Cada 8 de marzo, cuando salimos a las calles a denunciar que el patriarcado continúa ejerciendo su violencia sobre los cuerpos de las mujeres y disidencias, siempre recordamos que no estamos todas, que faltan las presas. Ante su permanente invisibilización reproduzco el relato que en su día Paula, por entonces encerrada en la cárcel de mujeres de Santiago de Chile, nos hizo y que una compañera de la Colectiva Retazas recogió. Que este mes la palabra sea suya:
“A los ocho años ya llevaba a mis hermanitos pequeños a la escuela. Cogía la mano de él y él cogía la mano de ella, así como en una cadena de manos de hermanas. Sobre todo me aseguraba que ella no se soltase de él, ya que era la más pequeña y temía perderla en cualquier momento, especialmente en la subida o bajada del bus que era el momento crítico porque a veces, además, yo llevaba bolsas con la compra que mi mamá me había pedido. Tiempo después, mi papá compró un caballo con carro y cuando no lo usaba en el trabajo, era nuestro transporte hacia la escuela. Íbamos las tres en él. Yo lo dejaba a la entrada para que Pedro, el guarda, lo desembridara del carro y lo pusiera a pastar hasta que salíamos de clase, que lo volvía a embridar y emprendíamos regreso a la casa. Me gustaba estudiar y siempre me dijeron que era buena para las letras. Los números eran otra cosa…
Cuando llegaba a casa, les preparaba un té a mis hermanos. Todavía me veo empujando hacia el fuego con las dos manos la pesada olla llena de agua. Para lavar los platos me tenía que subir a una silla porque no llegaba, pero lo dejaba todo limpito para cuando mi mamá llegara. Hubo un tiempo que en la escuela nos daban unas chocolatinas y como vi que había muchas, cogí varios paquetitos para que mis hermanos tuvieran algo diferente en la merienda. Recuerdo a mí mamá que me reprendió fuerte: “Eso no se hace. No puedes traerlo si no te lo ha dado la profesora”. Al día siguiente le comenté a la profesora y en la misma tarde, antes de salir, me dio una bolsa llena de chocolatinas para la merienda en casa. Mi mamá se resistió a creerme pero luego lo aceptó.
Cuando mis hermanitos ya fueron un poco mayores, al regresar de la escuela, me iba a trabajar al campo. Nunca dejé de hacerlo. A los 17 años ya conseguí ahorrar dinero suficiente para comprarme una furgoneta y un vecino se prestó a realizar todos los trámites en su nombre hasta que yo pudiera tener el carnet de conducir. Al llevar la furgoneta a casa, mi papá le preguntó de quién era. Yo me temí lo peor porque siempre me pegaba por todo y tuve miedo de decirle que yo lo había comprado, pero ese día no me pegó, creo que hasta se sintió orgulloso de mí. Ese mismo año tuve mi primer hijo. El segundo se murió cuando era muy pequeñito. Cosas de la vida. Luego tuve otras dos más que si vivieron.
Construí mi propia casa con estas manos ajadas de trabajo y con madera tan nueva como mi empeño. Mi marido sólo llegaba a dormir y borracho, sé que venía de estar con otras mujeres. Cuando hablaba de “su” casa, mi hijo le decía que esa no era “su” casa que nunca trabajó ni puso un euro para construirla. Me emocionó mucho el día que mis hermanos me ayudaron a acabar con el tejado, para agradecerlo hicimos una barbacoa, bebimos y reímos mucho, como hacía tiempo.
Un día, no recuerdo la hora, mi marido entró en la casa y fue directo a pegar al menor (que en esas ya tenía diecisiete años). Eso sí, ¡a mis hijos no lo tocas, a mí me han pegado toda la vida, pero tú, a mis hijos, no les pones la mano encima! No sé qué me pasó, si estaba borracha o qué, sólo sé que le lancé un saco de veinticinco kilos de patatas encima y cuando salió de la casa lo atropelle con el vehículo. Ahí sí, lo dejé destrozado.
Ya llevo muchos años aquí, en esta prisión, trabajando como siempre hice. Ahora lavo la ropa de otras presas para sacarme unos dineritos para el tabaco, el café y no ser una carga en la familia. Es difícil dejar de fumar y aquí son tan aburridos los días que algo hay que hacer”.



