El pasado domingo 30, enviamos a nuestro reportero más joven, Mateo Tsan, a cubrir el acontecimiento de más trascendencia de la historia del Valle de Las Pilas, la gran marcha popular bajo el lema » SALVEMOS TRASMIERA 5 km para vivir en paz» En un día soleado, el mejor con diferencia del que ha sido un mes de marzo lluvioso, el día comenzaba con los últimos preparativos. Lo que estaba a punto de pasar nadie podía imaginárselo todavía.
Poco a poco fueron llegando personas desde todos los puntos de Cantabria hasta llenar el kilómetro y pico de aparcamiento previsto. La organización y Protección civil tuvieron que habilitar nuevas zonas hasta que ya no cupo ni un solo vehículo más en el valle. La marcha arrancó con media hora de retraso y aun así seguía llegando gente rezagada: el cambio de hora había pasado su pequeña factura a los más dormilones. Para cuando la larga línea humana se adentraba ya entre las cagigas que rodean el arroyo Bañadero, la cola todavía permanecía más allá del punto de partida.
La marcha fue más dura de lo previsto porque las lluvias habían dejado los caminos embarrados. A pesar de que la organización había avisado de estas dificultades (nosotros mismos publicamos la advertencia) nadie quería dejar de participar y gente de todas las edades emprendió la subida al monte con ilusión. A mitad de camino el quad-escoba ya había tenido que intervenir un par de veces, pero se consiguió llegar al punto más alto sin ningún percance, más allá de algún resbalón inoportuno sin consecuencias. La organización había preparado un avituallamiento con fruta para recuperar fuerzas antes de continuar, lo que fue una grata sorpresa para los participantes. La bajada hacia el pueblo tuvo un punto complicado en un gran charco que obligó a pasar de uno en uno a los participantes, lo que provocó que el grupo se estirase aumentando la diferencia entre cabeza y cola.
El final en la explanada del bar Ponte Las Pilas se prolongó 25 minutos desde el primer marchador hasta el último. Pero había merecido la pena. Todo el valle era una fiesta y un grito unánime: STOP MACROPLANTA.




