Una compañera, a quien llamaremos Naada, nos relata su estancia en Gaza estos próximos dos meses. No diremos quién es, ni a qué se dedica exactamente. Es la segunda vez que vuelve, esta vez tras el alto al fuego. Sus palabras en primera línea nos transmiten la cruda realidad que se vive allí, pero también hay mucho amor en ellas. Desde el corazón nos llegan y queremos compartirlas. No dejemos de hablar de Palestina.
Jueves 20 de Noviembre de 2025
La llegada a Gaza nos deja a todos los ocupantes del coche en silencio.
Vamos en un blindado con los chalecos antibalas y los cascos como equipo de protección individual. Esto ya es llamativo, teniendo en cuenta que supuestamente estamos en la fase 1 del acuerdo, en un supuesto alto al fuego.
Hemos atravesado Rafah. No se puede llamar ciudad a ese lugar.
Son escombros y escombros. Los esqueletos de lo que fueron los edificios son lo único que queda.
A ambos lados de la calle hay bolsas vacías caídas de un camión, los perros se han comido los fideos instantáneos que alguna vez las rellenaron.
Nos cruzamos con varios tanques de Fuerzas de Ocupación Israelíes (FOI) y hay un edificio, el más grande y mejor conservado, donde han alzado su bandera y se pasean haciendo ronda.
No hay rastro de ninguna persona palestina por aquí.
Atardecía cuando llegamos a la calle que trascurre paralela a la costa, Al Rasheed Rd. Esta zona es Al Mawasi. Empieza a haber campos llenos de tiendas o refugios improvisados en cada metro cuadrado. Los pescadores siguen atreviéndose a echar la caña desde la orilla. El buque militar vigila a lo lejos para que ninguno aumente su osadía.
Niños, muchos niños y niñas, nos saludan desde fuera, se encaraman en los coches, dan golpes a las puertas y ventanas…
Hay mucha actividad en la calle Al Rasheed. Para mi alivio hay mucha comida disponible, mucha más que el año pasado.
Las personas siguen moviéndose en burro, a pie, y los vendedores ofrecen en unas pequeñas vitrinas, o a veces en una simple mesa, lo que tengan: cigarros, aceite de motor o de girasol, madera, café instantáneo…
Han entrado muchos suministros en comparación al año pasado, pero siguen sin ser suficientes para todas las personas. Los precios de ciertos productos siguen siendo disparatados.
Por primera vez puedo ver la actividad en las calles de Gaza por la noche.
¡Hay restaurantes!
Y, aun ya es de noche, hay niños y niñas vestidos con harapos, pidiéndonos comida y dinero con gestos. Niños huérfanos, niños inocentes, niños traumatizados, a los que les han robado dos años de su infancia. Niños y niñas. Son sobre todo eso: Niños y niñas.
Sábado 22 de Noviembre de 2025
Siento decir que no vengo con muy buenas noticias:
Las Fuerzas de Ocupación Israelíes (FOI) se siguen saltando el alto al fuego cómo y cuándo les da la gana. Dos días antes de mi llegada, el 18, atacaron la escuela Al Fakhouri en Jabalia matando a 24 niñxs en esa zona densamente poblada con desplazadxs internxs. Según la UNRWA (la agencia de la ONU que trabaja con los refugiados y refugiadas de Palestina) había más de 7000 personas allí en el momento del ataque. Ese mismo día, en dos ataques aéreos diferentes, ambos a edificios residenciales, asesinaron a 82 personas. La noche previa a mi entrada, el día 19, se tuvieron que evacuar a 31 bebés prematuros con necesidad de incubadora, desde el hospital de Al Shifa en la ciudad de Gaza hasta una maternidad en Rafah. Cinco ni siquiera tuvieron la oportunidad de hacer este peligroso y obligado viaje de norte a sur, porque murieron por falta de electricidad y gasolina, necesarias para que funcionen los equipos hospitalarios. El día 19, además, asesinaron a más de 30 personas en la ciudad de Gaza.
Desde la firma del acuerdo el 11 de octubre han asesinado a más de 300 personas y han herido a cerca de 800.
Todos los días escucho el estruendo de las demoliciones al otro lado de la línea amarilla, esa línea que han marcado con bloques pintados de dicho color y que van estrechando a su antojo, y que supuestamente sirve para marcar un límite con la zona que están patrullando para liberarla de Hamás. Ese es su discurso.
