¿Dónde guardaremos un millón de euros?

¿DÓNDE GUARDAREMOS UN MILLÓN DE EUROS?

 

Cuando se declaró la guerra civil tenían alrededor de medio millón de dólares en caja, que enterraron en su jardín para más seguridad hasta que terminó la guerra.1

Atesorar y ahorrar

 

El plan es sensacional: juntar, en un plazo de siete años, dos millones de euros para nuestro proyecto revolucionario2. Si es antes, mejor. El tiempo empezó a contar en enero de 2018. La prudente estadística aconseja recaudar una media de 23.809,52 € al mes o, por lo menos, una media de 285.714,27 € al año. Aunque ahora estamos con retraso, esperamos estar sincronizadas dentro de tres años y medio, con el primer millón (el millón que da título a este artículo).

 

La pregunta es ineludible: ¿dónde lo guardaremos? Un millón de euros en billetes de 500 € pesa 2,2 kilos y abulta lo mismo que un ordenador portátil3. Cabe de sobra en el cajón de la cómoda. El espacio no es el problema de guardar el dinero en casa. Tampoco la seguridad, en realidad. El riesgo de siniestros (robo, incendio, etc.) puede quedar muy reducido con unas medidas de precaución elementales. El problema es otro. Imaginad que os encontráis en el bolsillo de unos pantalones viejos, que no os poníais desde el año 2.002, un billete olvidado de 10 €. Con ese billete podríais haber comido dos veces hace 16 años, cuando el menú del día estaba a 5 € en el bar de la esquina. Hoy, con el menú a 9,50 €, sólo podréis comer una vez en el mismo bar. La polilla que devoró la mitad del valor de vuestro billete, a un ritmo del 3,4% anual desde el año 2002, se llama inflación. Normalmente, no reparamos en este fenómeno endémico de las economías capitalistas. Total, el 3,4% anual de 10 € son 34 céntimos, una cuantía despreciable. Pero el 3,4% de un millón de euros son 34.000 € de pérdidas sólo en el primer año. Con un millón de euros del año 2002 sólo se pueden comprar hoy cosas por valor de medio millón (concretamente, de 555.406,74 €).

 

Conviene no precipitarse, pues. Si la primera tarea subversiva es revisar el lenguaje, desafiando cualquier dogma, no hay ámbito donde esta revisión sea más urgente que en la Economía4. Antes de pasar a la acción económica, incluso la más sencilla en apariencia, como guardar dinero, hay que pensárselo dos y hasta tres veces. Empezaremos trazando una línea divisoria en mitad del verbo “guardar”, una frontera completamente arbitraria que distinga entre “atesorar” y “ahorrar”. Pongamos que quien guarda su dinero cuidándose de que éste no pierda valor está ahorrando y que quien lo guarda sin ese cuidado lo está atesorando. Según esta distinción, sólo consideraremos como ahorradoras a aquellas personas que colocan su dinero en lugares que incrementan anualmente su valor en un 3,4%, como mínimo, para contrarrestar los efectos de la inflación. ¿Dónde se ahorra el dinero? Desde luego, en casa no. Ya hemos explicado por qué las personas que tengan un millón de euros atesorados debajo del colchón desde 2002 habrán perdido en 2018 el 44% de su valor. Por supuesto, seguirán teniendo un millón de euros debajo del colchón, pero es que las personas que hayan ahorrado un millón de euros desde 2002 deben tener ahora

1.544.000 €, como mínimo, en los sitios donde lo estén ahorrando5. ¿Qué sitios son esos?

¿Serán los bancos?

En efecto, un ahorrador que pusiera hace 16 años un millón en una cuenta a plazo fijo podría tener hoy más de un millón y medio de saldo. Sin embargo, toda la imaginería del ahorro bancario está relacionada con espacios herméticos, donde el dinero permanece inerte, estático (desde la hucha infantil, nuestra primera sucursal de juguete, hasta las más adultas cajas fuertes). En otras palabras, todo está montado para dar la impresión al ahorrador de que su dinero está atesorado en el banco, quieto, en la profundidad silenciosa de una cámara acorazada. Hasta el producto bancario de ahorro por excelencia, el depósito, tiene por denominación un sustantivo que sugiere atesoramiento. Un depósito es un recipiente, un contenedor donde se preserva algo, agua, grano, etc. Es imposible ahorrar dinero ahí. Insistimos: las monedas estancadas no crecen a un ritmo del 3,4% anual; al contrario, ese es el ritmo al que se evaporan. Por tanto, necesariamente, una característica del dinero ahorrado tiene que ser la movilidad. Y sólo hay un lugar en el mundo donde el dinero se mueve: el mercado. Los mercados. Los euros que entregamos al banco no están “en caja”. Están circulando noche y día, a cielo abierto, en el tráfico incesante de las mercancías; subiendo y bajando por los índices bursátiles y cotizaciones de divisas; entrando y saliendo de oficinas con puertas giratorias donde se firman pólizas, bonos, letras, hipotecas… Nunca descansa. Sólo un 2% del dinero depositado por los clientes de un banco está efectivamente atesorado, en reposo6. Los productos financieros llamados “depósitos a plazo fijo” no son más que contratos mediante los cuales damos permiso al banquero para operar con nuestro dinero y éste se compromete a cambio a darnos una remuneración no variable, es decir, no vinculada a las ganancias o a las pérdidas logradas con las operaciones.

 

Hay una contradicción flagrante entre el objeto de un contrato de depósito bancario y el mensaje publicitario que proyecta una imagen idílica del ahorro como virtud ciudadana. El arquetipo tradicional del ahorrador es un trabajador cabal, moderado y previsor. No derrocha. Con sacrificio, reserva parte del fruto de su esfuerzo para cubrir contingencias. Y es cauto, no arriesga su futuro en casas de apuestas. De ahí que la publicidad bancaria tenga que identificar ahorro con atesoramiento. La sensación ficticia de que el dinero de los ahorradores está atesorado en los bancos se potencia por la combinación de dos factores. Primero: los depósitos a plazo fijo se remuneran normalmente a un tipo de interés sincronizado con el índice de inflación, de modo que los clientes no interpretan la remuneración como un lucro, producto de operaciones especulativas, sino como una estabilización del valor atesorado. Segundo, el Estado garantiza por ley la devolución de “depósitos”, incluso en casos de quiebra7. Esta seguridad induce a asociar erróneamente depósitos bancarios y atesoramiento, porque nadie en su sano juicio concibe que se garantice por ley el retorno de dinero con el que se entra a jugar a un casino. Y, sin embargo, eso es lo que sucede. ¿Por qué la propaganda institucional refuerza la superstición popular de que el atesoramiento es ahorro? Apuntamos dos motivos:

Banca y Estado son una familia endogámica cuyos matrimonios más antiguos se remontan al siglo XIV. El conglomerado bancario estatal es el causante universal de la inflación, a través de sus políticas monetarias y fiscales. La confusión entre ahorro y atesoramiento actúa como una cortina de humo que normaliza entre quienes tienen excedentes de dinero la necesidad de obtener rendimientos equivalentes a los índices de inflación para no perder su valor de un año a otro.

El negocio de los depósitos —tanto en cuentas corrientes8 como a plazo fijo— es un monstruo descomunal. Por ejemplo, en 2016, el Banco Popular tenía 71.500 millones de euros en depósitos; el BBVA casi 208.000 millones y el Santander otros tantos9. En 2017, las familias españolas disponían de una liquidez de 2,14 billones de euros para ahorrar o atesorar, una magnitud conocida como “riqueza financiera” de la que están excluidas las inversiones inmobiliarias10. Se estima que el 40% de esta “riqueza financiera” está en depósitos bancarios, un 15% de ellos a plazo fijo11.

Hagamos la cuenta de la vieja. Imaginemos que el 15% de los 208.000 millones de euros en depósitos del BBVA son a plazo fijo y se remuneran a un 3% anual. El BBVA tuvo que pagar entonces a sus clientes ahorradores 936 millones de euros en 201712. Por el 85% restante de los 208.000 millones de euros depositados, es decir, 176.000 millones de euros, el BBVA no tuvo que retribuir nada a sus clientes (al revés, les cobró comisiones por el servicio de atesoramiento). Ahora imaginemos que el BBVA retuvo el 2% de los 208.000 millones euros depositados por sus clientes, como indica la ley, y colocó los 203.000 millones de libre disposición en acciones del Ibex. Calculando sobre la rentabilidad media anual de acciones del Ibex, que es el 9,10%13, el BBVA habría granjeado 18.473 millones de euros, de los cuales sólo tuvo que devolver los 936 millones correspondientes a remuneraciones por depósitos a plazo fijo.

