Entrevista a Agustín Guillamón: «El 21 de julio se optó por colaborar con el Estado en lugar de destruirlo»

Agustín Guillamón: «El 21 de julio de 1936 nadie planteó seriamente coordinar y fortalecer el poder real que ya ejercían los comités revolucionarios. Se optó por colaborar con el Estado en lugar de destruirlo»

En el 90 aniversario de la revolución social del 36, Santiago Lupe, director de Izquierda Diario, conversa con Agustín Guillamón, uno de los historiadores más brillantes que han investigado en profundidad el proceso revolucionario, los organismos de poder obrero que emergieron, las limitaciones estratégicas de la teoría libertaria para resolver la cuestión del poder y las propuestas de sus sectores más revolucionarios, como los Amigos de Durruti.

¿Qué es la historia para ti?

La historia es un campo de batalla más de la guerra de clases en curso. La revolución social de 1936 no fue un concepto abstracto. Fue una práctica concreta: trabajadores que dejaron de obedecer, fábricas expropiadas, colectividades organizadas y barrios enteros gestionando su vida cotidiana desde los comités revolucionarios, que eran los potenciales órganos de poder de la clase obrera. Eso es precisamente lo intolerable para la historiografía dominante: la evidencia histórica de que una sociedad puede organizarse sin jerarquías impuestas.

La tarea del historiador crítico no consiste en embellecer ni condenar, sino en comprender y explicar. Comprender implica restituir conflictos, devolver la voz a los vencidos y resistirse a cerrar el pasado con interpretaciones sectarias y definitivas.

Porque lo que está en juego no es solo la interpretación de lo ocurrido, sino la posibilidad misma de imaginar alternativas. Una historia domesticada produce un presente sin fisuras y un futuro clausurado. En cambio, recuperar la dimensión conflictiva del pasado abre la puerta a otras formas de vida y de organización social.

La historia, arrancada de las manos del poder, deja de ser un museo o un libro y se convierte en una herramienta. Y toda herramienta, en manos adecuadas, puede servir para algo más que contemplar: puede servir para transformar, para cambiar el mundo. Una historia que no sea herramienta, no me interesa.

En el libro explicas que el éxito de los combates no cayó del cielo, ni fue fruto del espontaneísmo, sino que fue una obra cuidadosamente preparada con antelación en particular por los comités de defensa de la CNT. ¿Cómo se había preparado el proletariado barcelonés para el golpe militar?

La CNT comprendió muy pronto que las libertades republicanas solo existían si podían defenderse en la calle. Por eso, el 25 de abril de 1931, solo once días después de la proclamación de la República, se crearon los comités de defensa de la CNT.

Tras las derrotas insurreccionales de enero de 1932 y de enero y diciembre de 1933, en octubre de 1934 se abandonó la táctica insurreccional, conocida como “gimnasia revolucionaria” y comenzó una preparación mucho más rigurosa. En enero de 1935 varios grupos de la FAI se constituyeron en Comité Local de Preparación Revolucionaria y los cuadros de defensa empezaron a concebirse como el embrión de un ejército proletario, capaz de enfrentarse a un ejército profesional, fogueado en una brutal guerra colonial en Marruecos.

Eso implicaba una preparación rigurosa en diversas áreas: estudio de táctica militar y técnicas de guerrilla urbana, información y espionaje, logística, abastecimiento, entrismo en el ejército, armamento y entrenamiento militar, e incluso planificar ya la futura conversión de industrias civiles en industrias de guerra.
El 19 de julio de 1936, la guarnición militar de Barcelona contaba con unos tres mil hombres disponibles, frente a los casi dos mil de la guardia de asalto y los doscientos “mossos d´esquadra”. La guardia civil, que nadie sabía con certeza por el lado que se decantaría, contaba con unos tres mil. La CNT-FAI disponía de unos veinte mil militantes, organizados en comités de defensa de barriada, dispuestos a empuñar las armas. Se comprometía, en la comisión de enlace de la CNT con la Generalidad y los militares leales, a parar a los golpistas con sólo mil militantes armados. Pero las negociaciones de la CNT con Escofet, comisario de orden público, y con España, consejero de Gobernación, fueron infructuosas.

