«La práctica se ha vuelto más impaciente que nunca, pero sus motivaciones siguen siendo las mismas. Como decía Bertolt Brecht en «Malos tiempos para la lírica», «En mí combaten/el entusiasmo por el manzano en flor/y el horror por los discursos del pintor de brocha gorda./Pero sólo esto último/me impulsa a escribir».»
El pintor de brocha gorda de Brecht, Adolf Hitler, son hoy casi todas las condiciones de vida, o de muerte, impuestas por la demencia industrial de la modernidad tardía. Así que a la impaciencia no dejarán de faltarle razones para manifestarse apasionadamente en el futuro, ni momentos para hacerlo. Lo decisivo será, claro está, que esta impaciencia no derive en el enésimo pataleo del ahorcado.
Algunos lectores de esta revista nos han hecho llegar de viva voz el siguiente reproche: la línea de crítica en que se sitúa no contempla la posibilidad de la práctica, pues se acepta el actual estado de cosas como la fase terminal de una sociedad que se derrumba y en la que sólo cabe ya la espera impaciente del desplome definitivo. Por el contrario, creemos que este juicio tan severo con Resquicios viene motivado por la influencia de publicaciones y discursos que aparentemente tienen bastante en común con lo que tratamos de decir aquí pero que, no obstante, presentan diferencias grandes y, por lo que pensábamos hasta hace poco (al parecer, equivocadamente), evidentes. No se nos ocurre, ni mucho menos, que el colapso de la sociedad tecnoindustrial vaya a ser un proceso breve, ni que por sí solo vaya a suscitar ninguna conciencia antiprogresista cuando de hecho el desplome ya ha comenzado; y nada indica que la aceleración de dicho proceso supondrá una diferencia de grado. De ahí que ninguna actividad destinada a profundizar en la conciencia de los graves acontecimientos que están ya teniendo lugar carezca de sentido. Cada metro de tierra fértil preservado de la destrucción, cada saber hacer mantenido al margen de su adulteración por la mercancía, cada tradición radical de rechazo a la dominación mantenida a salvo de las batidoras ciudadanistas, todo ello tendrá un peso más adelante.
Sabemos de la enorme dificultad de llevar a cabo una práctica del tipo que sea en semejante situación pero, como se ha observado en más de una ocasión, incluso en los campos de exterminio ha sido posible la acción política, así que no debemos desesperar de hallar, y de contribuir a crear, las condiciones que la hagan posible, por efímera o limitada que sea.[1] Por ejemplo, en el País Vasco está viviéndose la peculiar situación de que, después de quince años de lucha con sus altibajos, un grupo radical ha conseguido que el conflicto del Tren de Alta Velocidad haya llegado a convertirse en una cuestión social, por encima de los guetos políticos extremistas.
La impaciencia flota en el aire malsano de nuestros días. Hace poco, la publicidad de una reedición del Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones de Raoul Vaneigem rezaba así: «Las tres últimas décadas de nuestro siglo están en esos párrafos». Por desgracia, hay una parte de verdad en ello. Llevar a cabo ante el ruido ambiente el ejercicio de la reflexión y el rechazo a las pantomimas movilizatorias es imprescindible. Nunca está de más insistir en ello: las fuerzas de quienes aspiran a un cambio radical son exiguas, y conviene dosificarlas. No existe un sujeto capaz de dar un golpe de timón al rumbo desastroso que siguen los acontecimientos, y no parece que vaya a surgir del aire. La nada difícil previsión es pues que esto seguirá yendo a peor. Así que mantener en la medida de lo posible el rigor de la crítica será nuestra tarea inmediata. Hay quien cree que esto convierte la crítica social en una especie de mazo con el que sacudir en la cabeza a los partidarios de las posibles variantes reformistas o de discursos teóricos disparatados, pero pensamos más bien que los autoengaños no pueden producir nada salvo frustración en quienes esperan de ellos el nuevo maná que nunca acaba de llegar.
Lo que está mal en el mundo
En primer lugar, es necesario entender lo mejor posible el mundo en que tendrá lugar todo intento de transformación. Un mundo que cada vez es menos mundo, y cuyo carácter caótico hace casi imposible la comprensión. Al mismo tiempo, habrá que alejarse de todas las interpretaciones y tópicos vertidos por el sueño de la razón y tratar de orientarse con los escasos medios con que cuentan las personas y grupos que desean romper con el tedioso monólogo mediático.
Para comenzar una aproximación a esta cuestión traducimos un artículo de Jacques Philipponneau aparecido en el nº 7-8 de la revista Nouvelles de nulle part (diciembre de 2005), «Quelle vérité, et pourquoi faire?», que recuerda al de la obra del «antimoderno» Georges Bernanos La libertad, ¿para qué?
A partir de dos obras publicadas recientemente en Francia acerca de la cuestión del terrorismo de Estado en Argelia y Argentina, y sobre la colaboración de la «escuela francesa» en ambos fenómenos, Philipponneau inicia una digresión en torno al poder en las sociedades modernas y a las posibilidades de actuación de una oposición real a la dominación contemporánea. La conclusión es obvia: no basta con pronunciar la indecible verdad sobre aquello en que se asientan los Estados de hoy (la opresión de amplias franjas de población en el tercer mundo y en el centro mismo del nuestro, el despilfarro inexorable de recursos naturales, la apatía política más profunda, el ocultamiento de todas estas banalidades de base…) sino que es necesaria la existencia de un sujeto histórico que se atreva a desafiar el desorden existente para imponer en los hechos la verdad. El conflicto entre opresores y oprimidos no es, obviamente, un choque dialéctico entre argumentos razonados, sino el terreno de las luchas sociales. Ahí es donde la verdad puede encontrar sus puntos de aplicación.