Esta es una hipótesis simple, casi pueril, en que hemos aplicado la rentabilidad media de un solo mercado muy consolidado, con más de dos siglos de antigüedad, como es el de valores de empresas cotizadas en bolsa. Pero los bancos no operan como el inversor medio. Manejan información privilegiada, utilizan técnicas sólo accesibles a fondos de capital para duplicar la rentabilidad14 y están diversificados en todos los mercados imaginables… Son los mayores inversores mundiales en “bonos del tesoro”, que a pesar de su menguada rentabilidad (un magro 4,6% de media), confieren la capacidad de interferir en las políticas sociales y fiscales de los Estados. Son agentes protagonistas del mercado inmobiliario, con una cartera de activos insondable15. Se han inventado el mercado de derivados, donde se venden y compran productos abstractos (como las materias primas del futuro, riesgos de crédito y tipos de interés) con consecuencias dolorosamente concretas: la depauperación de miles de millones de personas. Un solo producto de este mercado de derivados, conocido como CDO, fue el detonante de la crisis capitalista de 200816. Y, por supuesto, está el mercado más lucrativo de todos, al menos en términos porcentuales: el mercado de deuda creada con el mecanismo de reserva fraccionaria (créditos al consumo, hipotecas, etc.), un monopolio bancario que puede dar rentabilidades de hasta el cuatro mil por ciento, de modo que un depósito inicial en efectivo de 300 € en una cuenta de ahorro puede llegar a generar una deuda a favor de los bancos de 15.000 € en concepto de préstamos… más intereses17.

 

La siguiente secuencia resultaría cómica si no fuera verídica:

Los bancos centrales y comerciales tienen la concesión estatal de la creación de dinero. La circulación de este dinero es obligatoria de facto, ya que los impuestos del Estado deben pagarse íntegramente con él.

Debido sobre todo a las políticas monetarias y fiscales de bancos y Estados, la economía es crónicamente inflacionaria y el dinero se devalúa constantemente (a un ritmo del 3,4% anual desde hace 20 años).

Para protegerse de la devaluación ocasionada por bancos y Estados, los ahorradores depositan su dinero en bancos que tienen licencia estatal para mover el 98% de dicho dinero en los mercados.

A pesar de que los bancos realizan operaciones especulativas con el 98% de los depósitos, el Estado garantiza por ley el retorno de hasta 100.000 € por titular y entidad, incentivando así esta peculiar forma de “ahorro” que lucra al depositario, no al depositante. La especulación a escala planetaria con el dinero “depositado” por los ahorradores en bancos agrava aún más la inflación de la que éstos intentan protegerse. Se cierra así el círculo vicioso de la estafa más grande de todos los tiempos.

Cómplices necesarias de este esquema siniestro somos todas, en la medida en que todas usamos euros, pero quienes los guardan en bancos —ya sea para atesorarlos o ahorrarlos— son los peores. Su dinero, su ignorancia y su miedo son el combustible que mantiene en funcionamiento la maquinaria financiera del capitalismo.

 

Invertir y especular

Yo no soy rico; soy un pobre con dinero, que no es lo mismo.

La pertinente matización se atribuye a Gabriel García Márquez. Pues bien, la confusión entre atesoramiento y ahorro es típica de pobres con dinero. Los banqueros son ricos y conocen perfectamente la diferencia. Por eso rara vez atesoran y jamás ahorran. Prefieren invertir o especular, que son otras tantas formas de guardar dinero. Supongamos que una compañía armamentística que cotiza en bolsa genera miles de millones de beneficios anuales fabricando minas antipersona y que estos beneficios se reparten regularmente en forma de dividendos entre los accionistas. Un inversor sería quien comprara acciones de esta compañía para cobrar los dividendos. Sin embargo, quien comprara acciones de esta compañía para venderlas posteriormente a un precio más alto sería un especulador. En síntesis: el inversor obtiene ganancia de la propia actividad generada por aquello que compró, mientras que el especulador obtiene ganancia por la mera subida de precios de aquello que compró. Por ejemplo, comprar un piso de 30m2 para alquilarlo por 700 euros mensuales es invertir. Vender el mismo piso un 55% más caro de lo que costó es especular. Obviamente, la inversión y la especulación no son necesariamente acciones separadas. A menudo, son correlativas. Quiere decirse que quien guarda dinero mediante el procedimiento de la inversión procurará siempre liquidarlo mediante el procedimiento de la especulación. Esta es la causa de que en la rentabilidad media anual de las acciones del Ibex que mencionamos en el apartado anterior, un 9,10%, estén sumados los rendimientos que proceden de la especulación (es decir, de la compraventa de acciones) y los que proceden de la inversión (es decir, de los repartos de dividendos), un 5,10% y un 4%, respectivamente.

Con los inversores y especuladores completamos la gama básica de actitudes humanas respecto al valor del dinero guardado. Están los que no se cuidan de mantenerlo, los “atesoradores” (por llamarlos de alguna manera). También están los que se preocupan por conservarlo, los ahorradores. Y, por último, están los que miran por incrementarlo, los inversores y especuladores. Estas actitudes están condicionadas por multitud de factores, sociológicos, culturales, éticos, etc. Pero la realidad económica se impone a la psicológica: en un sistema capitalista, el valor de nuestro dinero baja o sube, no hay término medio. El ahorro, entendido como conservación de valor, es un fenómeno subjetivo, por no decir onírico. El ahorrador es un inversor o un especulador que ha acotado su margen de beneficios al 3,4% anual, por desconocimiento o a sabiendas, operando directamente en el mercado o a través de intermediarios (normalmente, bancos).

 

Capitalizar o no capitalizar

 

Los inversores y especuladores ponen su dinero en los mercados con ese ensañamiento conocido vulgarmente como “ánimo de lucro”. Los ahorradores, sin embargo, no son plenamente conscientes del paradero de su dinero. Pero lo cierto es que está también en los mercados, relacionándose con mercancías, aunque para la mayoría es inconcebible que esté allí. No pueden concebirlo porque les han educado para creer precisamente todo lo contrario, que el acto de ahorrar consiste en retirar dinero del mercado, esconderlo y sacarlo otra vez al mercado en un momento posterior, ya sea por una emergencia (arreglar la lavadora averiada) o para pagar productos y servicios extraordinarios, el implante dental o la boda. Esta creencia se sustenta sobre esta otra: que el dinero funciona sólo como un medio de cambio.

 

Cuando está cumpliendo en el mercado su función “medio de cambio”, el dinero se relaciona con las mercancías de una forma muy concreta que puede describirse con la fórmula M-D-M: tengo una mercancía (M) y uso el dinero que me pagan por ella (D) como medio para cambiarla por otra mercancía (M). Aportaremos dos ejemplos, el primero de un manual de economía y el segundo de nuestra cosecha:

Un zapatero hace un par de zapatos (M) y los vende por 100 euros (D), con los que compra después en la sastrería una chaqueta (M).

Una trabajadora vende su cuerpo como mercancía en el mercado laboral y, con 1.000 euros de salario mensual, logra adquirir, después de 50 años de pagos de cuotas hipotecarias, una casa. O sea: M-D-M.

De nuestro ejemplo se deduce por qué la mayoría de pobres, exceptuando quizá los que consulten manuales de economía, sólo llegarán a conocer en toda su vida la función medio de cambio del dinero. Notad ahora cómo la relación entre el dinero y la mercancía se voltea si, en vez de la mileurista asalariada, es un inversor o un especulador quien realiza la compra de un piso en el mercado inmobiliario:

Un especulador que tiene un millón de euros (D) compra un piso a ese precio (M) para venderlo una semana después por millón y medio (D). La fórmula sería D-M-D. El beneficio de la operación, medio millón de euros brutos.

Un inversor gasta un millón (D) en el mismo piso (M) para alquilarlo por 10.000 € al mes (D). La fórmula sería igual: D-M-D. Varía ligeramente el beneficio, que se fragua al largo plazo. En diez años, se habría amortizado la inversión (1.200.000 € en alquileres) conservando aún el valor la propiedad, revalorizada según las estadísticas al 10% anual.

