», sino aplastando violentamente alternativas comunales viables. Y la globalización actual opera el cercamiento final de nuestros bienes comunes —cultura, vivienda, salud, educación…— como ponen de relevancia de Vandana Shiva a Naomi Klein, para quienes recuperarlos constituye nuestro principal deber ecológico y político. Con El amanecer de todo, de David Graeber y David Wengrow, podemos entender, además, lo común, no como una etapa histórica ya superada por la evolución hacia el individuo-propietario, sino como un modo de organización del mundo y de las relaciones sociales siempre latente en la(s) historia(s) de la humanidad. Su marginalización obedece más a construcciones ideológicas que a inevitabilidades antropológicas.

Una de las grandes lecciones de la Revolución Social de 1936 es que el estallido colectivizador no brotó de la nada, que fue el fruto maduro de décadas de cultura obrera organizada, de formación emancipatoria en los ateneos libertarios y de un sólido músculo colectivo y comunal previo. La teórica Peggy Kornegger ha analizado, en su «Anarquismo: la conexión feminista», un clásico de esta corriente, cómo décadas de colectivismo y de cooperación rural asentaron las bases para que el anarquismo teórico arraigara con fuerza en la península.  Editora de la revista feminista norteamericana The Second Wave [La Segunda Ola], popularizó el lema radical «lo personal es político» a través de un prisma netamente libertario. Hoy encontramos interesantes apuntes para una perspectiva comunalista libertaria en los cruces entre los ecofeminismos materialistas y las economías de los cuidados que sitúan la vida en el centro de la acción política, rompiendo con la escisión burguesa entre el ámbito de la producción y la reproducción. Comunalizando los cuidados, despojamos al mercado de su capacidad de mercantilizar nuestras necesidades más íntimas.

La economía autogestionada que la CNT ha defendido desde su X Congreso es una plasmación práctica de comunalización libertaria. Los grupos autogestionados de consumo, las huertas colectivas, las cooperativas de trabajo asociado o de vivienda en cesión de uso, los grupos de trabajos colectivos… no son meras alternativas de producción y consumo, sino herramientas de combate cotidianas que  expropian terreno y poder al mercado capitalista. Permiten dotarnos de una infraestructura revolucionaria que hace posible la sostenibilidad de nuestras existencias fuera del capitalismo.

Noventa años después de nuestra revolución libertaria disponemos de mejores herramientas teóricas y prácticas para operar una transformación profunda que desaloje el credo neoliberal de nuestras entrañas, instituyendo la praxis de la comunalización como nuevo sentido común en nuestras sociedades. Esta emancipación no se dará en los altares de la política abstracta y androcéntrica y exige lo que he llamado en otro lugar “domestizar lo político”: desplazar la mirada para poner en el centro de la política económica autogestionada la zoé —la vida vulnerable, corpórea y ecodependiente que compartimos cada terrícola—, vinculada al ámbito doméstico, constantemente despolitizado en la historia occidental. Porque la revolución pasa, necesariamente, por la alegría de sentir en común que nuestras vidas son felizmente vivibles y es una cuestión comunal pero, a la vez, íntima. Y nos va la vida en ello.

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