La huelga general política y sus límites

Los últimos meses han estado marcados por una intensificación de las movilizaciones sociales contra el genocidio que el Estado de Israel está perpetrando sobre el pueblo palestino. En distintos lugares del mundo, la clase trabajadora ha mostrado una solidaridad constante, saliendo a las calles, organizando huelgas de estibadores y denunciando la complicidad de los gobiernos occidentales con la maquinaria de guerra israelí. Sin embargo, a pesar de este impulso, las “iniciativas” sindicales que han buscado canalizar esa rabia y el descontento en forma de huelga general han tropezado con los propios límites de una huelga política.

Creo necesario reflexionar sobre lo ocurrido en estas huelgas por Palestina, en especial la del 15 de octubre (15-O), y más ampliamente sobre el papel del sindicalismo en las luchas internacionales contra el imperialismo y el capitalismo global. Lo hago no desde el juicio fácil, sino desde la convicción de que las herramientas de nuestra clase —la huelga, la solidaridad, la autoorganización— deben usarse con rigor, estrategia y compromiso real. Sin esa responsabilidad, en el mejor de los casos, podemos ir a rebufo de los movimientos sociales y dejar que estos marquen el ritmo de la actividad política de los sindicatos. En el peor, simplemente puede ser percibido como oportunismo para atraer a los movimientos sociales al sindicato, sin más pretensión que hacer propaganda y aparecer en la foto.

Una crítica necesaria a las huelgas políticas recientes

Quiero comenzar señalando, desde el respeto pero con claridad, que las últimas huelgas convocadas en torno a Palestina han mostrado un preocupante grado de improvisación. Al igual que la del año anterior, la huelga del 15-O se organizó con prisas, sin un diálogo profundo con las secciones sindicales y sin una campaña sólida que pudiera darle cuerpo político y sindical. Lo que podría haber sido una expresión genuina de internacionalismo proletario, terminó pareciendo en buena medida un gesto vacío: un ejercicio de oportunismo por parte de ciertas derivas sindicales más preocupadas por “no quedarse atrás” que por construir una verdadera correlación de fuerzas.

Esta falta de planificación ha sido consecuencia directa de que las huelgas no han partido de un trabajo de base real y, más importante todavía; sin entrar en un diálogo y en un muy necesario debate con las secciones sindicales. Aunque la iniciativa pueda parecer valiente —porque toda huelga lo es—, su ejecución ha sido débil, carente de arraigo y de continuidad. La huelga ha sido un fracaso en términos cuantitativos, por lo que podemos afirmar que su modo de convocatoria no ha estado a la altura del reto político que enfrentamos. En muchos sectores, salvo honrosas excepciones como el del metal, la huelga no ha calado con la fuerza necesaria. No era extraño encontrar en los piquetes a militantes de los sindicatos convocantes que desconocían la propia huelga, lo que me hizo preguntarme si realmente sólo se había anunciado por redes sociales y ni siquiera por las vías internas de los sindicatos.

Más allá de la urgencia: construir desde la base

En el seno de las organizaciones del anarquismo social organizado, y en especial en los sindicatos combativos que no han convocado, se había hablado tras la anterior huelga de la importancia de no actuar desde la urgencia ni desde el miedo a parecer indiferentes; sino desde la planificación y el trabajo paciente en los espacios de autoorganización de clase, especialmente aquellos que atienden demandas inmediatas. Sin embargo, vemos cómo esa reflexión no ha terminado de traducirse en práctica. Nuevas convocatorias —que ni siquiera han sido impulsadas por estos sindicatos que no participaron en la anterior— han resonado con los mismos plazos ajustados y sin una articulación suficiente entre territorios.

Mientras tanto, los otros sindicatos —los que ni la convocaron la primera vez ni la segunda, y que se han limitado a apoyarla— han hecho una crítica a esto mismo, pero sin ningún tipo de propuesta o espíritu propositivo. Esto me hace preguntarme si realmente nos importa esta cuestión, más allá de los puntuales apoyos —necesarios y bienvenidos—, o si vemos potencial en la lucha por Palestina.

