El desarrollo económico ha impedido por doquier, y quizá ha hecho del todo imposible, una vida activa creadora de espacios habitables. El desarrollo económico ha cubierto de cemento el mundo habitable. El medio ambiente se ha vuelto tan duro que nuestros cuerpos ya no pueden marcar en él su impronta. Así, pasamos por la vida sin dejar huella.
Ivan Illich. La reivindicación de la casa.
Esta degradación (de los comunales) tiene una larga historia que coincide con la del capitalismo pero en absoluto se puede reducir a ésta. Desafortunadamente la importancia de esta transformación se ha pasado por alto o despreciado por la ecología política hasta hace poco. Es necesario darse cuenta de ello si es que vamos a organizar movimientos de defensa de lo que queda de comunal. Esta defensa constituye una tarea pública crucial para la acción política. Esta tarea ha de tomarse urgentemente porque los comunales pueden existir sin policía pero los recursos no. Tal como el tráfico hace, los ordenadores exigen policía, incluso más que el tráfico y de formas aún más sutiles.
Ivan Illich. Silence is a Commons.
Preámbulo: Pensar el decrecimiento, labor comunal
Una de las labores más urgentes para entender y desarrollar la filosofía del decrecimiento es explorar su relación con otras teorías críticas de nuestro tiempo, ya sean filosóficas, políticas o económicas. En este sentido, conectar el ámbito del decrecimiento con visiones afines del pensamiento ecologista o de la economía es uno de los trabajos prioritarios para reforzar un frente común alternativo al crecimiento capitalista. Nos puede proporcionar una cartografía de las corrientes críticas y de sus posibles áreas de confluencia y, a partir de ahí, de los espacios de trabajo colaborativo. Por otra parte, uno de los mayores problemas de las filosofías que se pretenden cosmovisiones es la fidelidad al mito romántico de producciones intelectuales debidas al genio de un pensador seminal. Pero la colosal hazaña de investigar, teorizar y poner en práctica la visión decrecentista para contribuir efectivamente a la supervivencia del planeta, requiere del trabajo y de la experiencia de numerosos grupos de intelectuales y de una red de nodos decrecentistas. Por valiosas que sean las aportaciones de Serge Latouche y otros pensadores de la primera hora decrecentista, en estos momentos, todavía es más importante detectar y rellenar las lagunas de su aportación.
La filosofía decrecentista hemos de entenderla como un proceso complejo, un work in progress de grandes y pequeñas aportaciones que sobre el núcleo inicial va tejiendo un discurso teórico-práctico cada vez más sólido, coherente y practicable. Nuestra convicción es que, sin un comunal de pensamiento progresivamente articulado y coordinado a través de una deriva estratégica, no es posible conseguir que el decrecimiento se implante en nuestra sociedad del crecimiento. Y en esta labor comunal tan decisivo como atender y recoger a las novedades es recuperar piezas del pensamiento proto-decrecentista que han fertilizado numerosas vías. Justamente, resulta plenamente decrecentista, para evitar cierta inflación teórica, reciclar el pensamiento válido antes de consumir pseudonovedades intelectuales.
Este es el caso del pensamiento sobre el comunal de Iván Illich, uno de los intelectuales que han nutrido el pensamiento decrecentista, cuya obra es clave para entender la relación entre la filosofía del decrecimiento y las teorías sobre los commons. Intentaremos aproximarnos a esta fructífera relación a partir de una revisión crítica de Ivan Illich al pensamiento actual sobre los commons y la tecnología nos detendremos en el caso a la vez representativo y singular de las nuevas tecnologías como posible comunal decrecentista. Por último, pretendemos abrir la expectativa en torno a una economía comunalista-decrecentista a través de una serie de líneas de investigación y de expectativas activistas. Nuestra aportación no pretende sentar cátedra sobre estas cuestiones sino contribuir a un debate comunal y libre que sospechamos será decisivo en los tiempos de crisis que nos esperan.
