Nota de Briega: Marta Plaza participó del ciclo «A vueltas con la salud mental» que se llevó a cabo durante años en la ciudad de Santander.
El 29 de marzo de 2026 falleció Marta Plaza. Decidió que se iba y se fue. No pilló por sorpresa, pero la hostia cayó, cae y caerá igual.
La conocía desde hacía aproximadamente una década. Que si uno lo piensa, ya es tiempo. Hemos estado más cerca y más lejos. Pero hemos estado cuando el guion decía que no deberíamos, o que deberíamos hacerlo solo con la boca cerrada y la mirada perdida, que todxs sabemos que es una forma de no estar. Estar | ser | existir. Y morir y no ser olvidada. La política es esto, y por eso estamos politizadxs por más que la psiquiatría no quiera o no sepa entenderlo. Ha costado asomar la cabeza y abrir la boca, articular ruidos con los que construir palabras. Han ardido los pulmones y nos han escuchado. La mayor parte de las veces de mala gana, pero sabe dios que llevan años escuchándonos. Aun así el camino está siendo lento. Extenuante y jodidamente lento.
“Para tener esperanza hay que alimentarla y no sé si yo acabé comiéndomela alguna madrugada”, dejó escrito Marta en su última publicación en redes sociales. No son buenos tiempos para la esperanza. No solo en lo que tiene que ver con la salud mental. Hay momentos en los que la esperanza no se puede exigir. No en tanto que atributo individual: ser esperanzado. La vida aplasta, te empuja al suelo y el campo de visión se va estrechando según pasa el tiempo. No es una cuestión voluntarista, no es una disposición autónoma del ánimo. Marta no pudo alimentar su esperanza y ahora toca llorar y temblar. Sin embargo, el que nuestros deseos sigan siendo algo que entra dentro de lo posible tiene una dimensión, de nuevo, política, compartida, que va más allá del individuo. Porque el individuo, nos recordaba Paolo Virno, “no es una realidad última, sino más bien un espejismo que si no tiene quien recoja sus pedazos cuando se rompe, no es nada”. Y aquí estamos, recolectando una miriada de fragmentos esparcidos por la ciudad. No se va a perder ninguno. Es una tarea grata, gozosa, implica conversaciones, cientos de mensajes telefónicos y abrazos. Nos prestamos fuerza lxs unxs a lxs otrxs. Hay esperanza en ello, pero ya no podemos contárselo.
Contarle cosas a Marta. Creo que esto es algo que sucede cuando se muere alguien con quien tienes cercanía. Se quedan cosas por contar. Unas se podrían haber dicho y otras se rumiaron cuando la muerte ya había irrumpido en escena. Quiero escribir algunas palabras sobre ambas, se trata de una estrategia más o menos tramposa para poder llegar a ciertas afirmaciones (la escritura suele ser eso). Empezaré por las segundas.
Tu velatorio fue bonito. No he estado en muchos, siempre he intentado zafarme porque me dan pavor los tanatorios, funerales y demás; desde chiquito. Este fue sin duda el mejor. A años luz. Tuve mucha ansiedad y comí. El primer día y el segundo. El segundo comí demasiado. Cruasanes, galletas con almendra, bombones, donuts, tequeños, falafeles, patatas fritas e incluso una mandarina. Cada uno gestiona sus demonios como puede (gracias a quienes llevaron toda esa comida, de verdad). Hubo lágrimas y también risas. Muchos abrazos, muchos afectos que iban y venían, como corrientes que discurrían entre las personas y sus distintas trayectorias a través de la sala. Cero impostura. Sé que muchxs de nosotrxs pensamos en nuestros propios potenciales velatorios y sentimos que queríamos algo o mucho de lo que allí estaba sucediendo. No fui capaz de pasar a la segunda sala y ver el féretro y tu cuerpo. No creo que te hubiera importado. Hablé, abracé, sollocé y comí cada vez que no sabía bien qué hacer ni qué decir. Llegué rozando la medianoche del lunes, vine en tren desde Cantabria, la estación donde me monté se llamaba Tanos. Muy oportuno. Te apreciaba y te aprecia una enorme cantidad de gente. Gente diversa y distinta, gente con la que apetece estar aunque no la conozcas. Cuesta entender este mundo terrible y hermoso.
