El plan estratégico de Santander 2010-2020 con todos sus proyectos, incluído el de formar una ciudad inteligente, requiere del imaginario ideológico que es el ciudadanismo para vertebrar la transformación de la ciudad. No es posible llevar a cabo este megaproyecto de proyectos sin la colaboración de la masa ciudadana. Es algo que sus gestores no se cansan de repetir.
“Hoy es más necesario que nunca hacer más con menos, lo que significa no sólo hacerlo cada vez mejor, sino hacerlo diferente. “El progreso de la ciudad depende de la capacidad de cooperar del conjunto de la ciudadanía en relación a objetivos relacionados con el bien común”.
Podríamos interpretar que no se trata de nada nuevo, que tan sólo es más morraja habitual del discurso político al que nos tienen acostumbradas los gobernantes. Todo para el pueblo pero sin el pueblo, cooperación, transparencia bla, bla, bla. Y, aunque no deja de ser cierto, en este caso interpretamos que en efecto, necesitan del consenso de la mayoría y del beneplácito del ciudadano satisfecho que camina por el paseo Pereda con la cabeza bien alta un lunes por la mañana. Si la dominación antaño utilizara la privación del conocimiento y la de la participación en los aspectos que atendían a la cultura y a la gestión de los asuntos de la ciudad para apartar a las clases incómodas y non gratas de la sociedad, ahora es precisamente todo lo contrario, busca integrar a todas las personas, tengan el poder adquisitivo que tengan, en un clima de participación, sea este real o no, de tal manera que se elimina cualquier posibilidad de tensión y descontento, así como se ofrece la ilusión de que todas somos iguales, invisibilizando las diferencias que la jerarquía social impone en el día a día . Es ahí donde el llamarnos a todas ciudadanas cobra un papel tan importante para el poder a la hora de cumplir sus objetivos.
¿Cuáles son en éste caso? Uno es garantizar la cohesión social haciendo frente a la crisis, y otro es construir un nuevo modelo de competición económica y tecnológica. Entendemos que el segundo no es posible sin el primero y que, de la misma manera, la cohesión social no es posible sin llamarnos a todas ciudadanas. El ciudadanismo (no hablamos aquí del origen del concepto “ciudadano” sino de la ideología) tiene corta edad y toda su infancia ha estado arropado por el desarrollismo urbanita y el pensamiento democrático. Hubo un tiempo en que ser ciudadano quería decir simplemente ser habitante de una ciudad, cuando las ciudades todavía eran ciudades y no las grandes aglomeraciones de asfalto y consumo que son ahora. Hoy en día, escuchamos ciudadano en todos los lugares cientos de veces. Ser ciudadano ya no responde a una localización geográfica, sino a una manera de estar, una manera de ser, de actuar. Es decir, conlleva un trasfondo implícito que adoctrina a la persona sobre cuál debe ser su comportamiento, qué es lo correcto y qué es lo intolerable. Básicamente se trata de aceptar el sistema de explotación en el que vivimos y criticar con las formas y los contenidos del propio sistema que se cuestiona.
Sin embargo, cuando hablamos del ciudadanismo y del papel tan importante en la cohesión social de una urbe, hablamos de otros aspectos que conlleva el sentirse parte de la ciudadanía. ·
Exclusión y colonización:
La ciudadanía responde a personas que están en condiciones de ejercer sus derechos y sus obligaciones dentro del marco de un estado de derecho. Tiene el cordón umbilical atado a la legalidad, por lo que la gente que no está en regla, que no tiene papeles, que no es “legal” queda fuera de sus márgenes. Es de por sí un concepto excluyente no sólo en lo que respecta a las personas que entran dentro de las fronteras del estado y de la muralla europea por necesidad y supervivencia, sino en lo que corresponde a las personas que no viven en la ciudad, la gente de los pueblos. En este caso no porque no se les reconozca como ciudadanos, sino todo lo contrario. La ciudadanía, ligada profundamente al urbanismo, el progreso industrial y tecnológico y el desarrollismo capitalista, integra a los pueblerinos, los paisanos, de tal forma que elimina distintas formas de convivencia y atribuye unas obligaciones y unos intereses ajenos a las diferentes formas de vida que siempre han coexistido en el campo. El ciudadanismo contribuye a llevar la ciudad más allá de las ciudades, con lo que eso conlleva; individualismo, defensa fanática de la propiedad privada, importancia de votar, de consumir servicios, de levantar negocios ajenos al contexto rural…
Dependencia institucional.