Algunos argumentos de Philipponneau, tal como se dieron a conocer en otra obra, fueron utilizados por René Riesel en su «Declaración ante el tribunal de Agen» que lo juzgaba por un sabotaje contra un experimento con productos transgénicos, y evocaba así una reflexión de aquél sobre el colapso cotidiano de la verdad en las sociedades industriales:
«Durante mucho tiempo, las enfermedades fueron como una fatalidad individual o una desgracia social cuyo alivio dependía del conocimiento médico y de la caridad pública progresivamente sustituida por el poder público. En la actualidad, la sanidad pública es un asunto doblemente económico. En primer lugar, porque la economía de mercado, por su victoria sobre antiguas condiciones naturales ya totalmente desaparecidas, produce stricto sensu la vida y la muerte del hombre moderno y se presenta como un problema de salud e incluso como un problema para la salud. Nadie ignora que en nuestros países lo que se come, se bebe, se respira y las condiciones generales de la vida cotidiana, sobre las que no cabe las más mínima posibilidad de actuar, constituyen una amenaza para el “capital salud”, según la poética expresión actual y se nos recomienda en cada momento mejorar su gestión renunciando a tal o cual antigua costumbre ya nefasta y cuya nocividad se puede valorar en función de los presupuestos generales del Estado. Por otra parte, y hablando claro, la sanidad pública se ha convertido en un asunto económico al acceder a la dimensión y a la condición de industria; Francia le dedica, por ejemplo, la considerable y creciente cantidad de más del 8% de su producto nacional bruto, el equivalente al doble del presupuesto militar. Como en el resto del sector industrial, la única preocupación es conquistar los mercados de acuerdo con las necesidades existentes y crear otras en los campos esenciales de la ingeniería médica y de la química utilizando todos los recursos del marketing y de la corrupción.»
Estas líneas estás sacadas de una excelente obra publicada en 1994[2] y dedicada a una notable manipulación, la que habían llevado a cabo, no sin éxito, el Estado, los expertos y la justicia españoles, en vinculación directa con la multinacional agroquímica Bayer, con el fin de camuflar con el nombre de síndrome del aceite tóxico la prosaica responsabilidad de un organofosforado, el Nemacur 10 de la firma Bayer, utilizado para el tratamiento de tomates, en la muerte de más de mil personas y la enfermedad o la lesión (ceguera, atrofia muscular, parálisis definitiva) de otras decenas de miles en 1981 y 1982.
En otra época un libro así se habría publicado seguramente en Ginebra o Ámsterdam. Pero ahora puede publicarse aquí de todo, y sobre todo lo que sea.[3]
Como sucedió con el envenenamiento llamado «de la colza», la verdad necesitaba contar con un partido histórico que se atreviera a defenderla. La victoria de quienes hicieron todo lo posible por ocultarla (Ernest Lluch, por ejemplo) ha dejado unas consecuencias que todavía hoy pagamos.
La necesidad de ese sujeto capaz de establecer la verdad lleva a más de uno a buscarlo en cualquier parte. No nos interesa iniciar ahora un debate escolástico sobre la dichosa «desaparición del proletariado», pero vale la pena detenerse en la tercera de las obras que analiza Philipponneau. No se trata de otro trabajo de investigación acerca de las condiciones reales en que actúa la opresión sino, por el contrario, de una obra teórica surgida en la estela del último Debord, el de los Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, y que interpreta el actual estado el mundo en los términos de esas teorías conspirativas que están de moda hoy. Nos referimos al anónimo L’Ultime razzia (Éditions Antisociales, 2005), que viene a afirmar que los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron una especie de autogolpe de la administración estadounidense para justificar una concentración de poder y unos movimientos militares cuyo objetivo era detener, créase o no, la emergencia de la subversión que constituía el Black Bloc antiglobalizador.
Respecto a las conspiraciones, mejor no decir nada. «Lo que les falta a las “teorías de la conspiración” no es, desde luego, conspiraciones, que abundan, sino más bien la teoría»[4]. Baste señalar que en España uno sus principales promotores en relación con el llamado 11-S fue la editorial La Esfera de los Libros (dirigida por la ex izquierdista Ymelda Navajo), que publicó La gran impostura: ningún avión se estrelló en el Pentágono. La Esfera de los Libros está vinculada al diario de derechas El Mundo, que es quien más ha hecho por atizar las dudas acerca de la implicación de las tramas más disparatadas en los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, desde ETA a los servicios secretos marroquíes, pasando por algunos sectores del PSOE.
Lo que Philipponneau denomina «figura del teórico intrépido», el único capaz de columbrar la verdad a través de las espesas tinieblas impuestas por el Espectáculo, es el enésimo síntoma de la impotencia en que se hallan quienes se limitan a expresar verbalmente su disgusto con el actual orden de cosas, emitiendo las teorías más absurdas sobre el estado de sumisión extendido a nivel planetario[5]. Actualmente, la última versión de esta historia es la película de Peter Joseph Zeitgeist (2007), que circula profusamente en el terreno abonado para este tipo de teorías, Internet. Philipponeau, por cierto, no desdeña la cuestión de las manipulaciones de Estado y de las tramas negras, pero muestra cómo en un asunto tan delicado es necesario poseer la información adecuada y, ante todo, saber manejarla con raciocinio.
