Entrevista a Zoe sobre neurodivergencias, realidades trans y expresión creativa. A propósito de su nuevo álbum, ‘Cicatrices’, donde comparte sus miedos y deseos

Tratar de definir a Zoe (Badalona, 1996) no solo es una tarea bastante complicada, la siento injusta. Entre muchas cosas es: músico (pianista y bajista, en grupos como Akelarre y acompañando a Ginestà y Maio, entre otres), manager, escritor, poeta, biólogo especializado en género. Persona trans no binaria, demisexual, bisexual, autista y con TDAH.
 Desde hace años le sigo en redes sociales (en Instagram lo encontraréis como @zoe.grks) desde donde accedo a sus reflexiones sobre toda clase de cuestiones que le/nos atraviesan. En particular, me gusta su tono: percibo la voluntad de diálogos desde lugares amables.

Ha publicado libros (Autigénero. El espectro de las disidencias: autismo e identidades trans), poemarios (Entropía y Entalpía) y fanzines (Fanzine sobre la muerte y Guía para patear la transfobia). Aprovechamos que acaba de presentar su primer trabajo musical en solitario, Cicatrices, para entrevistarlo.

Cicatrices me ha llegado como una conversación tanto con les otres como contigo mismo. Un diálogo sobre el amor, sobre las posibilidades de conexiones bonitas y tiernas desde una vulnerabilidad explicitada. ¿Por qué tenemos miedo cuando nos mostramos?

Mira, qué difícil. Creo que no tenemos miedo de mostrarlo todo. Las cosas chulas normativas y fuertes de nosotres, las cosas que “molan”, a menudo no tenemos tanto miedo de mostrarlas porque sabemos que seguramente serán bien acogidas o bien recibidas. Tenemos miedo de mostrar las cosas que creemos que quizás alguien más rechazará o que nos hacen daño, aquello que tenemos más sensible… A mí me pasa, porque yo no puedo hablar por todo el mundo, que cuando tengo miedo de mostrarme es porque tengo miedo de que me hagan daño. De que a la gente no le guste, que explícitamente haya un rechazo o que se burlen. 
Siempre lo digo: muchas veces cuando hago activismo en redes sociales hablando de cosas es porque ya me he empoderado lo suficiente en esa cuestión, hasta el punto de que me da igual si alguien me hace un comentario de mierda; si no, seguramente no me atrevería a hablar de ello. Yo hablo mucho de ser trans porque estoy muy bien con ser trans y muy empoderado en eso, pero si no lo estuviera tanto, quizás no hablaría tanto. O sí, porque quizás a veces juego a exponerme un poco por el bien de visibilizar cosas. Para mí va un poco por ahí.

¿Cómo se entrelazan deseos y miedos en este trabajo?

Yo hablo de miedos y de heridas. Estas heridas van muy de la mano con los miedos porque es como hablo de… Yo qué sé, de quererme morir y hablo de ese miedo, de estar conviviendo con esa sensación. Quiero decir, es todo el tiempo hablar de miedos. De hecho, esto pasa porque hay muchas letras que las he escrito basándome en poemas que escribí hace mucho tiempo, cuando quizás no estaba tan bien. Así es como hablo de historias que me pasaron en otros momentos. Las recojo y las convierto en canciones. Para mí es bonito porque estoy en un punto mucho mejor. Por lo tanto, es como si hubiera tomado aquello que eran miedos… Y miedos que tengo ahora también, porque hay letras que provienen de miedos que tengo ahora… Y los he ido atravesando un poco. Creo que hay un gran equilibrio entre esos deseos y esos miedos. 
Me ha ido saliendo muy orgánico, no ha sido muy pensado sino que me ha nacido así, haciendo el contrapunto todo el tiempo. Además, creo que los deseos están construidos de manera muy positiva. Bastante en el punto en el que estoy ahora: “Ey, vengo de este bagaje, cargo esta mochila, me acompañan estas cosas que aún me pasan hoy, tengo estas heridas y estas cicatrices”. Pero también hay como esa cosa que me empuja hacia adelante, hay un poco de motor… Que para mí era una parte chula de hacer un disco. Es un disco un poco de llorar a ratos, pero para también después decir “vale, venga, sigamos adelante”.

