«Juventud», «responsabilidad» y civismo

«Juventud», «responsabilidad» y civismo

Sobre terrazas, bares y luchas de clases

Tres  chavalxs conversan sentadxs en las escaleras de la calle África, Santander. Dos de ellos tienen una lata de cerveza en la mano. El ritmo de charloteo es distendido hasta que aparecen por detrás dos agentes de la policía local y les piden la documentación.
Posteriormente, les comunican que van a ser multados por consumo de alcohol en la vía pública. Los jóvenes no habían calculado que les iba a salir tan cara la lata de cerveza.
Varios metros en distintas direcciones les brindaban espacios reservados para beber alcohol y pasar el rato. Pero no todxs se pueden permitir consumir en terrazas y bares cada vez que quedan para tomar algo. «Paga más y estarás seguro». «La libertad» es cuestión de poder adquisitivo.

Aunque la verdad, tampoco nos vamos a engañar. No es sólo un tema de pasta. Es también la elección de los rincones de tu barrio y de tu entorno . Es la capacidad de decidir un lugar para pasar el rato sin una terraza de por medio. Sin alguien que te sirva. Es la búsqueda de espacios de intimidad y confianza en el espacio urbano. Tarea dificil sí. Independientemente de que sea para dar un paseo, para hacer parkour, para patinar, para darse un beso, para comer pipas o para esa práctica nociva pero tan extendida socialmente que es consumir alcohol, a esto se le llama habitar el espacio.

Eso implica escoger sus rincones; escaleras, barandillas, bancos, callejones, plazas, parques, soportales, etc… La línea que separa las terrazas de otras formas de «tomar algo» entre amigxs parece indentificarse mediáticamente  con dos polos opuestos que clasifican  a las personas entre lo cívico, lo educativo, lo respetuoso, y su contraparte.
De este modo, las diferencias de clase y el disciplinamiento de los comportamientos y los cuerpos son dos cuestiones que pasan desapercibidas.

¿Y qué es el civismo? Sino una guía para conducir los comportamientos y acciones sobre el espacio público, así como la creación de áreas específicas o la limitación del espacio público a las instituciones, con una expansión añadida de las potestades de la administración. ¿Qué es? Sino el uso preventivo del espacio público que premia  las relaciones mercantiles.

Pedro Limón señala dos grandes periodos dentro de la reconfiguración del espacio público mediante el derecho en España; el primer periodo lo sitúa desde los años 90 hasta 2006-2011 y el segundo periodo desde ahí hasta la actualidad.

En este proceso de restricciones del espacio público tiene relevancia la creación de ordenanzas cívicas donde la producción cultural y el turismo cobraban importancia en la agenda política de las administraciones, por encima de las prácticas vecinales.

También la ley anti-botellón de 2002, que fué el pistoletazo de salida de mayores restricciones en la calle hacia asambleas, reuniones, comercio informal, prostitución, mendicidad o indigencia, siempre bajo el argumento que enfatizaba en la salud pública, la estética urbana, la higiene política o los usos apropiados del espacio público.
Esto supone la producción de  formas de vida de tránsito/tráfico en donde el trato a las personas se asemeja al que reciben los vehículos.

En todo este proceso, la modificación del espacio urbano para los intereses de las autoridades también tiene que ver con la toma de medidas hacia las luchas sociales. Desde los movimientos antiglobalización de finales de los 90 y principios de los 2000, Nunca Mais, el movimiento contra la guerra en Irak, el 15M y sus derivas antiautoritarias y auto-organizadas, así como las luchas por la vivienda y contra los desahucios. Ejemplos de respuestas populares cuyas movilizaciones en la calle supusieron pretextos para nuevas formas de reducir el espacio público a una sola manera de entenderse. Cuestión importante en este aspecto la Ley de Seguridad Ciudadana de 2015, más conocida como «Ley Mordaza».

                   Jóvenes, calle y civismo en el post-confinamiento
Las recientes declaraciones en el mes de agosto por parte del presidente de Cantabria poniendo el foco de la culpa en la juventud, debido al achaque del crecimiento de los contagios por Covid-19 en relación a las quedadas callejeras, los botellones, etc. además de ser simplistas por eso de que «la juventud» no es un ente homogéneo, son un ejemplo de la cortina de humo mediática que no nos habla de la suprema importancia de la economía en todo este panorama. Una dinámica, como venimos diciendo, previa al Covid-19, ya que las restricciones del uso de la calle se han justificado en nombre de la higiene y el civismo. Consiguiendo en las dos últimas décadas despolitizarla y apartar sus conflictos sociales  paulatinamente.