De hecho, hay que reconocer que la opresión se muestra en la actualidad en una crudeza casi inaudita, razón por la cual no hace falta ser un lince para descubrirla allá donde funciona; es decir, en todas partes. Precisamente como demuestran los casos de Argelia y Argentina examinados por Philipponeau, la brutalidad de los métodos exigidos por la «gestión» de los recursos humanos y materiales ha alcanzado unas cotas de normalización aterradoras. Y ello no tiene nada de casual. Argentina, con un tercio de la población amontonada en su capital, Buenos Aires, es uno de los mayores exportadores de productos transgénicos del planeta, y por ende uno de los pilares de la producción mundial de grano; Argelia, por su parte, provee a los españoles de la mitad del gas y de una décima parte del petróleo que sostiene su opulencia de trabajo asalariado e hipotecas. Uno y otro país saben que cuentan con el apoyo más o menos explícito de la Unión Europea en sus chanchullos para mantener un orden que se tambalea.
Nada de esto es nuevo. Es más, como observa el mismo Philipponneau, el origen de esta situación de horror universal no debe buscarse en un supuesto «error de ruta» de los presupuestos de la modernidad, sino en gran medida en esos mismos supuestos. Como se ha dicho en miles de ocasiones, el Holocausto judío, por ejemplo, «se gestó y se puso en práctica en nuestra sociedad moderna y racional, en una fase avanzada de nuestra civilización y en un momento culminante de nuestra cultura y, por esta razón, es un problema de esa sociedad, de esa civilización y de esa cultura. […] resultó posible por la emancipación del Estado político –de su monopolio de la violencia y de sus audaces ambiciones de ingeniería social– del control social, como consecuencia del progresivo desmantelamiento de las fuentes de poder y de las instituciones no políticas de la auto-regulación social»[6].
Ahora bien, la crítica de esta sociedad (como la que estamos tratando de hacer aquí) es a su vez una crítica moderna, así que no puede lanzarse una condenación contra «la razón» (por ejemplo) en su conjunto, como acostumbran a hacer algunos teóricos posmodernos extremistas. Lo que estamos diciendo aquí, lejos de ser una verdad clandestina, llega a exhibirse incluso en los estantes de las grandes cadenas de librerías, en obras publicadas por editoriales vinculadas a grandes grupos económicos:
Se mantiene la convicción, en especial entre los occidentales liberales, de que, simplemente, estamos pasando por una crisis a corto plazo cuyo origen se encuentra en la piedad hipócrita de ciertos líderes. Existe incluso la percepción de que la situación actual tiene su origen en conceptos irracionales fundamentados en la religión, y de que una sana dosis de racionalismo nos devolverá al recto camino. La historia de los últimos dos mil quinientos años, y en particular de los últimos ciento cincuenta, pone de manifiesto que esto no es más que una ilusión. La convicción fundamental de que existen maneras racionales de organizar el mundo que benefician a todos se ha encontrado siempre en el origen de todas las catástrofes provocadas por los humanos que han ocurrido a lo largo de la historia; aun así, muchos de nosotros todavía creemos tener la obligación ineludible de llevar nuestros sistemas simplistas, universalizantes y «progresivos» de gobierno, económicos, de educación, policiales, judiciales y morales a todas y cada una de las sociedades del planeta. La incómoda verdad a la que necesitamos hacer frente es que esta convicción resulta tan peligrosa para la humanidad como la conquista militar.[7]
En la celebración de la liberación del campo nazi de Buchenwald, cercano a Weimar, Gerhard Schröder veía un sarcasmo en el contraste entre aquel monumento del nazismo y la proximidad de la localidad que acogió a Goethe y a Schiller; es decir, Schröder suponía un choque fundamental entre «la barbarie» y «la cultura». Por el contrario, la producción industrial de muerte es indisociable de la modernización ilustrada realizada en los últimos dos siglos. El proyecto de extender universalmente la democracia en forma de Estados-nación soberanos ha fracasado de forma evidente. Más allá del «modelo» finlandés y sueco (curioso modelo, por cierto, que cuenta con más de doscientas copias estropeadas), el Estado ha sido desde sus inicios la institución por excelencia de la opresión y de la violencia, a pesar de que, puntualmente y en unos pocos lugares del planeta, también recoja basuras y vacune a sus administrados.
Por eso, al margen de que sus defensores suelen actuar de forma opuesta a sus palabras (entonando loas a la Guardia Civil en España y a los generales argelinos en Francia, es decir, respaldando la tortura), la ideología de las víctimas surgida de los «nuevos filósofos» (y del maestro de todos ellos, Alexandr Solzhenitsyn) es completamente falsa. Según ellos, la solución a los conflictos del planeta pasa por una defensa internacional de los derechos humanos individuales por encima de identidades culturales, nacionales y religiosas. El problema es que el garante del respeto de tales derechos, como siempre, tiene que ser el Estado, esto es, habitualmente su mayor infractor. La propia noción de derecho, cuyo auge ha sido paralelo a la desposesión práctica de la entelequia «ciudadano», se basa en esa delegación del arbitraje de los conflictos en manos del Estado, del Leviatán, como única vía para salvaguardar la seguridad de las personas. Lo que se produce de hecho es una anulación de los individuos, que se convierten en administrados que cambian han trocado su libertad a cambio de unos escasos blindajes materiales; blindajes que, por lo demás, apenas los protegerán de la mayor parte de amenazas crecientes de las sociedades modernas (accidentes, angustia, enfermedad…). Por esta razón, lo que Philipponneau llama «la vieja lucha defensiva por la dignidad y la libertad» deberá ser antiestatista o reforzar, aun sin quererlo, a su peor enemigo.
