Comité Invisible, A nuestros amigos, ed. La Fabrique (Paris), octubre 2014, 150 p.
“Por un lado, queremos vivir el comunismo, por otro, expandir la anarquía.”Appel
“Sin embargo, es probable… que, como en otras épocas revolucionarias, anarquismo y comunismo, bajo nuevas formas, estén en un proceso de acercamiento en las luchas que atraviesan nuestro siglo.”Antonio Negri. Il sacro dilemna dell´inoperoso
Quitando los clientes en busca de novedades en las librerías, quienes solo están para engordar su cuenta bancaria y su reputación, ¿a quién se dirige el nuevo texto del Comité Invisible? De entre los enemigos de este mundo, ¿quiénes son sus interlocutores? Puesto que el movimiento subversivo se ha dividido históricamente en autoritarios en falta de partido y antiautoritarios en falta de Insurrección, el Comité Invisible ha considerado acertado unir estas dos aspiraciones, de operar en su seno una superación estratégica retomando y realizando parcialmente estas dos exigencias. Con el fin de encarnar el milimétrico centro del movimiento –es decir, literalmente aquello que es equidistante de los extremos, que está siempre en la mitad– ha decidido inspirarse un poco más en los autoritarios en la parte teórica, y un poco más en los anarquistas para la parte práctica. Es por ello que Blanqui es su héroe, porque es el portavoz histórico del Partido de la Insurrección.
La intención de servir de preciado puente en el interior del movimiento revolucionario ha llevado al Comité Invisible a evitar a toda costa los puntos de fricción y oposición clásicos –liquidados como disputas ideológicas e identitarias– clamando haberlas superado gracias a interminables banalidades del estilo “hay que organizarse”. Es con ese tipo de sentencias con las que trata de halagar estos dos adversarios, reuniendo sacrificio militante y gusto por la barricada. Por lo demás, el Comité se sirve con alegría de todas las fuentes, con un funambulismo que le permite ser apreciado por muchos pobres gourmets. Pero ha llovido mucho desde 2007 y la Insurrección que viene. La circunspección inicial ha cedido ahora el paso a una ambición mayor, pero también a una voluntad de saldar cuentas con aquellos que se empeñan en poner trabas en su camino. Por un lado, ello significa empezar a afrontar directamente su principal rival en la conquista de la hegemonía teórica de la extrema izquierda. Por otro lado, debe terminar su transición en curso en el interior de un movimiento anarquista que ha revelado ser una buena reserva de mano de obra, atrayendo hacia si los más serviciales con una caricia, y liquidando definitivamente a todos los demás. Arrancar el timón de la extrema izquierda, por un lado. Dirigir el anarquismo más soluble y escupir el más desagradable, por el otro.
Como se ha visto, el Comité Invisible tiene su bestia negra, el rival que obsesiona sus pensamientos: Toni Negri. Hay como un cordón umbilical que conecta los jóvenes intelectuales franceses con el viejo intelectual italiano, y su animosidad hacia él recuerda casi a un conflicto intergeneracional. Y es que Toni Negri ha sido y ha hecho todo aquello que el Comité Invisible quisiera ser y quisiera hacer.
A diferencia de un Mike Davis que diserta sociológicamente sobre las bandas criminales americanas sin haber pertenecido nunca a ellas, Toni Negri no es un simple vociferador de ideas subido a las barricadas. Fundador y animador de varios grupos de la extrema izquierda italiana de los años sesenta, principal teórico de la rama de la Autonomía Obrera en los años setenta, Toni Negri fue detenido en abril de 1979, acusado de ser la cabeza pensantes de las Brigadas Rojas, el malo maestro que guiaba el movimiento de insurrección armada contra el Estado. A diferencia de los tenderos de Tarnac, el profesor de Padua estuvo más de cuatro años entre rejas, participando además en una revuelta que estalló en la cárcel de Trani, durante la cual los carceleros le rompieron una pierna.
Detrás de los muros, Negri ya puso en práctica aquello que el Comité Invisible teorizaría más de veinte años después: se adaptó a la situación, buscó y trazó las alianzas políticas necesarias, reconfigurándolas estratégicamente. En manos de la represión, él también dejó de considerarse a sí mismo. Propuso la disociación como forma de cerrar el conflicto entre el Estado y el movimiento, y aceptó la candidatura-protesta ofrecida por el Partido Radical en las elecciones de 1983. Elegido diputado (¡no simple concejal municipal!) y gozando desde entonces de inmunidad parlamentaria, salió de prisión y aprovechó para refugiarse en Francia. Allí, continuó con sus investigaciones y su actividad de profesor de extrema izquierda, de esa izquierda que se dedica a aconsejar al Estado sobre cómo se hace la Revolución. En 1997, volvió finalmente a Italia beneficiando de las ventajas de una condena negociada con el procurador [patteggiamento], purgando una condena reducida. Su libro que más éxito ha tenido, Empire, escrito conjuntamente con Michael Hardt y publicado en 2000, ha obtenido reconocimiento mundial vendiéndose en más de medio millón de ejemplares.
