En casi 10 años de aplicaciones comerciales de la ingeniería genética en la agricultura, las expectativas creadas por una tecnología concebida para rediseñar la Naturaleza en el laboratorio, mejorando los cultivos a nuestro antojo, distan mucho de ser realidad. Las mejoras soñadas siguen sin llegar, mientras se han detectado ya problemas agronómicos, ecológicos y de salud. No obstante, los fracasos de la manipulación genética de los cultivos no debieran sorprendernos, dado que en la medida que la ciencia ha ido desvelando la complejidad de los seres vivos a lo largo de los últimos años, la manipulación genética resulta una tecnología sumamente inapropiada e inexacta, cuyos resultados no es raro que sean las más veces verdaderos engendros, inadaptados e inestables.
Podemos resumir los resultados de la manipulación genética de los cultivos de la siguiente forma:
Menores rendimientos: salvo algunas excepciones, las variedades transgénicas no han supuesto un aumento del rendimiento de los cultivos, sino todo lo contrario. En EE UU el rendimiento de la soja resistente al herbicida Roundup se calcula que es un 5-10% inferior al de variedades convencionales similares, pudiendo bajar hasta un 12-20%.
Aumento del uso de herbicidas y plaguicidas: el tiempo ha dado la razón al movimiento ecologista, que desde un principio denunció que la introducción de variedades manipuladas genéticamente supondría una mayor dependencia de agroquímicos, que envenenan los campos, las aguas y nuestra salud. En EE UU las aplicaciones de estos productos asociadas a los cultivos transgénicos han ido en aumento, tras un fugaz descenso en los primeros años, suponiendo un incremento global del 11% en 2003.
Aparición de super-malas hierbas resistentes a los herbicidas, que empiezan a ser un problema en algunas zonas de EE UU y Canadá, requiriendo tratamientos cada vez más agresivos.
Daños a los ecosistemas: se ha comprobado que los cultivos insecticidas pueden afectar a especies beneficiosas, pudiendo alterar equilibrios biológicos importantes para la salud de los ecosistemas. Por otra parte, la aparición de insectos resistentes, consecuencia inevitable de la proliferación de este tipo de cultivos, va a suponer un perjuicio importante para la agricultura ecológica.
Contaminación genética: la contaminación transgénica de centros de biodiversidad (el del maíz, en México), de los campos sembrados con variedades convencionales y del suministro de semillas son ya un grave y alarmante problema, sobre todo teniendo en cuenta los muchos interrogantes, la inestabilidad y la eventualidad de un fracaso de los cultivos transgénicos.
El desarrollo de farmacultivos, variedades modificadas para producir compuestos destinados a la industria farmacéutica o de cosméticos, del plástico, de detergentes, etc., que han empezado a cultivarse ya en EE UU, supone que la contaminación genética de los cultivos alimentarios sea un problema aún más inquietante.
Daños a la salud: la espiral en el uso de agroquímicos tóxicos asociada a las variedades transgénicas no es precisamente la mejor receta para frenar el deterioro galopante de la calidad de los alimentos que supone la agricultura industrial. Por otra parte, a pesar del escaso seguimiento y del silenciamiento de cualquier indicio de riesgo, en varios estudios experimentales con ratones se han detectado trastornos graves asociados a los alimentos transgénicos, como problemas de crecimiento y del desarrollo de órganos vitales y, recientemente, alteraciones de las células del hígado.
Consolidación de un modelo de producción y de distribución de alimentos controlado por grandes empresas y que constituye una grave amenaza para los millones de pequeños campesinos y campesinas que alimentan a la mayor parte de la población mundial, y para la sostenibilidad y seguridad alimentaria del mundo.
Industria biotecnológica versus agricultura ecológica
Desde 1990 la industria biotecnológica ha crecido desmesuradamente, convirtiéndose en un poderoso sector económico dominado por grandes transnacionales farmacéuticas y del ramo agroquímico, que mueven cifras de negocio superiores al PIB de países como México y Sudáfrica. En este proceso han engullido inversiones de más de 100.000 millones de dólares y soportado unas pérdidas netas acumuladas que superan los 71.000 millones de dólares, y que van en aumento de año en año. Apuntalar el espejismo de la manipulación genética como panacea de la agricultura, asegurando con ello el flujo de inversiones que requiere la industria, exige un potente despliegue publicitario, activado muy eficientemente en los últimos años. Pese a ello, los consumidores siguen resistiéndose a hacer de conejillos de indias de un experimento a gran escala y de alto riesgo, y en todo el mundo ha surgido un movimiento campesino que se niega a utilizar unas variedades que suponen una mayor dependencia y un aumento de costes, reportando muy pocas ventajas.
Los transgénicos apenas ocupan un 2% de la superficie cultivada del mundo. Según datos de la propia industria, el 99% de los transgénicos los producen 6 países: EE UU (63%), Argentina (21%), Canadá (6%), Brasil (4%), China (4%) y Sudáfrica (1%). La práctica totalidad de la superficie sembrada con transgénicos está ocupada por cuatro cultivos, en su mayor parte destinados a la producción de piensos compuestos para la ganadería intensiva. La soja es el cultivo estrella (61% de la superficie total), seguido del maíz (23%), el algodón (11%) y la colza (5%). En cuanto a los rasgos incorporados a las variedades transgénicas, siguen predominando los cultivos resistentes a un determinado herbicida, que ocupan el 73% de la superficie cultivada, seguidos de las variedades insecticidas (18%) y de las que combinan ambas características (8%).
Paralelamente, la agricultura ecológica está demostrando en todo el mundo ser una alternativa viable y perdurable, que no sólo es perfectamente capaz de producir alimentos sanos y suficientes para toda la Humanidad, sino que puede contribuir eficazmente a combatir algunos de los acuciantes problemas ambientales y sociales del mundo. En países industrializados como la moderna Suiza, los rendimientos de muchas explotaciones ecológicas son parecidos a los de sus vecinas convencionales, si bien con un coste ambiental muy inferior. Y en muchas regiones del Sur experiencias diversas de agroecología están estableciendo sin lugar a dudas la productividad de una agricultura que se sustenta en procesos y equilibrios de la Naturaleza, dando respuesta a los problemas locales de los campesinos y asegurando un medio de vida y alimentos nutritivos y saludables a millones de familias.



