
La oscuridad se cierne sobre Gaza. La oscuridad de los malditos, acechando a los abandonados por el resto del mundo, a los invisibles para aquellos que no quieren ver. La impotencia y el terror se adueñan de todo. La muerte avanza sin freno, alimentándose de pedazos bajo los escombros, de niños famélicos, de enfermedades y de dolor. En cada rincón de este lugar, donde los sueños se deshacen como polvo, cada niño, cada madre, cada joven, cada anciano lleva la peor de las cargas. Un peso insoportable que no puede ser contado por estadísticas ni cifras, solo por la violencia de los cuerpos que caen y la memoria de los que quedan. Lo que está padeciendo esta gente es uno de los mayores sufrimientos que haya podido experimentar nadie jamás. Y es imperativo repetir que es un sufrimiento calculado y provocado por las demandas de nuestra sociedad y los intereses de los gobiernos occidentales.
Sin embargo, seguimos mirando desde lejos, con las manos vacías de esperanza. Pero Gaza no está lejos. Gaza es el reflejo de lo que nosotros permitimos. Y, por tanto, es el reflejo de lo que somos.
Gaza no es solo un lugar, es una realidad global que involucra a todos, a cada uno de nosotros, pues es el grito ahogado de la humanidad que ya no puede permitirse la indiferencia. No, no podemos seguir diciendo «no es mi gente, no son mis asuntos».
Porque este horror, este dolor, esta injusticia, sobrepasa todo lo conocido, es el infierno en la tierra, consentido y permitido, es la fractura de nuestra sociedad ¿«civilizada»?.
Gaza es el campo de concentración donde el aire huele a muerte, a contaminación, a radioactividad. No hay atisbo de futuro en el horizonte, solo escombros, polvo y ecos de gritos callados. Cada bomba que explota destruye sueños, destroza la dignidad humana, negando el derecho más elemental: el derecho a la vida. Y ahí, en la inocencia destrozada de los niños que ven y sufren los peores horrores inimaginables, se encuentra nuestra vergüenza, el pecado de haber dado la espalda a la humanidad que compartimos.
¿Qué nivel de horror experimenta un niño con sus extremidades reventadas y amputadas sin anestesia? Lo siento, hay que decirlo. ¿O su madre presenciándolo, o viendo a su bebé muriendo de hambre? ¿U otro niño o madre recogiendo trozos de su ser más querido? ¿Cómo podemos seguir con nuestras vidas mientras nuestros gobiernos occidentales infligen estas pesadillas a cerca de dos millones de personas? Recordemos, que la omisión de socorro es un delito penal. Toda nuestra sociedad, no solo nuestros infames e interesados gobernantes, está incurriendo en delitos. Se está viendo claramente cuán horrible es el ser humano.
¿Dónde está el llanto del mundo cuando cerca de 100 niños son asesinados cada día? ¿Dónde está nuestra voz, nuestra ira, nuestra compasión? Nos han enseñado a olvidar, a mirar a otro lado, a no preocuparnos más que de nosotros mismos, a no pensar demasiado, a justificar con espantosas mentiras la limpieza étnica, el genocidio disfrazado de «defensa» y «seguridad». Nos han hecho creer que el sufrimiento tiene límites, que el dolor tiene fronteras, esto pasará, como tantas otras cosas que suceden en el mundo y se desvanecerá en el tiempo. Pero en Gaza no hay fronteras para el sufrimiento. El sufrimiento es infinito y se extiende más allá del desierto, del mar, de los continentes. Es un sufrimiento que está en nuestra indiferencia, en nuestra aceptación pasiva de que unos seres humanos puedan ser borrados de la faz de la tierra por el simple hecho de existir en un lugar estratégico que alguien desea dominar.
No hay excusas. No hay justificación que valga. La violencia de Estado, especialmente cuando consiste en exterminar a población civil, no se puede revestir con eufemismos ni con discursos falsos de paz. Gaza es la negación de la humanidad, el fin de los derechos humanos, la traición a nuestros principios y a todos los que lucharon por nuestras libertades.
Y mientras tanto, en Gaza, mientras la tierra se sacude y las vidas se deshacen, aún hay algo que resiste. Algo que nos da ejemplo. Algo que debería hacernos agachar la cabeza y avergonzarnos aún más. Porque si bien las bombas caen, la humanidad no puede ser exterminada tan fácilmente. Los periodistas que arriesgan su vida para contar la verdad, los médicos que se baten con la muerte para salvar la vida, los padres que protegen con sus propios cuerpos a sus niños, y estos que, a pesar de todo lo que ven y sufren, siguen soñando, siguen existiendo, siguen recordándonos que la dignidad humana no puede ser aplastada. Y siguen pidiendo socorro, manteniendo una fe fuera de lo común. Algo que se escapa a nuestro entendimiento.
Aún no es tarde para los que siguen en pie. Debemos persistir en la acción, en la denuncia, en la resistencia, en la lucha por una paz que no sea la sumisión del débil, sino el reconocimiento de la humanidad de cada ser.
No hemos gritado lo suficientemente alto. Quizás debamos presionar más a menudo, o quizás debamos ser menos obedientes y sumisos.
La culpa, la vergüenza, la indiferencia, es nuestra. La esperanza, la justicia, la lucha, también lo son. ¿Qué haríamos por nuestros propios hijos?

* Manifiesto publicado en el boletín Briega nº 64 en abril de 2025.



