Aún podemos recordar la borrachera de optimismo que recorría los salones del poder, los medios masivos de desinformación y las alcobas académicas durante el cambio de milenio. No lo recuerdan? La globalización , nos decían, llevaría la integración de las culturas y sociedades, fortalecería el poder de los ciudadanos frente a sus gobiernos. La liberalización del comercio y la economía de libre empresa eran la receta universal para todos los males y el núcleo de toda recomendación en materia de política económica.
La palabra globalización, con la que nos querían vender el proceso de internacionalización del capital y la competencia a escala mundial, se sumaba a una vieja tradición de la economía dominante de deformar ideológicamente el lenguaje económico y político. Y es que pese les pese a algunos, lo económico es muy político y lo político es muy económico. Conviene recordar a Gramsci, que insistía en que la separación por esferas de la realidad es una cuestión puramente analítica en la medida en que las relaciones sociales son a la vez económicas, políticas, culturales.
Hegemonizar el lenguaje de las clases populares no es un asunto secundario. Como sostenía Vigotsky, el lenguaje además de estar implicado en la organización de la propia actividad, participa en la formación de significados que son construidos socialmente. El lenguaje no es la simple transmisión de señales del hombre racional-económico y frío calculador de utilidades de la ciencia económica. Como herramienta semiótica privilegiada de la interacción social y la actividad consciente, el lenguaje no se reproduce en el ámbito intrasubjetivo de forma neutral, sino que contribuye a modelar subjetividades y configurar nuestras concepciones del mundo. Así que la perversión y distorsión del lenguaje es una herramienta privilegiada para instalarse en el sentido común con el que las personas interpretan su realidad. «Las ideas dominantes-escribía Marx-no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones dominantes concebidas como ideas, por lo que las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas «.
Una de las consecuencias más perniciosas de la hegemonía burguesa es que nos presenta la mercantilización de la vida humana y la explotación del trabajo como un fenómeno natural. El dominio de clase de la burguesía sobre el conjunto de la sociedad es posible, no sólo porque es capaz de imponerse mediante el uso directo de la fuerza, sino porque es capaz de hacer aceptar este dominio como legítimo por los demás grupos sociales. Lo es por su capacidad de producir y organizar el consenso y la dirección política, intelectual de la sociedad. Ahora bien, las clases dominantes obtienen su poder sobre las demás clases, mediante la combinación del control de los medios de producción económicos y los elementos coercitivos del Estado. En este sentido la hegemonía no es tanto dirección ideológica-política de la sociedad como combinación de fuerza y consenso para lograr el control social.
El poder de la clase burguesa no puede ser ejercido, únicamente y de forma permanente, sobre la base de la represión pura y abierta. Necesita que sus instituciones de coerción posean el monopolio del uso de la violencia, y que la pretensión de este monopolio sea aceptada e interiorizada por el conjunto más amplio de la sociedad. Por eso el poder se articula, fundamentalmente, en su control sobre las instituciones que insertan en el individuo una serie de valores y de estructuras mentales acordes con las necesidades de la sumisión ideológica y la aceptación consensuada de la cosmovisión de la clase dominante. La ideología no es sólo una cuestión de discurso. Los discursos no se producen en el «vacío social». Es el engranaje social de las relaciones económicas, familiares, ideológicas, culturales y morales donde los individuos adquieren las ideas, las normas y valores que conformarán su actitud en su relación e interacción con su entorno social. En este sentido el consenso es la capacidad de este poder de instalarse en en la producción espiritual del individuo y de diseminar normas políticas, culturales y sociales a través de los numerosos poros del entramado social. Harnecker en su viejo manual subrayaba que la hegemonía burguesa y especialmente su ideología de clase no se ejerce únicamente sobre la conciencia de los explotados para hacerlos aceptar como natural su condición de explotados; ejerce también sobre los miembros de la clase dominante para permitirles ejercer como natural su explotación y su dominación.
¿Por qué le dicen competencia cuando quieren decir explotación?
Hay que ser competitivos, nos dicen, producir más bienes y servicios en menos tiempo. Hay que correr todo el tiempo: la cama al trabajo, del trabajo a la cama. Que no se pierda ni un segundo de trabajo. Hay que acabar con el absentismo, las bajas sanitarias, los tiempos improductivos de los cuidados familiares, el derecho a la ociosidad. Trabaja, trabaja, trabaja. Así hasta que te mueras. Sacrosanta productividad. Nuestra fugaz existencia cósmica a disposición de la valorización del capital: vivir para trabajar (para otro).
El BCE nos pide ahora una «devaluación competitiva de los salarios», (o sea una bajada de salarios), con el objetivo de salir de la senda del «crecimiento económico negativo», (o crisis del capital en mi pueblo). En primer lugar hay que señalar que crecimiento no es igual a desarrollo . De hecho el capitalismo y el cáncer comparten la misma filosofía: el crecimiento por el crecimiento. Así que la discusión sobre la utilidad social y el impacto ecológico de la producción ya exigiría todo un debate. Después nos deberían explicar porque nos sirve a los asalariados ser competitivos, si resulta que cuanto más producimos, más baratos resultamos los trabajadores y menor es nuestra participación en el pastel que, no lo olviden, nosotros producimos.
En el centro de la ofensiva neoliberal de las últimas décadas han sido las condiciones de vida de las clases asalariadas y populares. A pesar de los aumentos significativos de la productividad del trabajo las condiciones de vida de la mayoría de la población están empeorando.