El comunal decrecentista
En los últimos años, al mismo tiempo que cobraba fuerza la filosofía del decrecimiento y el posdesarrollo, resurgía paralelamente el debate sobre los commons o los bienes comunes [1]. Especialmente a propósito de los bienes intangibles relacionados con las nuevas tecnologías o TIC e Internet. No obstante, la aparición de una suerte de gran comunal de tecnología y conocimiento se recuperaba la figura del comunal, todavía presente en nuestro derecho y en la economía tradicional del ámbito rural. La reinterpretación de estas formas económicas nuevas como comunales ha suscitado la expectativa de una reinterpretación de lo común, desde los bienes comunales al dominio público. Ahora bien, en medio de este debate se ha producido a menudo el equívoco de que los bienes de libre acceso eran simplemente comunales, esto es, bienes cuya propiedad ostenta un grupo determinado y regulados por una ley, organización o costumbre. El aire o el agua, bienes de libre acceso, se convertían así en comunales, contribuyendo a la confusión.
Este es el tipo de equívoco que promovía la teoría clásica anticomunalista de “La tragedia de los comunales” de Garrett Hardin (1968) [2], al entender que un pastizal de libre acceso -no regulado como régimen comunal por una comunidad determinada- era esquilmado por una serie de abusivos usos particulares que no velaban por la conservación o sostenibilidad del bien común. En el mundo actual en el que conviven los viejos comunales con estas nuevas formas comunalistas, es preciso distinguir lo que solo es un bien de libre acceso de aquel que ha alcanzado el rango de comunal. Esta distinción es importante para no caer en un idealismo comunalista tanto como para promover la conversión -de acuerdo con una visión comunalista- de todos los bienes de libre acceso en bienes comunales [3].
Cuando la supervivencia del planeta está en juego no podemos dejar, por ejemplo, que la atmósfera, ese bien de libre acceso planetario cuya conservación es decisiva para el cambio climático, no se convierta en un verdadero comunal global. El aire, el agua, la energía, la naturaleza son ejemplos de bienes de libre acceso que han sido sobreexplotados o cercados por la propiedad privada y que necesitamos recrear como comunales sostenibles. Cada vez más se oyen voces para privatizar estos bienes porque, según la lógica imperante, se han convertido en recursos, en escasez y por eso deben ser administrados preferentemente por empresas privadas y secundariamente por los estados, que en demasiadas ocasiones están a favor de las corporaciones. Por otra parte, se considera que está por llegar una batalla por comunales como la atmósfera (geoingeniería), los materiales (nanotecnología) y la bioesfera (bioingenierías).
La gran cuestión es si seremos capaces de comunalizar el planeta o al menos de regular de manera comunalista los bienes esenciales para nuestra supervivencia antes de que pasemos el punto de no retorno hacia la tragedia definitiva.
Para intentar resolver esta cuestión es preciso contestar a otra pregunta previa: ¿Es el comunal decrecentista? Desde nuestro punto de vista solo una visión decrecentista de la economía puede garantizar nuestra supervivencia a largo plazo y, por ello, hemos de determinar si lo comunal es o puede ser decrecentista. Los viejos comunales vinculados a la tierra o el agua no necesitaban ser decrecentistas -según los términos actuales- porque eran sostenibles, estables, o recuperables y, en este sentido, ajenos al crecimiento. El viejo comunal no necesitaba volverse decrecentista porque no era crecentista, era un bien de subsistencia como hemos señalado antes. Y en los casos de que la superpoblación o la sobreexplotación por alguna razón interna o ajena acabara arrasando un comunal -por ejemplo, un bosque- desaparecía el comunal y con frecuencia la comunidad que se nutría de él. En la estructura interna del comunal se halla por tanto la proporcionalidad, una escala convivencial como base para su pervivencia.
El problema surge cuando los pequeños comunales sostenibles son afectados por el crecimiento de la economía capitalista y sus problemas globales. Su fragilidad es absoluta, su autosuficiencia es su talón de Aquiles. Para proteger los comunales es preciso un derecho y una protección de mayor alcance y, en último término, un régimen comunalista que los regule entre sí. Los bienes de libre acceso planetarios por una parte y el conjunto de comunales por otra requieren de una organización común que los convierta en globalmente sostenibles por interdependientes. Y para que esto realmente ocurra, los viejos comunales sostenibles o los nuevos comunales arrastrados a la economía de crecimiento capitalista y sus crisis estructurales, ahora sí, han de volverse decrecentistas.