Con la fórmula magistral del capitalismo, D-M-D, la mercancía pasa a ser un medio para obtener dinero (no al revés, como sucede con la fórmula genérica M-D-M, la única conocida por los pobres). El dinero deja de cumplir la función “medio de cambio” y comienza a cumplir una función radicalmente distinta que en economía se denomina “reserva de valor”. Cuidado. De nuevo, las autoridades nos están colando una denominación académica sospechosamente ambigua, como la denominación “depósito bancario”. “Reserva de valor” induce a pensar que lo característico de esta función del dinero es “mantener” o “conservar” valor. Sin embargo, lo inherente a esta función es el incremento de valor, el crecimiento sin límite, no su contención en una reserva. Estamos, de hecho, ante la función que convierte al dinero en capital.

Capital… valor permanente que se multiplica.18

La mutación genética del dinero por la que éste comienza a multiplicarse incontroladamente se llama “capital”. Marx sintetizó la fórmula D-M-D en la fórmula DD’ para expresar esta dinámica diabólica:

El valor se convierte, por tanto, en valor progresivo, en dinero progresivo, o lo que es lo mismo, en capital. El valor proviene de la circulación y retorna nuevamente a ella, se mantiene y multiplica en ella, refluye a ella incrementado y reinicia constantemente el mismo ciclo. D – D’, dinero que incuba dinero, money which begets money, reza la definición del capital en boca de sus primeros intérpretes, los mercantilistas.

 

En conclusión, antes de decidir dónde guardamos dinero tendremos que decidir si lo vamos a capitalizar o no, es decir, si queremos activar su función reserva de valor o lo vamos a dejar en su función medio de cambio. La cantidad es lo de menos. La cuantía de dinero a guardar no es un factor tan determinante como su función. La expresión “dinero de bolsillo” se refiere más a la función que al volumen que ocupa ese dinero o el lugar en que se guarda. “Dinero de bolsillo” es el destinado a funcionar como medio de cambio, para adquirir bienes de consumo. Un defraudador de Hacienda no tiene inconveniente en tener un millón de euros debajo del fregadero si tiene previsto gastarlo en viajes, hoteles, ropa, fiestas, etc. Para él será “dinero de bolsillo”. Pero si tiene previsto usar el millón como reserva de valor, sacará los billetes de debajo del fregadero y los lavará él mismo uno por uno, si hace falta. Es decir, los capitalizará: los pondrá en el mercado en forma de inversión o activo especulativo, mutándolos en capital.

 

Ni bien ni mal

 

El dinero se atesora (luego pierde valor) o se coloca en el mercado (luego gana valor19). Se capitaliza o no se capitaliza. Pero no se ahorra. Mantener estable el valor del dinero es imposible en una economía capitalista. El ahorro es un hechizo bancario. El ahorrador no tiene nada que ver con el personaje honrado de la fábula, que se priva de consumir parte del fruto de su trabajo para consumirlo en un momento futuro. Esa honradez es un mito, un señuelo publicitario para captar fondos de ilusos o para aliviar conciencias de clase media. El ahorrador invierte y especula, lo sepa o no, dos acciones reprobadas por los moralistas desde la antigüedad, puesto que el lucro proviene siempre, en último término, del trabajo ajeno.

Quien toma más o toma algo mejor (de lo que da), comete usura y no hace servicio, sino daño a su prójimo, a quien hurta y roba20.

Nosotras no nos dedicamos a dar clases de moral, no somos filósofas profesionales ni predicadoras. Somos trabajadoras en lucha por nuestra emancipación. Pero como nos importa, y mucho, que nuestros actos sean coherentes con nuestras propuestas revolucionarias, no estamos dispuestas a explotar a nadie. Nos negamos a cobrar nuestra libertad a expensas de la libertad de otras personas. En este punto, en que parece que sólo tenemos capacidad de elección entre perder dinero o perder nuestra propia estima, nos quedaríamos sin dudarlo con la primera opción: atesorar el millón de euros y exponernos a la merma de valor ocasionada por la inflación. Ojalá fuera tan sencillo… El análisis ético de nuestras posibilidades no ha hecho más que empezar.

El simple enunciado del título, “¿dónde guardaremos un millón de euros?”, tiene demasiadas espinas. Concretamente, un millón de espinas. Hay motivos de sobra para certificar el dinero fiat como el material más tóxico de la Tierra21. Euros, dólares, libras, etc., son peores que el plutonio. El poco o nulo interés por el proceso de emisión y circulación de las monedas radiactivas que pasan cotidianamente por nuestras manos contrasta llamativamente con el escrúpulo con que examinamos cualquier alternativa monetaria. La reacción más habitual de una audiencia ante la que se presenta un dinero nuevo es el escepticismo, cuando no la abierta desconfianza. Las preguntas suelen ser exhaustivas y se solicitan datos que jamás se solicitarían a órganos emisores de dinero fiat, como, por ejemplo, la cuantía exacta de unidades monetarias existentes o su distribución. No es un reproche. Es normal preguntarse por el dinero sólo cuando manejamos monedas nuevas, tan normal como preguntarse por el lenguaje sólo cuando manejamos idiomas nuevos. La gramática de nuestro idioma natal es invisible para nosotras porque la hemos aprendido en la infancia, la aplicamos intuitivamente. Igual nos pasa con la gramática de nuestras monedas fiat natales (peseta o euro). El dinero se parece en esto, y en bastantes cosas más, al lenguaje. El estudio de otros idiomas y de otros dineros ensancha nuestra comprensión de ambas creaciones sociales. Por ejemplo, el estudio de alternativas monetarias nos desvela hasta qué punto inquietante somos cómplices del sistema por mover euros22. Quien se plantee en serio atesorar con criterios éticos está obligado a probar, aunque sea parcialmente, con monedas de crédito mutuo y criptomonedas.

Se objetará que las criptomonedas están en el epicentro de una burbuja especulativa. Es cierto, pero no es menos cierto que:

A) Internet estuvo también en el epicentro de una burbuja especulativa mundial de 1997 a 2001 (la “burbuja de las puntocom”) y, veinte años después, todas somos usuarias de internet. Una cosa es el activo sometido a operaciones especulativas y otra muy distinta es la especulación en sí. Si no dejamos de habitar casas, por muy recurrentes que sean las burbujas inmobiliarias, ¿por qué íbamos a abstenernos de experimentar con criptomonedas?

B) La objeción es comprensible desde un punto de vista estrictamente financiero, si lo que preocupa es un pinchazo de la burbuja especulativa que desplome súbitamente el valor de nuestras criptomonedas. Pero desde un criterio ético es inobjetable que el uso de cualquier criptomoneda —ya sea como medio de cambio o reserva de valor— será siempre mejor que el de una moneda fiat, aunque sólo sea porque el uso de la primera es voluntario y el de la segunda impuesto coercitivamente por la organización más violenta de la humanidad, el Estado. La libertad es una condición previa a cualquier disquisición ética. Una moneda de uso voluntario puede salir buena o mala. Una moneda de uso obligatorio no puede ser buena jamás.

Ha llegado el momento de confesar que el título de este artículo es capcioso. Para resaltar la capciosidad, nada mejor que comparar el título con otro técnicamente más neutro, por ejemplo:”¿dónde guardaremos dinero valorado en un millón de euros?”23. Esta versión de la pregunta nos permite guardar un millón doscientos treinta y cinco mil dólares, ciento doce bitcoins, etc., toda clase de divisas con un valor equivalente a un millón de euros. Los euros ya no estarían funcionando aquí ni como medio de cambio ni como reserva de valor (esa función la estarían desempeñando los dólares o los bitcoin, respectivamente). No, ahora los euros estarían cumpliendo una tercera función del dinero, llamada en Economía “unidad de cuenta” o “unidad de medida”. Estaríamos usando euros para medir el valor de los dólares o los bitcoin, igual que usaríamos centímetros y gramos para medir su longitud y su peso, o bits para medir la información que ocupan en la memoria del ordenador. Si quisiéramos devolver al euro su función medio de cambio o reserva de valor, bastaría con alterar el orden de los factores y decir, por ejemplo, que tenemos guardados un millón de euros valorados en un millón doscientos treinta y cinco mil dólares o valorados en ciento doce bitcoins, etc. En ese caso, habríamos pasado los dólares, bitcoins, etc., a la función “unidad de medida”. Este cambio sería muy desconcertante para nosotras. Un catálogo de electrodomésticos en que los precios estuvieran marcados con dólares o bitcoins no nos sería más útil que uno con las descripciones de los artículos en chino. Tendríamos que usar la calculadora como un diccionario e ir traduciendo todos los precios a euros para saber si los productos nos parecen baratos o caros. Somos hablantes del euro, es decir, pensamos el valor de todas las cosas en euros, nuestra unidad de medida materna.

