Vidas a la intemperie. Notas preliminares sobre el campesinado, Marc Badal, Campo Adentro, Pinto (Madrid), febrero de 2015.
La ciudad es el lugar de la concentración, la concentración hecha lugar.
Un polo atrae un flujo ininterrumpido de cuerpos y de expectativas. De materia y energía en todas sus formas. Espacio en movimiento perpetuo. Rotación acelerada que genera el impulso centrípeto del cual emana su magnetismo.
La ciudad es siempre la morada de algún tipo de poder. Es un centro.
La mirada urbana ha escrito la historia. Ha determinado lo relevante y lo memorable. Ha definido a qué nos referimos cuando hablamos de cultura.
La ciudad es autorreferencial. Se basta a sí misma. Sus confines marcan un límite que raramente rebasan sus habitantes. Y cuando lo hacen es para trasladarse a otra ciudad.
El campo es la distancia a atravesar.
Lo que se ve de soslayo a través de la ventanilla para mantener la ficción de que existen ciudades distintas.
Una imagen congelada. Una realidad muda.
Un entorno residual: vestigio de un tiempo superado, receptor de todo lo que molesta y no tiene cabida en la ciudad.
En un mundo de metrópolis, lo rural constituye una alteridad. Ninguneada al mismo tiempo que admirada.
Un objeto digno de contemplación que no exige ser entendido. Que se deja explicar sin hacer puntualizaciones. Que muestra lo que uno espera encontrar y oculta con decoro las heridas que él mismo le ha causado.
La ciudad y el campo.
Lo urbano y lo rural.
Dos mundos que se definen a partir de su oposición…
Si las ideas de campo y de ciudad son mutuamente excluyentes, la realidad de la ciudad y del campo nunca lo han sido. La membrana que separa ambos espacios más que porosa, está desgarrada.
El metabolismo urbano depende por entero de lo que ocurre en el campo. De los alimentos y otros bienes que allí se producen. Sin embargo, para las generaciones actuales es menos evidente la dimensión rural que siempre ha tenido la ciudad…
La ciudad contemporánea oculta los últimos rasgos de su ruralidad. Por el contrario, en el campo se perciben cada vez con mayor nitidez las señas de identidad que perfilan su nueva condición urbana.
[De la contraportada]
la desaparición del campesinado puede entenderse como el fin de un mundo. El punto y final de un relato que prosigue en otras latitudes pero no en la nuestra.
Provenimos de un lugar que no hemos conocido y no serán los campesinos quienes nos cuenten cómo era. No dejaron escrita su historia antes de irse en silencio.
Víctimas de un etnocidio con rostro amable, salvaron los cuerpos, pero su espíritu no resistió el embate de la modernidad.
Los campesinos vivieron siempre a la intemperie. Expuestos a una relación de fuerzas que les sobrepasaba.
Somos sus huérfanos, pero no lloramos la pérdida.
Un muro de contemporaneidad nos impide contemplar las ruinas que explican nuestro tiempo; ningún vínculo nos sujeta al pasado.
También nosotros vivimos al descubierto en un presente continuo y absoluto.
La Ciudad Medieval, de Jacques Le Goff, Giunti Editore, Florencia, 2011.
Como el Ave Fénix, la ciudad medieval resurge de las cenizas del imperio romano, devastado por las invasiones bárbaras. El renacimiento llega con el cristianismo: alrededor de los obispos se reconstituye un centro de autoridad y poder. Con la revolución agrícola y comercial de los primeros siglos del segundo milenio, la ciudad contempla cómo se multiplican los monumentos, las casas, las calles y plazas, para acoger a una población cada vez más numerosa que fluye del campo. Ser un ciudadano de pleno derecho no significa solamente la liberación de las servidumbres de la gleba, sino también la conquista de la libertad y la adquisición de privilegios que exaltan la capacidad individual, unidas a un esfuerzo de cooperación y de ayuda mutua nunca vistos en la historia de la civilización.
La realidad urbana rompe con la rígida jerarquía feudal, inventando una nueva conciencia política; nacen las Comunas [o municipios], portadoras de un nuevo aliento de libertad y autonomía. Crisol de una poderosa renovación cultural y religiosa, el centro urbano alumbra maravillosas construcciones arquitectónicas: la admirable expresión del nuevo arte gótico y la representación del mundo se unifican en una sublime inspiración mística.
Al recorrer sus tortuosas calles y encontrarse con los hombres y mujeres que las habitan, podemos comprender en verdad que esta hija del Medioevo, la ciudad, sea la madre de la actual conciencia europea.