Cuando los bienes de libre acceso o los comunales han sido degradados por la mitología del progreso es preciso recuperar la integridad del sentido comunal. Comunal no es solo un régimen común de propiedad sino un sistema de reparto del trabajo, de valores éticos y costumbres como la asistencia mutua o la democracia participativa. Éste es el gran hallazgo de Ostrom en contra de Hardin: cuando la información que concierne al comunal es equitativa entre todos los miembros, entonces es posible la pervivencia del comunal, tal como demuestra la existencia de comunales antiguos. Esta equidad es el requisito básico para una democracia realmente participativa al tiempo que para la supervivencia del comunal. Por ello no hay comunal sin un estilo de vida comunalista que comprende que lo que es de todos, para seguir siéndolo, hay que cuidarlo, protegerlo, mejorarlo progresivamente entre todos. El bien comunal exige un conocimiento comunal y personas comunalistas, que se sirven de los beneficios del comunal tanto como contribuyen activamente al comunal. Esto es, el comunal exige una visión comunalista de la economía y de las relaciones sociales y políticas; exige la reconstrucción de la comunidad. Al comunalismo le compete refundar los comunales existentes y los comunales por organizar a través de la comunidad y desde la herramienta del decrecimiento. Paradójicamente, una herramienta que exige decrecer al capitalismo del crecimiento y de la propiedad privada, y sin embargo el crecimiento de las formas comunales o comunalistas. La única condición es que sean fieles a su esencia proporcional y, decreciendo si es preciso, lleguen a un nivel de sostenibilidad. Para que el planeta llegara a ser el comunal de comunales, necesitamos que el decrecimiento se convierta en el gran regulador glocal de la misma manera que para que el decrecimiento sea real ha de volverse comunalista. El comunal por tanto es decrecentista en tanto en cuanto el decrecimiento se vuelve comunalista. Estamos utilizando términos genéricos y abstractos, combinando aparentemente a nuestro capricho ‘comunal’ y ‘decrecimiento’, y los expertos en una o ambas materias nos pueden reprochar un juego retórico que huye de los datos, etc. No es propósito de esta ponencia detallar todos los aspectos señalados sino plantear una tesis general para que pueda ser revisada y debatida. Para explicar nuestra tesis del comunalismo decrecentista (o del decrecimiento comunalista) vamos a tratar brevemente una de las nuevas formas comunales o comunalistas actuales más importantes como son ciertas formas culturales relacionadas con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. En este caso se resumen las aspiraciones, las paradojas y los problemas del comunalismo decrecentista.
El caso de la cibercultura libre como comunal decrecentista
Hemos señalado que ciertas formas culturales relacionadas con las nuevas tecnologías se entienden de una forma genérica como un comunal, lo que en cierto foros se ha dado en llamar “procomún”. Nos referimos a lo que se denomina ‘cultura libre’ o ‘cibercultura libre’ en la que se incluye de manera destacada el software libre y el copyleft, ambos conceptos acuñados por Richard Stallman. No vamos a entrar en el debate teórico de qué tipo de comunal pueden ser ciertas formas de cultura o de conocimiento -como las relacionadas con la tecnología-, pero hemos de reconocer que en su totalidad, lamentablemente, no lo son. Tampoco son bienes de libre acceso como el aire o el sol, puesto que están sometidos a las leyes abusivas del copyright, etc. El único comunal relacionado con la cultura y el conocimiento es, como señala Illich, el lenguaje, lo cual lo relaciona con la deriva comunalista de la cibercultura libre, basada en un código o lenguaje universal. La cibercultura libre no funciona obviamente como los viejos comunales pero, salvando las distancias tecnológicas, sorprendentemente, en gran medida, se asemejan. Existen razones para señalar diferencias pero al tiempo podemos afirmar que el software y el conocimiento libres abren un comunal nuevo que se basa en el antiguo: la lengua/código/matemática transformado en software. El software libre es una forma de programación, no producida por una compañía privada, sino generada por los propios usuarios y abierta a la participación de todos; cualquiera puede crear, utilizar o distribuir gratuitamente los diversos programas y aportar sus mejoras a los mismos. Es un comunal de programadores de software que se ofrece a la gran comunidad de usuarios de internet. La base de su existencia es el intercambio de trabajo comunal. Las licencias copyleft, frente a las licencias copyright, como creative commons o las GPL, permiten bajo diversas condiciones, acceder a un conjunto de producciones informativas, científicas, filosóficas, artísticas de todo tipo: artículos, ensayos, novelas, canciones, vídeos, fotografías, etc. Podemos acceder libremente a estas producciones culturales y aportar las nuestras e incluso colaborar con otros usuarios en su creación. El ejemplo más claro de este comunal del conocimiento a través de Internet es la wikipedia, una enciclopedia colaborativa en progreso. Por muchos fallos o problemas que se puedan plantear a esta iniciativa, no deja por ello de ser un extraordinario y modélico comunal universal. Y hay otros muchos quizás menos conocidos por especializados pero que están ahí: la open science y el open design.
