Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen. Ésta es la frase que dijo Julio Anguita cuando un proyectil iraquí acabó con la vida de su hijo, Julio Anguita Parrado, corresponsal de guerra. Y, veinte años después, siguen siendo muchas – algunas nuevas, otras viejas – guerras las que se hacen. Comenzamos este reportaje con una lista de los países que están en guerra en la actualidad, partiendo de que cada conflicto bélico tiene unas características muy diferentes entre sí. Utilizo como fuente única la página de Wikipedia inglesa, que a su vez utiliza otras fuentes que aquí no voy a entrar a detallar. El modo de organizar estos conflictos es mediante el número de muertes en combate durante este año y el anterior. Éste método tiene su utilidad, pero también presenta algunas limitaciones, pues sobre-dimensiona los conflictos más mediáticos, como la guerra de Ucrania, pero resta visibilidad a otros, como el genocidio que sufre el pueblo palestino o la guerra en Colombia. Al mismo tiempo, fusiona o divide algunos conflictos de forma arbitraria (por ejemplo, el conjunto de luchas por el poder en Siria aparece como “guerra civil Siria” pero en la República Democrática del Congo se registran hasta 5 conflictos diferentes que bien podrían unirse como una única “guerra civil congoleña”. Bueno, vamos con ello.
El primer grupo, conflictos que han tenido más de diez mil muertos, está compuesto por tres: la citada guerra ruso-ucraniana, que comenzó con el ataque del propio Estado ucraniano contra la población del Este de su país hecho que, de forma oportunista y cínica, ha aprovechado el Estado ruso para lanzar su invasión sobre Ucrania; la guerra civil de Myanmar, Birmania, que si bien conoció cierto periodo de paz se reanudó con el golpe de Estado del 1 de febrero contra la presidenta Aung San Suu; la guerra civil etíope, que enfrenta al gobierno con los rebeldes Afar al norte del país.
En un segundo grupo, conflictos que han llevado la muerte a más de mil pero menos de diez mil muertos tenemos el caso de la guerra en Colombia (595 en lo que va de 2023), la guerra de Afganistán, la guerra civil somalí, los conflictos agrícola-pastoriles de Nigeria, la insurgencia yihadista en el Magreb islámico, la insurgencia yihadista de Boko Haram en el golfo del Níger, la guerra de Iraq, la guerra de Darfur, en Sudán, los conflictos étnicos en Sudán del Sur, la guerra civil siria, la guerra de Azawand en Mali, la guerra civil de Yemen, varios conflictos, étnicos, políticos y religiosos en Nigeria y la guerra contra las drogas en México (que lleva 1970 muertos en lo que va de año).
El tercer grupo es denominado “conflictos menores” y se refiere a aquellos en los que han muerto entre 100 y 999 personas entre este año y el anterior. Aquí, lógicamente, se incluyen conflictos que han sido muy largos en el tiempo pero con menor intensidad en la actualidad, conflictos muy constantes en el tiempo y episodios de violencia específicos. Aquí la primera guerra que deberíamos destacar es la guerra contra el pueblo palestino: sin embargo, es probable que la cifra de muertes sea muchísimo mayor que la que en realidad se presenta en este apartado; otras guerras que aparecen en este apartado: la insurgencia kurda en Irán, la insurgencia kurda en Turquía, la insurgencia en el noroeste de Pakistán, la insurgencia balochistaní en Pakistán e Irán, la insurgencia en el nordeste de India y la insurgencia naxalita-maoísta, también en India, la insurgencia Moro en Filipinas, la insurgencia comunista en Filipinas, la insurgencia yihadista en el Sinaí, en Egipto, en el norte de Chad, en Cabo Delgado – en Mozambique- y del grupo FRG9 en Haití; pero también aquí debemos incluir la guerra civil en la República Centroafricana, la guerra ambazoniana en Camerún, la guerra civil libia, el conflicto por Nagorno-Karabakh entre Armenia y Azerbaiyan y la guerra contra las drogas en El Salvador y Filipinas.
Finalmente, y con el nombre de escaramuzas y choques, aparecen el resto de episodios de guerra registrados. Como anteriormente en el caso palestino, aquí debemos destacar en primer lugar la guerra contra el pueblo saharahui, precisamente porque esta forma de organizar los conflictos invisibiliza un etnocidio completo, como aquel que ha emprendido Marruecos contra ellos, con el siempre apoyo tácito de España. Otros conflictos que aparecen son la crisis políticas en Perú (que lleva 42 muertos en lo que va de año), o Jamaica, la disputa fronteriza entre las dos coreas, el conflicto Papúa en Indonesia, la insurgencia Catanga en la República Democrática del Congo, la guerra Cabinda en Angola, el conflicto Casamance en Senegal, la insurgencia del Ejéricto de la Resistencia del Señor, también en RD Congo y República Centroafricana, el conflicto interno de Bangladesh, la insurgencia del Delta del Níger, del sur de Tailandia, de Paraguay, la insurgencia islámica en el norte del Caúcaso (en Rusia, precisamente) o incluso la lucha armada por el conflicto de las favelas en el Gran Río de Janeiro.