Toni Negri encarna todo aquello que el Comité Invisible aspira a ser; el intelectual que guía el movimiento real, el Maquiavelo al servicio del anti-príncipe, el alma condenada detrás de la insurrección, todo ello bañado de un éxito editorial y mundano nada desdeñable. Aquello que se denomina el síndrome de Siracusa, una tara que afecta a todo filósofo cansado por las palabras y sediento de poderío, que la vanidad lleva a seducir a quien detiene el poder gracias al encantamiento de su saber. La metáfora tiene por origen el ir y venir de Platón entre Atenas y Siracusa, quien se contoneó durante mucho tiempo delante del tirano Dionisio con el fin de volverlo sabio. En vano. En Francia, esta tara viene acompañada por un gusto de las metáforas militares, alimentado por la vanguardia cultural, un gusto ya estigmatizado por Baudelaire, quien criticaba el recurso a expresiones guerreras como típica de espíritus “hechos para la disciplina, es decir para el conformismo: espíritus nacidos esclavos, que solo pueden pensar estando en sociedad”. Si ya la Internacional Situacionista no se privó de usar ese tipo de retórica, más adelante los miembros del Comité Invisible se imbuirían hasta el cuello de ella. Como buenos generales aprendices de la Insurrección de Estado, están permanentemente dibujando mapas, abriendo frentes, estableciendo pactos, levantando barricadas, efectuando maniobras. Si la palabra estrategia vuelve constantemente a sus labios, es porque su “modesta contribución” es de ofrecerse como estrategas del movimiento. “Es revolucionario aquello que causa efectivamente revoluciones. Si esto solo deja determinar a posteriori, una cierta sensibilidad a la situación alimentada de conocimientos históricos ayuda mucho a intuirlo” (p. 148). ¿Y quién posee esa sensibilidad de la situación y esa erudición? ¿Quién merece entonces ser el estratega del partido histórico capaz de “adelantarse a la gobernanza global” (p. 18)? El estratega, es decir, el condottiere militar. Exactamente aquello que la magistratura italiana reprochó a Toni Negri a finales de los años setenta.
Pero aquello que une a Toni Negri y al Comité Invisible parece estar claro. Tenemos dificultades, por el contrario, en percibir aquello que les diferencia, aparte de los vicios de forma. En efecto, comparten las mismas referencias teóricas. No se trata solo de su pasión por el pensamiento autoritario revisado bajo el prisma de la French Theory posestructuralista (Foucault, Deleuze y demás hasta el aburrimiento), sino también de una misma visión determinista de la historia. Para uno como para los otros, el mundo creado por la dominación no hace sino reflejar y preparar la revolución. Si, para Marx “el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, político e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino que inversamente es su ser social el que determina su conciencia”; si, para Engels, “la única organización que posee el proletariado después de su victoria es precisamente el Estado”; si para Lenin, “nuestro deber es aprender del capitalismo de Estado de los alemanes… y no contener los procedimientos dictatoriales para implantarlo en Rusia”; Toni Negri era capaz de escribir de la misma manera en los años 70, señalando que “el comunismo es ante todo impuesto por el capital como condición de la producción… Solo la construcción del capitalismo puede darnos las condiciones realmente revolucionarias… la forma de capitalismo más avanzada, la forma de la fábrica, debe ser retomada en el seno mismo de la organización obrera”. ¿Dónde está la diferencia con un Comité Invisible que hace suyo el nuevo espíritu vencedor sobre el y del mercado, apoyándose en el hecho de que “es con frecuencia en el momento en el que alcanzan su máximo grado de sofisticación cuando las civilizaciones se derrumban” (p. 93), o que escribe que “Lo que hace positivamente al obrero es su dominio técnico, encarnado, de un mundo de producción particular.” (pp. 96-97)? Ya en 2007, siguiendo los pasos del Manifiesto Comunista (“la burguesía no ha forjado solo las armas que le darán muerte”) El Comité Invisible defendía que “la metrópoli produce también los medios de su propia destrucción” (p. 46) y repite ahora el mismo concepto afirmado que, a la larga, “el camino hacia la presencia se encuentra así paradójicamente reabierto. Considerando que nos hemos desapegado de todo, acabaremos por desapegarnos incluso de nuestro propio desapego. El bombardeo tecnológico nos proporcionará finalmente la capacidad de conmovernos de la existencia desnuda… Es la miseria la que, al final, derribará la cibernética” (pp. 118-119).