La capciosidad del título no reside en utilizar el euro como unidad de medida sino en mezclar esta función del dinero con las otras dos, medio de cambio y reserva de valor. Así es como se oculta, por ejemplo, la posibilidad de tener guardado un millón de euros valorado en medio millón de euros. Analicemos la frase: “tenemos un millón de euros valorados en medio millón de euros”. Los primeros euros son un objeto mensurable y los segundos son el signo con que circunstancialmente estamos midiendo dicho objeto. Ambos euros comparten el significante, “euro”, pero no el significado. Si complementáramos la frase con un par de referencias temporales nos quedaría una descripción impecable de los efectos de la inflación. Por ejemplo: “tenemos guardado (desde 2002) un millón de euros valorados (hoy) en medio millón de euros”. Pero ni siquiera es necesario que concurra el pasado para comprobar la diferencia actual entre un euro (medio de cambio) y un euro (unidad de medida). Un billete de 20 euros está valorado ahora mismo en 21 € por cualquier banco que oferte dinero al 5% de interés24. La valoración es indignante (el dinero es la única mercancía de la que se puede decir con exactitud cuánto te están cobrando de más por ella) pero los bancos son monopolios con muchos años de experiencia que saben cómo garantizar la demanda de su producto controlando la escasez25. Si “toda operación por medio de la cual una persona compra un producto para volver a venderlo constituye, de hecho, un acto de especulación”26, comprar dinero para venderlo es el acto de especulación insuperable, el más puro27.

Insistimos: nadie está libre de culpa en el capitalismo. Nos hace cómplices a todas, sin excepción. Hay grados intermedios de especulación, una gama amplísima de tonos grises por la que vagan los atesoradores también, aunque parezca mentira. Envasado al vacío, un billete de 20 euros podría quizá mantener inalterables durante siglos su longitud, su peso, su color, todas sus características más tangibles. Su valor, sin embargo, se altera a cada segundo, aunque no sea visible. Si se inventaran unas gafas que hicieran perceptible el valor de un billete de 20 euros, como esas gafas cinematográficas por las que se pueden ver los rayos infrarrojos o ultravioletas, no podríamos soportar llevarlas puestas ni un minuto a causa del vértigo. Esta ley de la economía afecta igualmente al dinero atesorado. Da igual dónde se guarde, entre las páginas de un libro, en el doble fondo de un baúl, a dos metros bajo tierra o detrás del falso ladrillo de la encimera… el dinero irradia su cotización y a su alrededor giran constantemente las fuerzas del mercado, como campos electromagnéticos. No lo notamos por la misma razón que no notamos la velocidad a la que nos desplaza la Tierra: ya estamos acostumbradas. Hemos automatizado la mayoría de operaciones que debemos realizar diariamente para adaptarnos a la velocidad con que se mueve la Tierra y el valor de nuestro dinero. Por eso no somos plenamente conscientes de las intrincadas relaciones de poder entre vendedores y compradores, de las posiciones de desventaja o privilegio que ocupamos en las negociaciones de precios. Por ejemplo, comparemos la situación de un ofertante y un demandante de patatas en el mercado. El ofertante tiene más necesidad de dinero que el demandante de patatas. Además, las patatas se pudren pronto, mientras que el dinero no caduca. Indiscutiblemente, el tiempo corre a favor del demandante durante la negociación. Luego, por norma general, los atesoradores juegan con ventaja. Se pueden permitir ser pacientes y esperar a que la debilidad de un vendedor propicie una rebaja, una liquidación, etc. ¿Y qué es eso sino una forma primitiva de especulación, es decir, de sacar un beneficio del precio de las cosas? Ante mercancías idénticas, compraremos la de precio más bajo en el mercado, sin reparar en las causas o las consecuencias de este acto. ¿Por qué pudo fijar un precio más bajo el ofertante de una mercancía idéntica? ¿Está pagando salarios de miseria? ¿Está subvencionado? ¿Domina la distribución? ¿Por qué no pudo fijar un precio más bajo el ofertante de una mercancía idéntica? ¿Le acucian las deudas? ¿Es minorista28? ¿Acata estrictamente, por ingenuidad o miedo, las leyes29?

Guardar dinero, aunque sea de bolsillo, es un acto éticamente enmarañado. Desde luego, la opción “atesorar un millón de euros y exponerse a la merma de valor ocasionada por la inflación”, que aparecía como la única decente al principio de este capítulo, no nos parece la más acertada, ni mucho menos. Con un criterio ético, no financiero, sería mejor (o menos malo) atesorar bitcoins valorados en un millón de euros y exponerse a sus desquiciadas variaciones de valor. Afortunadamente, se nos ocurren otras opciones.

 

“Inbertir” y “expecular”

Hasta ahora, hemos estado preparando el terreno teórico para resolver un problema práctico muy concreto, planteado al inicio del artículo. La pregunta sigue en pie: ¿dónde guardaremos un millón de euros? Pero recordemos que, a pesar del enunciado compacto del título, el dinero caerá con cuentagotas, no de golpe. Un día alcanzaremos los 50.000, otro los 100.000, después los 300.000, etc., hasta alcanzar el millón propuesto en un plazo aproximado de tres años. No se trata, pues, de guardar un millón de euros de una vez ni en un mismo sitio. Podemos guardarlos en sitios diferentes y a medida que vayan entrando en tesorería, por tramos, etc. En el argot financiero, podemos (y debemos) diversificar. ¿Dónde pondremos los primeros 300.000, por ejemplo?

A fecha de hoy, hay tres compañeras de Hebra que están de alquiler, pagando una media de 400 € al mes a sus caseros. En otras palabras: ahora mismo hay 1.200 € de compañeras de Hebra que mensualmente pasan a engrosar el capital de un inversor privado que ha colocado su dinero en el mercado inmobiliario. Lo que vamos a hacer con los primeros

300.000 € es comprar un piso y alquilarlo a estas tres compañeras. El piso no será la residencia de Hebra30; su función primordial no será dar alojamiento, aunque esté habitado. Técnicamente, será una hucha de Hebra, el sitio donde tendremos guardados 300.000 €, que liquidaremos tan pronto necesitemos el dinero en efectivo. Pongamos que transcurren siete años desde la compra hasta la venta. Si la rentabilidad media del mercado inmobiliario se sostuviera a un 10% anual, podríamos vender nuestro “activo” por unos 580.000 €. Además, en el mismo período de siete años, habríamos ingresado 100.800 € más en concepto de alquiler31. Sin descontar gastos, nuestro capital de 300.000 € se habría convertido en un capital de 680.800€ al final del periodo. En la contabilidad capitalista, la inversión y la operación especulativa habrían arrojado unos beneficios brutos de 380.800 € (100.800 € correspondientes a alquileres y 280.000 € correspondientes a la diferencia entre precio de compra y precio de venta).

Nosotras preferimos subvertir la ortografía de nuestras anotaciones contables y llamar “inbersiones” y “expeculaciones” a este tipo de capitalizaciones. La diferencia ortográfica no es meramente simbólica o testimonial: indica también una diferencia semántica. Las inbersiones y expeculaciones son capitalizaciones revolucionarias. Su objetivo es la destrucción del capitalismo, la abolición de la explotación laboral basada en la propiedad. Nada nuevo bajo el sol. Las cooperativas son sociedades de capital obrero con doscientos años de antigüedad32 y se fundaron con idénticas intenciones33.

Las inbersiones se distinguen de las inversiones en que el rédito procede únicamente deltrabajo propio, no del ajeno, y se destina a causas revolucionarias (apoyo mutuo, cajas de resistencia, colectivizaciones, etc.). El piso de Hebra sólo se alquilará a compañeras de Hebra, no a terceras personas, y el beneficio irá íntegramente a la financiación de nuestro proyecto revolucionario.