El único y su impropiedad
El antiestatismo estaba fuera de toda duda en el movimiento llamado insurreccionalista que sacudió con fuerza los entornos anarquistas (y aun más allá) de España desde la segunda mitad de los noventa hasta el día de hoy. De lo que supuso este movimiento, del contexto en que tuvo lugar y del resto de factores propios del anarquismo ibérico ya habían hablado «Los tigres de Sutullena» en el anterior número de Resquicios.
«La epidemia de rabia en España (1996-2007)» no es sólo, como erróneamente dábamos a entender en nuestra presentación de la primera parte en el anterior número de Resquicios, una crónica del insurreccionalismo, sino un intento de comprender qué sucedió en los ámbitos más militantes españoles de aquellos años y cómo se ha llegado a la situación presente. La versión final del texto se prolongará en una tercera parte (y definitiva), al contrario de las dos previstas en un comienzo. En esta segunda que ofrecemos ahora se diseccionan las ideas insurreccionalistas, no porque fueran las únicas que proliferaron en aquellos años sino porque se convirtieron en el referente inevitable respecto al que posicionarse en todos los ambientes radicales.
En esta segunda parte podremos seguir la deriva de unas ideas y una metodología llegadas especialmente de Italia, donde la figura señera fue (y es) Alfredo Maria Bonanno, si bien no en exclusiva. Otras personas y grupos contribuyeron en aquel país a un prolongado debate que no tiene paralelos en otros lugares de Europa o, por lo menos, no en esta Turquía occidental que es el Reino de España.
En el caso ibérico, la ausencia de verdaderas redes estables que permitieran un intercambio de ideas y la falta de una continuidad en la tradición subversiva, facilitaron que la rabia insurreccionalista derivara en no pocas ocasiones hacia la revuelta individual y al enfrentamiento casi en solitario contra el sistema; enfrentamiento concebido por lo demás en términos de choque frontal.
A los lectores de Ernst Jünger quizá les recuerde esto a una de sus obras más conocidas, La emboscadura, un ensayo publicado por primera vez en alemán en 1951. Lo cierto es que las similitudes entre este libro y la mayoría de la literatura insu española tras su extravío individualista son pasmosas. Jünger, que comienza su perorata con el significativo epígrafe «Aquí y ahora», plantea la vigencia de un conflicto entre el individuo «emboscado» y el sistema en unos términos cuyo parecido con el insurreccionalismo nos convence de la oportunidad de citarlo in extenso:
las dictaduras ofrecen, en razón de la propia presión que ejercen, una serie de puntos vulnerables que simplifican y abrevian el ataque contra ellas. […] También sería suficiente la palabrita «no». Y todo aquel cuyos ojos se fijaran en ella sabría perfectamente lo que quiere decir. Es un signo de que la opresión no ha logrado triunfar del todo. Los símbolos tienen un brillo especial precisamente cuando aparecen sobre basamentos monótonos. Lo que a las superficies grises corresponde es la concentración en el espacio más reducido posible.
[…] Pues las dictaduras no son sólo peligrosas, están a la vez expuestas a peligros, ya que su brutal despliegue de fuerza provoca también un amplio repudio. En tal situación resultará inquietante la disposición a la lucha de minorías minúsculas, sobre todo si han desarrollado una táctica.
[…]
Se ha llegado a una concepción nueva del poder, se ha llegado a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que no puede tener nada que ver con los desvaídos. Esto presupone, para empezar, que uno no quiera simplemente que no lo esquilen, sino que está dispuesto a que lo despellejen.
Y de hecho habrá que reconocer que no han quedado extinguidos todos los movimientos en estos Estados que disponen de una masa enorme de policías y que han adquirido una ingente superioridad de poder. Las corazas de los nuevos Leviatanes tienen sus brechas propias, que continuamente están siendo palpadas, y esa operación tiene como premisas una prudencia y una audacia de una especie nunca antes conocida. Así, uno se inclina a pensar que existen aquí minorías selectas que están iniciando la lucha a favor de una libertad nueva, una lucha que requiere grandes sacrificios; no es lícito dar a esa lucha una interpretación que resulte indigna de ella. […]
Llamamos Emboscado, en cambio, a quien, privado de patria por el gran proceso y transformado por él en un individuo aislado, acaba viéndose entregado al aniquilamiento. Este destino podría ser el destino de muchos y aun el de todos – no es posible dejar de añadir, por tanto, una precisión. Y ésta consiste en lo siguiente: el emboscado está decidido a ofrecer resistencia y se propone llevar adelante la lucha, una lucha que acaso carezca de perspectivas. Un emboscado es, pues, quien posee una relación originaria con la libertad; vista en el plano temporal, esa relación se exterioriza en el hecho de que el emboscado piensa oponerse al automatismo y piensa no sacar la consecuencia ética de éste, a saber, el fatalismo.