Aunque los miembros del Comité Invisible se burlen de Toni Negri por su convicción de que “existe permanentemente bajo la constitución en vigor una constitución distinta, un orden a la vez subyacente y trascendente, la mayoría de las veces mudo, pero que puede surgir por instantes como el rayo”, esta ironía no les impide alimentar una convicción similar. Precisar que se debe más bien “repensar la idea de revolución como pura destitución” (p. 74) no les sirve de nada. Porque ¿qué otra idea se esconde detrás de su exhortación a una “destitución” o “reconfiguración”, sino la idea blanquista de asignar una nueva forma a la misma cosa a través del rayo insurreccionalista? La reconfiguración, término empleado sobre todo en informática, no es más que una disposición diferente de los elementos que ya están in situ. Del mismo modo, destitución es un término jurídico-institucional que indica que alguien ha sido relevado de sus cargos, preludio de su sustitución. En el ciclo de la renovación de la vida del Estado, poder destituyente y poder constituyente son como el atardecer seguido del amanecer. Si el Comité Invisible solo se detiene en el atardecer, no es para negar el ejercicio del poder, sino para atraer a aquellos que quiere destruirlo de forma definitiva, haciéndoles creer que se trata de la misma cosa con el fin de reclutarlos. No existe una destitución pura opuesta a otra más corrompida, no es más que la cortina a la cual nos agarramos para darnos un aire insurreccional, la hoja de parra situada bajo la vergüenza de su propia hipocresía. Destituimos un soberano cuando lo expulsamos de su trono, dejándolo vacío para un cambio de guardia. De esa manera el cretino de Giorgo Agamben (filósofo italiano, uno de los maestros del Tiqqun, admirado tanto por el Comité Invisible que parafrasea los títulos de sus libros como por su amigo Toni Negri que hace recensiones elogiándole), fue a Atenas a finales de 2013 para enseñar la democracia a los Griegos invocando su “poder destituyente”. Allí, no dejó de expresar su esperanza de que “el gobierno de izquierdas de Tsipras pudiera ser el presagio de un giro progresista en Europa”. Si es cierto que “el lenguaje, lejos de servir a describir el mundo, nos ayuda más bien a construir uno” (p. 45), el contenido del mundo construido por el lenguaje del Comité Invisible no deja ninguna duda; es el mismo que aquel en el que habita Toni Negri.
Quizás no sea casualidad que el primer título de Tiqqun publicado en Italia perteneciera a una editorial negrista (Derive e Approndi), y que en la actualidad en los Estados Unidos la misma editorial (Semiotext(e)) publique tanto las obras de Negri como las del Comité Invisible (y de Tiqqun). Por otro lado, el Comité Invisible no es el primer ectoplasma colectivo editorial de renombre internacional, sino que ya fue precedido por Wu Ming, cuyo principal impulsor se definía hace algunos años como “comunista, o peor, negrista”. El Comité Invisible y Wu Ming se dedican ambos a la fábula, a la mitopoeia de las revueltas y las insurrecciones. Pero, mientras que los italianos las reducen a novelas literarias (tan apreciadas que son debatidas en el M.I.T), los franceses las transforman en ensayos filosóficos (tan apreciados que son distribuidos por el M.I.T). “Omnia sunt communia”, además de haber sido las últimas palabras de Thomas Müntzer, no solo se han convertido en el título del anteúltimo capítulo de A nuestros amigos, sino también en el de una sección de Euromade, la página web que más referencias hace a Toni Negri. Y, como ambos aborrecen ante todo al individuo, el Comité Invisible desafía sobrela comuna, mientras que Toni Negri saliva sobre lo común. Así, no es de extrañar que Toni Negri escribiera en el 2000 que el anarquismo hacía un concurso de “impotencia” con el capitalismo más retógado, mientras que el Comité Invisible escribe en 2014 que los anarquistas nihilistas no son más que unos “impotentes” (p. 146). Poniendo aparte las discordancias de lenguaje, los elogios a la lucha contra el TAV en Val Susa por el Comité Invisible en 2014 no difieren mucho de aquellos formulados en 2008 por sus concurrentes negristas.
Si el Comité llama la atención sobre que “Alternando las manifestaciones familiares y los ataques a las obras del TAV, recurriendo tanto al sabotaje como a los alcades del valle, asociando anarquistas con abuelitas católicas, estamos ante una lucha que tiene al menos aquello de revolucionario que ha conseguido desactivar la pareja infernal del pacifismo y del radicalismo” (p. 149) –y además acompaña estas observaciones de un elogio de la política por un tipo que pasó de la poesía maldita a la propaganda estalinista siendo felicitado por el prefecto depurador de París– para éste, “es notable como la presencia común de la dimensión institucional y de la del movimiento ha sido una de las principales razones de la efectividad de la oposición de Val Susa… Este intenso compartir de objetivos y estrategias ha contribuido a la creación de un círculo virtuoso entre actuación administrativa y participación desde abajo, lo que ha marcado el punto más elevado de la experiencia de reapropiación del poder decisorio que ha tenido lugar en Val Susa”. Amén.
Y los admiradores del Comité Invisible, ¿en qué se distinguen de los admiradores de Negri? Estos últimos han estado activos desde hace décadas en materia de entrismo institucional y mediático, un camino frecuentado recientemente por los primeros: participación en las listas electorales, puestos administrativos en la función pública, entrevistas en los periódicos, apariciones en la televisión. ¡Menos mal que iban a ser los “radicales” los que harían de la revolución “una oportunidad de valoración personal”! (p. 144). Un colega italiano de Benjamin Rosoux y Manon Glibert, filo-negrista y consejero municipal electo en el Véneto, presumía hace algunos años de ser un subversivo que hacía “incursiones” en las instituciones –otra buena palabra en el arte del mimetismo que no debería faltar en las estanterías de los tenderos de Tarnac–. Otros lectores del profesor de Padua no esperaron, ciertamente, a que el Comité Invisible descubriera el provecho revolucionario que hay en enraizarse en barrios y pueblos, para contribuir a abrir dispensarios populares y estar presentes a la vez en toda Italia en las luchas por la vivienda, en las huelgas, y así sucesivamente. Se trata de un “trabajo político en el territorio”, caballo de batalla de generaciones de militantes sacadas de los rangos del Partido Comunista que no impide a los alumnos del profesor italiano mantener al mismo tiempo una web de correspondencias directas de las barricadas del mundo entero. Y sí, ellos también van allí donde la época prende fuego. Por tanto, los admiradores más activistas de Negri teorizan sobre la necesidad del entrismo institucional (sobre todo para aprovecharse de sus recursos) pero practican también la insurrección. En cambio, los admiradores del Comité Invisible teorizan la necesidad de la insurrección pero practican también el entrismo institucional (sobre todo para aprovecharse de sus recursos). Podemos invertir el orden de los factores, pero el resultado final será siempre el mismo.