Con las expeculaciones de activos no se puede hacer una partición entre trabajo propio y ajeno, porque el rédito no procede de un ingreso separado e identificable (alquiler, dividendos empresariales, etc.) sino de una variación de precios en la compraventa. Y aquí no hay duda: fuera del mercado capitalista, entre compañeras, nunca intercambiaremos nada por más de lo que nos costó y, siempre que podamos, lo daremos sin esperar retribución a cambio. Pero en el mercado capitalista, donde todo lo que perdamos en una negociación de precios es una ganancia de la parte contraria, no hay equidad que valga. No llevamos la cuenta de las horas de trabajo dedicadas a la solidaridad o la amistad. Sin embargo, en el mercado laboral, como trabajadoras asalariadas, regateamos cada céntimo de salario y nos hemos organizado para obligar al patrón a subirlo. La táctica es aplicable a cualquier tipo de mercancía, no sólo a nuestro trabajo. La revolución no se hace poniendo precios “justos” en el mercado capitalista34, sino vendiendo lo más caro posible y trasvasando la ganancia a formas de economía comunitarias que vayan dejando en ridículo al capitalismo.

El beneficio privado, o lucro, no se da en la expeculación, cuya ganancia revierte a colectivos transformadores y, a través de ellos, a toda la sociedad. La especulación es sistemática, una sucesión ininterrumpida de compraventas. Los especuladores son como surfistas, buscadores infatigables de olas. La expeculación, sin embargo, es un acontecimiento singular. Normalmente, es el punto final de una inbersión: sucede cuando hay que liquidar el capital para disponer de efectivo, es decir, cuando hay que desactivar la función de “reserva de valor” del dinero y activar la función “medio de cambio”. Queda excluida de esta normalidad el mercado de divisas35. Cuando el capital es específicamente dinero —no acciones ni bienes inmuebles— no hay inbersión, sólo subida y bajada de precios de las monedas, pura expeculación. Por cierto, los atesoradores son células dormidas del mercado de divisas. No realizan ofertas mientras la cotización de su moneda permanezca estable. Pero si entra en un ciclo de devaluación acelerada, como la del peso argentino ahora, correrán a venderla por otra moneda más segura, como el dólar, al precio más ventajoso posible. Quiere decirse que con el dinero capitalista se especula (o expecula) siempre, deliberadamente o no, por acción u omisión. Las consecuencias de la especulación pasiva son indudablemente menos peligrosas que las de la activa, pero jamás inocuas y, en ocasiones, muy perjudiciales. La deflación es un descenso generalizado de precios ocasionado por el acaparamiento masivo de moneda capitalista que, sostenido en el tiempo, puede ocasionar gravísimas crisis económicas. En relación a la tenencia de monedas cotizadas en mercados capitalistas de divisas, como el euro, el impulso atávico es intentar obtener un beneficio de las oscilaciones de precios monetarios para fines individuales, especular. La expeculación, o intento de obtener un beneficio de las oscilaciones de precios para fines subversivos de interés social, suele ser una operación alevosa y generalmente concertada.

Nosotras vamos a expecular sin miramientos, pero preferiblemente como culminación de una inbersión, no con divisas. No queremos tener un millón de euros en billetes de euro. De todas las opciones éticas y económicas a nuestra disposición, esa sería la más catastrófica. Por acuerdo asambleario, reduciremos al mínimo nuestro capital en forma de dinero, que no excederá de un valor equivalente a 20.000 €. Desde luego, descartamos recurrir a bancos para el depósito y custodia de este capital, por razones suficientemente argumentadas36.

Tampoco atesoraremos monedas fiat, cuyo uso es obligatorio y que son endémicamente inflacionarias porque están emitidas por bancos que adulteran la cantidad de unidades monetarias en circulación37. Nos arriesgaremos con criptomonedas, hasta el límite de valor marcado, 20.000 €, que conservaremos en monederos electrónicos gestionados directamente por nosotras.

Por último, vamos a colocar otra parte del millón de euros en deudas. Nos vamos a prestar sin intereses a nosotras mismas, a compañeras de Hebra que necesitan comprar vehículos, mercaderías para sus proyectos de autoempleo, etc. Ya no tendrán que recurrir a los bancos para financiarse. Nos consta que las compañeras que puedan retornarán más dinero del que tomaron para apoyar el proyecto revolucionario, por lo que no estamos pecando de optimistas al considerar estos préstamos sin intereses como una inbersión.

 

Otros ejemplos de inbersión y expeculación

Pensemos en un barrio combativo. Por ejemplo, Carabanchel. Seleccionemos cien vecinas, las más involucradas en las distintas luchas y Asambleas. ¿Cuánto dinero tendrán depositado en bancos? Nos referimos a dinero en función reserva de valor, no a dinero en función medio de cambio con el que se atienden los pagos de facturas domiciliadas.

Según distintos medios consultados, el promedio de ahorro por cabeza en España ronda los 12.000 €38. Como siempre que se suman rentas de clases sociales irreconciliables para sacar medias aritméticas, el resultado puede ser matemáticamente irreprochable, pero estadísticamente insultante. Es como decir que el sueldo medio en España es de 23.106 € anuales39 (1.925,50 € al mes), de los cuales hemos destinado una media de 2,94 € a la compra de yates de lujo40. El cálculo es matemáticamente correcto pero estadísticamente inaceptable. A pesar de todo, la respuesta a la pregunta “¿cuánto dinero en total tendrán depositado en bancos nuestras cien vecinas de Carabanchel?” podría darnos una respuesta incómoda.

Es cierto que, quitando los salarios de políticos, banqueros, patrones y demás parásitos sociales, el sueldo neto mensual más frecuente en España no llega a los 1.000 €41. No es menos cierto que las estadísticas más afinadas indican que un 25% de adultos no cuenta con ningún tipo de ahorro y que un 30% dispone de menos de 3.000 € (de los cuales el 12,6% no llega a 1.000 €)42. Sin embargo, de acuerdo a estos datos, 45 de nuestras vecinas tendrían al menos 3.000 € de media cada una en depósitos bancarios o atesorados, 135.000 € en total. Esto sin contar los “ahorros” por debajo de 3.000 € de las 55 vecinas restantes. Supongamos que 100.000 € están depositados en bancos. O sea, nuestras cien vecinas de Carabanchel paralizan desahucios por impagos de hipotecas, luchan contra la destrucción del medio ambiente y los recortes dictados por la Troika y, al mismo tiempo, depositan reservas de valor en moneda fiat en cuentas corrientes (o peor, a plazo fijo) con que los bancos conceden préstamos hipotecarios, compran acciones de Repsol y bonos de Estados endeudados con el FMI.

Sin duda, quienes actúan así no saben lo que hacen. No pueden saberlo. Esta es la única explicación plausible a una contradicción tan escandalosa: la ignorancia económica, infligida por programas educativos, medios de comunicación, publicidad, etc. Afortunadamente, el número de personas y Asociaciones enteradas está aumentando. La prueba es que el Estado se está gastando miles de millones de euros en el diseño e implantación de un sector nuevo, la Economía Social, sólo para distraer la atención de las personas y Asociaciones enteradas. Aparte de su utilidad como cortafuegos de una economía con trasfondo realmente revolucionario, la Economía Social es un negocio incipiente, con enormes expectativas de crecimiento. Podríamos definirla como la rama del capitalismo cuya actividad lucrativa es la crítica al capitalismo y la mercantilización de supuestas alternativas. Las “finanzas éticas” serían una variedad exótica de esta rama representada por “fondos de capital ético” y las cada vez más populares sucursales de “banca ética”. Se dedican a la captación de dinero con el que invertir y especular, como cualquier otro establecimiento de crédito centenario, con la salvedad de que su nicho de mercado es muy reciente: ciudadanos bien informados con cargos de conciencia.