La existencia de estos comunales de la cibercultura libre resultan extraordinariamente positivos ya que permiten el acceso libre a todos los usuarios, especialmente a los más desfavorecidos. No obstante debemos revisarlos desde una óptica decrecentista para comprobar sus límites y posibilidades. La visión general de los usuarios de la cibercultura libre aboga por su crecimiento; en principio es un crecimiento de lo inmaterial, ya sea software o bits que componen las creaciones digitales. Sin embargo, cuando los partidarios del comunal digital, como cualquier usuario convencional, piden mejores aparatos y mayor ancho de banda para su producción libre, están solicitando también un crecimiento material y tangible. Toda producción inmaterial se sostiene sobre bienes tangibles como ordenadores, satélites o cables de fibra óptica. Y esta es la pregunta crítica: ¿En un mundo en crisis urgido por el decrecimiento podemos aspirar legítimamente a ciertas formas de crecimiento tecnológico? La cuestión es que los comunales raramente están aislados entre sí y por ello los bienes digitales están soportados por los materiales. Lo que ocurre en uno de ellos afecta al otro, sin duda alguna. Y curiosamente las compañías privadas abanderan, por ejemplo, la necesidad de un ancho de banda mayor y mejores ordenadores porque sirve también a sus intereses: se puede producir más aparatos para el consumo e Internet se puede convertir en un mero dispositivo de entretenimiento para suministrar por su películas y contenidos de consumo banal.
Lo que la gran mayoría de partidarios de las diversas formas de la cibercultura libre olvidan es que esa visión del comunal se asienta en la producción de bienes materiales que dejan su huella ecológica y se olvidan de las externalidades. Esto es, en la industria tecnológica más cínicamente capitalista que produce ordenadores, móviles o dispositivos, cuya producción a menudo resulta altamente contaminante o de dudosa ética (el caso del coltán en África para los móviles o de las condiciones laborales de industrias de ordenadores clónicos, la basura tecnológica arrojada en la India, la explotación en China de los recicladores de ordenadores, etc.). La gran paradoja es que la cibercultura libre como el software libre funciona en hardware propietario. Pese a los diversos intentos por producir un hardware libre, portátiles baratos o gratuitos, basados en un open design, construidos con materiales ecológicos y nutridos con fuentes renovables de energía, han resultado poco alentadores hasta ahora [4]. De momento, lamentablemente, no hay capacidad desde la comunidad de la cibercultura libre para generar una industria de hardware libre que sea realmente competitiva.
Por ello, el comunal digital de la cibercultura libre es un gigante con pies de barro que solo puede vivir en la inercia del crecimiento capitalista. En sus ordenadores y a través de sus cables y satélites está sometido a sus leyes anticomunalistas como las leyes restrictivas contra los programas p2p como la reciente Ley de la economía sostenible, etc. La cibercultura libre exige mayor libertad para el comunal digital pero todavía no tiene conciencia decrecentista; no es consciente de que la mayor amenaza a medio y largo plazo no son las leyes antipiratería o contra la privacidad sino su inmadurez política y su falta de autocrítica. Para que el comunal digital sobreviva y se desarrolle ha de plantearse un horizonte y unas prácticas decrecentistas. El comunal digital, por ejemplo, no puede exigir cualquier tipo de crecimiento tecnológico sino un crecimiento del comunal inmaterial de acuerdo con una visión decrecentista en lo material. La compra preferente de un hardware estándar, barato y de calidad con baja huella ecológica y, a medio y largo plazo, la producción de hardware libre básico impulsado por iniciativas públicas.
