MIÉRCOLES 26 DE NOVIEMBRE
Han sido unos días muy ajetreados, pero me siento contenta y bien, dentro de todo este horror. Llevamos desde hace unas 4 noches sin escuchar ninguna bomba. Es una calma inquietante. Algunos nos preguntábamos por qué eligen la noche para detonar y derrumbar todo. Y la respuesta parece clara: maltrato psicológico. Utilizan el ruido y lo que significa como una forma de recordar continuamente que están ahí y que siguen haciéndose con más superficie de tierra de la franja de Gaza. El cerebro, además, sufre esos cambios. Cuando unx es sacadx de su habitual rutina, aunque fuera molesta, quedas con mucha inquietud pensando por qué hay ese silencio y esperando a que lo rompan.
Ese silencio se ha roto con sonidos fuertes y que hacían retumbar nuestras ventanas, como siempre hacen las ondas expansivas… Pero esta vez no fueron las bombas o los misiles. Esta vez no es causado por el hombre sino por la naturaleza. Fue hace un par de noches, cuando hubo una gran tormenta. Relámpagos y vientos muy fuertes nos despertaban a nosotrxs que estamos dentro de muros de hormigón. No puedo ni imaginarme cómo tuvo que pasarlo la mayoría de la población en sus tiendas de plástico con ese viento. Ayer por la mañana (25 de noviembre) la tormenta volvió a azotar fuerte toda la franja, y dejó calles enteras inundadas.

Lxs compañerxs nos contaban cuánta agua entró en sus tiendas y que estaban improvisando remedios para achicarla y reparar los agujeros de cara a las siguientes lluvias. A uno de los centros de salud llegó un niñito de unos 7 u 8 años, con todas las ropas empapadas y llorando de frío. Tiritaba y sólo venía por eso: por el frío que no podía aguantar, pidiendo mantas y un poco de calor. El invierno se nos viene encima y estas situaciones no hacen más que repetirse.
Tenemos mucho temor del impacto que puede llegar a tener la mortal combinación del invierno con los hospitales por encima de su capacidad de admitir pacientes (especialmente niños) y la falta de recursos, en todos los sentidos, porque la ayuda que entra sigue sin ser suficiente. Empiezo a responder de la misma forma que lo hacen aquí, simplemente resignándome y diciendo “Alhamdullilah”, que viene a ser un “Gracias a Dios” pero que también quiere decir, ha sido porque él quiere, o que sea lo que Dios quiera.
SÁBADO 29 NOVIEMBRE
Ayer en la noche, como muchas otras veces, los buques navales empezaron a disparar y a tirar bengalas luminosas con el único fin de asustar y de seguir maltratando a los gazatíes. Nuestra casa está a 100 metros de la costa, así que el sonido es bastante fuerte. En general en la última semana hemos sentido que los días y noches pasaron sin demasiado incidente, sin escuchar muchas bombas o detonaciones. Pero ¿Qué es demasiado?: Un solo asesinato ya habría significado demasiado. Y llevan 572 cuerpos de víctimas recuperados de debajo de los escombros desde el día 11 de octubre, cuando se firmó el alto al fuego.
Como dice Francesca Albanese, la relatora especial de la ONU sobre derechos humanos para Palestina, hay que recordar que no existe un alto al fuego real. No usemos esa palabra. Porque su fuego no para. Y los camiones que tenían que entrar al día para cubrir las necesidades (unos 600) no están entrando a tal escala. Así que no hay alto al fuego que valga. Prefiero llamarlo acuerdo. ¡Un acuerdo que han firmado otros! Lejos de avanzar hacia la libertad y la autodeterminación del pueblo palestino. Los datos oficiales dicen que ha habido por parte de Israel 393 violaciones de dicho acuerdo y han matado a 339 palestinos, un tercio de los cuales son niños.
Esta especie de calma intrigante nos tiene a todos desconfiando. Respiramos aliviados de estar viviendo estos momentos muy diferentes a hace unos meses. A veces la esperanza me invade por mis vistas desde la ventanilla: cuando veo las olas del mar, los pescadores sacando las redes, los puestos llenos de color por las frutas y las verduras y las niñas mandándome besos con la mano. A veces, momentáneamente, la falsa sensación de que todo está bien me invade. Pero dura poco.