La noche del 17 de julio el cenetista Juan Yagüe, secretario del sindicato del transporte marítimo, organizó el asalto a los pañoles de los buques atracados en el puerto, consiguiendo unos 150 fusiles; a los que el 18 se sumó lo conseguido de armerías, serenos y vigilantes de la ciudad. Este pequeño arsenal, guardado en el sindicato del transporte, en las Ramblas, provocó un enfrentamiento con la comisaría de orden público, que lo reclamaba. Se corría el peligro de un enfrentamiento armado con la guardia de asalto, y los propios militantes cenetistas llegaron a amenazar a los, en su opinión, demasiado conciliadores Durruti y García Oliver. El incidente se zanjó con la entrega a Guarner, mano derecha de Escofet, de algunos viejos fusiles inservibles, que evitaron una ruptura entre republicanos y anarquistas en vísperas del golpe militar. El gobierno de la Generalidad temía más una insurrección cenetista que un golpe de estado militar y fascista.

Los anarcosindicalistas decidieron no declarar la huelga general y dejar que los soldados sublevados salieran a la calle sin hostigarlos, hasta que estuviesen muy alejados de sus cuarteles. Las sirenas de las fábricas de Pueblo Nuevo anunciaron el inicio de la insurrección obrera, y su ulular se fue extendiendo por los barrios obreros y el puerto, como anuncio sonoro del comienzo de la insurrección obrera.

Los Comités de Defensa de las barridas barcelonesas gozaban de una amplia autonomía y capacidad de decisión propias. El 19 y 20 de julio de 1936 fueron coordinados y centralizados por un Comité Revolucionario, constituido por Josep Asens, secretario de la Federación Local de Sindicas Únicos de Barcelona. Santillán (por la FAI) y tres miembros de Grupo Nosotros: Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso y Juan García Oliver, que había establecido un plan general de combate y una táctica a seguir.

La victoria obrera no fue un milagro: fue resultado de años de rigurosa preparación revolucionaria y aprendizaje de tácticas de guerrilla urbana.

Tu reconstrucción de la batalla de Barcelona es casi hora a hora, barrio a barrio, calle a calle. ¿Por qué ese nivel de detalle?

Porque conocer cómo el proletariado barcelonés derrotó a un ejército profesional, experimentado y embrutecido en las guerras coloniales africanas es extraordinariamente pedagógico, lúdico y liberador.
Las tácticas utilizadas fueron a menudo geniales: barricadas móviles hechas con bobinas de papel, bombas lanzadas con hondas, camiones utilizados como arietes contra posiciones de ametralladoras o la aviación bombardeando cuarteles a petición directa de la CNT.

Cuando se estudia con detalle aquella batalla se entiende algo esencial: la victoria no fue fruto de la improvisación ni del heroísmo espontáneo, sino de años de preparación, disciplina y organización clandestina.
Por eso insisto tanto en desmontar el mito de la espontaneidad. La espontaneidad, por sí sola, suele conducir al fracaso. La espontaneidad, que existió y no cabe minimizar, fue encauzada y canalizada gracias a la estructura de los comités de defensa, sumándose así fácil y efectivamente al combate contra los militares sublevados.

¿Cómo fue la situación revolucionaria existente en Barcelona tras la victoria del 19 y 20 de julio?

Durante nueve semanas, del 21 de julio al 26 de septiembre, existió una auténtica situación revolucionaria. Los comités de defensa se transformaron en comités revolucionarios de barrio que tendían a sustituir al Estado, asumiendo funciones de abastecimiento, seguridad, control económico y organización cotidiana.
Paralelamente, los sindicatos impulsaban una extensa expropiación de fábricas y empresas. Se desarrollaba una revolución social y económica de enorme profundidad histórica.

Sin embargo, mientras la militancia de base avanzaba hacia una transformación revolucionaria, los comités superiores de la CNT optaron por la unidad antifascista y la colaboración con republicanos, estalinistas, poumistas y el gobierno de la Generalitat.