Si los misiles que están demoliendo todo para su macabro plan urbanístico me despiertan me consuelo pensando que no hay un número que contar de muertos. Que sólo hay perdidas materiales. El problema es cuando ese sonido de destrucción es cerca, y viene seguido de las sirenas de las ambulancias. Ahí sabemos que la línea amarilla es solo una ilusión, y que realmente controlan y atacan lo que quieran.
Hay muchos cambios desde que estuve aquí.
Ahora hay unos grupos armados, grupos organizados que luchan supuestamente por la liberación de Palestina. Luchan contra Hamás. Y están fuera de la línea amarilla porque Israel los está apoyando (protegiendo y seguramente armando y financiando). Poner a Palestina en contra de Palestina, dividirla en muchos grupitos, para derrotarla… A lo Julio César.
Además de la loca lucha entre estos grupitos, en los hospitales relatan que reciben casos de torturas extremadamente crueles. Ha habido casos de violaciones con perros y otras prácticas inhumanas en las cárceles de Israel.
Ayer se escuchaban los disparos hacia el sur. Supimos después que de la zona Este de Rafah, fuera de la línea amarilla, unos cuantos combatientes de Hamás salieron a la superficie de sus túneles. Mataron a 6 y debieron capturar a 5.
Y mientras tanto la población sigue en medio, 2 millones de personas hacinadas en ese pequeño espacio dentro de la línea amarilla. Sin que lleguen suficientes camiones, sin gas, sin luz, sin medios para calentarse ni para vivir con dignidad
Domingo 23 de Noviembre de 2025
Empezamos a las 7:30 nuestra ruta en coche, otra vez por la calle Al Rasheed. A estas horas todavía se puede conducir sin que haya mucha masificación ni caos de personas, burros y camiones. Se ve muy cerca el mar, precioso, en calma. Pero la arena de la playa debería ser un lugar por donde pasear y donde ir a relajarse, no la casa de todas las personas que han tenido que asentarse allí.
Hay tiendas y refugios improvisados hasta en el agua, literalmente en la orilla.
Hoy me encontré a muchos compañeros y compañeras que conocí hace un año. Una de ellas, amiga más que compañera, estaba de pie en medio de las tiendas que ahora son un centro de tratamiento de malnutrición grave. Ahí estaba, con su sonrisa imborrable y su energía, exactamente igual que hace un año. A pesar de lo que ha sufrido. Tiene 7 hijos y hace unos meses tiraron unos misiles en su edificio, y salieron ilesos. Hoy me decía que ayer sus hijos estaban asustados porque ahora viven en la casa de su madre, único edificio familiar que perdura, y de repente tiraron un misil cerca de la
mezquita de la que acababan de salir, a 100 metros de la casa.
Adoro a esta amiga. Su nombre quiere decir literalmente Luz de estrellas.
Después visito el Hospital Nasser y soy testigo de los estragos que han hecho los diferentes ataques (recordaréis aquel en agosto en el cual asesinaron a varios periodistas y personal médico, un total de 20, en las escaleras exteriores del edificio, justo después de tirar el primer misil a la cuarta planta).
Hay un agujero gigantesco y negro que deja ver las tripas del hospital. Sobresale un colchón por él, como una gran boca de monstruo abierta y con su lengua afuera, jadeando en busca de ayuda.
Desgraciadamente cualquier rehabilitación llevará tiempo, ya que dentro de la lista de artículos con permiso para ser importados en la franja no entra el cemento ni ningún material firme para construcción.
Hoy me he enterado de que el edificio donde vi la bandera de Israel y a los soldados es donde la asociación criminal GHF (por sus siglas en inglés de Fundación humanitaria de Gaza) distribuía comida y de paso pegaba unos cuantos tiros a diario a la población que se agolpaba desesperada en las colas. En aquel momento había un total bloqueo en la entrada de suministros en la franja.
Tras esta jornada viendo a tantos antiguos compañeros me es difícil pensar en momentos vitales donde me haya sentido más feliz y afortunada.
Por volver a verlos. Porque es increíble que sigan vivos y bien. Con sus familias intactas un año después… ¡con todo lo que han vivido!
Así que me he sentido con el corazón como el de un colibrí cuando estaba entrando en cada cuarto, esperando ver las caras conocidas. Y, por supuesto, su recibimiento ha sido increíble. Son increíbles.
¡Qué suertuda soy de poder compartir un ratito con ellos/as!
Son la resiliencia personificada. Suena a tópico cuando se habla de los palestinos, pero realmente las palabras se quedan cortas. Nunca he conocido a un pueblo más fuerte, más capaz de reinventarse, de mantener la esperanza y las ganas de vivir (sobrevivir). Sobrevivir como forma de resistencia.
CONTINUARÁ…



