Nuestra misión rara

1.

Replegadas la hermana mayor y ésta que lo firma, replegadas en nosotras mismas y cargadas de más miedos que sosiegos, tanto llegamos a apocarnos que nos clausuramos cuales bichos bola, presas de unos convincentes delirios de insignificancia; no somos nada no merecemos una mirada vuestra no tenemos salvación. Podríamos definirnos como un par de hatillos rebosantes de inseguridades.

Menos mal que en este presente desde el que se intenta soltarlo todo cual lastre prescindible el horizonte parece despejado, hágase la luz, y de la mano de la calma y la buena respiración, cada una desde su correspondiente puesto de vida desea recuperar el tono y el sentido de sus movimientos, simples quehaceres cotidianos.

En mi caso, llevo una vida inevitablemente apresurada con el objetivo de mantener unos ingresos más abundantes que necesarios, gracias a los cuales puedo permitirme la causa altruista en la que llevo meses embarcada: Liberar a Gracia de las sesiones de terapia electroconvulsiva, léase TEC por sus siglas, que ella misma manifiesta no desear.

2.

Querida hermana mayor, aunque yo no aún no haya sido psiquiatrizada, al igual que tú de vez en cuando escucho voces intempestivas, algunas muy corrosivas, y no veas lo que me cuesta ignorarlas, impugnarlas hasta lograr que se den por aludidas y se vayan por el silencio espeso densificado ignominioso que las produjo. Esa fuente de todos los males que a nadie le falta.

Últimamente me ha dado por pensar que los insultos que me propinan esas voces deslenguadas, sobre todo en la mala hora del decaimiento y desánimo, algo que suele ocurrirme en el taller al quedar de pronto seca de ideas o falta el azúcar, esas voces lacerantes imitan emulan recitan las arengas de nuestro padre. Gracias a su retórica cruel debí asimilar ciertos mecanismos de indefensión que todavía rigen mis acciones, también mis adicciones. Si me descuido, esos mensajes me destruyen, me desmontan y me anulan matan. Cómo explicarlo, para que se llegue a comprender.

A diario necesito alejarme de la zona de supuesta seguridad y plantarme en el equívoco. Ese desatino o inconveniencia me señala, forma parte indisociable del estado de mi perfil y añadirá que también de mi obra. Hace años decidí integrarlo en mis manchas, esculturas y collages, aunque sin duda donde mejor se refleja es en los Discursos artificiales de una inteligencia analógica. Serie de veintitrés escritos de carácter asémico que pretenden ahondar en las vías venas vetas abiertas por Henri Michaux, Mira Schendel, Mirtha Dermisache, y más, el arte ingenuo o idiota en general, que si todo va bien publicará ediciones vientoenpopa en mayo de 2026.

3.

Algo sobre tu hospital de media y larga estancia con salud mental, también hospital de día sociosanitario y centro de agudos, según pone en la página.

Desconocemos el funcionamiento, los mecanismos internos de esa institución privada en la que ingresaste por decisión inducción paterna en régimen de carácter vitalicio, información aportada por la tía Jo, quien aprovechó para añadir que nuestro padre recién enterrado había dejado agujeros económicos y otras estafas que en ese momento mis oídos optaron por desinteresarse cancelar.

A efectos legales no soy nadie para la institución donde vives, comprobé al solicitar que me recibiera tu doctora, la psiquiatra Torres i Pla. Por lo que me ha parecido entender tampoco nuestro hermano Germán, con poderes para administrar tu pensión por discapacidad, recibe informes de la psiquiatra ni se ha molestado en hablar con ella.

En la web de la entidad privada con subvención de dinero público que gestiona la clínica abunda el cielo claro y despejado, amplias fotos de personas mayores con sonrisas y ademanes ágiles como exentas de preocupaciones; te saludo con la mano, te muestro un papel con la figura de un trébol de cuatro hojas, juego para la memoria, aquí derrochamos buen rollo, te ofrezco una taza de algo, o a lo mejor la taza está vacía, esto es un posado para la foto de una amable publicidad, húndete en el sillón que gustes, mira cuántos hay, parece el hall de un hotel cinco estrellas.