Todo lo dicho nos muestra hasta qué punto las críticas rabiosas enunciadas en A nuestros amigos contra el “ideólogo” Toni Negri saben a bilis reservada a su principal competidor y rival en materia de hegemonía político-cultural. Estamos casi conmovidos cuando el Comité Invisible escribe que “aquellos que, como Antonio Negri, se proponen “gobernar la revolución” solo ven, desde las revueltas de las banlieues hasta los levantamientos del mundo árabe, “luchas constituyentes” por todos lados” (p. 74), viendo como aquellos que se proponen dirigir la insurrección solo ven “comunas” por todos lados, desde las revueltas de las banlieues hasta los levantamientos del mundo árabe. Poco cambia entre los unos y los otros. De hecho, si los hijos enrabiados transalpinos se desatan contra su padre italiano, este último parece arroparlos con afecto. Recientemente, uno de sus alumnos incluso alabó en un artículo su “inteligencia estratégica”. Quién sabe si no seguirá los pasos de aquel que, abandonando hace unos años la corte de Negri para entrar en el catálogo de las ediciones La Frabrique (¡qué casualidad!), es hoy en día teórico de esa “autonomía difusa” de la cual los zelotas en Italia sirven de punto de apoyo al Comité Invisible.
Y ahora, buscad las diferencias. Venga, un pequeño esfuerzo, de tal palo tal astilla.
“¡El trabajo de la crítica revolucionaria desde luego no es llevar a la gente a creer que la revolución es imposible!” Guy Debord, Carta a Jean-François Martos, 19/12/1986
Esto es lo que decía atónito el célebre situacionista con respecto a sus alumnos amigos-enemigos antidesarrolistas, según los cuales no valía la pena cansarse tanto: “es inútil tumbar la sociedad mercantil; se está desplomando bajo nuestros ojos. Dejémosla desplomarse, y hagamos el inventario de los instrumentos que nos harán falta para reconstruir el mundo”. Uno de ellos, el español Miguel Amorós, es el autor de un texto contra el teórico anarquista insurrecionalista contemporáneo más importante, al que define como “el primer agitador desde Blanqui que proclamó la posibilidad de una ofensiva contra el Poder en un momento de pleno reflujo de la clase obrera. Por supuesto, pretendiendo escapar a las condiciones históricas a través de la acción decidida de las minorías”. He aquí otra de las preocupaciones del Comité Invisible: los anarquistas. No podemos ocultar que si la hipótesis insurreccionalista ha seguido viva a lo largo de estas últimas décadas de pacificación social –viva en el movimiento y en las luchas, no en el mercado editorial–, esto se debe sobre todo a los anarquistas, o más bien a aquellos de entre ellos que siempre la han defendido, contra viento y marea, enfrentándose tanto a la represión del Estado como al sarcasmo de un movimiento en permanente espera de que los tiempos sean maduros. Es bien sabido que en la misma Francia, las críticas a la tentación insurrecionalista, sentadas en la cima de la teoría radical en espera de que el curso de la historia transporte el cadáver del capitalismo, no hacen ninguna distinción entre los pequeños soldados a las órdenes de los generales de la revolución y los evocadores apasionados de los demonios de la revuelta, uniéndolos en un mismo recipiente indistinto y execrable.
Para el Comité Invisible, es irritante tener que compartir su logo cuando pensaba haberlo registrado poseyendo todas las prerrogativas. Esto es todavía más irritante si pensamos en el hecho de que, estos últimos años, el país más insurrecionalista en Europa es Grecia, allí donde la presencia anarquista es la más fuerte. Además, ¿de dónde han provenido las críticas más feroces dirigidas al Comité Invisible, si no de los anti-autoritarios? Pero el Comité Invisible se encuentra frente a una situación un tanto delicada, ya que no son pocos los anarquistas que lo han traducido, publicado y difundido. Es una de sus consecuencias de su éxito comercial. Gracias a la Fnac y Amazon, como diría un contemporáneo de Dante, “su renombre fue tal que cada uno se convirtió en su vasallo, si bien que en algunos meses lo convirtió en un gran tesoro. Habiéndose rodeado de tantas gentes y haberes, empezó a pasar de país en país” (sobre todo a los Estados Unidos, Italia, Alemania). De tal manera quisiera acabar, por un lado, con los tontos enemigos del Estado tan políticamente ingenuos, pero por otro lado no sería interesante para él ponerse a todos en su contra. Ni que decir que los anarquistas son para él más encantadores cuando están “avasallados”.
