Esta mañana de compras en mi barrio

Después de más de una semana de encierro por el coronavirus me he decidido a escribir sobre lo que me ha pasado esta mañana cuando he ido a hacer la compra en mi barrio, en Santander.

Primero, he ido al supermercado más cercano, entraba tan rápido que una cajera me ha llamado la atención por no ponerme guantes, así que le he pedido disculpas y me los he puesto. Eran las 9.30 de la mañana, y, una vez hecha la compra, en la cola había una par de señoras hablando… «Tú eres la madre de Juan, ¿no? … Sí, te conozco de cuando llevabas a tu hijo al colegio…» … «Ah, sí, y tu hijo es Antonio, ¿no?» –dice la otra– «Sí… Tú tienes dos ¿no?» … «No, tengo tres. El mayor tiene ya 37…» … «¡Jo! ¡Ya te digo! Como ha pasado el tiempo… Y decían que donde comen dos comen tres, ja, ja, ja» –se echa a reír con mucho aspaviento–  «sí, los cojon…..» dice gritando y tapándose la boca al mismo tiempo. Me mira con cara asustada, pensando que le iba a llamar la atención. «No te preocupes», –le digo sonriendo–, «no me molesta». Y a partir de ahí siguieron hablando de sus cosas con más complicidad y de vez en cuando dirigiéndome la vista como incluyéndome en la conversación… Después las vi marchar juntas a casa por la calle, charlando, manteniendo una distancia de metro y medio.

Después me pasé por la frutería, la frutera estaba caliente ya… «Se presenta buena la mañana…» Decía, mientras hacíamos cola 3 personas, dos señoras mayores y yo. «Están entrando a la tienda los mayores y no tienen cuidado…, más infectados tenía que haber… viendo el poco cuidado que tienen los viejos… ¡Señora! … Mantenga la distancia por favor… Mira… la señora esa no se ha puesto los guantes…». La frutera estaba atendiendo. Le pregunté «¿quieres que le diga donde encontrarlos guantes?» Me dice, «no te preocupes, ya voy yo… ¡Señora! ¿No ve que tiene que ponerse los guantes?» La señora, probablemente de 70 años o más se hace la despistada. «¿Yo? ¿Dónde están los guantes?» … «Aquí señora, ¿no los ve?» Le dice la frutera con resignación. «Ay, no hija». «Vamos a tener que armarnos de paciencia…» Le digo a la frutera. «Ya te digo», me dice, «hay gente que viene por la mañana a comprar dos plátanos, a la media hora vuelven a bajar y compran dos manzanas y después vuelven a bajar a comprar unas fresas… Y se creen que no me doy cuenta…» … «Sí, la gente se busca sus estrategias, nos estamos volviendo locos todos en casa encerrados», –le digo–, «Si». Me dice–, «fíjate, ayer, que hizo bueno, la gente en la cola guardando la distancia… al sol… ninguna prisa tenían… otros días con tanta prisa y con esto nada…» En esto estaba acabando de comprar la señora que tenía delante y le dice la frutera, «tome, señora, llévese estas fresas que están maduras para hacer un batido». «Ay, gracias hija, fíjate, hoy es el primer día que salgo en 6 días a hacer la compra, pero es que me estaba quedando sin comida en casa ya…» La señora pertrechada con sus dos pares de guantes nos dedica una gran sonrisa y se marcha para casa. Acabo de pagar mi compra y la frutera me dedica otra gran sonrisa al marchar: «Venga, gracias, hasta luego y ánimo para lo que nos queda…»

De allí, continúo a la siguiente compra y por el camino me encuentro con un señor del barrio al que conozco de pasear al perro. Estaba sin el perro y fumando un cigarro en un banco. Al verme, me mira expectante, como con miedo a que le dijera algo, ya que estaba sentado en un banco tomando el aire. «Menudo crimen». Pienso yo. Le dedico una vez más una gran sonrisa y le digo, «¿qué tal? Tomando el aire, que lo necesitamos, ¿eh?» Le cambia la cara, me sonríe y dice «sí, ya te digo». Intercambiamos unas cuantas palabras. Más de las que habíamos intercambiado nunca en los años que llevamos siendo vecinos. Acabamos nuestra charla con un «hasta luego, mucho ánimo», y me pregunta por mi compañera con la que me suele ver por el barrio, cosa que no había hecho nunca, «está muy bien, gracias. ¡Hasta luego!»

Por último pasé por otra tienda a comprar patatas, el lugar es estrecho y había un señor en la cola a metro y medio de los dependientes. La dependienta le dice: «mantenga la distancia…» … «Claro señora, no se preocupe que la estoy manteniendo…» le dice el hombre manteniendo el buen humor y mirando para arriba poniendo los ojos en blanco como diciendo… «que paciencia hay que tener…» Al verle le digo, «Los que podemos mantener el humor tenemos que hacerlo, ¿eh?… para contrarrestar… nos estamos volviendo majaras encerrados en casa…» … «Ya te digo.» –Me dice–, «tenemos que mantener el buen humor, si no, nos volvemos locos…» Al acabar la compra nos despedimos sonriendo y deseándonos una soportable cuarentena.

Vuelvo sorprendido hasta el portal y pensativo, «este encierro es una santa mierda, pero a veces …»

Con estos pensamientos entro en el portal y me encuentro con una vecina muy amable que siempre me saluda. Nos tiramos charlando un cuarto de hora de esto y de aquello, cuando nunca habíamos pasado de tres frases seguidas. Me habla de su marido, de su hijo, del trabajo de su hijo, de que no ha salido de casa hasta hoy, después de 7 días encerrada, a tirar la basura… Al final le sonrío y le digo, «oye, y ¿cómo te llamas? Tantos años conviviendo en el mismo portal y no nos hemos presentado…» «Me llamo Lines», «¿Inés?» Le pregunto, pues me habla un poco bajo y estamos a dos metros de distancia… «No, no, Lines y ¿tú?» Le digo mi nombre y nos despedimos dándonos ánimos mutuamente.

Entro en el portal con todas estas cosas en mi cabeza. Cuando abro el ascensor al llegar a mi piso me encuentro con un vecino que está haciendo estiramientos en mi escalera. El vecino no es de mi piso, sino de unos cuantos pisos más abajo. Así que cuando me ve tiene cara de sorprendido y un poco amedrentado, como pensando «¡me han pillao!» yo le dedico mi mejor sonrisa, que me sale naturalmente después de la gozada de compra de esta mañana y le digo: «¡Qué!… Haciendo ejercicio, ¿eh? Lo necesitamos ¿No? Después de tanto tiempo encerrados…»  … «Ya te digo…» me dice, aliviado. «Yo es que si no hago algo me voy a poner…» y hace un gesto levantando los brazos indicando que iba a engordar mucho. «Pues sí, tienes razón, yo también subo y bajo las escaleras varias veces al día para hacer algo de ejercicio…» Y así nos despedimos dándonos ánimos el uno al otro hasta la próxima.

PD: No todo fueron sonrisas esta mañana, en el camino me encontré a unos cuantas personas del barrio que me miraban con mucha amargura, podría decir incluso rabia u odio, no sabría como interpretarlo, también me encontré a dos motoristas de la policía municipal echándole la bronca a un viejuco que estaba sentado en un banco: con mucha mala leche, groseros y un tono muy agresivo le mandaban a cagar y que se fuera de allí ya mismo. También he visto esto esta mañana, pero no merecen el protagonismo de este texto.

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