Nada que ver con las realidades de personas a quienes veo merodear por la entrada, el vestíbulo y las calles circundantes de la clínica; cuerpos y expresiones intervenidos por los neurolépticos ansiolíticos y demás farmacopea prescrita sin interrupción, trescientos sesenta y cinco días al año a intervalos de cinco o seis horas. Por algo somos el segundo país consumidor de psicofármacos.

En el área de psiquiatría más bien desalmada donde resides os permiten salir un rato por la mañana y otro por la tarde, estancia en régimen abierto. Sueles tomar un café, a veces dos; deambulas, cuando no puedes con tu cuerpo te apoyas en el muro junto a la entrada, también hay un banco que a veces está libre. Saludas y te saludan personas que conforman tu paisaje social cotidiano; la camarera del bar Yuan Tsé, la del alimentación Industria 18, también el ecuatoriano con puesto de souvenirs junto a la boca del metro.

La clínica está vinculada por una fundación con el mismo nombre, otra pestaña abro en el ordenador, y un instituto presidido por un psiquiatra reconocido internacionalmente, numerosas titulaciones. Hace un par de días, mientras navegaba por todo eso se me formateó la idea o me quedé con la copla de que el entramado al completo recibe subvenciones destinadas para investigaciones científicas, área neuropsiquiatría.

Y en este punto, porque tiendo a pensar en fatalidades, visualicé una breve historia de tu cerebro.

Pasaban los años, empeorabas, cómo es posible que suceda algo así en un mundo en el que hay que reconocer que también acontecen cosas buenas; se despliegan espacios, iniciativas donde la salud mental se considera en horizontal, eliminada la jerarquía totalitarista y todas las bestias somos hermosas. Se atiende escucha a quien sufre, se acompaña y ofrece la chispa ilusión por ser comprendida y abrazada aunque sólo sea en parte, nunca del todo comprender. En fin, cualquier anomalía respetada revierte en algo de vidilla que sí. Sin embargo lo de tu cerebro, nada de eso. Gracia, treinta años de cronificación mental.

Comencé a asistir a charlas y encuentros sobre sufrimiento psíquico, tomé apuntes, datos que quisiera compartir contigo para que sepas, no estás sola, no lo estamos, sintamos la fuerza de quienes intentan hacer algo, podemos mejorar. Iré pasando a este documento, se me ocurre ahora, algunas notas sueltas para que no se pierdan, me parece que podría tener sentido incluirlas.

La quema sistemática, quincenal, mensual o bimensual, depende de la temporada y la decisión o conveniencia de la doctora, de zonas de tu cerebro predeterminadas; todo lo que le han hecho al órgano que no sé si gestiona tu sistema nervioso, todo eso que me has transmitido como has podido, casi siempre sin palabras mirada raptada por las pastillas, todo lo que no quieres que te sigan haciendo pero aún te infligen, todo eso puede ser detenido, interrumpido para siempre. Estás en tu derecho.

Cada vez que avanzo me sumerjo me pierdo en los enlaces de la página, llega un momento en que los datos sobre la institución que en teoría debería cuidarte refieren cifras económicas y previsiones estadísticas, numerología del éxito de lo bien que se hace todo por esos pagos. Investigaciones pioneras solventes excelencia garantizada. El dinero es lo importante, se desprende; ese dataísmo, esa cifrología de repente se me hace bola casi nebulosa. Lo que ignoro y me proyecto incapaz de llegar a comprender ni en una despreocupada temporada de estudio intensivo suele provocarme temores que, en cuanto me descuido, derivan en angustias; saltan unas alarmas que me exasperan y, en resumen, mis nervios aventados hiperventilados resultan auténticos peligros sobre todo para mí misma.

Autora: Natalia Carrero @lalectoracomun

Fragmento de novela inédita, próxima publicación en La uña rota

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