Basta mirar por el otro lado de la ventanilla y ver a los niños solos en medio de las calles, deambulando y sin recibir educación formal o informal durante 25 meses, a las mamás embarazadas o con bebés muy pequeños que todavía siguen muy delgadas, sin recuperarse de su malnutrición consecuencia del bloqueo que se impuso durante la mitad de este año. Basta con mirar un poco más allá y escuchar un poquito más fuerte, sentir el dron a lo lejos, que ahí sigue, escuchar las historias de miseria de los/as compañero/as. No hay una total tranquilidad en el ambiente.
Con la llegada del invierno muchas personas que, cautelosas, estaban a la espera de certeza, de una seguridad total para intentar viajar al norte, están por fin decidiéndose a ir. Quieren volver a su amada y preciosa ciudad de Gaza, a recuperar las ruinas de sus casas o a intentar vivir en los restos de lo que fueron, Las condiciones de vida en las tiendas son inhumanas. Empieza el frío, llegan las lluvias, y cualquier rincón que nosotrxs podemos considerar escombro (sobre todo si tiene una historia, un valor sentimental) es un palacio. Cada día se estima que suben unas 4000 personas a la ciudad de Gaza, y los fines de semana esa cifra asciende al doble. Otra mudanza más. Me pregunto cuántas llevan en los últimos dos años.
Y porqué la casa sea ruinosa no quiere decir que el palestino y la palestina no conserve su dignidad. Un compañero que visitó la ciudad el otro día en busca de comerciantes y posibles proveedores me contaba que entró en más de un establecimiento asentado en los bajos de un edificio hecho totalmente ruinas. Un hombre de unos 60 años le recibió en esa planta baja, un espacio que ha permanecido utilizable y donde ha colocado restos de tablas a modo de estanterías para volver a empezar, a pesar de que su alrededor sea una película postapocalíptica. Estos comerciantes tienen provisiones que, ignoro de qué manera, han logrado guardar durante dos años sin que se les dañen. Y eso es lo que ofrecen a precios muy altos, porque ciertos materiales y objetos no están entrando de ninguna de las maneras en Gaza desde el 7 de octubre.
La dignidad también se palpa en las historias que mis compañerxs gazatíes se abren a contarme. Guardan las llaves de sus pisos, de los apartamentos que compraron con esfuerzo y muchos años de ahorrar. Ahora esos lugares son fantasmas del pasado, y nunca volverán a encontrar el cerrojo, ni la puerta que lo alojaba. No está la otra pieza del puzle que pueda encajar con su preciado guardado tesoro. Mi compañero enfermero me decía que no sabía muy bien por qué la guardaba. Pero que le hace sentir seguro. Dice «Soy consciente de que racionalmente es un objeto inútil, pero no sé… Necesito tenerla conmigo. Es mía». Tener la llave y guardarla es una especie de certeza de que esa tierra fue y sigue siendo suya. Que no saben cuándo ni cómo, pero volverán a ella. Y reconstruirán. Y rehabitarán. Porque vivir y reinventarse es lo que mejor saben hacer, lo llevan haciendo generaciones y generaciones.
LUNES 01 DE DICIEMBRE 2025
Los olivos, que eran su patrimonio, fueron calcinados. Sus hermosas ramas fueron derribadas. Sus troncos talados. Sus frutos están perdidos. La tierra que los nutre está enferma. Aire, agua y tierra están contaminados. Duele ver sus árboles sagrados, que eran su vida, profanados. No sólo por la ocupación, sino también por ellos mismos. Por sus cuidadores que no han tenido otro remedio. Y hoy tienen que convivir con el dolor de quien se ve obligado sacrificar algo que ama con todo su ser. Ante el frío del invierno pasado muchos tuvieron que acabar de talar la vida que los rodeaba. Los olivos, los naranjos, los granados, los limoneros…Ahora son unos pedazos de madera inertes amontonados en un puesto en la cuneta de la calle, que no es más que un par de columnas hechas con palos y una manta como techo. Esa leña que se vende a 6 shéquel el Kg (1,5 €) es un lujo para cualquiera aquí.