 

Las entidades de finanzas éticas no tienen ninguna intención de aniquilar el capitalismo mediante el ensayo de propuestas económicas incompatibles con él. Al contrario, le han quitado un par de siglos de edad, porque las falacias del estilo “otro capitalismo es posible” u “otro Estado es posible” son rejuvenecedoras, son las cremas con ácido hialurónico del sistema. Esto no quiere decir que las Asociaciones revolucionarias no tengan nada que aprender de algunas técnicas de las finanzas éticas. Pondremos un ejemplo que nos servirá, de paso, para acentuar aún más la diferencia entre inversión e inbersión. “Arjuna Capital” es una empresa de tres patrones y nueve trabajadoras asalariadas autodenominada “fondo de inversión sostenible”. La empresa ha pescado 200 millones de dólares del caladero mencionado antes (catedráticos, arquitectos o artistas con cargos de conciencia) y los ha colocado en acciones de Apple, Google, Amazon y Walmart, entre otras. A ojo de buen cubero, el fondo deja anualmente 19.676.000 $ (antes de impuestos y sin haber descontado gastos), a repartir entre los tres patrones y los “ahorradores” con remordimientos. Hemos sacado la cuenta restando 324.000 $ (en concepto de salarios de las nueve trabajadoras43) a 20 millones de dólares, que sería la rentabilidad de 200 millones calculada sobre una modesta media anual del 10%… En “Arjuna Capital” no falta ni una sola de las vigas del capitalismo: propiedad privada (titularizada en acciones de empresas cotizadas en bolsa), explotación del trabajo mediante el régimen del salario, apropiación de la plusvalía a través de reparto de dividendos, moneda fiat… Están todas las vigas. ¿Por qué se autodenominan entonces “fondo de inversión sostenible”? ¿En qué se diferencian de un hedge fund? Pues en que se presentan en todas las juntas de accionistas con propuestas reformadoras, como acabar con la brecha salarial entre hombres y mujeres. En la junta de Exxon, la mayor compañía de petróleo y gas del mundo, pidieron la presentación de informes de impacto ambiental. En la de Facebook, pidieron que se tomasen medidas contra las fake news. Y en este plan, manteniendo intacta la estructura del edificio y reformando la fachada. ¿Cómo inbertiríamos nosotras los 200 millones de dólares de la cartera de acciones de “Arjuna Capital”? Para empezar, los millones de dólares en dividendos tendrían que donarse íntegramente a quienes generaron la plusvalía, las trabajadoras asalariadas de Apple, Google, etc., porque uno de los principios de cualquier inbersión es no lucrarse del trabajo ajeno. Y tendrían que donarse a trabajadoras constituidas en Asamblea, para que lo gestionaran colectivamente, porque toda inbersión es una transición de formas de propiedad individualista a relaciones de propiedad comunitarias y, en último término, hacia la abolición de la propiedad. Finalmente, el dinero donado debería emplearse para cajas de resistencia y formación, para más inbersiones y expeculaciones y, en general, para transgredir el orden social vigente y ensayar formas de organización económica y políticas sin jerarquías, incompatibles con el Estado y el capitalismo. Y en este plan, demoliendo el edificio planta por planta a medida que se levanta uno completamente nuevo.

La expropiación por la fuerza, para la que se están preparando desde hace dos siglos los Sindicatos revolucionarios, no es incompatible con formas incruentas de hacerse con el control obrero de los medios de producción, repentina o gradualmente, mediante la compra de acciones en operaciones combinadas de expeculación e inbersión, por ejemplo. La simple posibilidad de asistir a juntas de accionistas con sociedades interpuestas que actúen como fondos de capital, aunque sea con representación minoritaria, permitiría ejercer presión en conflictos laborales, acceder a información confidencial vetada a las trabajadoras, etc. Da pena saber que, en lugar de expecular e inbertir, los Sindicatos mantienen elevadas cantidades de dinero en depósitos bancarios, ignorando que las cuotas de afiliación de generaciones de compañeras están siendo usadas en contra de los intereses de la clase obrera para la especulación y la inversión más obscena. Las anarquistas reprochamos con razón la hipocresía o ignorancia del ciudadano que no se considera violento. Quien deposita su voto en urnas y paga voluntariamente impuestos es extraordinariamente violento por delegación, lo sepa o no. Ha delegado el ejercicio de la violencia en cuerpos y fuerzas del Estado, nada menos. Pues algo parecido pasa con las compañeras anarquistas que depositan voluntariamente sus euros en bancos, que se convierten en inversores y especuladores por delegación, lo sepan o no. Han delegado en cuerpos y fuerzas del capitalismo el ejercicio de la creación y guarda de dinero, nada menos.

Cien vecinas de Carabanchel, cien anarcosindicalistas, cien cooperativistas, cien socias de un grupo de consumo combativo… A una media estadística de 100.000 € en depósitos, cada grupo de cien está permitiendo que los bancos inviertan y especulen a su costa una media de 98.000 € (el 98% de 100.000 €). Si se unieran para capitalizarlos, igual que se han unido para otras luchas, podrían comprar pisos y alquilárselos a sí mismas, concederse préstamos, financiar sus proyectos autogestionados, mantener reservas de valor en criptomonedas… O atesorarlo. O quemarlo. Lo que sea, cualquier cosa menos tenerlo en un banco.

 

La acción económica

La mentalidad monetaria de “pobre con dinero” va aparejada a un código ético heredado (es decir, no premeditado) e irremediablemente contrarrevolucionario porque está contaminado de una ignorancia sistémica, inculcada en escuelas y transmitida por medios de comunicación propiedad de inversores y especuladores. Rasgos típicos de una mentalidad de “pobre con dinero” serían, por ejemplo: pensar que un millón de euros es mucho dinero; creer que es posible ahorrar euros; imaginar que los depositados en el banco están efectivamente allí; no saber cuántos tipos de dinero hay ni qué funciones tienen.

Como clase social revolucionaria tendremos que revisar todo lo que creíamos saber sobre el dinero para crear un código ético revolucionario, nuestro propio manual de instrucciones. La manera más efectiva de emplear moneda fiat en contra del Estado y el capitalismo es gestando con ella experimentos económicos compatibles con los principios generales de libre asociación, solidaridad y no delegación. Experimentos preferiblemente desmonetizados, por cierto, inspirados en el comunismo libertario, donde el uso de dinero sea innecesario. Hay demasiadas compañeras que se creen que el comunismo libertario será gratis porque es un sistema económico en que se prescinde del dinero. Esta confusión es el otro gran obstáculo, junto a la ética de “pobres con dinero”, que está estorbando la formación de capitales revolucionarios mediante tácticas de inbersión y expeculación. El comunismo libertario, por desgracia, será extremadamente caro. Si admitimos que los usurpadores no van a soltar los medios de producción por las buenas, sólo hay dos vías claras de reapropiación social: la expropiación forzosa o la compraventa. Para ésta última es obvio que se necesitan ingentes cantidades de dinero, pero la expropiación forzosa no es menos onerosa. Primero se necesitan escuelas y medios de comunicación para explicar a la gente por qué es justo y necesario tomar por la fuerza los medios de producción y, luego, armas, muchas armas para defenderlos, porque los expropiados contraatacarán con todos los recursos bélicos a su alcance.

Para hacer la guerra hacen falta tres cosas: dinero, dinero y más dinero. Hay guerras más baratas, pero se suelen perder44.

En el verano de 1923, la CNT convocó un Pleno secreto al que acudieron todas sus federaciones regionales. El acuerdo cuarto, aprobado por unanimidad, decía lo siguiente:

4. Ante la precaria situación económica y de armamentos de nuestra Organización, que nos imposibilitaría hacer frente a los militares golpistas, se recomienda a todos los Comités superiores de la CNT preparen y lleven a efecto asaltos a bancos y demás centros de acumulación de dinero, para con sus productos comprar armas y proceder a la fundición de granadas de mano.

La historia del Pleno secreto se cuenta en el libro de memorias titulado el Eco de los Pasos, del célebre anarcosindicalista Juan García Oliver, uno de los expropiadores de bancos más feroces de la Organización. Unas páginas más adelante, García Oliver nos deja helados con la siguiente estampa doméstica:

Fue un tiempo en que tuve que trabajar mucho. En lo tocante a dinero, nunca habíamos estado mejor Pilar y yo. Por primera vez, después de 25 años de trabajar en el país, pudimos tener una pequeña cuenta de ahorros.

 

¿Atracar un banco a mano armada para sufragar una revolución social y regresar luego al lugar del crimen para depositar lo que te sobra de sueldo a final de mes en una cartilla de ahorros? El absurdo evoca esas tareas circulares de la mitología: la piedra empujada por Sísifo, que rodaba siempre montaña abajo justo antes de tocar la cima, o el manto de Penélope, que tejía de día lo que destejía de noche. ¿Qué sentido tiene? Ninguno. Sucede que el compañero García Oliver era un experto en acción directa, pero no había oído hablar jamás de acción económica, como la mayoría de compañeras de ayer y hoy. La consecuencia es una pérdida lastimosa de energía, tiempo y dinero.

La acción económica es una vertiente de la lucha contra el Estado y el capitalismo que sólo ahora estamos empezando a explorar.