En cuanto a las cosas que sí se podían haber dicho, estuve pensando si contarte mi último percance con la casta médica. No encontré la manera, porque si lo hacía era con el objetivo de poder reírnos, y no tenía claro poder contarlo sin que el efecto fuera el contrario, sin que predominara la rabia y se vinieran al recuerdo otros mucho roces y choques donde hemos salido dañadxs, especialmente tú… que hubo gente que tenía el mandato social de cuidarte y te destrozó desde la distancia profiláctica que les proporcionaba sus batas blancas. Básicamente la historia se reduce a que voy a mi médico de cabecera por un problema de salud, no está y me atiende una airada residente que ni siquiera se presenta, revisa mi medicación, sé que le salta mi diagnóstico psiquiátrico, me pregunta por las benzos que tomo para dormir, le digo que trato de no hacerlo a diario, “Lo haces mal” me dice, algo respondo distraído, cero conflicto, y mientas teclea con ímpetu, sin mirarme a la cara, escupe: “Yo he estudiado medicina, tú no”. Tuvo mucho de patetismo por su parte. Deberíamos haber hecho un fanzine con ese título, o una obra de teatro, o pedirle a alguien que compusiera una canción. Dice mucho de la historia de nuestras vidas, de ese esfuerzo disciplinario incansable por colocarnos en un lugar muy concreto. Siempre debajo.
También quería contarte / contaros en ese grupo de mensajería cada vez más reducido que tenemos de nuestro desaparecido colectivo, que el otro día me levanté en mitad de la noche y me fallaron las piernas. Se aflojaron y luego agarrotaron. La cría lloraba, su madre me llamaba y yo no llegaba porque las malditas piernas iban desacompasadas, tenían flojera y se tensaban a la vez. Resulta que es un efecto del lormetazepam. Nunca me había pasado. Nos cogieron de críos y nos atiborraron a pastillas: los medicamentos son seguros, no tomarlos es lo peligroso, nos dijeron. ¿Cómo no fiarnos? Habían estudiado medicina (guiño, guiño). Tú hablabas con contundencia de ello, de esa negligencia social destinada al fracaso. Nuestros cuerpos son el lugar donde se inscribe. Gracias por haber abierto ese camino.
Didier Eribon dice aquello de que cuando se tiene delante el cuerpo de una obrera no se pueden negar las clases sociales. El adiós de Marta me ha hecho pensar sin cesar en que cuando se tiene delante el cuerpo de una persona psiquiatrizada no se puede negar la violencia de la psiquiatría. Su hacer chapucero y incompetente queda expuesto. El problema viene de que no suelen vernos. Ella realizó un sinfín de incursiones en espacios para recordar que existimos y que el abuso de poder contra las personas psiquiatrizadas es algo estructural. Supongo que cada cual la recordará de una manera que la pueda traer cerca cada tanto, yo quiero hacerlo así. De razia en razia.
Tengo un libro que nunca le devolví. Un chiste que quise contarle y se me olvidó. Una aversión a los tequeños que me llevo a mi propia tumba. No quiero naturalizar jamás el que haya quien no tenga “lugar en el vasto mundo” y decida marcharse de él. Mañana madrugo y ha pasado de largo la medianoche, voy a ponerle un fin a estas líneas porque sé que si no lo hago nunca lo haré. Cierro los ojos e invoco a Raymond Williams: quienes nos quedamos tenemos el objetivo radical de no dejar que la desesperación sea convincente. Pese a los pellizcos en las tripas y el escozor en los ojos, pese a que parece que todo va a ser consumido por un incendio de un momento a otro. Marta estará presente en las tareas donde estaba embarcada y que trataremos de finalizar. Pero también en todas aquellas que inventemos y despleguemos en un futuro cercano.
Un abrazo fraternal a su compañero y amigas. Salud y fuerza.