[…]
De hecho, el automatismo y el miedo van estrechamente unidos, por cuanto el ser humano coarta sus propias decisiones en beneficio de las facilidades técnicas. Estas procuran numerosas comodidades. Pero también aumenta, y ello de manera singular, la pérdida de libertad. La persona singular no está ya en la sociedad como está un árbol en el bosque; antes al contrario, se asemeja al pasajero de una nave que se mueve a una velocidad cada vez mayor; la nave puede llamarse Titanic o puede llamarse también Leviatán. […]
[…] O bien poseer un destino propio o bien tener el valor de un número: ésa es la disyuntiva que hoy nos viene impuesta a todos y cada uno de nosotros, impuesta ciertamente a la fuerza; pero el decidirse por lo uno o por lo otro es algo que cada cual ha de hacer por sí solo. […]
Sometidos como estamos a la fascinación de potentes ilusiones ópticas, nos hemos habituado a ver en el ser humano un simple grano de arena, si se lo compara con sus máquinas y con sus aparatos. Ahora bien, los aparatos son, y no dejarán de ser, decorados de teatro colocados por la imaginación inferior. El ser humano es quien ha fabricado tales decorados y él es quien puede desmontarlos o bien darles un sentido nuevo. Es posible hacer saltar las cadenas de la técnica; y quien puede hacerlo es la persona singular.
[…] No somos libres de evitar la catástrofe, pero en ella hay libertad. La catástrofe es una de las pruebas que nos toca soportar.
[…]
La resistencia del emboscado es absoluta; el emboscado desconoce el neutralismo, desconoce la clemencia, desconoce el encarcelamiento en fortalezas. El emboscado no aguarda que el enemigo admita argumentos y, mucho menos, que se comporte con caballerosidad. También sabe el emboscado que, en lo que a él respecta, no está abolida la pena de muerte. El emboscado conoce una soledad nueva, la soledad que trae consigo ante todo la maldad acrecentada hasta extremos satánicos – conoce la vinculación de esa maldad con la ciencia y con las máquinas, una vinculación que introduce en la historia no, ciertamente, un elemento nuevo, pero sí unos fenómenos nuevos.
[…]
Es una estampa extraña: una persona singular o, también, muchas personas singulares que se resisten al Leviatán. Y, sin embargo, precisamente ahí es donde quedan al descubierto los sitios donde el coloso corre peligro. Pues es preciso saber que incluso un número pequeñísimo de seres humanos que estén efectivamente resueltos a resistir puede transformarse en una amenaza no sólo moral, sino también real y efectiva. En tiempos tranquilos eso se verá únicamente en los criminales. Una y otra vez se comprobará que bastan dos o tres «apaches» para alborotar barrios enteros de una gran ciudad y obligar a dificultosos asedios. Cuando cambian las circunstancias y es la autoridad misma la que se vuelve criminal y son los hombres justos los que han de resistirse a ella, éstos pueden desencadenar efectos incomparablemente mayores.[8]
Ya está aquí todo: el tono individualista y existencial, el desprecio olímpico hacia la acción de masas, la escenificación del enfrentamiento trágico contra lo establecido, e incluso una preocupación por los condicionantes tecnológicos que apenas se da en los textos insurreccionalistas.
No hemos encontrado ni una sola referencia a Jünger en los textos insurreccionalistas, quizá por lo difícil de asumir como fuente a alguien que mantuvo una ambigüedad permanente respecto al nazismo, así que lo más probable es que esta semejanza se deba a otra razón. En efecto, desde Stirner existe una línea de pensamiento que defiende la perentoriedad de un enfrentamiento entre el individuo en lucha contra todo su entorno, en un combate sin cuartel ni final, etc. En el caso del patriarca Stirner, una tradición piadosa (iniciada por Marx y Engels y santificada por su biógrafo John Henry Mackay) quiere presentarlo como un apóstol de la revolución social cuando, salvo algunas referencias al proletariado en El único y su propiedad (recurrentes en todos los hegelianos de izquierda de la época pero chirriantes respecto al contenido del resto del libro), sus ideas tienen poco que ver con las de un Bakunin; y, salvo que se crea en la mano invisible del mercado de los «únicos», ni siquiera tiene algo que ver con la crítica social.
A esta filiación pertenece el citado libro de Jünger. El escritor prusiano hablaba en él de los «nuevos analfabetos de la política» en el sentido que hemos visto antes. Son estos analfabetos, especie de nuevos bárbaros, quienes amenazan el estado de las cosas sin necesidad de justificar su actitud apelando a valores superiores o a otras coartadas de orden metafísico. «Analfabetos» no debe entenderse aquí en su sentido más literal sino que, del mismo modo que el ensayo jungeriano es «metapolítico» y no político (es decir, que no queda muy claro cuándo debe leerse en sentido literal y cuándo de modo metafórico), se refiere a los nuevos habitantes de las sociedades de masas[9]; sociedades que Jünger ya había descrito veinte años antes en El trabajador, ofreciéndoles de paso una bienvenida entusiasta. Antes que él otros habían teorizado sobre la existencia de unos «bárbaros» que, desde su precaria posición de irreconciliables con el sistema, son portadores de la innovación en el sentido más amplio. Walter Benjamin, por ejemplo, en «Experiencia y pobreza» (1933) hablaba precisamente de la pérdida de la experiencia en el mundo moderno y de la formación de «una especie de nueva barbarie»: «¿Barbarie? En efecto. Pero lo decimos para introducir un concepto nuevo de barbarie, positivo. ¿Adónde lleva al bárbaro esa su pobreza de experiencia? A comenzar de nuevo y desde el principio, a tener que arreglárselas con poco, a construir con poco y mirando siempre hacia delante»[10]. Es este optimista concepto de barbarie el que inspira, entre otros, un texto clásico de las ideas insurreccionales en España, Ai ferri corti, y que también está presente en escritos como Bárbaros. La insurgencia desordenada, una crítica de las bobadas de Antonio Negri que reseñamos en estas páginas[11] Ahora bien, el propio Benjamin reconocía la ambivalencia de esta barbarie, y no se hacía ilusiones sobre su lado negativo, que se hacía cada vez más visible en la naciente sociedad de masas.