Ahí surgió la gran contradicción: la existente entre los comités revolucionarios —que encarnaban la autonomía proletaria y la expropiación de la burguesía— y el Comité Central de Milicias Antifascistas, convertido en órgano de colaboración de clases.

El verdadero antagonismo no se daba entre el gobierno de la Generalitat y el CCMA, sino entre el CCMA y los comités revolucionarios de barrio.

Ese antagonismo de clase entre CCMA y comités revolucionarios de julio de 1936 derivó en el seno de la Organización en una oposición que, en diciembre de 1936, enfrentó al Comité de comités con los comités de barrio barceloneses, cuando estos se negaron a entregar sus armas para enviarlas al frente, argumentando que esas armas eran la única garantía de la revolución en curso, y que, si se necesitaban armas para el frente, ahí, en la retaguardia barcelonesa, tenían acuartelados y armados a los guardias de asalto y a la guardia civil. Que los comités revolucionarios de barrio jamás entregarían las armas conquistadas al ejército en las luchas callejeras.

Cuando las insurrecciones mueren, surgen inmediatamente sus enterradores. La insurrección de julio, protagonizada por unos comités de defensa transformados en el transcurso de la insurrección victoriosa en comités revolucionarios, fue apropiada por el Comité de comités, en aras de proteger a toda costa una sagrada unidad antifascista de la CNT con los estalinistas, ERC, POUM y el gobierno de la Generalidad.
Unidad sagrada antifascista considerada como el único instrumento capaz de ganar la guerra al fascismo. El Comité de comités renunció a cualquier perspectiva revolucionaria para no poner en peligro esa prioritaria unidad antifascista, y eso suponía, a corto plazo, el enfrentamiento y la liquidación de los comités revolucionarios por el Comité de comités. La lucha de clases se daba también en el seno de la propia Organización.

¿Qué importancia tuvieron los Amigos de Durruti?

La Agrupación de los Amigos de Durruti se fundó en marzo de 1937, por confluencia de los 800 desertores de la Cuarta Agrupación de Gelsa de la Columna Durruti y los anarquistas que en la retaguardia se mostraron muy críticos con el colaboracionismo de la CNT (Balius y tantos otros). Esos desertores, en febrero de 1937, abandonaron paulatinamente el frente de Aragón, armados, porque se negaron a la militarización de las columnas confederales. Tres meses después combatieron por la revolución, con esas armas bajadas del frente, en las barricadas barcelonesas de mayo de 1937. A eso se le llama derrotismo revolucionario. Federica Montseny propuso una solución para impedir el abandono del frente por esos libertarios revolucionarios: secciones de ametralladoras en abanico que impidieran esas deserciones. Eso también tiene nombre.

Los Amigos de Durruti realizaron una de las críticas más profundas y lúcidas al colaboracionismo de la CNT. Comprendieron algo fundamental: que no destruir el Estado equivalía a dejar intacto el instrumento que acabaría aplastando la revolución. Su propuesta de Junta Revolucionaria pretendía coordinar y centralizar el poder real que ya existía en los comités obreros, de barrio, de fábrica y de milicias.

También plantearon cuestiones decisivas para el anarquismo: la necesidad de una teoría revolucionaria, de un programa claro y de una dirección revolucionaria no burocrática ni sustitutoria del proletariado.. Sin teoría revolucionaria, la revolución quedaba condenada a ser absorbida por el Estado.

Ese concepto de Junta Revolucionaria ¿ Es el concepto de dictadura del proletariado?

Es importante conocer el concepto de Junta Revolucionaria elaborado por los Amigos de Durruti a partir de marzo de 1937 y formulado con mayor precisión en el folleto Hacia una nueva revolución (1938). Esta propuesta nace de la constatación del fracaso de la dirección confederal y de la derrota progresiva de los organismos revolucionarios surgidos en julio de 1936.

La Junta Revolucionaria se concebía no como un nuevo aparato estatal separado de la clase trabajadora, sino como el organismo encargado de coordinar, unificar e impulsar el poder revolucionario que ya ejercían los comités obreros, los sindicatos, las milicias y el resto de organismos surgidos de la revolución. Su función no era sustituir estos órganos de poder revolucionario, sino centralizar su acción para profundizar la transformación social en curso: la expropiación de fábricas y empresas, la organización de un nuevo orden público bajo control obrero y popular, y la movilización de las milicias en el frente de guerra contra el fascismo.
Debía ser, en definitiva, el instrumento para consolidar, extender y dar una dirección común a las nuevas relaciones sociales y formas de poder nacidas de la revolución.