Es un problema que hay que afrontar de manera estratégica. ¿Pero cómo? Esparciendo en su libro un poco de todo –para variar– es decir, críticas compartidas por los anarquistas, así como críticas contra aquello que los anarquistas defienden. Para tratar de evitar toda referencia explícita que podría ofender a aquellos que le cortejan (y que finalmente han comprendido que para ser vencedor más vale dejar de ser anarquista), el Comité Invisible prefiere burlarse de los hackers o de los “radicales”. ¡Qué término tan ridículo! Es sobre todo útil para no ofender lo que queda de orgullo entre sus pretendientes libertarios, y para evitar afrontar la substancia del anarquismo, es decir, la crítica a todo autoritarismo.
Ya hemos visto [en los capítulos precedentes] cómo en A nuestros amigos la apología de la insurrección viene acompañada de invitaciones al entrismo táctico, y hasta qué punto los llamamientos a la ética están inmersos en una incesante exhortación al oportunismo político. En efecto, ¿cómo el Comité Invisible podría admitir el abstencionismo, si no es defendiéndolo en las situaciones más desfavorables? En cuanto a la coherencia entre los medios y los fines, la considera no solo como un error, sino también como un verdadero horror. A ese respecto, más que con los anarquistas, los surrealistas o los situacionistas, el Comité Invisible podría estar de acuerdo sobre todo con un cierto Bernard-Henri Lévy, para quien la invariabilidad ética es una cosa de “cortadores de cabezas”.
En lo que respecta el lado más anti-autoritario presente en A nuestro amigos, más allá de la apología lírica de las revueltas, se manifiesta a través de su crítica determinada contra toda gobernabilidad y toda pretensión de legitimidad constitucional. Una crítica que se podría compartir si no estuviese –además de contradecirse por la voluntad destituyente– ligada al desprecio de la libertad individual. Se trata de uno de los puntos cardinales del anarquismo, pero el Comité Invisible prefiere atribuirlo a la mentalidad hacker para encajar mejor su crítica: “la libertad y la vigilancia, la libertad y lo panóptico, proceden del mismo paradigma de gobierno. La expansión infinita de los procedimientos de control es históricamente el corolario de una forma de poder que se realiza por medio de la libertad de los individuos” (p. 127). “La libertad individual no es algo que pueda blandirse contra el gobierno, pues es precisamente el mecanismo sobre el cual éste se apoya, el mecanismo que regula lo más finamente posible con el propósito de obtener, de la agregación de todas esas libertades, el efecto de masas previsto” (p. 128). “La causa de la libertad individual es lo que les prohíbe a la vez constituir grupos fuertes capaces de desplegar, más allá de una serie de ataques, una verdadera estrategia; es también lo que constituye su ineptitud para vincularse a otra cosa que a ellos mismos, su incapacidad para devenir una fuerza histórica.” (p. 129). Unas afirmaciones que provocan escalofríos ¿no? Hay que ser ingobernables, pero no hacer lo que queremos, sino más bien hacer aquello que quiere… ¿quién? ¿La situación? ¿La comuna? ¿La insurrección? ¿El partido histórico? ¿O sus finos estrategas invisibles?
Unos estrategas que también se valen de uno de los argumentos preferidos de los amigos del Estado, aquel que supuestamente demuestra que esta institución es materialmente inevitable. Como valientes adultos, pesan sobre la revuelta infantil la delicada situación generada por la complejidad técnica del mundo actual, que ha alcanzado con la nuclear un punto de no retorno: “en la medida en que no sepamos cómo prescindir de las centrales nucleares y mientras desmantelarlas sea un negocio para quienes las quieren eternas, aspirar a la abolición del Estado continuará haciendo sonreír; en la medida en que la perspectiva de un levantamiento signifique penuria segura de cuidados, de alimento o de energía, no existirá ningún movimiento de masas decidido” (pp. 95-96).
Dejando de lado el hecho de que la abolición del Estado hará siempre sonreír, dado que su fin será impuesto por la fuerza de abajo y que es imposible que sea fruto de una deliberación venida desde arriba (porque es esa la definición de abolición; es la misma ambigüedad presente en el concepto de destitución), ¿No era la revolución aquel freno de socorro de un tren dirigiéndose hacia un precipicio? Antes de activarlo ¿realmente hay que “agregar toda inteligencia técnica” (p.97), es decir, familiarizarse con los expertos presentes a bordo y con el jefe de máquinas con el fin de conocer con precisión el panel de control, la velocidad de marcha, el roce con los raíles, la inclinación de las curvas, la fuerza del viento, la humedad del aire, la composición del terreno próximo, la presencia de ambulancias y hospitales en los alrededores… y también si hay suficiente comida, agua y papel higiénico para todos? Siempre en equilibrio, el Comité Invisible declama primero con acentos líricos la inmediatez del gesto, y recomienda a continuación estudios de expertos. De la barricada aquí y ahora, volvemos a la sala de espera de Benjamín. Para que surja, la cuestión revolucionaria tiene que rendir cuentas por adelantado, si se quiere que marche bien, se tiene que proponer, sino un programa político, al menos un programa técnico satisfaciente: “para una fuerza revolucionaria, no tiene sentido saber bloquear una infraestructura del adversario si no sabe hacerla funcionar, llegado el caso, en su propio beneficio” (pp. 98-99).