La gran mayoría de personas comen en frío. Pan, latas, comida basura… Aquellos fideos instantáneos que sobrevivieron al viaje desde el exterior, que cruzaron Kerem Salom y no cayeron del camión para ser comidos por perros. Esos fideos que llegaron al centro de Gaza para ser vendidos en los puestecillos callejeros y ser una comida caliente que se prepara muy rápido ahora son comidos por los niños como si fueran frutos secos. Sin agua hervida, sin cuchara. Un snack muy poco saludable y que apenas llena la tripa. Los fideos y el calor. El calor y la leña. Tan unidos en mi mente y tan separados en la mente de las personas aquí. Y esos troncos talados son el vivo testimonio de cómo este horror es muchos tipos de “-cidios”. Es no sólo genocidio e infanticidio, sino también ecocidio.
Quería hablaros hoy del ecocidio como herramienta de destrucción premeditada y de las consecuencias que ya está teniendo y que tendrá para las próximas generaciones. Destruir el medio ambiente es una forma de amenazar la viabilidad del medio, para convertirlo en inhabitable y en una amenaza para la salud. Los escombros se cuentan por toneladas, debajo de ellos o en sus alrededores todavía hay materiales explosivos sin detonar, y el suelo está impregnado de materiales tóxicos, residuos industriales e incluso materiales biopeligrosos (restos de basura médica). Al haberse destruido la red eléctrica y bloqueado la entrada de combustible los servicios básicos para la vida están en jaque mate, como las plantas desalinizadoras de agua o los generadores eléctricos que nutren equipos médicos en hospitales.
El agua es horrible. En cantidad y en calidad. No queda infraestructura ninguna, así que se vierten aguas residuales a las aguas subterráneas y al mar. Toda Gaza dependía del agua de sus acuíferos que tienen unos niveles de nitratos muy por encima de lo aceptable para la salud por los pesticidas agrícolas y las aguas residuales que se han infiltrado. Esto no es un problema que venga de la situación más reciente. Ya antes de octubre del 2023 se calculaba que poco más del 5% de la población tenía acceso a agua canalizada y potable. Otra imagen que me tortura son los vertederos al aire libre donde los niños y las niñas huérfanos rebuscan. ¡Se calcula que el peso de la basura ya ha llegado a las 250.000 toneladas!
Los fideos sin sopa, y los viejitos que veo en las tiendas quemando plásticos para hervir agua para el té. Los palestinos y las palestinas están cocinando con plástico quemado, con residuos domésticos, o con esqueletos de olivos (los más afortunados). En esas hogueritas caseras se está poniendo en peligro sobre todo a mujeres, niñas y niños, que nos visitan constantemente en los hospitales con neumonías. La calidad del aire, por tanto, es muy mala. Me entran ganas de llorar cuando un compañero me cuenta que ha visto por imágenes satelitales sus tierras, al norte y ha podido presenciar que no le queda ni un solo árbol en pie. Quería ir, pero ¿Para qué? Nada que lo que sentía suyo lo sigue siendo.
IOF se ha cargado el sector agrícola, que antes de octubre del 2023 suponía un 10% de la economía de Gaza. Pero el problema no es sólo económico. Con su destrucción se han llevado su sustento, ha sido una pérdida de conexión con la tierra y con su identidad. Ahora en nuestro barrio, zona central, Al Mawasi, se pueden ver invernaderos que empiezan a ser utilizados de nuevo como invernaderos y no como casas. Hay algunos campos en los que plantan zanahorias, patatas o cebollas. Espero que un día todo vuelva a estar verde. Que en el invierno puedan comer los cítricos que ellos mismos cultivan. Que haya agua para regar, y para beber. Y que celebren la recogida de la aceituna y fabriquen su aceite de oliva.

CONTINUARÁ…



