Tengo el día libre. Sentada bajo un olivo, oyendo el incesante zumbido del dron (él nunca libra) y disfrutando de un preciado sol de invierno, escribo para poner orden a mis pensamientos. A veces el suelo tiembla. A veces se oyen los disparos hacia el oeste, en el mar.
Huele a detergente, a colada recién tendida en pedazos de terrazas o huecos de edificios calcinados y medio derruidos. Algunas paredes en esos edificios han sido sustituidas por lonas de plásticos que repartió alguna organización.
También huele a sofrito de cebolla, que viene obviamente de nuestra cocina; la cocina de los gazatíes huele diferente. A plástico quemado.
Las últimas semanas están siendo especialmente complejas por la incertidumbre del proceso de registro de las ONGI. Seguimos sin saber si se bloqueará por completo a las organizaciones mencionadas en una lista que Israel publicó el primero de este mes.
Ahora, veinticinco días después, seguimos trabajando y aferrándonos a la esperanza de que nos permitan seguir, aunque cada vez es más pequeña.
El veto de Israel al que nos enfrentamos es un intento cínico de restringir aún más los servicios humanitarios en toda Palestina, violando sus obligaciones bajo el derecho internacional humanitario. Al atacar a las ONGI, Israel utiliza trabas burocráticas y acusaciones infundadas para restringir arbitrariamente el acceso a la atención crítica para los palestinos y limitar el testimonio de organizaciones independientes sobre el terreno.
Eliminando al personal internacional eliminan los testigos que puedan hablar de lo que se vive aquí dentro. Las realidades que veo en Gaza, la muerte, destrucción y el coste humano de la violencia genocida, resultan muy incómodas para algunos, que quieren que la responsabilidad recaiga en quienes informan, en lugar de recaer en quien debe recaer: en los perpetradores de estas atrocidades.
Hace dos días pude entrar en la ciudad de Gaza por primera vez. Nunca antes había llegado tan al norte.
Las palabras no llegan para explicar lo que vi. Y a pesar de haber visto antes vídeos y haber escuchado a los compañeros locales hablar de la total destrucción, el hecho de verlo en directo lo cambia todo. A mí me ha cambiado completamente.

Imagino que el cerebro queda en shock cuando el estímulo viene directamente de los órganos de los sentidos, convirtiéndose en una experiencia realmente corporal, no en una proyección.

En mi cuerpo la experiencia de ver “la ciudad” de Gaza, se ha manifestado en forma de agujero negro en el pecho, ovillo de lana negra en la garganta y mareo alojado en el cráneo. Estoy confusa, mi mente le da vueltas todo el rato a la misma pregunta ¿Por qué, por qué, por qué? En serio ¿Por qué? No puedo comprenderlo. Lloro a mares con el compañero que me va conduciendo hacia la ciudad en el coche, que curiosamente fue también el primero en entrar en Gaza cuando se pudo volver en enero de 2025, en el primer y corto alto al fuego. Y de pronto se crea un íntimo ambiente de complicidad entre nosotros. Unidos por las lágrimas y la impotencia. Compartimos vulnerabilidad, y a pesar de que sea muy triste, a la vez es hermoso.
Mi ovillo en la garganta solo me deja decirle “I am so sorry”. Cuando él a la vez me está diciendo lo mismo, por verme tan apenada.
En mi pecho el agujero negro está atrapando todo lo que tiene a su alrededor. Ni el vacío en el horizonte, donde antes había tierras de vid y casas de campo de agricultores; ni la calle paralela a la playa llena de escombros de los antiguos restaurantes, ni los niños encaramados en los hierros que salen puntiagudos de los escombros; ni las personas que deambulan entre pedazos de lo que eran hogares, en un paisaje ahora lunar… Nada de esto creo que pueda escapar ya de mi pecho. Nunca. Estoy dentro de un horizonte de sucesos donde presencio todo lo que pasa o pasó en un exterior surrealista. Y esos sucesos me afectan y me vuelven blandita. Sin embargo, nada de lo que yo haga puede afectar a ese afuera, por mucho que me empeñe.

Claro que pongo energía y amor al trabajo. Claro que sigo teniendo objetivos que cumplir y motivación que depositar en mis compañerxs de Gaza, para que sigamos adelante como si no hubiera malas noticias. Pero a pesar de todo esto, el peso de la realidad me envenena.
Y con ese veneno en los dedos y en la lengua puedo hablaros y deciros que no queda nada más por hacer. Aunque hagamos miles de consultas al mes, aunque curemos heridas, atendamos partos, rescatemos de la malnutrición a unos cuantos pequeños, repartamos mantas y kits de higiene, se distribuyan diariamente millones de litros de agua… A pesar de todo esto, el jaque mate está anunciado. Ojalá podamos de pronto traer unos peones, alfiles, caballos y reyes más poderosos, quizá de otros reinos, que salven a la reina de esta tierra. Que reconstruyan torres, y no campamentos de plástico temporales y precarios.
Pero hasta que no lo vean mis ojos y lo absorba mi agujero negro… Hasta ese día no podré creerlo.
Hace unos días volvieron a aparecer los famosos panfletos con órdenes de evacuación, primera vez desde el acuerdo de octubre. Muchas familias en la zona de Khan Younis se han visto forzadas a desplazarse, y yo esto lo veo como una clara intención de Israel de seguir avanzando y tomando control de más y más tierra.
La sensación de proximidad del 28 de febrero me abruma. Nos quedan aproximadamente cuatro semanas para salir y, probablemente, nunca volver. Y no me siento preparada para ello.
Tengo más de trescientos cincuenta compañerxs que dependen de los salarios de la ONG para tener un sustento y una forma de vida medianamente digna. De esa gran cifra, podría decir que mantengo contacto directo y relación extralaboral con un tercio. Sé el nombre de sus hijos e hijas, dónde viven, dónde estaba la casa que perdieron y qué aspecto tiene ahora, a quiénes de sus familias asesinaron, qué soñaban antes de esta locura… Los conozco y los aprecio.
Deseo para ellos la paz, la seguridad, el retorno y el futuro. Aunque no pierden la alegría de vivir como derecho de nacimiento. Pero estoy segura de que con más certeza y respuestas tempranas serían aún más felices.
Seguiremos remando y peleando nuestra permanencia aquí hasta el final.
Las ramas del olivo que me da sombra, bajo el que os escribo, me han contado un secreto. Dicen que esta tierra es suya. Que ellos fueron testigos y siguen vivos para contarlo. Y mientras haya seres como ellos, como yo, con voz, aunque esté entrecortada por un ovillo negro, no pararemos de hablar de Palestina.