Por supuesto, nada de lo que hemos dicho debe entenderse, a través de la confusa relación de Jünger con el nazismo, como una asimilación del insurreccionalismo con ninguna idea propia de la extrema derecha. Queremos llamar la atención en cambio sobre el hecho de que no pocos de los que participaron en aquella experiencia acabaron buscando en los lugares más insospechados la fórmula para trastornar el mundo. Hubo quienes se refugiaron en el nihilismo (normalmente en su versión más cándida), en la investigación alquímica en pos de la pureza del partido de vanguardia o incluso en la autodestrucción, vieja conocida en las tradiciones revolucionarias.
Música del progreso
Hemos mencionado antes el campo de Buchenwald y, debido a la vasta popularización de todo tipo de anécdotas respecto al régimen nazi (que, lejos de haber difundido un verdadero conocimiento de lo que supuso, lo ha reducido a algo particularmente anómalo y monstruoso, algo indecible y por ende irrepetible), casi todo el mundo ha oído alguna vez esa otra historia del comandante de un Lager que disfrutaba de la música de Beethoven mientras la «solución final» seguía en marcha en las cámaras de gas.
La música es por tanto un arte despolitizado, lo cual no ha sido un obstáculo para que teóricos de toda estirpe hayan encontrado en ella cualquier especie de interpretración más o menos fantasiosa.
Ofrecemos un artículo acerca de algunas de estas formulaciones que refuta la aplicación de la idea de progreso a la música, mostrando al mismo tiempo las consecuencias que una mecanización forzosa de la interpretación musical ha tenido para los propios intérpretes, reducidos al papel de «ejecutantes». El autor del texto, Ander Berrojalbiz, se ejercita con el violín desde que era niño y actualmente toca repertorios de los siglos XVII y XVIII con un violín alemán de 1749 y una réplica de un arco de 1720.
A partir de una experiencia tan concreta, y a priori tan limitada, Berrojalbiz extrae unas conclusiones que superan el marco de la interpretación de música barroca. Por ejemplo, su exposición, acompañada de unas «variaciones sobre el tema» propuestas por otros autores, permite arrojar una mirada diferente sobre la famosa idea de la «muerte del arte» y sobre casi todo lo que se ha dicho sobre ella. Frente al tremendismo de unas proclamas que se alimentan mutuamente, y habitualmente destinadas a un público consumidor formada casi en exclusiva por artistas, Berrojalbiz muestra que una cierta secesión es posible respecto al mundo de la mercancía incluso en ámbitos tan alejados a primera vista de la crítica social.
Desde luego que las observaciones del autor parecerán poca cosa al lado de las propuestas que no han dejado de repetirse desde que Dadá lanzara su risotada sobre el reino del arte y que, con mejor o peor fortuna, no han dejado de sucederse a través de surrealistas, situacionistas y la infinidad de variantes de tercera categoría que aspiraban a remedar los cataclismos poéticos de tan excelentes predecesores. Pero sin duda el mérito de este artículo es precisamente su valor de defender la cordura en un momento en que cuenta con tan pocos aliados.
Tres luchas vascas
Hemos comenzado estas notas editoriales mencionando la lucha contra el TAV en el País Vasco y acabaremos hablando de ella una vez más. Juantxo Estebaranz ha escrito el artículo «Leizarán, Itoiz… TAV: lecciones para un desafío». Este texto verá la luz más adelante dentro de una obra más vasta dedicada a las luchas sociales en este país durante las últimas décadas. El artículo de Estebaranz se detiene justo donde empezaba el que publicamos en el número 3 de esta revista, «Luces y sombras de la lucha contra el TAV en el País Vasco», que trataba de esbozar una descripción de la relación de fuerzas y de las tareas inmediatas de los antidesarrollistas en el momento de publicarse dicho texto, mayo de 2007. Desde entonces la situación está cambiando extrañamente: la oposición al TAV, que parece estar fracasando en sus intentos de coordinar sus fuerzas, está logrando no obstante retrasar el inicio de obras a tal punto que los promotores del proyecto reconocen que los trabajos propiamente dichos (es decir, más allá de los sondeos del terreno) no concluirán probablemente antes de 2015. Obviamente, retrasar las obras no es suficiente. Será necesario pasar a la ofensiva para que el proyecto no supere los escasos kilómetros de destrucción ya realizados en la provincia de Álava.
En este sentido debe leerse el artículo que presentamos aquí, no como una mera historia militante de lo acaecido en las últimas dos décadas en los conflictos ambientales más graves de este país sino como una invitación a la reflexión y a la maduración de una estrategia que permitir optimizar los esfuerzos en esta lucha.
Una de las particularidades de este combate es el uso de la acción directa por parte de los enemigos del TAV, que al parecer están recurriendo a ella con profusión, especialmente desde el inicio de las obras. El diario El País publicó un artículo el 27 de enero de este mismo año en que –además de superar el récord hasta la fecha de sensacionalismo en torno a este conflicto– se reconocía que las obras de la «Y vasca» han sufrido al menos 25 sabotajes en poco más de un año. Por el contrario, la tan reivindicada desobediencia civil apenas está teniendo lugar, al margen de algunas acciones mediáticas con consecuencias legales y una campaña de impago a las compañías ferroviarias RENFE y Euskotren por su respaldo al proyecto del TAV.