Los Amigos de Durruti intentaban dar respuesta al problema fundamental que el anarquismo español no había sabido resolver: cómo defender y profundizar la revolución sin reconstruir el Estado y sin ceder el poder a los partidos políticos y a las instituciones republicanas. La Junta Revolucionaria no se concebía como una dictadura de partido ni como un gobierno tradicional, sino como la expresión organizada del poder proletario ejercido directamente por los organismos revolucionarios de la clase. En este sentido, representa uno de los esfuerzos teóricos más importantes del anarquismo revolucionario para superar las limitaciones demostradas por la CNT-FAI durante la Guerra Civil.

Por ello, el debate sobre la Junta Revolucionaria sigue siendo hoy una referencia indispensable para reflexionar sobre los problemas de la organización revolucionaria, el poder proletario, la coordinación de los organismos de base y la defensa de la revolución frente a la contrarrevolución. Sin una respuesta clara a estas cuestiones, cualquier proceso revolucionario corre el riesgo de repetir las derrotas del pasado.

¿Qué fueron realmente los Hechos de Mayo de 1937?

Mayo del 37 fue la derrota política de la revolución iniciada en julio de 1936, que necesitaban los contrarrevolucionarios para acabar con una amenaza proletaria que duró diez meses.

Los trabajadores revolucionarios de Barcelona no combatían por una República burguesa ni por la restauración del orden estatal. Combatían por una revolución social basada en los comités obreros y la expropiación de la burguesía, que debía cambiar su vida cotidiana.

Pero desde julio de 1936 coexistieron dos dinámicas opuestas: la revolución social impulsada desde abajo y la reconstrucción progresiva del aparato estatal impuesta por republicanos, estalinistas y sectores colaboracionistas del anarcosindicalismo.

Mayo del 37 resolvió violentamente esa contradicción. UGT y CNT, gobierno de la Generalidad y ERC, estalinistas y comités superiores, todos juntos, convirtieron la hermosa victoria militar de la insurrección, al alcance de la mano (según Julián Merino de la FAI y Josep Rebull del POUM), en una horrorosa derrota política. Todos juntos, pero de forma distinta, para desempeñar eficazmente cada uno su papel. Estalinistas y republicanos directamente en las barricadas de la contrarrevolución. Anarcosindicalistas y poumistas en la ambigüedad del quiero y no puedo; del soy, pero dejo de ser; los primeros recomendando el cese de la lucha y el abandono de las barricadas; los segundos mediante el “audaz” seguidismo de los primeros.

Solo dos pequeñas organizaciones, la Agrupación de los Amigos de Durruti y la Sección Bolchevique-Leninista de España, intentaron evitar la derrota y dar a la insurrección unos objetivos precisos. El proletariado revolucionario barcelonés, esencialmente anarquista, luchó por la revolución, incluso contra sus organizaciones y contra sus líderes, en una batalla que ya había perdido en julio de 1936, en el preciso momento en que dejó en pie el aparato estatal.

Pero hay batallas perdidas que han de librarse en beneficio de las generaciones futuras, sin más objetivo que el de dejar constancia de quién es quién, advertir el lado de la barricada en que se encuentra, señalar dónde están las fronteras de clase y cuál es el camino a seguir y los errores a evitar.

La historiografía oficial suele presentarlo como una “ruptura antifascista”, pero en realidad fue la vic¿toria de la contrarrevolución dentro del propio campo republicano.

¿Qué papel jugó el estalinismo del PSUC?

Los leninistas del PSUC, constituido el 24 de julio de 1936 por la unificación de cuatro pequeños partidos socialistas y comunistas, encabezó la contrarrevolución estalinista, caracterizada por la defensa de un Estado burgués fuerte, capaz de crear un ejército tradicional, apto para ganar la guerra al fascismo. Negaban la existencia de revolución alguna en Cataluña.