Pero qué ¿no decían que la insurrección podía entonces surgir entodos lados, en cualquier momento, bajo cualquier pretexto, como un imprevisto que salta al cuello, trastorna la realidad por su intensidad, etc.? Sí, pero eso es la retórica para atraer a los tontos libertarios. En realidad, sin los buenos conocimientos y competencias, los cuales solo se encuentran arriba, la insurrección está condenada a fracasar: “sin idea sustancial de lo que sería una victoria, sólo podemos ser vencidos. La sola determinación insurreccional no es suficiente; nuestra confusión sigue siendo demasiado densa” (p. 137). Después de haber sacado por la puerta la necesidad de condiciones históricas favorables defendidas por los dinosaurios marxistas, he ahí que entra de lleno por la ventana.
Blanqui es útil como trapo para agitar en la batalla, pero es Marx quien sirve de manta para calentar sus noches. Que venga entonces la insurrección, pero solo después que ingenieros nucleares, técnicos informáticos y otras porquerías varias hayan sido seducidos por la labia del Comité Invisible y le ayuden a hacer funcionar en su beneficio la infraestructura del adversario, es decir, allí donde, según él “reside el poder”.
Tomado como blanco por ser “alabado” por los anarquistas tan menospreciados, el vicio de la guerra social, según el Comité Invisible reside en que “al amalgamar bajo una misma apelación las ofensivas conducidas “por el Estado y el Capital” y las de sus adversarios, coloca a los subversivos en una relación de guerra simétrica… La idea de guerra social es, de hecho, sólo una actualización perdida de la idea de “guerra de clase”, ahora que la posición de todos en el interior de las relaciones de producción no tiene ya la claridad formal de la fábrica fordista” (pp. 157-158). Es con una cierta vergüenza —considerando que la simetría de aquellos que combaten el poder es siempre menos preocupante que la armonía con el poder de aquellos que se sitúan a su lado —que nos permitimos llamar la atención sobre que es absolutamente imposible que estos doctos revolucionarios franceses piensen realmente que el concepto de guerra social sea un amalgama ligado al fin del fordismo. Dejando de lado el periodo de la antigüedad, la primera revolucionaria que evocó este término fue seguramente la comunera de su país André Léo, que tituló así su discurso pronunciado en Lausana en septiembre de 1871 durante un Congreso por la Paz. Pronunciándose contra la neutralidad pacifista que se queda ciega e inerte ante toda masacre social, André Léo parecía en cambio atribuir solo al poder la exclusividad de la guerra social. En sus palabras, efectivamente, es ella quien hacía víctimas a los pobres y los proletarios. Pero otros subversivos tenían otra opinión, como aquellos de Bruselas que en 1886 emplearon el término de guerra social como título de su periódico, “órgano comunista anarquista”. Y aquellos que en 1906 en Francia o en Italia en 1915 publicaron otros periódicos con el mismo título, no eran, y no más que aquellos de Bruselas, huérfanos del obrerismo: el periódico de los primeros reunía socialistas revolucionarios y anarquistas antimilitaristas, mientras que el de los segundos daba, por el contrario, la palabra a los anarquistas intervencionistas [partidarios de la entrada en la guerra de Italia].
El concepto de guerra social, visto cómo nació y a pesar de las divergencias sucesivas entre sus defensores, no ha amalgamado nunca nada ni se ha interesado nunca por el hecho de que las fábricas estén abiertas o cerradas, sean centrales o marginales en la producción capitalista. Su sentido puede, desde hace tiempo, ser resumido como simple negación de la paz social, una locución común utilizada para indicar la cohabitación pacífica entre gobernantes y gobernados, explotadores y explotados, opresores y oprimidos, o como cada uno lo quiera decir. Del mismo modo, el adjetivo “social” apunta a excluir la dimensión política e institucional de esta conflictividad, porque la guerra social, por ejemplo, no apunta a provocar una crisis ministerial por otros medios, más brutales. Por ello, no sorprende que aquellos que no quieren designar al enemigo por razones de oportunismo político (“nuestra fuerza no nacerá de la designación del enemigo” (p. 231)), prefieran utilizar la estrategia como remedio (declinada bajo sus diferentes formas más de 40 veces en A nuestros amigos). Al igual que no sorprendente que aquellos que estornudan frente a los viejos conceptos anarquistas, se llenen seguidamente la boca con un término como partido, pensando poder salvarlo de los ácaros polvorientos que lo recubren añadiéndole el adjetivo histórico.
Si nos interesamos a continuación en la crítica del concepto anarquista de revolución por el Comité Invisible, es simplemente patética. Para hacerla más digerible, ¿sabéis qué hace el Comité? La saca de una frase escrita en 1892 por Émile Henry, que por aquel entonces tenía veinte años y estaba en polémica con Malatesta: “El radical definiéndose como productor de acciones y discursos radicales, ha acabado por forjar una idea puramente cuantitativa de la revolución –como una especie de sobreproducción de actos de rebelión individual–. “No perdamos de vista, escribía ya por aquel entonces Émile Henry, que la revolución no será el resultado de todas estas rebeliones particulares”. La historia está aquí para desmentir esta tesis: ya sea la revolución francesa, rusa o tunecina, en cada ocasión, la revolución es el resultado o el choque entre un acto particular –la toma de una cárcel, una derrota militar, el suicidio de un vendedor ambulante de frutas– y la situación general, y no la suma aritmética de actos de rebelión separados. Mientras tanto, esta definición absurda de la revolución provoca los daños previsibles…” (p. 146).