Quienes nos lean, con más tiempo y más paciencia, podrán separar el grano de la paja y diferenciar entre guerras y otros términos. Esto de aquí solo ha sido un brochazo a un tipo de violencia organizada que lleva demasiado tiempo persiguiendo a la historia humana. Personalmente, yo no había escuchado hablar de muchos de estos conflictos; otros, los hemos tratado ya sea en El Pájaro Sin Fronteras, los especiales internacionalistas de El Pájaro Observador, o, algunos de los que hemos pasado por el Pájaro, en Aló Argayu. Hoy os vamos a seguir dando un poco la chapa sobre la guerra de Ucrania y, concretamente, su más rabiosa- ejem- actualidad.
En las primeras semanas de la invasión rusa, muchos contaban con que se trataría de un ataque rápido que doblegaría el régimen de Zelensky bien por una derrota total, una rendición o incluso un golpe, más duro o más blando, de los propios generales contra el humorista venido a presidente. Sin embargo, la resistencia del Estado ucraniano fue mucho mayor de lo que se esperaban. Las tropas ucranianas consiguieron repeler a las tropas rusas en Kiev.
Podría considerarse, por esto, que la victoria del Estado ucraniano es total. Y es cierto que si tomamos como referencia la máxima expansión rusa en marzo de 2022, desde entonces los militares rusos están en retirada. Pero también es cierto que, respecto al comienzo de la invasión, Rusia controla ahora de forma unificada el Este de Ucrania, habiendo alcanzado y mantenido la orilla Este del río Dnieper desde Crimea, uniendo esta franja con Donetsk y Lugansk.
Del mismo modo que es ingenuo pensar, como han hecho algunos, que esta serie de golpes estaban planeados por el Kremlin desde el principio, parece demasiado arriesgado pensar que la guerra va a acabar con una decisiva expulsión de las tropas rusas de las fronteras del Estado ucraniano. La anexión por parte de Rusia, en septiembre de 2022, de gran parte del territorio conquistado, concretamente de Jersón, Zaporiya, Donetsk y Lugansk, independientemente de que parte de estos territorios fueran rápidamente recuperados por Ucrania, parecen mostrar la nueva estrategia del Estado ruso: al no poder hundir al gobierno Zelensky, crear, lo que podríamos llamar, una zona de seguridad aún mayor.
A día 14 de abril de 2023, cuando se redactó este reportaje, los puntos más calientes estaban situados en Bajmut, al Nordeste del país, y en Jersón, al Sureste, donde, de acuerdo con información de la inteligencia rusa, se estaría preparando un ataque ucraniano para los próximos días. Si el Estado ucraniano tuviera tantas municiones, tanques, aviones y, sobre todo, personas dispuestas a morir por esa causa, se podría pensar que quieren una pinza para encerrar en una bolsa a las tropas rusas. Sin embargo, todo apunta a una guerra que tardará en resolverse.
Algunos hechos han de tenerse en cuenta para entender el momento en el que está el conflicto. El ataque ruso a la ciudad de Bajmut está siendo llevado a cabo por los mercenarios del Grupo Wagner. Aunque los grupos modernos de mercenarios ya tuvieron una presencia importante en las invasiones estadounidenses de Afganistán e Iraq, principalmente el grupo llamado Blackwater, ahora Academi, parece ser el Estado ruso quienes ha sabido utilizarlo con mayor provecho. En general, el uso de mercenarios frente a militares profesionales permite a los Estados una serie de ventajas, principalmente, la de no responsabilizarse de cuantas fechorías lleven a cabo con tal de conseguir sus objetivos, y esto es tan válido para Estados Unidos como para Rusia. Pero, como decía, parece que Rusia ha conseguido utilizarlos con más éxito.