Es cierto que el capitalismo ha infectado todo el tejido social y, por lo tanto, tiene que ser combatido en todos los ámbitos imaginables de la vida: pedagógico, psicológico, filosófico, erótico, marcial, sanitario, ético, artístico… Pero no es menos cierto que la lucha en el ámbito económico es tan importante como las anteriores, probablemente más, porque al fin y al cabo el capitalismo es una enfermedad que irradia desde la economía. Peor aún, el capitalismo es un sistema económico que lo ensucia todo de economía mediante un proceso llamado “mercantilización”: el amor, el juego, la sonrisa de un niño, un trago de agua, la tierra, un atardecer… Cualquier cosa. Pero barrer el capitalismo de la escuela y del consultorio médico es como quitar chapapote de las playas y de las alas de las gaviotas: un voluntarismo inútil si no se va a la causa del vertido. En otras palabras, no vale de nada desmercantilizar la educación o la sanidad si no desmercantilizamos también la economía. El capitalismo es ante todo un sistema económico, luego hay que poner otro sistema económico en su lugar. Y esto requiere conocimientos económicos, estrategias económicas, instrumentos económicos.

 

A esta lucha específica en el ámbito de la economía para combatir el capitalismo —en sus dos vertientes estatal y empresarial— la hemos llamado “acción económica”. La acción económica es una acción directa, sin árbitros, de clase revolucionaria. Las Asociaciones anarcosindicalistas, por ejemplo, llevan siglo y medio de experiencia en acción económica. Susmétodos de lucha tradicionales ⸺la huelga, el boicot, el sabotaje⸺ están expresamente pensados para atacar a los núcleos de la economía: la producción, la distribución y el consumo. Sus objetivos no pueden ser más económicos: subida del precio del trabajo, control de los procesos productivos y la gestión administrativa… Eso, en primera instancia. En segunda instancia, la reapropiación de los medios de producción y de lo producido. Y siempre con un fin último en la cabeza: el comunismo libertario, un sistema económico alternativo al capitalismo. Lo chocante es que ni siquiera el anarcosindicalismo, cuyo carácter es eminentemente económico y donde son frecuentísimas las alusiones a la “acción directa”“, la “acción sindical” o la “acción social”, tiene un apartado en sus textos reservado a la “acción económica”. La omisión es demasiado llamativa como para ignorarla. No es momento de entrar en las causas del lapsus pero es inevitable lamentar una de las consecuencias: nos tememos que una de las razones por las que casi nadie cae en la importancia de una “acción económica” es que no hay un término coloquial o técnico para referirse a ella. Así, aunque no descubrimos nada nuevo con esto de la “acción económica”, pensamos que el solo hecho de ponerle nombre y explicarla mínimamente puede suponer un avance en la lucha por la emancipación. Y en esas estamos45.

La acción económica empieza por las magnitudes más pequeñas, esa mecánica cuántica de la Economía que es nuestro sueldo o la cesta de la compra. A esa escala, donde cada una de nosotras somos relevantes y desde la que es posible cambiar el mundo, la acción económica sería la investigación y el ensayo de distintas maneras de convertir nuestros actos económicos aparentemente más triviales, como guardar dinero, en actos dañinos para el Estado y el capitalismo.

 

1 Formas de vida en común sin Estado ni autoridad. Emile Armand.

2 Podéis encontrar detalles sobre Hebra y su proyecto revolucionario en www.hebracomunidad.org

3 https://www.elperiodico.com/es/opinion/20160507/billetes-500-euros-fin-b…

4 No nos referimos aquí a la Economía como conocimiento sino como institución aleccionadora del capitalismo (carreras universitarias, cuerpos docentes, colegios profesionales, etc.)

5 Este es el resultado de incrementar el millón de euros en 34.000 € anuales durante 16 años para compensar el 3,4% de inflación media. Si, además, el ahorrador hubiera añadido el 3,4% de incremento anual al principal durante el mismo período de tiempo, tendría ahora 1.765.424 € en vez de 1.544.000 €.

6 Esta estafa está amparada por la ley. El porcentaje de dinero depositado por sus clientes que los bancos están legalmente obligados a mantener en caja se denomina técnicamente «coeficiente de caja” y actualmente está fijado entre el 1% y el 2%.

7 El Fondo de Garantía de Depósitos fue creado por el Real Decreto-ley 16/2011, de 14 de octubre, y garantiza a los titulares de depósitos la seguridad de su dinero, hasta un límite de 100.000€ por titular y entidad bancaria.

8 Las cuentas corrientes, por cierto, sí son contratos de atesoramiento. Por eso el banco cobra por estos servicios (en vez de remunerar al cliente, como hace con los depósitos a plazo fijo). Aun así, la regla del 2% se aplica igualmente al dinero que confiamos al banco para su custodia. Repetimos: sólo un 2% del dinero depositado por los clientes de un banco está efectivamente atesorado, en reposo. Del 98% restante se lucra colocándolo en todo tipo de mercados (de deuda, acciones, inmobiliario, etc.).

9  http://www.elmundo.es/economia/2017/05/25/59269349468aeb483a8b4595.html

10 https://www.elindependiente.com/economia/2017/10/18/trasvase-record-de-d… hasta- junio/

11 http://www.finanzas.com/noticias/economia/20170406/tocado-fondo-deposito…

12 El 15% de 208.000 millones son 31.200 millones y el 3% de 31.200 millones son 936 millones. 13 El Ibex tiene una rentabilidad media anual del 5,1%, más el 4% en dividendos. http://www.expansion.com/mercados/2017/01/14/5878b52ce5fdeaeb768b4678.html

14 Ventas al descubierto o «short-selling”; permutas o «swaps”; seguros de impagos; opciones financieras, como contratos de futuros, etc.

15 La rentabilidad media anual del mercado inmobiliario no es la más apetecible para los bancos, apenas un 10,90%, pero de alguna forma tienen que dar salida al patrimonio históricamente acumulado mediante ejecuciones de embargos.

16 Los bancos americanos encontraron una manera de hacer negocio ofreciendo hipotecas a personas que no podían pagarlas, las famosas hipotecas «subprime”. El truco consistía en trocear estos contratos hipotecarios, empaquetarlos y venderlos en el mercado de derivados como «obligaciones colatelarizadas por deuda” o CDO (por las siglas en inglés). Los beneficios obtenidos por la venta de CDO eran mayores que las pérdidas ocasionadas por los impagos de hipotecas subprime. Obviamente, los bancos que vendían estos CDO en el mercado de derivados sabían que su valor caería a cero algún día, arruinando a millones de compradores, pero ese no era su problema.

17 Cómo nos roban los bancos.http://lacanica.org/wp-content/uploads/2017/09/1_expropiaciones_lectura1…

18 Sismondi. Nouveaux Principes de l’Economie Politique. Paris 1819.

19 Nos referimos a medias estadísticas. Está claro que un “atesorador” revaloriza su dinero en contextos de deflación o que los inversores y especuladores están expuestos al riesgo de pérdidas, pero cualquier lectura estadística indica la pérdida segura del conjunto del valor del dinero no capitalizado y la ganancia segura del conjunto del valor del dinero capitalizado.

20 Martín Lutero, A los párrocos, para que prediquen contra la usura, etc., Wittemberg, 1540.

21 Recomendamos la lectura del fanzine «Dinero”. https://lacanica.noblogs.org/files/2018/01/2dinero.pdf

22 Recomendamos el artículo titulado «Anarquistas sin plan económico: el problema del dinero”, del que citamos el comienzo: ANARQUISTAS SIN PLAN ECONÓMICO: EL PROBLEMA DEL DINERO

“Porque las herramientas del amo nunca desmantelan la casa del amo».Audre Lorde.

Para quienes no aceptamos representantes políticos porque nos negamos a delegar en nadie nuestra capacidad de decisión, el parlamento es la casa del amo. La urna, su herramienta. Por eso nos negamos a votar. Y nos negamos a votar todos los días del año. No votar sólo cada cuatro años es un gesto tan simbólico e inútil como votar sólo cada cuatro años.

