* Nota de Primera Vocal: El siguiente texto fue leído en el contexto del 14º encuentro de Sociología Ordinaria, el día 27 de mayo en el Reina Sofía de Madrid. El tema era «Ordinario, común y público. Arreglos comunes para comunidades ordinarias», y dentro del mismo tuvo lugar un espacio y un tiempo para hablar de las palabras pertenecientes al mundo de la recientemente desaparecida compañera Marta Plaza, quien era asidua a Ordinaria y los consideraba un espacio seguro.
Yo voy a decir aquí una serie de obviedades.
Voy a hablar de algunas obviedades que, por muy obvias que sean, me temo que no están siendo interpretadas como tal, ni asumidas como tal, ni puestas en práctica como tal cuando la ocasión lo requiere en nuestras realidades compartidas, eso que llamamos sociedad. En especial, no se consideran ni se asumen como obvias cuando se trata de contemplar y acercarse a realidades de aquello que llaman, y Marta Plaza, la activista, llamaba un poco por resumir, Salud Mental.
Cuando de eso que llaman Salud Mental estamos hablando, o lo que es lo mismo hoy día, cuando de psiquiatría estamos hablando, porque la salud, nuestra salud, ha sido cooptada por la medicina, y muy especialmente por la psiquiatría, la obviedad se vuelve opaca. Terriblemente oscura y ahí, en ese universo de cooptación ya sí que no podemos esperar que operen como obviedades necesarias todas estas de las que yo he venido a hablar.
Cuando de Psiquiatría se trata, cuando de sistema Psi se trata y eso incluye (ya lo siento y no voy a entrar ahora en debates de mínimos, ni de nada) también a la Psicología y al resto del entramado del rescate social, la obviedad no sólo no es una línea de análisis e interpretación válida y deseable para la comprensión de las relaciones humanas y orientada hacia la mejor convivencia posible entre humanitxs, sino que se convierte en arma arrojadiza que se lanza en contra de aquellas a quienes se ha tratado de someter, digo de psiquiatrizar, encarcelar, tutelar. Un arma que se lanza, y que nos da. Ya lo creo que nos da.
Marta Plaza, nuestra amiga Marta, murió clamando obviedades. Quiero pensar que algunas de las que yo diré ahora, ella las suscribiría.
Marta murió y por supuesto que la tierra le es leve; todo ese peso de esa tierra cargada de su dolor lo llevan ahora sobre sus espaladas quienes niegan la obviedad. No quiero ni pensar lo que tiene que ser vivir y después morir, con eso a cuestas.
Y ahora, las obviedades:
Dolor no es lo mismo que daño. El dolor es la consecuencia del daño. Y el daño se ejerce. Se inflige.
El dolor se siente. El daño se hace.
El dolor hay que atenderlo. El daño hay que señalarlo. A menudo en nuestra forma de convivir lo que señalamos es el dolor, y lo que protegemos es el daño, y a quien daña.
No podrá nunca ofrecerse reparación desde una perspectiva que no comprenda profundamente que no es el dolor el que tiene que cambiar o dejar de existir, sino que el dolor es el mapa y es la señal que indica hacia dónde hay que mirar. Y a donde hay que mirar es al ejercicio del daño, para que no vuelva a ocurrir. Mientras no legitimemos el dolor y normalicemos sentirlo y que se pueda expresar en el modo que necesite, no habrá caminos posibles para la reparación, porque estaremos mirando hacia el lado equivocado.
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¿Qué es reparación?
¿Quién puede ofrecer reparación?
¿Quién DEBE ofrecer reparación?
Aquí algunos ejemplos: el estado debe reparación. La colonia, antigua y moderna, debe reparación. La Ciencia (la cencia) debe reparación. La Academia debe reparación. La Iglesia católica debe reparación. El sistema de justicia ordinario debe reparación. La Medicina debe reparación. La Psiquiatría debe reparación. Las familias, muchas, quizá todas, deben, nos debemos, reparación. Quien maltrata debe dejar de hacerlo y debe reparación. Quien abusa debe dejar de hacerlo y debe reparación.
¿Qué es reparación?
¿Quién puede ofrecer reparación?
¿Quién DEBE ofrecer reparación?
¿Por qué la reparación prácticamente siempre hay que pedirla en lugar de llegar desde la asunción de responsabilidad y la reflexión profunda de quien la debe?
¿Por qué tantas veces da igual que se pida (haciendo así parte del trabajo a quien la debe), porque ni aun pidiéndola, llega?
¿Cómo es posible que hayamos construido socialmente una idea de convivencia que no contempla que la reparación es el camino cuando la convivencia falla? ¿Cómo vamos a ser personas justas si no imaginamos siquiera que podemos reparar nuestros errores y que debemos hacerlo? Una sociedad conformada por personas que no conciben la reparación como camino posible, seguramente el más deseable tras cometerse daños, desde luego que difícilmente tendrá instituciones justas.
Solicitar con firmeza -exigir si hace falta- reparación, no es equivalente a tener una actitud tendente a la punición. La reparación no es punitiva, es transformativa. En la esencia misma de la reparación está la transformación. Porque si no se constata la transformación no es posible sentir reparación. Y a la vez, del oro lado, si el daño se asume y se comprende profundamente, transforma a quien lo ha infligido. Y el cambio es condición sine qua non para garantizar no repetición… Pero ojo, cambiar no es afirmar haber cambiado. Así como cambiar no es pedir perdón (no me hagáis hablar del perdón, que es mi tema favorito y me vengo arribísima) Hay pasos previos al cambio y quien daña ha de asumirlos y seguirlos. Y hay pasos durante y posteriores al cambio (y que idealmente acompañarán ya siempre) que son los que garantizan seguridades futuras. Saltárnoslos, pretender borrones y cuentas nuevas, pretender ahorrarnos el atravesar pasarlo un poquillo mal porque se ha hecho algo regular, es, en mi opinión, una demostración de gran inmadurez y egoísmo (tanto a nivel personal como a nivel macro, social o estructural) Pretender “ahorrarnos” el cambio, es decir, las garantías de no repetición y la atención verdadera de las necesidades de quien o quienes fueron dañades (¿recordáis aquello de daño y dolor?) es, además de inmaduro y egoísta, sobre todo, una tremenda injusticia.
Y hablando de injusticia, Marta Plaza, nuestra amiga Marta, fue tremenda luchadora contra la injusticia. Y la tierra le es muy leve.