El Grupo Wagner ha desarrollado gran parte de sus acciones en África. Ante la ineficacia de las tropas neocoloniales francesas contra los continuos ataques yihadistas, muchos gobernantes africanos, bien forzados por marchas populares, bien reconduciéndolas, han corrido a los brazos de la empresa rusa. Sudán, la República Centroafricana, Libia, Mozambique, Mali o Burkina Fasso son algunos de los países donde el grupo Wagner ha tenido una influencia decisoria en la política local. Esto nos ayuda a entender, al menos, dos cuestiones del conflicto ucraniano: por una parte, el intermitente interés de Francia para mediar con Rusia; por otra, los ajustados cálculos de Putin en el conflicto, queriendo obtener el máximo beneficio sin exponerse a una sangría de jóvenes soldados muertos. A este respecto, por cierto, viene bien recordar que en septiembre de 2022 apareció un vídeo donde la compañía Wagner reclutaba presos en una cárcel rusa.
Bajmut, bajo el asedio de Wagner, se ha convertido en un mito para el nacionalismo ucraniano, de ahí que sea tan importante su defensa, aunque muchos estrategas afirmen que no valga tanto como está costando. Cuantos más mártires ponga Zelensky sobre la mesa, cuanto mayor sea el tributo de sangre de los ucranianos, más posibilidades cree que tiene de conmover los corazones europeos para que vayan a morir también los suyos. La llegada de la primavera parecía que iba a llevar un cambio de estrategia en el marco general, una estrategia de carácter ofensivo. Pero el pasado 7 de abril se anunciaba la filtración de documentación militar de Estados Unidos que no sólo probaba su participación en todas las fases del conflicto, sino los planes a futuro. Esta filtración ha hecho que la esperada ofensiva de Ucrania pueda esperar hasta mayo o incluso junio. En este sentido, no queda demasiado claro qué validez tiene el pretendido ataque ucraniano desde Jersón que, como ya he comentado, sería inminente según fuentes rusas.
Y aunque podrían tratarse más cuestiones sobre los frentes, sobre las armas y las batallitas, hablar de la actualidad del conflicto, entendemos desde El Pájaro, conlleva hablar de otros temas. Quizás la más importante de estas cuestiones sean los daños humanos, las bajas, durante el conflicto. Precisamente hoy, 14 de abril, Ucrania asegura que Rusia ha cometido más de 77.500 crímenes de guerra, de los cuáles responsabiliza a más de 300 personas.
Sin embargo, nunca debemos olvidar que en la guerra contemporánea, donde la información, la contrainformación, las noticias y las fake news vuelan continuamente a golpe de Tweet, las cifras de muertos y heridos son muy volátiles y una muy eficaz arma de guerra. Veamos algunos ejemplos.
El 12 de octubre de 2022, el medio iStories, en lengua rusa pero con sede en Letonia, informaba de más de 90.000 bajas rusas, contando muertos, heridos de mucha gravedad y desaparecidos; las fuentes oficiales rusas, sin embargo, confirmaban 19.688 muertos para el 7 de abril de 2023; por otra parte, el 10 de abril de 2023, las fuentes ucranianas señalaban haber matado a 178.820 soldados rusos. Con las tropas ucranianas hay un baile de cifras algo menor: para el 2 de diciembre de 2022, el Estado ucraniano afirmaba que habían muerto más de 13.000 soldados; el 21 de septiembre de 2022, el gobierno ruso decía haber acabado con la vida de 61.207 soldados ucranianos; el Estado Mayor noruego, aseguraba que para el 22 de enero de 2023 había más de 100.000 bajas entre heridos y muertos.
Las cifras de civiles, sin embargo, varían menos: podríamos pensar que es porque es un conflicto menos virulento que otros conflictos contemporáneos, pero parece más probable que una cifra alta de civiles muertos no beneficia a nadie: ni al Ejército ruso, que desmontaría su narrativa de desnazificar el Estado ucraniano; ni al Estado ucraniano, que desmoralizaría a las tropas; ni a los actores internacionales, especialmente Naciones Unidas, pues sería una muestra más de su estrepitoso fracaso en la que se supone es su más importante misión: prevenir al mundo de los horrores de la guerra. Para el 2 de abril de 2023, Naciones Unidas confirmaba la muerte de 8.451 civiles y 14.156 heridos. Quizás no sorprende, por distintas razones que los oyentes imaginarán, que Estados Unidos no tenga remilgos en elevar hasta 40.000 bajas entre muertos y heridos graves entre los civiles.
En relación a la amenaza nuclear, caben señalarse argumentos parecidos. Mientras haya guerra, uno y otro bando utilizarán la carta nuclear tanto para mostrar lo bárbaro que puede llegar a ser el adversario como para amenazarlo. Recordemos, por ejemplo, a Estados Unidos acusando a Bashar-al-Assad de utilizar armas de uranio empobrecido mientras que, al otro lado de la frontera, Israel utilizaba fósforo blanco con total impunidad internacional.