Cantas sobre vulnerabilidad, heridas y dolor, pero he sentido un hilo conductor en todo momento optimista. Unas ganas genuinas de mostrarnos para encontrarnos de manera auténtica, para generar universos más amables. ¿Lo sientes así?

Sí, cien por cien. Me parece genial que lo hayas visto. Dudé de si la gente, entre tanta herida, vería este punto de “Ey, de acuerdo, herida, pero no está todo tan mal, ¿no?”. 
Estoy en un momento de mi vida en el que me atraviesan muchas heridas, convivo con muchas cosas y tengo una mochila que pesa mucho, pero estoy aprendiendo a caminar con ella y eso es algo que no había pasado en mucho tiempo. También me gusta visibilizar esto porque igual que reivindico mucho poder colgar un post en Instagram llorando, porque tenemos que vernos llorando, también reivindico mucho poder decir que la gente trans y neurodivergente no solo llora. 
Siempre he dicho que me cuesta mucho escribir si no estoy fatal. Me parece muy chulo haber podido escribir cosas que incluyen optimismo porque siempre lo hacía desde el drama. Al final, plasma la realidad de quién soy yo y cómo estoy ahora, de manera transparente y sincera. Tanto si escribo poemas como si escribo canciones, lo que hago cuando escribo es lo mismo: explicar cómo estoy y qué me pasa.

Antes comentabas que algunas de las canciones están basadas en poemas antiguos. Yo siento que cuando escribo un poema encapsulo un momento, cosa que me permite revisitarlo después. ¿Cómo ha sido no solo revisitar ciertos momentos, sino trabajar con ellos mucho tiempo después?

Sí, de hecho, me ha pasado. Yo tengo publicados dos poemarios: Entropía, el primero, y Entalpía, el segundo. Entropía es un poemario de drama y Entalpía es un poemario de amor. No de amor como superromántico y normativo, pero sí que es un poemario de amor hacia mí, hacia las personas que amo… 
Los poemas que he recuperado para escribir canciones son de Entropía, que es el primero, por lo tanto, hay poemas que quizás ya tendrán diez años. Me pasa que de vez en cuando hago recitales y últimamente me estaba costando mucho recitar los poemas de Entropía, porque me quedaban muy lejanos, eran superdestructivos y sobre cómo todo es terrible.
Me ha salido muy natural recuperar dos poemas que me daban mucha pereza, tomarlos desde el punto en el que estoy ahora y convertirlos en canciones que me llevan hasta el presente, reescribiendo la historia con un final bonito porque es lo que me está pasando ahora. Me apetecía. Son canciones que cuentan una historia, comienzan en el drama y tienen un final muy positivo. Hacen un recorrido más largo sobre qué emociones estoy sintiendo. Quién sabe, quizás dentro de cinco años te digo que he reversionado la canción y tiene un final dramático. Espero que no…

En términos más generales, ¿cómo has vivido el proceso creativo de Cicatrices? ¿Qué destacarías?

