Kobane.
¿Alguien se acuerda todavía de esa ciudad?
En Occidente, parece que no.
En los últimos días, las fuerzas del gobierno sirio, junto con distintos grupos yihadistas (que en la práctica hoy se confunden entre sí, hasta el punto de resultar casi imposible distinguir dónde termina uno y empieza el otro), han lanzado una ofensiva total contra el territorio de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AANES), que incluye Rojava. Las Fuerzas Democráticas de Siria, pese a haber respetado los sucesivos altos el fuego, han sido sistemáticamente traicionadas, forzadas a retroceder y empujadas a replegarse hacia las zonas de mayoría kurda.
Turquía, miembro de la OTAN, no solo bombardea, sino que financia, coordina y dirige esta operación. Estados Unidos, una vez más, se retira y otorga luz verde. La Unión Europea guarda silencio. Un silencio ensordecedor.
Los grandes medios de comunicación, que en su momento dedicaron una cobertura constante cuando la lucha era contra el Estado Islámico, hoy, cuando los intereses occidentales han cambiado, miran hacia otro lado. La memoria es corta cuando deja de ser rentable.
Y así se consuma la traición.
Kobane, junto a las fuerzas de las YPG e YPJ, fue un símbolo de esperanza frente a la barbarie yihadista del Estado Islámico. Fue allí donde se demostró que el ISIS no era invencible. Fueron estas fuerzas las que resistieron, las que combatieron y las que finalmente derrotaron al califato, liberando incluso Raqqa, su capital. Sin embargo, mientras Occidente lleva décadas enarbolando la bandera de la “lucha contra el terrorismo yihadista” para justificar políticas securitarias, represivas y coloniales, hoy avala sin pudor la presidencia de Jolani.
Jolani, antiguo líder de la rama siria de Al-Qaeda, accedió al poder sin elecciones ni legitimidad democrática alguna. Hasta hace poco figuraba en las listas de terroristas más buscados. Bastó con cambiar el uniforme por un traje y una corbata para que se le abrieran las puertas de las cancillerías occidentales, para que se le ofrecieran millones destinados a una supuesta “reconstrucción” de Siria.
Pero ya estamos viendo qué significa, en realidad, el gobierno de Jolani: un estado títere al servicio de Turquía, profundamente yihadista, que libera prisioneros del ISIS pese a su retórica pública, y que impone un proyecto centralista que niega cualquier forma de autonomía, pluralismo o autogobierno.
Mientras tanto, cada atentado cometido en Occidente por personas que se vinculan (real o discursivamente) con el Estado Islámico es utilizado como excusa para reforzar dinámicas de autoritarismo, vigilancia masiva y securitización de la sociedad. Se amplían leyes de excepción, se normaliza el recorte de libertades y se legitima un discurso que señala al “enemigo interno”. Todo ello va acompañado de un aumento alarmante de la islamofobia, el racismo y el odio al otro, especialmente contra comunidades migrantes y musulmanas.
Sin embargo, esta narrativa oculta una realidad fundamental: la inmensa mayoría de las víctimas del Estado Islámico no están en Europa ni en Estados Unidos, sino en Siria, Irak y el conjunto de Oriente Medio. Son poblaciones árabes, kurdas, asirias, yazidíes, cristianas y musulmanas (de distintas corrientes) quienes han sufrido las masacres, la esclavitud, la limpieza étnica y la destrucción. Y son también estas mismas poblaciones las que, en gran medida, han puesto los cuerpos y las vidas para combatir al ISIS sobre el terreno.
A la vez, los principales Estados que financian, sostienen y difunden la ideología que alimenta estos grupos terroristas (como Qatar o Arabia Saudí) figuran entre los socios preferentes de Occidente. Se les vende armamento, se firman acuerdos energéticos y se les presenta como aliados estratégicos, mientras se perpetúa la ficción de una “guerra contra el terrorismo” que nunca cuestiona sus verdaderas raíces políticas y económicas.
La situación es límite. El proyecto emancipador que se ha construido en Rojava y en la AANES, basado en el confederalismo democrático, el feminismo, el pluralismo étnico y religioso, y el autogobierno desde abajo, está hoy más amenazado que nunca. No solo por las bombas y las ofensivas militares, sino por el aislamiento internacional, la hipocresía diplomática y el abandono deliberado de quienes se beneficiaron de su lucha cuando les fue útil.
Al igual que ocurrió con Gaza, estamos a punto de presenciar, en directo y con plena conciencia, un genocidio.
Ante esta barbarie, no podemos hacer otra cosa que actuar con todos los medios que estén a nuestro alcance para intentar influir en el curso de los acontecimientos. Somos plenamente conscientes de que nuestras fuerzas son limitadas. Pero si nuestras compañeras estuvieron dispuestas en 2014 a plantar cara y a morir en Kobane en una batalla que parecía perdida de antemano y hoy estamos ante una repetición de esa lucha; por dignidad, justicia y solidaridad, nosotras no podemos permitirnos quedarnos inmóviles.
El silencio y la pasividad, también aquí, serían complicidad.