Por otra parte, podemos buscar ya un perfil decrecentista, impulsando la utilización de software libre en las administraciones públicas (con el consiguiente ahorro del presupuesto), la habilitación de páginas web de aprendizaje -¡como sugería Illich en Deschooling Society en 1971!- y la extensión de sistemas wifi, el reciclaje tecnológico, el uso compartido de los ordenadores, hábitos de ahorro en el consumo de electricidad, etc.
En muchos de estos aspectos resulta fundamental activar el comunal digital para pensar, crear y mejorar usos y prácticas decrecentistas, ignoradas hasta ahora. En este sentido, el crecimiento del comunal digital, gracias a la progresiva superación de la brecha tecnológica y la extensión de los derechos digitales, ha de suponer la expectativa de la implantación de un comunal decrecentista y no del crecimiento de un capitalismo tecnológico desaforado. Para contribuir en esta dirección resulta fundamental que la comunidad de la cibercultura libre se acerque tanto a la posición decrecentista como en otros ámbitos, la sociedad y cierta industria (si bien, de manera harto superficial), se han acercado a la sensibilidad ecologista y, a ser posible, relacionado ambas, ecología y decrecimiento. ¿Por qué es tan importante que el comunal digital se vuelta activamente decrecentista? Entre otras razones de peso, por que como la mayoría de las luchas anticapitalistas, el decrecimiento vive gracias al comunal convivencial de la red y se nutre del comunal de conocimiento de la red. Es preciso reconocer que su potencial reside en su participación en el comunal digital de la cibercultura libre. Y conservar ese comunal, a través de un decrecimiento sostenible, supone la garantía de la pervivencia del movimiento por el decrecimiento a escala global. Esta situación obliga a que el movimiento por el decrecimiento aplique sus criterios decrecentistas a su propio uso de la tecnología digital al tiempo que ha de acercarse de manera estratégica al mundo, a menudo autista, de la cibercultura libre. Creemos que solo desde una alianza del gran comunal digital de la cibercultura libre con el pequeño comunal del movimiento por el decrecimiento, es posible la supervivencia. La figura del usuario o del hacker decrecentista es todavía una quimera, al menos en el primer mundo, pero es preciso buscarla. Emprender esa labor nos llevará tiempo, reflexión y movimientos tácticos de aproximación, pero es preciso empezar cuanto antes.
¿Hacia una economía comunalista-decrecentista?
La apertura de la expectativa de una cibercultura libre, comunalista y decrecentista, abre también un debate de mayor alcance, referido al modelo económico, que es preciso al menos apuntar en los términos en los cuales nosotros, comunalistas/decrecentistas, los entendemos. El crecimiento de la economía del comunal digital y la necesidad del decrecimiento nos sitúan en la tesitura de analizar en el contexto del capitalismo en crisis. Una crisis estructural basada en la crisis del General Intellect y la aparición del cognitariado, el nuevo proletariado del trabajo inmaterial que utiliza ordendaores. A pesar de los movimientos como el software libre y otros sectores intelectuales que se rebelan contra la economía de mercado -como Peka Himanen-, este sector se proletariza/precariza gracias a unas tecnologías de control y a una visión del trabajo completamente opresivas tal como señala Franco Berardi Bifo. Ahora lo que se aliena no es sólo el tiempo sino también el deseo y la voluntad de hacer las cosas bien. Como indica Illich, el ordenador es así una forma de control que requiere de una policía atenta tanto a las violaciones del copyright como al absentismo on line.