Un ciudadano activo es una persona en regla, que acepta los márgenes de “convivencia” que el estado impone. Por eso, bajo el ciudadanismo toda acción social y toda participación está ligada a las demandas, las peticiones y la colaboración con las instituciones. La horizontalidad real, las relaciones sin intermediarios, la protesta sin acuerdo con los poderes administrativos, la construcción de tejido social al margen del estado y sus intereses, no son hábitos propios de un contexto ciudadano. Puede serlo siempre y cuando se respeten ciertas normas que no hemos decidido, o siempre y cuando éstas prácticas, siempre puntuales, vayan acompañadas de otras que sí dejan capacidad de intervención o diálogo por parte de las instituciones. Pero cuando una colectividad de personas es capaz de incidir en la realidad sin utilizar ningún cauce o medio estatal o privado, entonces es cuando existe un potencial peligroso para los intereses del poder (en este caso, el ayuntamiento de Santander, las empresas colaboradoras y la universidad de Cantabria como triángulo general) y para ello, que todas seamos ciudadanas implica que todas aceptemos las formas y el contenido de la ciudad, el territorio y el mundo de plástico que quieren imponernos. Es más, implica que esa imposición no sea vista como tal, debido al margen de participación que desde arriba abajo se concede a la ciudadanía. Por ello, la imposición ya no se sufre, bajo el ciudadanismo se agradece, pues al fin y al cabo, todas han sido partícipes de ello.
Cortina de humo entre la jerarquía social de explotación:
Eso es, esto quiere decir que todas hemos contribuído a crear el centro cultural Emilio Botín al igual que en Chicago toda la población ha decidido implantar un dispositivo de “ciudad inteligente” que permite conectar todo acto delictivo que ocurra en sus calles con la policía en el momento, incluídos los que cometen estos actos, que seguramente no serán quienes viven en las zonas residenciales. De ésta manera, todos somos ciudadanos, desde la señora mayor que vende ropa encima de un banco de madera los sábados por la mañana para alargar su raquítica pensión, hasta Emilio Botín. Desde la gente que busca en la basura cada jornada cuando los comercios cierran, hasta los que dejan sus pisos de lujo vacíos por el sardinero la mitad de los días. Esa es la ilusión que consigue extender el ciudadanismo y eso es lo que Santander2020 necesita, como todo proyecto político-lucrativo que se tercie en estos tiempos. La ilusión de hacernos sentir que a sus ojos valemos lo mismo, invisibilizando la violencia estructural de cada día, legitimando un sistema que nos roba la vida de forma cordial. Una ilusión que se hace requisito importante para mantener la llamada cohesión social. ¿Qué entendemos por cohesión social? La aceptación de estas condiciones de vida, de las injusticias cotidianas mediante la formación de esclavos agradecidos (ciudadanos) que no se planteen otras formas de vivir.
Esto lo dice el ayuntamiento de Santander con otras palabras, tampoco sale de la manga.
“La percepción ciudadana sobre la crisis económica implica en líneas generales y para amplios sectores de la ciudadanía tres tipos de representaciones significativas; Una sensación de amenaza, de futuro incierto, inseguro, un sentimiento de decepción, un sentimiento de impotencia y de rabia” “Ante el crecimiento de las necesidades y desafíos sociales, y a pesar de la necesidad de reducir los déficits de las haciendas locales, los ayuntamientos más dinámicos convocan al conjunto de la sociedad civil para llevar a cabo una estrategia compartida, que involucre a todos para abordar los principales retos que plantea la crisis, y sentar las bases de un nuevo desarrollo económico y social.” “Los ayuntamientos, como administración local, deben jugar un papel clave en esta situación de crisis económica para el desarrollo urbano y la transformación de las ciudades. Para ello se hace imprescindible una serie de acciones; Legitimación previa del gobierno local ante la ciudadanía y los principales actores, comunicar un sentimiento de cambio urbano, motivación ciudadana y generación de una cultura emprendedora, elaboración de una visión estratégica compartida y desarrollo de proyectos en cooperación pública y privada, y con gran soporte ciudadano.