¿Qué es la juventud? ¿Son lxs jóvenes que han tenido que volver a casa de sus padres? ¿Lxs que no pudieron salir nunca? ¿Lxs que han tenido suerte o se han esforzado mucho, como en la jerga neoliberal se les llama a lxs emprendedores? ¿Lxs jóvenes racializadxs? ¿O lxs jóvenes tuteladxs? ¿Lxs que sí pueden ir a terrazas porque tienen curros que, aunque precarios, se lo permiten? ¿Quiénes son lxs jóvenes?

La campaña de este verano «Tú decides» llevada a cabo por el ayuntamiento de Santander para acabar con el botellón ante la situación de peligro por el aumento de los contagios dice en uno de sus párrafos; además de hacer un llamamiento al civismo y sensibilizar a los adolescentes y jóvenes de las consecuencias que el consumo de alcohol puede tener en su salud, esta campaña toma como referencia la actual crisis sanitaria de la Covid-19 para poner en relieve la importancia de cumplir con las normas establecidas por las autoridades sanitarias respecto al distanciamiento social y el uso obligatorio de mascarilla.

Pero ningún panfleto anticapitalista podría haber visibilizado más que el propio cinismo de las medidas post-Covid-19, la importancia otorgada a la salud de la economía por encima de la de las personas. De ahí que en la calle se hable mucho desde este tema.

¿Cómo es posible que en todos los lugares donde se consume alcohol de una forma permitida unx se pueda quitar la mascarilla sin ningún problema y alguien que pasea tranquilamente al aire libre no? ¿Es el formato botellón necesariamente menos respetuoso y seguro de acuerdo a las posibilidades de contagio que el interior de un bar o una terraza? ¿O estamos hablando de otra cosa?

La recaudación sigue su curso. Castro, Laredo, Santander, Suances o Liencres han sido algunas de las localidades protagonistas en los titulares sobre sanciones por consumo de alcohol en la vía pública y no usar mascarilla durante el verano que dejamos atrás. «Botellón» viene a querer significar la costumbre extendida en España desde finales del siglo XX, sobre todo entre los jóvenes, de consumir grandes cantidades de bebidas alcohólicas en la vía pública. Para la RAE significa reunión al aire libre de jóvenes, ruidosa y generalmente nocturna, en la que se consumen en abundancia bebidas alcohólicas. Según esta definición muchas de las prácticas de beber alcohol en la calle en espacios no permitidos que son reprimidas no entrarían en el concepto estricto de «botellón», pues no implican ruido, ni ausencia de distancia, ni mucha gente, ni necesariamente de joven edad. Cuestiones que nos llevan a pensar que lo punible es la búsqueda de encuentros sociales en lugares no habilitados desde el mercado ni las administraciones.

La famosa propuesta del «botellódromo» es un buen ejemplo para entender esta forma de construir el espacio urbano dominante mediante la segregación de las personas por su edad o por sus capacidades.
En oposición, los resquicios que quedan de esa auto-organización vecinal, posos del pasado movimiento asociativo en barrios no exentos de dificultades, pero sí con una vida cotidiana compartida y lugares de reunión y socialización más o menos exentos de intervención administrativa, son ese lugar que nos parece merece la pena defender.

Los referentes afortunadamente no están sólo en el pasado, sino que se siguen construyendo con pasos de hormiguita en pueblos y barrios a pesar del panorama actual. Claro que un modelo de consumo de alcohol desenfrenado, un ocio de usar y tirar, una infinidad de vertidos plásticos tirados al mar, unos comportamientos que no respetan el sueño de quienes viven cerca nuestro, ni en general, un embrutecimiento social y alienante son cuestiones dignas de defender. Sin embargo, tampoco es de esperar que un modelo urbano y social de ciudad basado con esfuerzo y dedicación institucional en el turismo de masas y el ocio de copas, pueda generar otro tipo de hábitats urbanos. La escasez de actividades gratuitas y de entornos sociales no pensados únicamente para el consumo refuerzan esta paradoja. Es de ahí que cuando las campañas de sensibilización tienen que ver más con la moralidad burguesa, que con nuestra salud y bienestar, no está de más darle vueltas y discutirlo para no tragar cualquier cosa a la primera de cambio.

* Artículo publicado en el número 21 del boletín Briega.

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