[extractos]
La ciudad medieval es un aglomerado suburbano formado junto a una ciudad antigua o un núcleo urbano primitivo o castrum (…) Dichas aglomeraciones en el Occidente cristiano se denominaronburgus …
Los burgos y suburbios que extienden la ciudad unificada son aglomeraciones de tipo económico: mercados, talleres o negocios de comerciantes y artesanos. El desarrollo económico fundamenta el desarrollo urbano…
Crecimiento urbano y difusión de la moneda y de la economía monetaria son estrictamente interdependientes…
Uno de los aspectos más importantes de la cultura urbana es el desarrollo de la cultura… Las ciudades son los focos de alfabetización del Occidente…
El poder de la nueva sociedad y de las nuevas instituciones comunales se traduce en la reestructuración del espacio. El nuevo urbanismo tiene su centro en la plaza pública, “escaparate del poder comunal.” El tiempo irregular de los doctos, demasiado ligado a la liturgia religiosa y al tiempo natural, retrocede ante un tiempo más regular, más racional, divisible en partes iguales, al servicio del trabajo, de la actividad económica y del uso del tiempo burgués. Las campanas laicas que suenan al comienzo y al final de la jornada laboral, y después los relojes mecánicos que desgranan el tiempo en horas iguales, impondrán en la ciudad el tiempo del comercio a costa del tiempo eclesiástico…
La solidaridad, la familiaridad del vecindario, plasman en el interior de la ciudad una nueva mentalidad, abierta a la sociabilidad y al apoyo mutuo. Los miembros de la misma parroquia o del mismo barrio gustan de conversar juntos, en casa o en la calle. Bautismos, matrimonios, funerales, conciernen no sólo a los parientes, sino a los vecinos. Las fiestas son una manifestación de esa manera de pensar … La mentalidad urbana gira sobre un modelo de curialitasrealmente ciudadano: la urbanidad… La ciudad significa un adiós al estado salvaje, a la barbarie; idealmente es el reino de la concordia…
La ciudad es por encima de todo, una comunidad de hombres y mujeres. El imaginario urbano medieval está dominado por el pensamiento agustiniano, que afirma que la ciudad no reside en las piedras y muros, sino en sus habitantes, los ciudadanos: Civitas in civibus est.
La ciudad medieval realiza el modelo más completo de autogobierno, la Comuna … Aunque soberanos y señores posean determinados derechos y ejerzan cierto poder en muchas ciudades, y aunque la Comuna medieval no fuera una democracia al estilo antiguo, la ciudad comunal a pesar de todo encarna una revolución política, además de social. A mediados del XIII, el obispo de Frisinga, Otón, típico representante de la sociedad señorial transalpina, tío del emperador Federico Barbarroja, al llegar a la Lombardía comprueba con estupor que “los lombardos valoran tanto su libertad que, a fin de evitar la insolencia de los señores, prefieren ser gobernados por cónsules que por príncipes. No tienen miedo de elevar al rango de caballero y conferir todo tipo de autoridad a jóvenes de baja condición, e incluso a artesanos de viles artes mecánicas que en otras poblaciones son apartados como las peste de los cargos más honorables.” Para lograr sus propósitos constituyen hermandades y asociaciones que, de grado o por fuerza, acaparan los derechos y poderes de los antiguos señores, sobre todo de los obispos.
En Mans, en 1070, los habitantes se rebelaron contra el duque de Normandía Guillermo el Bastardo, empeñado en la conquista de Inglaterra; el señor de la ciudad reprimió duramente la rebelión. Un cronista local escribe: “Formaron una asociación a la que llamaron Comuna, se unieron mediante un juramento y obligaron a los señores del campo circundante a jurar alianza con su Comuna.” la palabra Comuna aparece por primera vez en la historia… En 1116, el obispo rechazó las cláusulas de una Comuna que el clero, los magnates y el pueblo llano han constituido mediante “un juramento colectivo de ayuda recíproca”. Exclama el cronista benedictino que relata la revuelta popular: “Comuna, palabra detestable.”
En Alemania se creó el dicho Stadtluft mach frei (el aire de la ciudad vuelve libre).
Aunque la Comuna es una democracia en pañales, inexperta, caprichosa, que no se liberará nunca de sus defectos, el movimiento urbano constituye en sus inicios un fenómeno revolucionario. A diferencia del contrato feudal, que somete un inferior a un superior, el juramento que une a los miembros de la comunidad urbana primitiva es igualitario…
La ciudad forma con su territorio un cuerpo inseparable… sobre todo en el terreno económico. La principal causa del desarrollo de la ciudad son los excedentes agrícolas: en tanto que centro de consumo, la ciudad solicita la producción rural de su territorio; en tanto que centro de producción artesanal, la ciudad corresponde con sus cultivos “industriales”… Entre ciudad y campo hay quien habla de simbiosis…
Desde el punto de vista demográfico, la atracción de la ciudad sobre el campo circundante es notable. Gran parte de los inmigrantes proviene de pueblos pequeños y medianos en un radio de una treintena de kilómetros en torno a la ciudad…
Hasta tal punto el modelo urbano penetra en el campo, que muchas comunas rurales imitarán las instituciones de las urbanas… De todas formas, aunque gracias a la dependencia de la ciudad, el campo goce de cierta prosperidad económica y el movimiento de emancipación campesina avance, lo cual implica una reseñable seguridad de personas y bienes, el dominio ciudadano significará sobre todo explotación.