Ha sido algo hecho con mucha calma, a fuego lento. Yo siempre he escrito, siempre me ha gustado mucho la música, pero también me ha costado pensar que podría hacer música. Creo que esto último viene un poco de esa construcción de persona educada como niña y de no hacerlo lo suficientemente bien. Quiero decir, siento que un señor cishetero, normativo, blanco… puede subir a un escenario y cantar fatal y todes lo aplaudirán, pero una persona disidente tiene que hacerlo perfecto para que la validen. Llevo muchos años dentro de la industria musical y tenía eso muy presente.
Una persona de mi entorno me regaló un micrófono y unos altavoces, en plan “Churri, toma. Ha llegado el momento”. Esto fue en Navidad hace dos o tres años. En enero de 2023 comencé a hacer canciones porque me salió muy de dentro. Ha sido un proceso muy progresivo. He ido creando, han salido cosas, no sé si veinte o treinta canciones que al final se han quedado en once que tiene el disco. No sé si alguna más algún día verá la luz.
Al principio hacía cosas muy electrónicas, muy underground. Creo que en mi cabeza también tenía la creencia de que la gente queer tenemos que hacer cosas underground. De hecho, empecé trabajando con Toni Taboo, que hace bases muy cañeras y tralleras; fue muy inspirador.
Ha sido muy chulo porque he pasado de nunca haberme permitido hacer música a explorar durante dos años qué música quería hacer. He escuchado mucha música, he visto directos y he ido transformando las canciones. Además, como sé hacer un poco de producción, había cosas que iba medio produciendo yo desde casa.
En la segunda fase, Xicu ha terminado de producir las canciones. Ha sido muy de cada uno en su rollo, nos hemos entendido mucho, él en su estudio y yo en el mío, nos hemos ido pasando cosas. Ha sido un trabajo muy desde mi nido, haciendo mis cosas, experimentando, explorando, teniendo crisis creativas. También un proceso de descubrirme como compositor. En este proceso se ha sumado Xicu como figura externa que ha ido alimentando todo esto.
Hay algo que estoy reivindicando mucho y que me ha ayudado a poder hacer el disco: el bendito autotune. Es algo muy castigado dentro de la música. Pero a mí, que no tengo una gran voz, ni soy un gran cantante, ni tengo una gran técnica, me ha permitido atreverme a cantar. Tengo muchas cosas que decir con mi voz. De hecho, es ahora cuando estoy empezando a hacer clases de canto, porque quiero poder hacer conciertos sin destrozarme la voz, por una cuestión de salud.
Escuché a la gente de Fades decir en una entrevista que el uso del autotune democratiza la voz como un instrumento que hasta ahora había sido muy elitista. Gracias al autotune, cualquier persona con algo que decir puede hacerlo. Para mí, así debe ser la música.

En diferentes momentos te hemos oído hablar sobre cómo el autismo y la neurodivergencia influyen en la experiencia de género, tanto en lo que respecta a la expresión de este como a la orientación sexual. ¿Qué espacio ocupa en este ámbito en el disco?

Ocupa todo el espacio en el sentido de que hablo desde el estómago, desde las cosas que me pasan. Yo siento las emociones, las cicatrices, muy intensamente porque soy una persona neurodivergente y también por mi bagaje. Hay muchas canciones de amor en el disco, explicadas desde muchas perspectivas diferentes. También ese amor del “Te quiero mucho, pero veo que te estoy haciendo daño, qué pena, no sé hacerlo bien”. Pero yo amo así.
 Siento que el hecho de ser trans y neurodivergente está tan integrado en mi bagaje que está en todas partes. Yo lo percibo, aunque no todo el mundo, pero sí que me pasa que hay mucha gente neurodiversa, autista, trans, LGTBIQA+, lo que sea, que me dice: “Es que esto me ha resonado mucho y no sé por qué, pero me ha resonado”. Claro, es que al final tenemos experiencias comunes. La canción “Dame la mano” habla de esta red entre gente disidente.

Muchos de tus proyectos, ya sean libros, poemarios, fanzines, arte, etcétera, están producidos y distribuidos desde planteamientos locales y autogestionados. ¿Es algo escogido? ¿Qué ventajas y qué limitaciones implican estos formatos?

Empecé a publicar porque Sayre [Domínguez], que es la persona que me hace toda la maquetación y diseño, estaba muy en el mundo de los fanzines, autoedición y tal. Yo no conocía este mundo, había estado preguntando cómo funciona el tema editorial y me parecía muy difícil. Sentí que la autopublicación tenía más sentido políticamente, podía ofrecer diferentes precios según si eras una persona disidente… Ahora sé que hay editoriales muy chulas, pero en ese momento me parecía que me quedaba muy lejos en el orden jerárquico.
En algún momento he intentado publicar algo con editoriales. Presenté Autigénero y nadie lo quiso. No lo viví como un fracaso, sino que fue parte del proceso y me llevó a reconectar con el sentido político de la autogestión. Tengo gente en mi entorno publicando con editoriales o con discográficas y, a menudo, implica unas condiciones muy concretas, incluidos tiempos, cosas que yo no he querido con mis libros, discos, ni nada. Publicar con editoriales y discográficas también suele implicar condiciones económicas precarias, a pesar de que hayas escrito un libro brutal.
Yo necesito poder seguir mis propios ritmos, así que la única manera de hacerlo lo más accesible posible como persona neurodivergente es así. Es cierto que con los libros me parece más fácil que con un disco, por la inversión económica y el nivel de riesgo.