 

El sistema nos convoca a elecciones todos los días de nuestra vida, no una vez cada cuatro años: Las cajas registradoras de las tiendas y los cajeros de los bancos son urnas donde nos piden que depositemos nuestro voto a diario. El euro es la papeleta que usamos para refrendar diariamente a nuestras autoridades monetarias (bancos centrales, ministros de economía y hacienda, etc.) Y quien dice «euro” dice «dólar”, «libra”, «yen”, etc. Todas estas son monedas comprendidas dentro de una categoría de dinero muy peculiar, conocida como «dinero fiat”. El término hace referencia al dinero que es creado por decreto del Estado («fiat” viene del latín «hágase”). Todas las monedas fiat tienen en común que están respaldadas por la maquinaria coercitiva de un Estado que asegura su emisión y circulación mediante la imposición del pago de tributos en esa moneda y otra serie de garantías provistas por los cuerpos legislativos, judiciales y policiales.

La moneda fiat es una herramienta genuina del sistema, intrínsecamente suya. Desde una perspectiva revolucionaria, tan reformista es pensar que el euro es malo o bueno según para qué se emplee como pensar que podemos usar el voto electoral en beneficio de la revolución social. Citamos de nuevo a Audre Lorde: «Porque las herramientas del amo nunca desmantelan la casa del amo. Quizá nos permitan obtener una victoria pasajera siguiendo sus reglas del juego, pero nunca nos valdrán para efectuar un auténtico cambio.» ¿Por qué las anarquistas no aplicamos este razonamiento al dinero fiat con la misma firmeza que al voto electoral? Las anarquistas siempre entendimos muy bien qué es un voto electoral, nos negamos a usar esa herramienta que no es nuestra y ensayamos con éxito organizaciones políticas basadas en la democracia directa. Pero en lo tocante al dinero fiat, la mayoría de anarquistas no vemos el paralelismo y continuamos usando esa herramienta ajena a nosotras sin plantearnos alternativa alguna. Emplear dinero fiat para sufragar causas revolucionarias es un consuelo, pero el lema con que abrimos este artículo resuena insistentemente: Las herramientas del amo nunca desmantelan la casa del amo. El euro nunca desmantelará el banco central europeo.

23 Si quisiéramos emplear monedas aún más meticulosas, como las de suma cero en sistemas de anotación contable de las comunidades de intercambio mutualistas, el título más preciso sería: «¿en qué cuenta anotaremos un crédito de productos y servicios valorados en un millón de unidades monetarias equivalentes a un millón de euros?”.

24 Un billete de veinte euros quizá valga 20 € en el momento exacto de su impresión, pero en cuanto sale por la puerta del BCE,su valor empieza a subir y a bajar frenéticamente, como el de todas las mercancías que salen al ruedo del mercado.

25 La esencia de un préstamo es que la cosa que fue entregada sea exactamente la misma o, por lo menos, indistinguible de la cosa que se devuelve. Doy por hecho que, si «presto » un par de huevos a mi vecino, éste no me devolverá los mismos dos huevos que le entregué. Espero dos huevos muy parecidos. Igual me pasa con el dinero. Doy por hecho que, si presto diez euros a un amigo, éste no me devolverá el mismo billete de diez euros que le entregué. Espero diez euros muy parecidos. Los bancos, sin embargo, esperan 11,50 €. Y eso no es un préstamo, señores. Eso es una venta a plazos, con la peculiaridad de que la mercancía en venta tiene el mismo nombre que la unidad de valor con que se marca el precio. Un «préstamo» de 10 euros con un interés del 15% es en realidad una compra a plazos de 10 euros por el que te han cobrado 11,50 €. De muy pocas mercancías se puede decir con tanta certeza como del dinero que te han cobrado mucho más de lo que vale, pero de ninguna se puede decir con tanta precisión cuánto te han cobrado de más. Quizá por eso siguen llamando «préstamo» e «interés» a lo que no es más que venta de dinero y margen de beneficios, para que la gente no vea tan claramente que le están cobrando 160.000 €por 100.000 euros. Albert Mason. Atracadores, 1971.

26 MacCulloch, A Dictionary practical, etc. of Commerce, Londres. 1847. p. 1009. Cita extraída de El Capital, de Carlos Marx.

27 En el comercio de mercancías convencionales hay al menos cierta utilidad al margen del lucro. El tendero que se lucra vendiendo lentejas proporciona al menos alimento a sus clientes. Pero los banqueros, para entendernos, son como tenderos a los que hay que pagar lentejas con más lentejas. Si nos dan un kilo y les tenemos que pagar un kilo y cuarto, no nos están alimentando, nos están matando de hambre. El lucro puro carece por completo de utilidad social.

28 En economías de escala, los minoristas pagan siempre las tarifas más caras porque tienen una capacidad de compra insignificante en comparación con los grupos empresariales, cadenas de distribución, etc., con los que tienen que competir.

29 El cumplimiento estricto de la ley, que implica el pago íntegro de tasas, tributos, cotizaciones a la SS, además de la adaptación de la operatividad a las normativas laborales (vacaciones, horarios, etc.), de seguridad e higiene, urbanísticas, ecológicas, etc., eleva los gastos y costes de producción a niveles incompatibles con el mantenimiento de precios competitivos en el mercado. Cumplir la ley es una de las causas más habituales de quiebra empresarial. Desde esta perspectiva, se comprende la táctica anarcosindicalista de exigir a las empresas el cumplimiento de una ley que los propios trabajadores en lucha también desprecian. El punto de mira está puesto en las quiebras patronal y estatal. Si el Estado atiende la exigencia, se debilita la autoridad de la empresa. De lo contrario, se debilita la autoridad del Estado. En cualquier caso, se avanza, a condición de que no se pierda de vista el objetivo, que nunca fue mantener puestos de trabajo asalariado sino hacerse con el control obrero de los medios de producción. Sin ese norte, el sindicalista camina en círculos, nunca avanza.

30 Está previsto que en la residencia de Hebra vivan entre cincuenta y cien personas.

31 Suponiendo que no subiríamos la cuota.

32 En su dimensión empresarial, por ejemplo, las cooperativas se distinguen de las típicas corporaciones capitalistas (sociedades limitadas, anónimas, etc.) en que los titulares de las acciones son las trabajadoras de la empresa. No puede haber «socios capitalistas” (es decir, que inviertan capital, pero no trabajo) ni «socios mayoritarios”, que tengan más capacidad de decisión en la junta por el hecho de tener más acciones (es decir, más capital invertido). En las cooperativas, cada accionista tiene un voto.

33 Nos referimos a las cooperativas originales, no a las falsificaciones modernas de mismo nombre reguladas por el Estado.

34 Un capitalismo justo es inviable, un oxímoron. Una justicia capitalista, entendida como institución, el cuerpo de leyes y los organismos encargadas de aplicarlas, es la pesadilla de la que intentamos despertar. En cualquier caso, el término «precio justo”, en el contexto de una economía de mercado capitalista, es aberrante, igual que términos como «banca ética”, «crecimiento sostenible”, «responsabilidad social de las empresas”, etc.

35 Una excepción en que está incluido el mercado de criptomonedas.

36 No tendremos más remedio que abrir alguna cuenta corriente para recibir y hacer pagos a entidades que sólo operan por banco, pero sólo mantendremos en el saldo la cantidad necesaria para hacer frente a dichos pagos.

37 Con una inflación media del 3%, perderíamos 600 euros al año si atesoramos billetes de euro valorados en 20.000 €. Y podríamos darnos con un canto en los dientes. La inflación del peso argentino está en el 25% y subiendo.

38 http://www.expansion.com/ahorro/2017/03/14/58c6ef94e2704ed0468b4592.html http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/economia/ahorro-medio-espano…

39 http://www.expansion.com/economia/2017/06/28/595381 a0ca474131448b45a3.html

40 En 2015, se gastaron 135,3 millones de euros en la compra de yates de lujo en territorio ocupado por el Estado español. Sobre una base de 46 millones de habitantes, salimos a 2,94 € por barba. http://www.boatsgroup.com/wp- content/uploads/2014/08/Dominion-Marine-Media-Informe-del-Mercado-Na%CC%81 utico-Espan%CC%83ol-2015.pdf

41 http://www.elmundo.es/economia/macroeconomia/2017/06/29/5953ae7222601d5d…

42 http://www.eleconomista.es/economia/noticias/6191457/10/14/Economia-Un-2… ningun- tipo-de-ahorro-segun-Rastreatorcom.html#Kku8yOAXlBGr3ZBK

43 A razón de 36.000$ anuales por trabajadora.

44 Atribuida a Napoleón.

Extracto de Acción directa económica – Los papeles de Albert Mason. La lucha anarquista a través de la economía. Herramientas y estrategias

 

 

 

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