Bueno, quitando el hecho de que un acto de rebelión bien podría convertirse en uno de esos actos particulares desencadenante de una insurrección –es precisamente lo que intentaron tanto por medio del anarquismo Bresci como por medio del comunismo Van der Lubbe– y quitando el hecho de que en ese mismo texto Henry reconocía no solo la necesidad del comunismo sino también la diversidad de actitudes que conducían a otros revolucionarios a querer organizar a los proletarios, ¿dónde circularía hoy en día esa idea aritmética de la revolución? La vista de un árbol no anuncia un bosque, así como una foto no confirma una verdad universal. Cargar el aire de la situación general de pólvora negra, ya lo hace la dominación, imponiendo a todos una existencia sin alegría y a partir de ahora también sin seguridad en la supervivencia. No es de extrañar, por tanto, que los anarquistas se preocupen por buscar la mecha, sin pensar que se pueda manifestar aplicando una ciencia exacta. Simplemente toman una cerilla e incitan a que se enciendan cuantas más sea posible. Para el Comité Invisible, eso no es extraño, es simplemente erróneo. Quizás porque de esa manera caemos en la “tiranía de lo informal”, contra la cual hay que guardar sus reflejos y alzar el escudo de la alegre “disciplina” (p. 236).
Con el fin de desmontar el “radicalismo”, según él sinónimo de anarquismo, el Comité Invisible no duda en recurrir a la manipulación. Como si “el radical solo viviese para que el pacifista se estremezca en sí mismo y viceversa. No es fortuito que la Biblia de las luchas ciudadanistas americanas de los años setenta se titule: Rules for Radicals, de Saul Alinski” (p. 143). Efectivamente, no es fortuito. Pero no porque radicales y ciudadanistas sean las dos caras de una misma moneda, sino porque en inglés “radical” significa, por manera general, alguien que quiere cambiar la sociedad. Así eran nombrados los comunistas, los socialistas, los sindicalistas, los anarquistas, los fascistas, los nazis… sin distinciones. Saul Alinski era así un “radical” de izquierdas y con su último libro (cuyo subtítulo era Manual pragmático para radicales realistas), quería dejar una guía útil a los organizadores de comunidades con el fin de que fueran capaces de unir a las persones que vivían en un mismo territorio en una acción colectiva contra el poder. No es fortuito que este sea el mismo objetivo que el que persigue el Comité Invisible, que aquí recurre a una de las estratagemas más asquerosas: atribuir a los demás su propia biblia. Una biblia que, después de haber inspirado el pensamiento mercantil gracias al “nuevo espíritu del capitalismo” ha vuelto para dictar sus mandamientos a los subversivos atraídos por las cotizaciones en bolsa. En efecto, es el propio Comité quien vende en el mercado aquello que “nos explica el emprendedor de moda: hay que organizarse, encontrarse con otra gente, aprender a conocerse, trabajar juntos, reclutar a otras personas motivadas, crear redes, alterar el statu quo” (p. 178).
La crítica del Comité Invisible no levanta el velo de las miserias de los anarquistas, sino de las suyas. Especialmente porque la idea cuantitativa de revolución concierne mucho más a aquellos que no quieren quedar aislados de la población, una fobia que –en su sed de alcanzar la suma aritmética de políticos y técnicos por separado– está produciendo los daños previsibles de una alegre colaboración en el poder.
Blanqui a Venaus
Comité Invisible, A nuestros amigos, ed. La Fabrique (Paris), octubre 2014, 150 p.
“La política es el arte de la recuperación. La manera más eficaz para desanimar toda rebelión, todo deseo de cambio real, es presentar un hombre de Estado como un subversivo, o mejor aún, transformar un subversivo en hombre de Estado. Todos los hombres de Estado no están pagados por el gobierno. Hay funcionarios que no se sientan en el parlamento y todavía menos en sus habitaciones adyacentes sino que, por el contrario, frecuentan los centros sociales y conocen discretamente las principales tesis revolucionarias. Disertan sobre las potencialidades liberadoras de la tecnología, teorizan sobre esferas públicas no estatales y la superación del sujeto. La realidad —lo saben bien— es siempre más compleja que cualquier acción” Diez puñaladas a la política, 1996.
Un rumor circula desde algún tiempo entre algunos anarquistas de Europa con respecto al último esfuerzo editorial del Comité Invisible, autor en 2007 del best-seller internacional La insurrección que viene. Se dice que los adherentes al Comité habrían compartido el borrador de su texto con sus amigos políticos dispersos aquí y allá por el mundo, para sondear las reacciones y sacar útiles consejos. Ahora bien, la primera versión contenía un duro ataque contra los anarquistas, culpables de no haberse postrado como debían ante ellos (y de haberse burlando de la farsa de Tarnac, en la cual los presuntos autores del libro, cuando la policía tocó a sus puertas, se precipitaron a los brazos protectores de aquella izquierda a la que hacían la guerra hasta el día anterior). Pero algunos de sus amigos correspondientes —se dice que desde nuestro bello país— les sugirieron eliminar los fragmentos demasiado virulentos, de calmar el tono, porque en el fondo, pensándolo bien, hay todavía muchos servicios que esos idiotas libertarios pueden aportar. El origen de este rumor es un anarquista travieso que por lo visto habría podido leer esbozo original del texto así como la correspondencia a su respecto. Son los riesgos de la Comuna y de compartir sus instrumentos, no se sabe nunca quién puede echar un vistazo a un ordenador dejado encendido y sin vigilancia.