En la prensa económica de las últimas semanas apareció un dato extremadamente significativo que no ha merecido la atención debida, claro. El detalle contable del PIB del cuarto trimestre de 2011 indica que, por primera vez desde la Transición democrática, las rentas empresariales han sido superiores en el reparto del valor añadido que genera la economía en el estado español a las rentas salariales: un 46,2% frente a un 46%. A principios de los años ochenta, la remuneración conjunta de todos los asalariados equivalía al 53% del PIB español, mientras que el excedente bruto de explotación (rentas empresariales y los profesionales autónomos) se quedaban en el 41% y los impuestos sobre la producción sumaban el 6% restante.
En los años 80 nueve millones de asalariados retenían un 53% del valor añadido que generaba la economía del estado español. En 2007, tras años de incremento en la productividad del trabajo, para conservar el 48% se necesitaba entregar la jornada laboral social simultánea de 19 millones de asalariados. Traducido groseramente que en ocasiones es mejor que el lenguaje económico: trabajamos muchos más pero nos llevamos mucho menos. Ah, y además en peores condiciones sociolaborales. No hace falta mucha imaginación para saber quién está embolsando los beneficios del incremento de la productividad del trabajo. Y es que la imaginación de muchos economistas está puesta en ver cómo se dice lo que no puede decirse.
La Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) de los hogares correspondiente al año pasado, indica que los ingresos medios anuales de los hogares se redujeron un 4,4%, que el 36% de los hogares afirma que no tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos, que el 22% de la población está por debajo del umbral de riesgo de pobreza, o que alrededor del 20% manifiesta llegar con dificultad o mucha dificultad a fin de mes. Y esperamos a ver cómo evoluciona el asunto porque la remuneración de los asalariados (1,1% en el último año) crece mucho menos que las rentas empresariales (6,6%). Mientras la pérdida de empleo golpea con fuerza a los asalariados, que apenas suman ya 15,7 millones de personas.
Eso sí, el gasto militar en España en el año 2011 fue de 17.248 millones de euros, un 1,62% de nuestro PIB y un 4,76% de los Presupuestos Generales del Estado. Y si quieren otra burbuja de deuda pues bien, aquí va otra: la deuda que arrastra el estado español por sus compromisos en gasto militar alcanza los 36.000 millones de euros. Recuerden cuando anuncien los recortes, perdón: ajustes y reformas. Aunque tampoco estaría mal que nos acordáramos también los 16 españoles más ricos que poseen un patrimonio conjunto de más de 55.000 millones de euros según la revista Forbes. Lo curioso es que según la Agencia Tributaria en España sólo había el año pasado 233 declarantes con un patrimonio superior a los 30 millones de euros y su patrimonio global era de 16.300 millones de euros. Algo no cuadra …
Competencia entre capitales y competencia entre trabajadores
embargo recala, una vez más en su competencia, remedio universal de todos los males económicos y políticos. En la competencia, como subrayó Marx, los capitales se imponen recíprocamente a sí mismos las determinaciones inmanentes del capital. Esto es, la tendencia incesante a incrementar la tasa de explotación del trabajo para mejorar su rentabilidad más allá de la buena o mala voluntad del empresario. Así, la tendencia del capital para aumentar la jornada laboral (en extensión e intensidad), e incrementar la productividad-es decir, incrementar la tasa de plusvalía-se manifiesta a través de los esfuerzos de los capitalistas individuales, en el contexto de la competencia, para reducir sus costes de producción. En consecuencia, la competencia de los capitales individuales para expandirse, para sacar ventajas en el mercado, para incrementar la productividad del trabajo, es la manera de cómo el capital realiza sus tendencias internas a crecer y empoderarse frente a los trabajadores.
Se realizan los intereses del trabajo asalariado de forma similar que la competencia de capitales? La respuesta es un no rotundo. La competencia entre trabajadores permite al capitalista forzar la reducción del precio de trabajo y erosionar las conquistas sociales. Esta competencia implica un incremento de la extensión e intensidad de la jornada laboral de los asalariados empleados, y presiona en el mismo sentido que el capital elevando la tasa de explotación. Así, y en contra de lo que sucede con el capital, los esfuerzos de los asalariados como individuos para actuar por su propio interés van contra los intereses del trabajo asalariado como un todo . Es por ello que actuando guiados por sus intereses individuales y compitiendo entre ellos mismos, los trabajadores no expresan las tendencias internas del trabajo asalariado, sino más bien las del capital.
En consecuencia, cuando los asalariados luchan contra la competencia van contra las leyes internas del capital y manifiestan los intereses del trabajo asalariado como requisito para la apropiación de los frutos de la productividad social del trabajo. Sólo bajo el paradigma de la armonía social, asumida por las direcciones sindicales y la izquierda reformista, es posible sostener un modelo de competencia para la acción política de las clases populares.
S. Jevons, uno de los padres fundadores de la revolución marginalista, decía en su «The State in Relation to Labour» (1882) que «el supuesto conflicto entre trabajo y capital es una ilusión» y que «en economía, en todo caso , debemos considerar a todos los hombres como hermanos «. Si claro, pero «tú arriba y yo abajo» como respondería musicalmente mi querido Evaristo.
Haríamos bien en seguir aquel viejo consejo que en su momento nos dio Juan Robinson: «es necesario aprender economía para que no nos engañen los economistas «. La misma Joan Robinson que hizo burla de L. Robbins cuando éste definía la ciencia económica como la disciplina que se ocupa de la asignación de medios escasos entre usos alternativos. Esto dicho en un aula de una universidad puede ser efectivo, pero dicho medio de la crisis de los años 30, en plena gran depresión, cuando los medios para cualquier fin eran de todo menos escasos resultaba menos vergonzoso. Qué pueden decir los economistas de la incapacidad de su sistema económico para aprovechar la fuerza productiva de los millones de parados? Eso sí, los que mantienen su puesto de trabajo que trabajen a todo trapo …
Fuente: Setmanari La Directa
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