«Hay que fingir normalidad mientras estamos cada vez más dementes»

El establishment subjetivo ya no reconoce su condición de precaridad. Niega su condición de por debajo de la pobreza pero sin embargo acude al reservorio del capitalismo: tarjetas de créditos explotadas, buen civismo de felicidad en las redes y buena corrección “rebelde” extraída del progresismo. Fingir un poco parece ser la norma del día. Fingir la diplomacia de la conversación bajo el código de que el otro me importa pero en el orden moral de preguntar cómo está. Cabe bien en esta época lo que el fascismo pregonó y surtió efecto: creer que podemos en algo que no somos. Sacrificamos e inmolamos nuestras vidas al estamento del status.

A pesar de las travesías de la precaridad por el bien común, es imprescindible poner un bozal a lo que nos pasa. Darle condición de tabú a los que nos mantiene tristes porque de lo contrario habrá un couching o un astrólogo que medie para cortar con las «vibras negativas» y nos enseñará a «vibrar alto». Hay que aprender a alejarse de allí, desertar del precarizado que no habla del «poder de voluntad». Siempre habrá un esoterismo y delirio místico para la normalidad que permita poner en escena el malestar. Esto es un signo de distanciamiento. Pero claro, indistintamente uno puede poner la lupa en el heterocapitalismo en donde hay que mostrar rudeza. También poner la lupa en el darwinismo social que propone ser fuerte e implacable ante la debilidad.

Me parece que la idea de status entendiéndolo como aceptación social y un falso simbolismo hegemónico que completa, parece hacer un pacto con la normalidad. Un pacto que exige positividad, resilencia, un cuerpo pobre pero idealizado a la estética de época. O  del lado B de la normalidad que es la aprehensión de lo raro, lo exótico como modo de identidad que no deja de ser parte del status. Que está en él, pero que goza el privilegio de la pose inestable, inaprensible.

Si se está bien, hay que fingir malestar. Si se está mal, hay que fingir bienestar. La catarsis la detentan los psicólogos que no dejan de esforzarse en el voluntarismo mágico. El consultorio es el depósito del llanto y el lamento para, después, mostrarse fuerte en el darwinismo social. Incluso ya han aparecido psicólogos de las finanzas que sobrellevan y guían la vida del rico, del endeudado. Que esgrimen la importancia subjetividad versus dinero. Ningún psicólogo avala la idea colectiva que propone «pidamos lo imposible», el diván existe para rearmarse en la realidad, hacerse un lugar en ella aunque se sepa que la realidad es una enfermedad terminal. A veces se escucha en las sesiones que el trabajo levanta el autoestima, pero no se piensa que las condiciones de ese trabajo pueden destruirte o anularte por completo.

A costa de qué, no importa. Hay que fingir normalidad mientras estamos cada vez más dementes. Hay que fingir buenos modales ante lo insoportable. Hay que fingir diplomacia contra la violencia. Hay que fingir heterosexualidad ante la homosexualidad. O ser un homosexual fingiendo heterosexualidad. Hay que fingir fortaleza aunque estemos débiles. Hay que fingir buena economía aunque estemos endeudados. Hay que fingir poesía aunque la poesía esté vacía de pólvora. Hay que fingir solemnidad aunque seamos inmaduros, adultez aunque vivamos en una eterna adolescencia.

¿Será la masculinidad heteropatriarcal en la que no hay que mostrar flaquezas? ¿Será que se volvió establishment subjetivo? La emocionalidad es vista como desequilibrio, el vasallaje de la debilidad. Parece que hay que pactar con el resguardo a las malas energías, a volverse estoico para poder dar rienda a la normalidad y al status que no aceptan doblegarse al confesionalismo de lo que nos pasa porque no hay mejor obrero rudo en el capitalismo que dice «ya pasará» o «todo pasa» e insiste en el oficio de un porvenir en el que hay que mantenerse a flote para no decepcionar al patrón.   

Lo novedoso es volverse un chupapijas del status, mirarlo a los ojos y obedecer a sus manoseos. Para así no perder la cordura y apelar a la mentira de que estamos sosteniendo una normalidad funcional a una crisis apocalíptica. El enredo diplomático nos acobija en la individualidad y lejos de la grasitud. Un buen consumo material y simbólico, nos da la calma de un posible bienestar que pactamos como una ficción quijotesca que pone como barrera la desgracia ajena. Ni más ni menos, todo se traduce a que no nos soportamos a nosotros mismos y en la egolatría de nuestra miseria, el status viene a darnos el consuelo de que quizás, yendo de vacaciones que no podemos pagar pero sí endeudamos, nos quitará los pesos y el karma de la vida diaria.

Contenido reciente

Contenido relacionado