Estado y libertad


Las conciencias homologadas son conformistas,sumisas y pasivas.Veneran al Estado,espejo de sus miserias,recelan de quienes hablan de promover libertades crecientes y son los huéspedes de todo parásito
En los estados modernos sucede que la libertad es constantemente regulada, fiscalizada, constreñida, homologada, estrangulada, vaciada de contenido, desviada y finalmente atropellada. Todo, naturalmente, dentro de la Ley, para velar por el Orden y para protegernos a los unos de los otros y a cada uno de sí mismo, si se tercia. Pero los estados esgrimen todavía otro argumento fantástico: la defensa del Bien Común (?) que prentenden justifique casi todo lo que hacen.

No es preciso ser experto en asuntos sociales para saber que el único bien común posible consiste en subordinar todos los demás a la consecución de una progresiva libertad y una justa distribución de los bienes de una nación por quienes viven en ella. Esto viene a significar la igualdad de sus miembros, no ante la ley, como se nos dice y no es verdad, sino ante una verdadera justicia distributiva de carácter universal y sin excluidos. Individuo al que se le niegan estas posibilidades, individuo degradado. Y la degradación individual es contagiosa porque fácilmente se convierte en enfermedad social. La vemos en el creciente número de parados y el empobrecimiento general de las gentes de todas las naciones mientras crece el número de ricos y potentados. La vemos en el constante retroceso del Estado en inversiones sociales. La vemos en la privatización de bienes y servicios públicos que acaban en manos de gentes atentas al beneficio personal pero no a la calidad del servicio. La vemos en la permanente agresión a escala estatal contra derechos laborales conseguidos con muchos sacrificios, con mucho dolor, con muchos años de cárcel y con muchas muertes por nuestros antepasados en todas las épocas. La vemos en la fuga de capitales incontrolados que van a parar a paraísos fiscales, en las multimillonarias cantidades de nuestros impuestos que van a parar a los multimillonarios bancos para que sigan jugando al Monopoly y al póker. Y lo vemos en las agresiones incesantes contra el medio ambiente, en las guerras decretadas por Estados amparados por alguna ley contra pueblos con recursos, su despiadado saqueo y otras cosas semejantes. Todas estas lacras, que promueven o de las que son cómplices los estados, ¿quién se atreve a llamarlas “bien común”, “ley justa” u “orden”?…
¿El Estado del Bien Común resulta ser una ficción?…
¿Quién en su sano juicio puede llegar a ver al Estado moderno y a todo su rosario de gobiernos de quita y pon como gestores de alguna clase de Bien Común ?… ¿Con qué atronador lenguaje habría que gritarles a los ciudadanos crédulos del mundo para que despierten de su hipnosis?… ¿Con qué arrebatadores argumentos?… ¿Habría que lanzarse a las plazas públicas para que quienes aún duermen sean capaces de despertar a verdades tan simples como que este cáncer mundial llamado Estado no es un invento del pueblo, sino una institución macroscópica que le debería servir de espejo para descubrir amplificadas las propias miserias personales que son las que deben ser corregidas en lugar de –como algunos pretenden- dinamitar al Estado a tiros, si es preciso, para sustituirlo por otro y seguir defendiéndolo a tiros si es preciso, pero sin que el espejo varíe su imagen.
Es una tarea urgente -porque los tiempos van ya que vuelan- descubrir que es el Estado el que moldea al pueblo cuando este le presta su savia vital a través de sumisión, confomismo, imitación, admiración, y sus consecuencias. Así lo acoplan a sus necesidades quienes tienen el poder y consiguen hacer creer que representan la Ley y el Orden y que están ahí para conseguir el bien de todos. Y al conformarlo, se le engaña hasta el punto que precisan sus falsos servidores para perpetuarse a sí mismos sobre aquellos que les tienen por salvadores.
Las “buenas conciencias” sociales y clericales no pueden soportar este tipo de afirmaciones. Para estos extravagantes sujetos el Estado es poco menos que una divinidad paternal ajena por naturaleza a todo tipo de males. Y cuando existen, siempre son otros los responsables: preferentemente los enemigos del estado o del clero, los agitadores de conciencias, los librensadores, los libres.
Entre tanto, una gigantesca máquina, una máquina cada vez mejor entrenada y precisa, cada vez más entrometida la par que más inaccesible a aquellos que la alimentan con votos y sumisión; una máquina dirigida por expertos insomnes y fastidiantes, pero grises a pesar de todo y para mayor sarcasmo, sirven a esta Máquina- Estado con ritual de monaguillos. Ofician desde las páginas de los diarios, los canales de las televisiones, las aulas universitarias, los sermones parroquiales y desde toda clase de antros donde el Poder es venerado por vocación o por imposición. Desde ellos se expande por una maraña de arterias, venas y capilares hasta el cerebro de cada ciudadano para transmitirle este mensaje: “Conmigo o contra mí”. En él se descubre la razón principal del acoso, vigilancia, persecución, encarcelamiento y penas de muerte impuestas a los largo de la Historia a todos los que eligieron no ya ir directamente contra el Estado, sino dejarle al margen para pensar por su cuenta. Y la lista está repleta de filósofos, profetas, artistas, poetas, pedagogos o científicos que supieron mostrar a sus semejantes que existen otras leyes y otro orden en la naturaleza, en la imaginación, en el alma, en el pensamiento o en la vida que son incompatibles con las prisiones de la mente, los estereotipos, la violencia institucional, la mentira la doble moral y la homologación del cráneo colectivo con los que pretende mantenerse el Estado por encima de todo, y por ende sólo puede ser autoritario.Pero, siempre en su papel de embaucar, cuando le interesa finge que ama la democracia.
¿Pero qué democracia?
Resulta fácil pensar que la única democracia posible en la organización social de la humanidad ha de ser una democracia de hombres libres y para hombres libres e iguales, y no un sucedáneo de democracia para siervos como son las que padecemos.
Y eso podrá llegar si somos capaces de convertir este Yo individualista, egoísta, competitivo, insolidario y dividido de mil maneras -pero gregario y aborregado- en un Yo individual (pero no individualista) plural, (pero no gregario) y solidario (pero no redentorista) capaz de construir otro mundo donde podamos decirnos unos a otros de corazón: tú y yo somos uno; tú y yo somos hermanos.
 
 

Extraído de Kaosenlared.

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