Creo que dentro de estos sindicatos críticos con la huelga se considera que esta cuestión debe ser apoyada: asistir a las manifestaciones, apoyar a les activistas o dar voz a esta causa por redes sociales. Sin embargo, el sector que cree que esta cuestión puede ser una fuerza motriz dentro de la clase trabajadora para sacar cuestiones más presentes a la luz es minoritario. Más aún ahora, con la paulatina desactivación del apoyo de las masas a raíz del tramposo acuerdo de «paz» promovido por EE. UU. para favorecer a Israel. Y creo que es esto mismo lo que nos da pistas sobre una posible reactivación en el futuro y, por lo tanto, una responsabilidad de aplicar nuestras críticas en el presente.

Si realmente creemos en la capacidad de la clase trabajadora para intervenir en los procesos históricos, debemos asumir que las huelgas políticas no pueden ser un mero acto simbólico. Tampoco podemos ir a rebufo de los movimientos sociales más vanguardistas y dejar que estos marquen el ritmo inmediatista en el que se enmarca su actividad política.

Los espacios de lucha pueden y deben trascender el seno del sindicato o de los movimientos sociales: llevar estas cuestiones a los barrios, a las asambleas por la vivienda y articular la demanda de libertad para el pueblo palestino como una cuestión más de sus necesidades inmediatas.

No deberíamos desaprovechar el potencial concienciador de esta solidaridad internacional: hay una capacidad unificadora, totalizante, en esta cuestión. Los repuntes de la barbarie sionista, y su consecuente solidaridad, deben convertirse en momentos de acumulación de fuerza, en espacios donde se unan las luchas laborales, anticoloniales, feministas y ecologistas que enfrentan a un mismo enemigo: el sistema capitalista global.

El genocidio como expresión del capitalismo contemporáneo

El genocidio palestino no puede entenderse como un hecho aislado ni como una tragedia localizada. Es parte de una estructura más amplia de dominación: el imperialismo, el extractivismo, la militarización y la lógica de acumulación sin límites que sostienen al capitalismo contemporáneo. La colonización de Palestina es el laboratorio permanente de las técnicas de control, represión y desposesión que luego se exportan al resto del mundo.

En ese sentido, el genocidio no es una excepción, sino una manifestación extrema del orden económico y político global.

Desde esta perspectiva, la lucha contra el genocidio palestino debe ser también una lucha contra el capitalismo, contra los Estados que lo sostienen y contra las dinámicas que precarizan nuestras vidas en todas partes. No hay solidaridad internacional sin confrontación directa con las condiciones materiales que permiten y reproducen la barbarie.

Una propuesta: hacia una huelga por la autoorganización de clase

La huelga no sólo puede ser una herramienta de lucha, sino un punto de partida para una acumulación de fuerzas. Una huelga que no se limite a exigir el fin del genocidio, sino que lo sitúe como el punto de partida de una denuncia más amplia contra el sistema de opresión capitalista a nivel internacional y también en el Estado español.

Esta huelga debería articularse, a mi parecer, en torno a varias ideas:

La solidaridad con el pueblo palestino y la denuncia del imperialismo.

La lucha contra la precarización laboral y vital que afecta a la clase trabajadora.

La resistencia ante el creciente autoritarismo estatal, como demuestran casos recientes de represión política y sindical (las Seis de Suiza).

La oposición frontal al avance de la ultraderecha y su alianza con el capital.

La actuación clave en sectores estratégicos como el armamentístico o el transporte de mercancías (especialmente el marítimo). Sin estos será difícil que la huelga tome un cariz mayor y movilice a otros sectores.

Porque el genocidio no es más que uno de los vértices —quizás el más brutal y desgarrador— del sistema de clases que oprime globalmente a la clase trabajadora.

Enmarcar la cuestión palestina en la lucha de clases no es una exageración: es reconocer que el capitalismo mata, expolia y coloniza. Es romper con la idea de que hay sectores más o menos oprimidos que necesitan nuestra ayuda, y comprender que todos los problemas de nuestra clase, por soportables o terribles que sean, tienen una misma raíz.

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