El autor reflexiona sobre un posible cambio de ciclo en las luchas populares, que generalice el modelo asambleario ante el desgaste del modelo representativo.
La era está pariendo un corazón», así se iniciaba en el año 2000, el editorial del primer número del informe «Extractos de una nueva sensibilidad», coincidente con las protestas de Seattle y los preámbulos de la crisis argentina y del Foro Social de Porto Alegre.
Nos preguntábamos entonces como era la sístole y diástole de ese parto, repasando unas dinámicas reivindicativas que se iban diluyendo para retomar impulso y componer bajo nuevas formas, una figura más nítida y acabada. Pronosticábamos allí, el inicio de un nuevo latido y nos preguntamos hoy, si el 15-M representa un salto de cualidad, dentro de ese latido.
Dice Wallerstein en «Movimientos antisistémicos» que las revoluciones de 1848 y 1968, son más decisivas que las de 1789 (francesa) y 1917 (rusa), pues aún fracasando históricamente, por no estar planeadas, precisamente por eso, por su configuración espontánea, permitieron una mayor permeabilidad y apropiación colectiva y cambiaron el mundo en mayor profundidad.
Esta espontaneidad, tan rotunda en el 15-M, está llevando ahora a «los indignados» a asumir que no existe un único discurso alternativo al discurso hegemónico, sino que cada sujeto tiene su discurso y que de lo que se trata es de comprender los discursos-otros, en un tira y afloja que termina por amalgamar las diferentes visiones.
Lo impresionante y mágico es que ese espíritu asambleario ha irrumpido sin acuerdos previos y está siendo a la vez un colosal descubrimiento para muchos y una brutal exhibición pública para todos.
Desde las opiniones a micrófono abierto, donde se han sucedido rastas y corbatas, empresarios arruinados y antiguos camaradas, jóvenes escuchando antiguos relatos de lucha y mayores orgullosos de una juventud implicada, hasta los trabajosos consensos de las asambleas, han ido destilando en la atmósfera de la Plaza Porticada de Santander, un clima de alegría, muy alejado de las violentas alegrías a las que estamos tan plegados como resultado de las presiones mediáticas que se nos imponen desde bipartidismos electorales y bipartidismos deportivos, con sus histéricos triunfos y sus trágicas derrotas.
Una alegría construida desde la base social que libera de esas otras alegrías postizas e inyectadas y que se ha plasmado en el grito de ¡Plaza liberada!
El concepto de revolución como toma del poder ha dejado paso en el 15-M a la idea de revolución como generación y vivencia de un mundo nuevo desde ya mismo, y desde la mismísima raíz de la participación , lo que implica ponerse ahora mismo, sin dilación (hay que acudir corriendo, pues se cae el porvenir) a tantear experimentalmente la horizontalidad, desde el interactuar, el debatir y el escuchar.
¿De que se trata el 15-M? ¿Realmente adolece de propuestas o bien se trata de algo mucho más profundo que está removiendo cimientos identitarios de enorme calado, que no pueden ser captados por quienes siguen aferrados a los paisajes de la productividad y la eficiencia mercantiles?
Como decía un manifiesto reciente de la Puerta del Sol: «Habíamos interiorizado sus prisas, sus ritmos, su velocidad. Basta. Vamos despacio porque vamos lejos, vamos despacio porque queremos ir todas juntas, vamos despacio porque queremos hacerlo bien. Vamos despacio porque el camino es igual de importante que el resultado».
¿Qué indica este amanecer asambleario? Pudiera estar mutando, ni más ni menos, la identidad de opinador de ideas fijas (que conduce al derecho a votar), por la identidad de opinador flexible (que conduce al derecho a consensuar.
J. L. Bonilla es antropólogo.
Fuente: Diagonal Cantabria
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