Curiosamente, la falsa oposición al AVE vasco suele invocar la desobediencia civil como herramienta legítima frente a otras formas más contundentes de lucha, sobre todo después del reciente anuncio de ETA de una posible intervención por su parte en el conflicto. Los partidos de izquierda Zutik y Aralar, por ejemplo, han mostrado su apoyo puramente verbal en más de una ocasión a esa desobediencia civil que, entre otras cosas debido a su uso espectacular por parte del llamado movimiento antiglobalización, apenas llega a materializarse en algo concreto y sin embargo se convierte en un martillo de herejes en manos de los partidarios de la oposición aceptable contra los partidarios de la resistencia más intransigente.
Es llamativo que entre las legitimaciones teóricas de esta forma de acción subversiva suela figurar en primer lugar el norteamericano Henry David Thoreau, autor de una famosa conferencia sobre la Desobediencia civil, pronunciada en 1848 e impresa por primera vez un año después. Thoreau explicaba en ella las virtudes de esta forma de «resistencia al gobierno civil» para acabar con las leyes injustas, entre las que él contaba en primer lugar la esclavitud. Su propuesta de entonces se basaba en la no colaboración, aun a título individual, con las instituciones responsables de esa forma de opresión. Lo que no suelen apuntar los pacifistas es que dicho texto no contradice en nada lo afirmado por el mismo Thoreau en otra conferencia, su Apología del capitán John Brown (1859), en la que tomaba partido por la defensa de un individuo que recurrió a la violencia –lo que hoy llamaríamos «lucha armada»– para acabar con la vida de los esclavistas a los que Thoreau también se oponía.
Su peculiar doctrina era que un hombre tiene perfecto derecho a interferir por la fuerza contra el amo, como medio para rescatar al esclavo. Yo estoy de acuerdo con él. Aquellos que se sienten continuamente escandalizados por la esclavitud tienen cierto derecho a escandalizarse por la muerte violenta del amo, pero no los demás. Éstos se escandalizarán más por su vida que por su muerte. No seré yo el primero que considere un error su método para liberar esclavos lo más rápidamente posible. Hablo por boca del esclavo cuando digo que prefiero la filantropía del capitán Brown a esa otra filantropía que ni me dispara ni me libera. […] Yo no deseo matar ni ser matado, pero puedo vislumbrar circunstancias en las cuales ambas cosas me resulten inevitables. Mantenemos la llamada paz de nuestra comunidad con pequeños actos de violencia cotidiana, ¡ahí está la porra del policía y las esposas!, ¡ahí tenemos la cárcel!, ¡ahí tenemos la horca!, ¡ahí tenemos al capellán del regimiento! Confiamos en vivir a salvo únicamente fuera del alcance de este ejército profesional. Por tanto, nos protegemos a nosotros y a nuestros gallineros y mantenemos la esclavitud. […] Yo creo que por una vez los rifles Sharps y los revólveres se emplearon en una causa justa. Los instrumentos estaban en las manos del que sabía utilizarlos.[12]
Evidentemente, la legitimidad de este tipo de acciones se basa en la idea de que, por encima del derecho positivo, existe una legitimidad mayor que respalda el uso de la acción directa como vía para cambiar el estado de cosas actual; es decir, una variante del derecho natural, con todas las vaguedades que esto acarrea. Contra esta argumentación suele aducirse que el uso de la violencia puede acarrear un agravamiento de cualquier conflicto y, sobre todo, que el uso de la acción directa puede construir una alteración grave del orden social cuyas consecuencias son imprevisibles.
Para fundar esta crítica de la acción subversiva se recurre a todo tipo de argumentos, pero que en realidad se reducen a uno muy simple: siguiendo la distinción establecida por Max Weber en su conferencia «La política como vocación» (1919), se diferencia netamente entre, por un lado, una «ética de la convicción», que admite la posibilidad de la propia equivocación y, por tanto, no actúa con el fin de imponerse a quienes no la comparten, y, por otro lado, una «ética de la responsabilidad», que se tiene a sí misma por la única acertada y no acepta la legitimidad de las demás. Esto plantea numerosos problemas, claro; en primer lugar, la espinosa cuestión de dictaminar cuál es la «ética de la convicción»: si se trata de la intransigencia de quienes, como en el caso del TAV vasco, quieren impedir la enésima e irreversible destrucción (de graves consecuencias a largo plazo) del suelo vasco o bien de la tranquilidad de conciencia de aquellos (políticos, funcionarios, técnicos) que, por la insensibilización moral que produce la ceguera ante la catástrofe ecológica, se han acostumbrado a la impunidad en sus manejos. Dicho de otro modo, ¿la fe en el progreso no ha sido una «ética de la convicción» de resultados mucho más devastadores que ninguna otra?