¿Y el de otras organizaciones como el POUM o los bolcheviques-leninistas?

Los leninistas del POUM, tras la derrota del golpe militar y fascista propusieron un programa de rebaja de alquileres, aumento de salarios y otras reivindicaciones inmediatas menores, en lugar de plantear la única cuestión importante, decisiva y urgente: la del poder. El leninismo, en la Cataluña de 1936, naufragó, sin pena ni gloria, entre el estalinismo contrarrevolucionario y el inmediatismo más miope e inútil.

Respecto a la SBLE dirigida por Munis, que contaba con una cuarentena de militantes, en su mayoría extranjeros y milicianos en el frente, no puede decirse que influyeran mínimamente en la clase obrera catalán. El papel teórico de Munis fue mucho más destacado en los años sesenta. Destacó la octavilla lanzada en mayo de 1937,porque fue el único grupo, junto a los Amigos de Durruti que intento dar una orientación revolucionaria a la insurrección en curso.

Los anexos, con textos inéditos, de García Oliver, ¿qué supone para tu investigación y narración?

Hay tres textos inéditos de Juan García Oliver. Lo más interesante es el relato personal de su intervención en las jornadas de lucha callejera del 19 y 20 de julio. Ese relato le fue encargado y pagado por el novelista Luís Romero, que lo utilizó en su novela Tres días de Julio. JGO no uso nunca ese texto en sus memorias, porque se sentía obligado a respetar su venta al novelista. Es una suerte, para todos, la recuperación de ese testimonio personal de JGO.

Otro texto importante es la narración que García Oliver hace de la entrevista cenetista con Companys el 20 de julio de 1936.

Después de tantos años investigando aquellos acontecimientos, ¿qué es lo que más te sigue impresionando?

La extraordinaria capacidad de autoorganización del proletariado barcelonés. En cuestión de horas, miles de trabajadores derrotaron a un ejército profesional y comenzaron a reorganizar la económica, militar y social de toda una ciudad.

No esperaron órdenes de ministerios ni partidos. Actuaron directamente, a margen de su propia dirección.
Eso solo fue posible gracias a setenta años de pedagogía libertaria, experiencia obrera en sindicatos, ateneos, comités de defensa, grupos de afinidad y cooperativas, autonomía obrera, orgullo de clase y organización colectiva.

Pero también sigue impresionándome la rapidez con la que aquella potencia revolucionaria fue desviada hacia la colaboración antifascista y la reconstrucción estatal.

Julio de 1936 sigue siendo una experiencia incómoda porque demuestra simultáneamente dos cosas: la enorme capacidad creadora de la clase trabajadora y los límites de una revolución que no resolvió la cuestión del poder.

¿Qué lección principal deja julio de 1936?

Que la revolución no es una utopía abstracta, sino una posibilidad histórica real cuando una clase social organizada decide intervenir directamente en la historia.

Y también que toda revolución debe afrontar inevitablemente la cuestión del poder. El 21 de julio de 1936 nadie planteó seriamente coordinar y fortalecer el poder real que ya ejercían los comités revolucionarios. Se optó por colaborar con el Estado en lugar de destruirlo.

Ahí se encontraba, en última instancia, la derrota futura e inevitable. Porque o la revolución destruye el Estado o el Estado termina destruyendo la revolución.

¿Quieres añadir algo más?
La historia debe servirnos para comprender el pasado y transformar un futuro distópico. Las revoluciones derrotadas también contienen lecciones esenciales. Los jalones de derrotas son promesa de victorias futuras.

Hoy seguimos enfrentándonos a la misma disyuntiva histórica: revolución o barbarie. Y basta mirar el mundo actual —las guerras permanentes, Gaza, Minneapolis, la economía global de guerra, la destrucción social y ecológica— para comprender que la barbarie ya no es una amenaza futura, sino una realidad presente.

Por eso sigue siendo necesario estudiar, teorizar y discutir las experiencias revolucionarias del pasado.
No como ejercicio nostálgico o erudito, sino como herramienta para cambiar el mundo y rechazar un futuro inmerso en la barbarie.

Fuente: Izquierda Diario

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