Es un hecho que la economía comunal es posible en el capitalismo, aunque se halle sometido constantemente a restricciones o ataques. Incluso hay autores que entienden que la economía comunal es básica para la supervivencia y el crecimiento del capitalismo. El comunal es aprovechado por las iniciativas capitalistas como una fuente de materias, productos, ideas, patentes, etc. que son privatizados e integrados en la economía capitalista, esto es, su ámbito natural de crecimiento [5]. El problema de esta visión a corto plazo es que no incluye ni la visión integral del comunal ni los problemas del desarrollo ilimitado del actual capitalismo en crisis. No son visiones comunalistas/decrecentistas del comunal, sino visiones capitalistas del comunal que, en último término, nos llevarán al parasitismo del comunal y al desastre del propio modelo capitalista cuando estos se agoten.
Sin embargo, también podemos entender el comunal decrecentista como una apuesta por otro modelo económico frente al capitalismo neoliberal. No estamos hablando de una vuelta del fracasado socialismo real como fórmula de comunismo estatalista y dirigista. La economía comunal o comunalismo abogaría por el crecimiento y la regularización de un sector comunal de la economía que reforzaría el actual sector público y pondría límites a un capitalismo financiero desbocado obligándolo a decrecer. En este proceso la conversión de bienes de libre acceso o incluso de algunos públicos en verdaderos comunales resulta fundamental. Y para ello, el reparto y la distribución de estos grandes bienes inabarcables en pequeños comunales regulables y conectados, es la forma de garantizar su pervivencia. No podemos ver el auge del comunalismo como una utopía sino como un proceso de transición y reconversión dentro del capitalismo hacia un modelo diferente, híbrido e imperfecto pero, gracias al decrecimiento, verdaderamente sostenible. En este aspecto es preciso reconstruir y actualizar una economía del don. El crecimiento de la economía comunal supone el decrecimiento del capitalismo, especialmente de sus formas más agresivas y depredadoras. Pero para ello es importante que el comunalismo se declare decrecentista y no procapitalista. En esta labor hemos de confiar en posibles contribuciones como la alianza del comunal digital y el movimiento por el decrecimiento pero también, lamentablemente, en que la “pedagogía de la catástrofe” de Latouche acabe por enseñarnos la vía correcta.
Conclusión: líneas de investigación y expectativas activistas
Nuestra tentativa de contribución al debate sobre el decrecimiento desde el comunalismo, a buen seguro todavía repleto de inconsistencias y lagunas, solo pretende plantear un debate necesario. A nuestro juicio lo prioritario ahora es iniciar una serie de líneas de investigación teóricas interdisciplinares que abarquen áreas como la economía, la ecología, la filosofía de la tecnología, la cibercultura libre y la política. Por otra parte, aún más urgente es iniciar, paralelamente, los trabajos conjuntos dentro del activismo comunalista/decrecentista, especialmente en la cibercultura libre, de acuerdo con una visión estratégica de largo alcance.
Vamos a proponer algunas de las posibles actividades que tanto los colectivos hacktivstas de la cibercultura como los colectivos por el comunalismo y por el decrecimiento debieran asumir, en una suerte de decálogo. En este sentido la universidad debiera cumplir una función de crisol de estas iniciativas e investigaciones para generar propuestas, fundamentadas teórica y científicamente, practicables y de largo alcance.
Decálogo para un comunal digital decrecentista:
1. El comunal digital decrecentista tiene que ser consciente de su conexión con otros ámbitos de la economía, con otros comunales en la vida real.
2. El espíritu colaborativo se ha de traducir en un ahorro de costes y materiales, en la búsqueda de la optimización de lo que existe y un rechazo de la obsolescencia programada.
3. Se debe apostar por un desarrollo decrecentista que pueda ayudar realmente a salvar la brecha digital y no contribuir indirectamente a ella por medio de aparatos y tecnología cada vez más potente que solo sirven a las necesidades de la industria y no de los individuos.
4. Se ha de establecer la huella ecológica del comunal digital y de sus diferentes aspectos como el uso de nuevas máquinas para ser consciente del impacto real que tiene esta tecnología . Hay que desterrar la idea de que la informática es una «tecnología blanca».
5. Se han de tomar medidas decrecentistas de ahorro en el consumo y de reciclaje de la tecnología digital, en la reutilización de la maquinaria y en el gasto energético. Hay que buscar fuentes de energía alternativas también para la informática.