Es más: hay que recordar que cuando Weber hablaba de estas dos éticas pensaba en el bolchevismo y, por paradójico que les parezca a sus lectores liberales de hoy, también en el pacifismo, precisamente la doctrina que, a raíz de la catástrofe causada en la Primera Guerra Mundial, anteponía el derecho a la vida como un valor prepolítico, anterior a cualquier otra consideración. Weber, en cambio, reconocía que la política no es el terreno de la tranquilidad moral sino que quienes participan en ella se ven continuamente llamados a tomar decisiones comprometidas y (de ahí su caracterización de la «ética de la convicción») cada uno debe tenerse como responsable último de sus actos, sin buscar justificaciones exculpatorias en la Historia, la religión o unos valores situados por encima del bien y del mal:
Ninguna ética del mundo puede eludir el hecho de que para conseguir fines «buenos» hay que contar en muchos casos con medios moralmente dudosos, o al menos peligrosos, y con la posibilidad e incluso la probabilidad de consecuencias laterales moralmente malas. Ninguna ética del mundo puede resolver tampoco cuándo y en qué medida quedaban «santificados» por el fin moralmente bueno los medios y las consecuencias laterales moralmente peligrosos.
[…] Todo aquello que se persigue a través de la acción política, que se sirve de medios violentos y opera con arreglo a la ética de la responsabilidad, pone en peligro la «salvación del alma».[13]
Relativizar de este modo la unilateralidad de todas las formas de intervención política, incluso la acción directa, es necesario en todo momento para entender lo que se decide. Basta echar un breve vistazo al actual conflicto del TAV para saber de qué lado se encuentra la violencia generalizada: militarización de las obras, intoxicación mediática, amenazas, engaños y chantajes son sólo algunos de los métodos utilizados por el Estado para sacar adelante su proyecto de alta velocidad en el País Vasco. El estado de ausencia de violencia, pues, no existe. Ninguno de los que participan en este conflicto puede ignorar este hecho.
Por otro lado, los opositores sinceros al TAV deberán mostrar una intransigencia pareja a quienes traten de utilizar su lucha con otros fines. Ningún especialista de la lucha política (ni siquiera ETA) puede sustituir al movimiento de oposición a la llamada «Y vasca». Aunque sean comprensibles los signos de cansancio que han mostrado algunos de los sectores más conscientes y críticos del entorno anti-TAV (algo normal, después de tres lustros de conflicto), su determinación es más necesaria que nunca para impedir que el fruto de tantos años de lucha no se pierda precisamente ahora.
El reciente anuncio del reelegido presidente español José Luis Rodríguez Zapatero de que, ante el declive del sector de la construcción privada –motor de la economía española en las últimas dos décadas–, el Gobierno favorecerá la construcción de nuevas infraestructuras, el emblema de las cuales es sin lugar a dudas el AVE, permite augurar un auge en el despropósito urbanizador, en un entorno ya muy depauperado. La crisis causada por el desplome del mercado hipotecario en Estados Unidos y el descenso imparable de unos combustibles fósiles renqueantes enconarán este conflicto. Del empeño que demuestren quienes participan en él depende que la lucha contra el TAV se convierta en el Stalingrado del desarrollismo ibérico.
Notas:
[1] Por nuestra parte, hemos incumplido nuestro propósito de publicar este quinto número de la revista en enero –haciendo un alarde de impaciencia, dicho sea de paso–, así que el siguiente verá la luz en la fecha que le correspondería, octubre de 2008. Mientras no se indique lo contrario, todas las notas son de la redacción.
[2] Jacques Philipponneau, Relación del envenenamiento perpetrado en España y camuflado bajo el nombre de síndrome del aceite tóxico, trad. de Isabelle Touet, Précipité, 2000.
[3] René Riesel, Déclaration sur l’agriculture transgénique et ceux qui prétendent s’y opposer, Encyclopédie des Nuisances, 2001, págs. 95-96.
[4] René Riesel, Los progresos de la domesticación, trad. de Javier Rodríguez Hidalgo y Roberto Fernández suárez, Muturreko burutazioak/Précipité, 2003, pág. 64.
[5] Véase en este sentido «El fantasma de la teoría» de Jaime Semprun, Resquicios nº 4, noviembre de 2007, págs. 7-19.
[6] Zygmunt Bauman, Modernidad y Holocausto [1989], trad. de Ana Mendoz, Sequitur, 2006.
[7] Roger Osborne, Civilización, trad. de Antonio-Prometeo Moya y Rosa M. Salleras, Crítica, 2007, pág. 553.
[8] Ernst Jünger, La emboscadura, trad. de Andrés Sánchez Pascual, Tusquets, 2002, págs. 39, 47, 56-57, 59-60, 63-64, 68-69, 71, 126 y 135-136.
[9] «Lo que en este espectáculo resulta irritante es que en él la mediocridad va asociada a un poder funcional enorme. Estos son los hombres en cuya presencia se ponen a temblar millones de seres humanos, los hombres de cuyas decisiones dependen millones de personas. Y, sin embargo, son los mismos hombres de los cuales es preciso decir que han sido elegidos con un zarpazo infalible por el Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo» (Jünger, La emboscadura, pág. 50).
[10] Obras. Libro II, vol. 1, trad. de Jorge Navarro Pérez, Ábada editores, 2007, pág. 218.
[11] «Esperando a los bárbaros», Resquicios nº 2, «Esperando a los bárbaros», págs. 69-75.
[12] Henry David Thoreau, Desobediencia civil y otros escritos, trad. de Mª Eugenia Díaz, Alianza, 2005, págs. 185-186.
[13] Max Weber, El político y el científico, trad. de Francisco Rubio Llorente, Alianza, 2005, págs. 166-175.
Resquicios Nº 5 – Editorial del número 5 de la revista de crítica social Resquicios, editada por Likiniano Elkartea
Entrada relaccioanda: «¿Malos tiempos para la crítica? [primera parte: la impotencia de la teoría]»