Mientras tanto, la población civil ya no sabemos qué es de verdad y qué es de mentira. Se han tenido que esperar más de cincuenta años para que, desclasificados archivos de la CIA, se haya podido valorar correctamente la amenaza de los misiles de Cuba (que, a juzgar por expertos actuales, fue mucho menor de lo que se transmitió en la época). ¿Cuánto tendremos que esperar para valorar la amenaza de un ataque nuclear? El 25 de enero de 2023, John Kirby, alto cargo de la seguridad nacional estadounidense, afirmó en rueda de prensa que los Estados Unidos no tenían “evidencias de que Putin tuviera intención de utilizar armas de destrucción masiva, ya fueran nuclear, tácticas o de otro tipo”. Con todo, basta que alguien empiece algo por error para que el conflicto escale mucho más rápido de lo que nadie quisiera.
En esta niebla de la guerra que lejos de aportarnos información nos trae miedo, también podríamos incluir el asunto del Nord-Stream. Recordemos que el pasado 26 de septiembre sufrieron varias explosiones los gasoductos NortdStream 1 y 2, que atraviesan el báltico, en aguas internacionales donde Suecia y Dinamarca suelen realizar tareas de pesca; rápidamente el Estado danés dijo que habían sido explosiones deliberadas y no accidentales; muy poco después comenzaron las acusaciones contra el Estado ruso, quien las rechazó muy rápidamente. Desde entonces, se han cruzado las acusaciones. El asunto, que había quedado en una neblina, se reabrió cuando, en febrero de 2023, el periodista Seymour Hersh afirmó que Estados Unidos, con el apoyo de Noruega, habían realizado el ataque; rápidamente, la prensa salió en trompa contra él, exigiéndole pruebas que nunca le habían exigido a Estados Unidos o a la OTAN cuando hizo las mismas acusaciones contra Rusia. Desde luego, llama la atención que se haya ignorado deliberadamente que Joe Biden dijo, en febrero de 2022, poco antes de la invasión, que si Rusia invadía Ucrania no permitiría la existencia de Nord-Stream. Analistas alemanes y estadounidenses afirmaron, en marzo de 2023, que sin duda un grupo proucraniano estaba detrás de los ataques; pero poca más información se filtró, y quién sabe por qué motivos.
Por su importancia estructural, cabe mencionar la propuesta de china para la paz en Ucrania, más allá de que prospere o no. Hasta ahora, la República Popular China se había posicionado de perfil en un conflicto que siempre le perjudicó – tanto Rusia como Ucrania son clientes comerciales chinos-, un perfil que parecía beneficiar a sus intereses geopolíticos mientras perjudicaba al de todas aquellas personas que sufrían la guerra. Quizás por verse en mejor posición, quizás por ver que a largo plazo la situación es insostenible, en febrero de 2023 el presidente chino Xi Jinping visitó Moscú y poco después hizo público un plan de doce puntos para la paz, doce puntos que merece la pena mencionar: respetar la soberanía (e integridad territorial) de todos los países; la seguridad de los países no puede realizarse mediante el fortalecimiento de bloques que debiliten la soberanía de otros países; el cese de las hostilidades; reanudar las conversaciones de paz; resolver la crisis humanitaria; proteger a los civiles y a los prisioneros de guerra; mantener la seguridad de las centrales nucleares; reducir los riesgos estratégicos (es decir, apartar a todos a quienes consideren una opción el uso de armas de destrucción masiva); facilitar la exportación de grano; poner fin a las sanciones unilaterales; mantener estables las cadenas de suministro, para que no se resienta la economía mundial; promover la reconstrucción tras el conflicto. Desde que se publicaron estos doce puntos, no han dejado de aumentar los reproches contra China; pero, al mismo tiempo, no ha parado el flujo de dirigentes europeos hacia Oriente, buscando estar en la foto con el presidente chino. Quizás, aunque por razones que poco tienen que ver con lo humanitario, se dibuje ahora una oportunidad para la paz.
Al mismo tiempo, cabe mencionar algunas otras cuestiones de la guerra de Ucrania que afectan más allá del territorio del Estado ucraniano. Recordemos, por ejemplo, los más de 8 millones de refugiados ucranianos, lo que supone un 18% de la población del país. Comparémoslo, por ejemplo, con los más de cinco millones de refugiados sirios en 2016, que suponía un 25% de la población del país.