6. Es necesaria la revisión decrecentista de proyectos de open design para hardware libre a fin tanto de ser respetuoso con el medio ambiente como capaces de generar máquinas convivenciales.
7. Es necesaria la elaboración de una ética decrecentista para el comunal digital como manual de buenas prácticas hacktivistas.
8. Resultaría fructífero establecer encuentros entre colectivos de hacktivistas y activistas decrecentistas a fin de dar sentido estratégico a las aspiraciones de ambos colectivos.
9. Se han de proponer proyectos universitarios de investigación y desarrollo sobre el comunal digital desde una óptica decrecentista.
10. Se ha de asumir, en definitiva, una «agenda» política del comunal digital decrecentista a la vez que de los diferentes comunales, integrados en la red que conforma este mundo, como parte de una estrategia contra el capitalismo y la crisis.
Notas
1. La definición de «libre acceso», «bien público» y «comunal» ha generado un torrente de bibliografía. De forma esquemática podría decirse que un bien de libre acceso es aquél que no está limitado a nadie y su uso no menoscaba el uso de otros como hasta hace poco la atmósfera (en la actualidad ya existen cuotas de contaminación industrial que se pueden comprar y vender entre particulares). Un bien público es aquél que ofrece el estado o un ente de carácter estatal, basado en el derecho romano y que se restringe a los ciudadanos de un país o gobierno local. Sólo puede ser administrado desde el punto de vista funcionarial o estatal. Y bien comunal es aquél que pertenece a una comunidad y es administrado por ella. Tal como sostiene F. Aguilera (2006), existe la exclusión para quienes no pertenecen a esa comunidad. En la legislación española los bienes comunales no pueden ser de titularidad pública.
2. G. Hardin abogaba por la visión del comunal como un recurso dentro de una economía de la escasez cuando lo que representa es fundamentalmente un bien dentro de una economía de la subsistencia. Una crítica acertada a este famoso artículo la proporciona F. Aguilera (2006) señalando las contradicciones internas del texto de Hardin: éste critica a A. Smith por su teoría del egoísmo pero considera que la privatización de los comunales es una solución, aunque sea injusta (mejor la injusticia que la extinción). Illich establecía claramente la diferencia entre un comunal como bien de subsistencia, proporcionado y acotado dentro de una comunidad y el «recurso» de la economía contemporánea, propio del «homo oeconomicus». Entre los dos se producen necesariamente conflictos.
3. Se produce una confusión de G. Hardin entre bien de libre acceso y comunal, desde su punto de partida. Tal como indica Illich, el comunal no es un «recurso escaso» sino un «bien de supervivencia». Si se entiende de la primera forma entonces es clara la tragedia del comunal. Los individuos, desde el punto de vista de Harding, actúan como «minicercadores» de ese comunal hasta que, al ser limitado, se agosta. No tiene en cuenta las obligaciones de los comunalistas frente a los bienes ni los acuerdos que toman al respecto.
4. El “One Laptop per Child” fue una iniciativa de N. Negroponte en 2005 (presentada en la conferencia de Túnez sobre la Sociedad de la información) para salvar la brecha digital entre los países menos desarrollados económicamente. En un principio la propuesta tuvo en cuenta las cuestiones ecológicas (era completamente reciclable), respetuoso con el medio ambiente (se sugerían formas de recargar las baterías del portátil aprovechando la energía corporal) y el software era libre y por tanto sostenible. Sin embargo el gigantismo de la operación y los continuos cambios de actitud provocó que terminara sirviendo de aliciente para abaratar el mercado de los netbooks (miniportátiles) y aumentar así un consumo todavía más enloquecido de cacharrería electrónica (el miniportátil es un añadido y no un sustituto de los equipos tradicionales).
5. Desde el punto de vista del capitalismo, el comunal es una aberración económica porque no maximiza el beneficio que se puede obtener de tales bienes y limita la capacidad de negocio. En realidad, el cercamiento de los comunales, bien con vallas, patentes u otros métodos tecnológicos, forma parte de la dinámica del sistema capitalista sin la cual no podría subsistir.
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