Políticamente, siempre defenderé la autogestión. Me respeta mucho los tiempos y es muy accesible como persona neurodivergente. Al mismo tiempo, soy consciente de que a veces no llego a todo y que cuando me haga falta buscaré ayuda de gente profesional y especializada en esto, que esté alineada con mis ideales. Al final, autoeditar, autopublicar, facturar, gestionar derechos… significa hacerlo absolutamente todo. Bajar de un concierto e irte corriendo a la mesa porque tienes que vender tus historias.

Tanto en el ámbito activista como profesional (por ejemplo, como formador) haces pedagogía sobre diferentes temáticas, en particular sobre las realidades trans. ¿Has notado una evolución a lo largo de los años en relación con esta cuestión? ¿De qué maneras afecta ser una persona trans (entre otras disidencias) a tu trayectoria musical?

Recuerdo que cuando salí del armario había como dos referentes y medio que hacíamos vídeos. En las redes costaba muchísimo encontrar gente y era gente supernormativa. Ahora ha crecido mucho y creo que esto se refleja en la realidad. Voy mucho a centros educativos y la gente sabe lo que es ser trans, más o menos les suena. Yo no descubrí que era trans hasta los veintidós años porque no sabía que existían las personas trans, ni idea. Es descomunal la diferencia, ha sido un crecimiento exponencial muy fuerte.
Esto también ha llevado un poco a la polarización de discursos; han subido mucho los discursos de odio. En las clases y en muchos entornos hay mucha más gente queer y todos saben un poco lo que es ser trans, pero también hay personas con discursos de odio y violencias fuertes.
 Pero para mí el balance es muy positivo. Desde que descubrí que era trans hasta ahora, que han pasado seis o siete años, ha sido un cambio brutal en cuanto a visibilidad. No sé si ha llegado tanto a la industria musical. Los programadores de festivales, los productores de conciertos… todavía no son suficientemente conscientes de que estamos aquí, que también se nos debe programar. No solo por ser trans, igual que el resto, porque se nos programa menos. Esta es una realidad.

Has compartido tus reflexiones escribiendo ensayo, te has mostrado en libros de poesía, y ahora nos ofreces una nueva propuesta en formato musical. ¿Actualmente tienes ganas de explorar otros formatos? ¿Y qué temáticas te hace ilusión explorar?

Estoy escribiendo un ensayo. En mi casa pinto, dibujo, tatúo, hago bordados… tengo esta necesidad muy dentro de mí de expresar cosas de manera creativa. Si algún día, por la razón que sea, siento que alguna de estas cosas que he hecho necesita ser enseñada al mundo, lo haré.
No tengo nada en mente ahora mismo porque no hay nada que me esté llamando lo suficiente y también porque me gusta reservarme ciertas cosas para una parte más mía. Me gusta poder dibujar o tatuar en mi casa sin que eso tenga que ser trabajo o un proyecto que deba mostrar al público. También me gusta reservarme el placer de hacer cosas feas, terribles, que queden mal y que estén en la intimidad de mi hogar. Pero no descarto nada. Cualquier cosa es posible.

¿Qué cosas disfrutas en la vida? ¿Cómo es el mundo con el que sueñas?

Me gusta pasear por la montaña, tomar el sol, leer… Estoy aprendiendo a disfrutar de estas cosas también. Hacer yoga, mirar shibari… ¿Y el mundo con el que sueño? Idealmente, un mundo donde no haya estructuras de poder ni jerarquías entre personas y también entre otros seres. Sin capitalismo, ni patriarcado, ni sistema colonial. No diremos que es muy utópico porque luchamos por esto, así que diremos que es un objetivo posible. ¿Si no qué?

 

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