De especial importancia internacional, como hace ver China en su documento de paz, es el tráfico del cereal ucraniano a través del Mar Negro, tráfico que es detenido arbitrariamente a voluntad de Rusia, como otro arma más con enorme impacto psicológico. Recordamos, también, la detención del periodista ruso-español Pablo González durante más de un año en una cárcel polaca, o incluso la reciente detención, por parte del servicio secreto ruso del periodista estadounidense de origen ruso Evan Gershkovich. Y – que conste que lo que digo a continuación lo digo sólo en mi nombre-, ya que estamos hablando de periodistas, de periodistas presos, qué buen momento para señalar la cobardía de otros periodistas, pesebreros, mascotas del poder; periodistas que les gusta hablar de guerra siempre que sean otros los que empuñen el fusil y mueran en las batallas, siempre que sean otras familias las que lloren sus muertos. Y voy a mencionar dos nombres concretos, que en nombre de la justicia no dejan de hacer campaña por la causa atlanista: la primera de ellas, Estefanía Molina, que tiene el coraje de titular su tribuna en El País del 10 de febrero de 2023 como “Ser pacifista hoy es apoyar la victoria de Ucrania”, ridiculiza el rechazo a la OTAN como fósil de la Guerra Fría y señala que será Estados Unidos quien nos salve si, literalmente, vienen mal dadas; como si no estuviéramos sufriendo todos los europeos los palos de ciego de la geopolítica americana; el segundo de ellos, no podía ser otro, Antonio Maestre quien, en un artículo para ElDiario del 4 de junio de 2022, compara de forma ciega y estúpida el conflicto interimperialista entre la OTAN y Rusia que se juega en terreno ucraniano con la guerra popular contra el fascismo español de 1936. Ambos, mamporreros de la OTAN, serviles de los Estados Unidos, perros al servicio de intereses imperiales. Ambos dicen que hay momentos donde no se puede permitir ser pacifista. Si no es en la guerra, ¿cuándo se puede permitir la paz? Da un poco de rabia pensar que estas personas comparten oficio con Jose Couso o con Julio Anguita Parrado, muertos hace veinte años en una de esas guerras que tanto parecen gustar a algunos.
No olerían tanto a viejo las palabras de Molina y de Maestre sino fuera porque riman con lo que todos los Estados están llevando a cabo en estos momentos. ¡Más madera, que es la guerra! Precisamente, para el programa que hoy nos ocupa, creo que merece la pena detenerse en el asunto de la movilización para los ejércitos: o, lo que es lo mismo, el disponer a unos seres humanos para asesinar a otros seres humanos. Y en esto coinciden todos los Estados del mundo: Finlandia ha entrado en tiempo récord en la OTAN, lo cuál no es más que un gesto para demostar su voluntad de realizar sacrificios humanos, para demostrar la fidelidad del antiguo Estado neutral a la causa atlantista y europeísta; la Unión Europea ha comenzado una campaña de propaganda, visible en las marquesinas de las calles de Santander, con un llamamiento sutil a la unidad que en estos tiempos no es más que un sinónimo de guerra; en Estados Unidos se encuentran llamamientos para captar a personas sin hogar a que vayan a luchar en la Legión Internacional de Defensa de Ucrania. Es bien conocida, igualmente, la participación de diversos neonazis internacionales principalmente (pero no solo) en el lado de Ucrania. Es mucho menos comprensible, por otra parte, la participación de autoproclamados libertarios en ese mismo lado del conflicto. Qué buen momento para recordar que incluso Piotr Kropotkin, en su vejez, apoyó en la Primera Guerra Mundial a lo que él entendía como democracias frente a los imperios centrales. La propaganda bélica puede nublar el juicio de cualquiera.
Pero eso no significa que se la nuble a todos. El portal de noviolencia Waging NoViolence estima, a partir de distintos registros, que 100.000 hombres han huido de Ucrania, otros 100.000 de Rusia y 22.000 de Bielorrusia para evitar ser llamados a los combates ¡Y eso que Bielorrusia oficialmente aún no está en el conflicto! En Ucrania, la objeción de conciencia, protegida por la Constitución, ha sido anulada por la ley marcial desde el inicio de la invasión rusa; en El Pájaro hemos tenido noticias de tres objetores detenidos y encarcelados, el último de ellos, Vitaly Alkeeseenko, aunque probablemente sean muchos más. En Bielorrusia, desde el 5 de marzo existe la pena de muerte para los desertores y condenas de hasta 5 años para quienes les apoyen. En el territorio ucraniano controlado por Rusia se han documentado hasta 13 prisiones que albergan más de 600 prisioneros insumisos a la guerra.
Y, mientras tanto, algunxs queremos seguir recordando la que fue consigna internacional de los pueblos durante décadas; la que consiguió detener el cargamento de armas en sitios tan lejanos como Euskadi y Tesalónica: ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases.