Sea este rumor verdadero o falso, hace pocos días nos regalaron el nuevo libro del Comité Invisible, fresquito y recién salido de impresión, publicado en Francia a finales del mes pasado. Se titula A nuestros amigos (políticos, no hace falta ni decirlo), y su publicación inminente y simultánea en siete otros idiomas está prevista, para favorecer su difusión por los cuatro continentes. Seguros de que Italia formará parte de esos países afortunados, mejor esperar a leer la traducción integral.
Pero entonces, os preguntaréis, ¿Por qué hablamos de él aquí y ahora? Porque gracias a las lecciones del Comité Invisible, hemos comprendido finalmente hasta qué punto la publicidad no es solo el alma del comercio, sino también de la subversión (en definitiva, del comercio de la subversión). Además, si nos diésemos prisa en compartir al menos algunos fragmentos de esta nueva obra maestra con nuestros lectores, nos arriesgaríamos a ser confundidos con burócratas de Estado. En resumen, he aquí un avance, una primicia.
Saber qué elegir es fácil, incluso demasiado fácil. Los nietos de Blanqui dedican, en efecto, algunas reflexiones a Italia, y más concretamente a la lucha contra el TAV en Val Susa y sus milagrosos efectos. He aquí lo que escriben: “Hay que incluir en los numerosos milagros de la lucha en el Valle de Susa que ella haya conseguido sustraer a bastantes radicales de la identidad que tan gravemente se habían forjado. Los ha hecho volver sobre tierra. Volviendo a tomar contacto con una situación real, han sabido dejar atrás una buena parte de su escafandra ideológica, no sin atraerse el inagotable resentimiento de aquellos que seguían confinados en esa radicalidad intersideral donde se respira realmente mal. Esto corresponde ciertamente al arte especial que ha desarrollado esta lucha: la de nunca dejarse atrapar en la imagen que el poder le ha tendido para encerrarla mejor — ya sea la de un movimiento ecologista de ciudadanos legalistas o la de una vanguardia de la violencia armada. Al alternar las manifestaciones en familia y los ataques al lugar de construcción del TAV, al recurrir unas veces al sabotaje y otras a los alcaldes del valle, al asociar anarquistas y abuelitas católicas, estamos ante una lucha que es revolucionaria como mínimo porque hasta ahora ha sabido desactivar la pareja infernal del pacifismo y el radicalismo”.
¡Claro! Cual simpáticos animalitos políticos, los nietos de Blanqui piensan que el medio más natural y espontáneo en el que vivir sería el zoo. Quién no entre en él o se aleje de él se auto-condena al aislamiento, es decir, a respirar el aire viciado de una escafandra, denotando un inagotable resentimiento contra aquellos que respiran tan bien el mismo aire que los magistrados y los parlamentarios (y puede incluso que de los topos y diversos asociados). La admiración del Comité Invisible por sus aprendices libertarios italianos es casi emocionante. Qué lástima que a este aire deseado contribuya a contaminar una “facción de anarquistas que se autoproclaman nihilistas” y que en realidad “es impotente”. Anarquistas que identifican al enemigo, se dotan de los medios para atacarlo… puf, qué horror, no son más que unos impotentes, es evidente. En cambio, aquellos que se encariñan con los alcaldes, curas y estalinistas, aquellos que se hacen elegir en el consejo municipal como los súper fans de Tarnac del Comité Invisible, aquellos claro que…
¿Que qué? Sí, ¡que han comprendido cómo van las cosas! “No hay esperanto en la revuelta. No son los rebeldes los que tienen que aprender a hablar el anarquismo, sino los anarquistas los que tienen que convertirse en políglotas”. El esperanto, ese nuevo idioma que contiene elementos de todas las lenguas y las engloba sin preferencias buscando hacerlas comunicarse en el respeto de la diversidad, es una especie de utopía. El medio más práctico, inmediato y estratégico para comunicarse es hablar el idioma de los demás. El inglés sobre todo, en los negocios. El autoritario solamente, en política.
Anarquistas, ¡sed políglotas! Dejad de maullar solos entre cuatro gatos, ladrad y gruñid en compañía de perros y puercos. El lunes hablad el humanitario, el martes el democrático, el miércoles el periodístico, el jueves el sindicalista, el viernes el jurídico, el sábado el comunismo, el domingo –amén– el litúrgico. Y llegados el caso, hablad el rebelde si lo deseáis. En cuanto a la lengua anarquista, más vale olvidarla para siempre.
De todos modos, seamos sinceros, ¿para qué os sirve?
(Italia, noviembre 2014).
Nota: los dos textos han sido traducidos del francés, de Subversions. Revue anarchiste de critique sociale. Diciembre 2015. Los textos originales están en italiano. El primero procede de: Ai clienti. Insurrezione e bispensiero, Génova (suiza), octubre 2015, cap. VII y VIII, pp. 45-62. El segundo de: Blanqui a Venaus, Finimondo, 22 de noviembre 2014.
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