La pequeña ganadería en Cantabria, y en especial la ganadería extensiva, se enfrenta a una silenciosa pero implacable desaparición, que no solo amenaza un sector económico, sino que arrasa con una forma de vida, un conocimiento acumulado durante siglos y una cosmovisión que tejía un vínculo profundo entre el ser humano y la tierra. Una desaparición disfrazada de modernización, pero que muchos perciben como un exterminio del mundo campesino tradicional en favor de un modelo estatal e industrializado donde el Pueblo ha sido desplazado por el Estado.
La despoblación rural es hoy una realidad palpable. El auge de la globalización y el estilo de vida urbano, seducido por la promesa de una vida cómoda y alejada del sacrificio del campo, se impone como único horizonte deseable. La falta de relevo generacional es la consecuencia más visible: la juventud busca su futuro lejos del campo y de un oficio que cada vez percibe más precario e inaccesible.
En este entramado destaca el papel de la Política Agraria Común (PAC), convertida en la principal herramienta de control centralizado de la producción de alimentos. A través de un complejo sistema de subvenciones e intervenciones en los precios, la PAC garantiza que la autonomía de las personas que trabajan en el campo quede subordinada a los criterios fijados por los Estados y las instituciones europeas. Tanto quienes participan como “beneficiarias” de sus “ayudas” como quienes intentan resistir al margen, se encuentran atrapadas en el mismo destino: vender carne y leche a precios que, en la mayoría de los casos, no cubren ni los gastos de producción.
Incorporarse hoy al sector ganadero sin someterse a estas reglas ni depender de las ayudas estatales se ha tornado económicamente imposible para cualquier persona común. La producción de alimentos queda cada vez más en manos de los grandes capitales y conglomerados empresariales, que cuentan con los recursos para adaptarse a la burocracia, las exigencias técnicas y los ritmos del mercado globalizado. Lo que antes fue un sector regido por los ritmos naturales y los saberes campesinos, ahora es un engranaje más de una economía globalizada al servicio de los Estados, alejado de su esencia comunal y de su gestión desde el propio Pueblo.
Mientras tanto, los voceros oficiales apuntan a causas externas al sistema para explicar la crisis del sector. El lobo, por ejemplo, se ha convertido en el chivo expiatorio perfecto. La figura del depredador sirve para canalizar el descontento y desvía la atención de las causas estructurales de la desaparición de la ganadería extensiva. En el relato institucional, la culpa es del lobo, de la fauna salvaje, de las inclemencias del tiempo o de las personas que se van. Sin embargo, tras ese discurso se oculta un proceso más profundo: la sustitución de la cosmovisión campesina, tejida durante generaciones, por un modelo impuesto desde arriba. Un proceso donde la lógica comunitaria del mundo rural ha sido reemplazada por la lógica industrial, tecnocrática y centralizada del Estado.
Incluso el modo de vida agrario, tradicionalmente vinculado al territorio y a la gestión directa por parte de quienes habitan y conocen la tierra, ha sido arrastrado hacia la lógica de la eficiencia tecnológica y la rentabilidad económica. Un discurso que ahora el propio sector ha terminado por asumir de manera acrítica, convirtiéndose en un engranaje más del sistema de producción capitalista. Así se ha roto el equilibrio y el vínculo profundo del campesinado con el territorio, que se ha desdibujado bajo el peso de la modernidad industrial en un paisaje dominado por la productividad y la explotación.
Esta transformación también alcanza a la mirada sobre el territorio. El suelo fértil, durante generaciones considerado base para la vida y sustento de las comunidades, hoy se percibe como una simple mercancía. Donde antes prevalecía el derecho de uso —los praos se compartían o se cedían generosamente en aparcería para ser cultivados y pacidos—, ahora domina la lógica de la propiedad privada y el valor de mercado. La tierra ya no se mide por lo que produce o alimenta, sino por lo que vale en euros por metro cuadrado. Los praos y mieses que se cultivaban y sostenían las cabañas ganaderas se transforman en urbanizaciones, segundas residencias y explotaciones turísticas. El precio de la tierra agrícola se dispara al verse como un bien con el que especular, explotar y revender, ajeno a su esencia como territorio vivo. Así, el campo se convierte en un activo más dentro del mercado global de inversiones, despojado de su papel fundamental en el equilibrio ecológico, la soberanía alimentaria y la supervivencia de las comunidades rurales.
La práctica desaparición del campesinado ha transformado profundamente la vida en los pueblos de Cantabria. Estos núcleos rurales, que antaño eran comunidades vivas, tejidas en torno al trabajo comunal, los ciclos de la tierra y los saberes compartidos, se asemejan hoy a pequeñas ciudades que han perdido el conocimiento de la tierra que las sostiene. Los antiguos vínculos con el entorno se han roto y, en muchos casos, el propio paisaje es percibido como algo cada vez más ajeno e incluso hostil. La vida comunal, el conocimiento íntimo de los montes, de los ciclos naturales, del cuidado de los animales, del equilibrio entre la producción y el respeto al medio, así como los rituales ligados al ciclo agrícola, la trashumancia y el trabajo en los pastos, son apenas recuerdos que se desvanecen.
Frente a esta realidad, cada vez son menos las voces que reclaman el fin del modelo de tutela estatal y el retorno a la autonomía de los pueblos para gestionar su vida y su relación con la tierra. Defendiendo que la vida en el campo puede y debe seguir siendo un ejercicio de autogobierno, respeto y cuidado mutuo con la tierra. Pero para ello, es necesario recuperar lo que nos fue arrebatado: la libertad de decidir sobre nuestras formas de vida, sobre nuestro trabajo y el destino de nuestro territorio.
En Cantabria, la extinción de la ganadería extensiva no es el final de una actividad productiva; esta seguirá bajo la forma de un sistema agroindustrial controlado por grandes capitales y sometida a las exigencias del mercado. Es, en realidad, el síntoma de un desarraigo más profundo: el de una sociedad que ha dado la espalda a sus raíces y ha reemplazado su cultura y su forma de entender el mundo por los cantos de sirena de un progreso social y medioambientalmente genocida.



