Nos encontramos en un momento histórico atravesado por múltiples formas de violencia extrema y a gran escala que han roto las reglas del juego tradicionales. Precisamente fue hace más de 80 años, ante la evidencia de que los Estados podían convertirse en agentes de exterminio y que la soberanía no garantizaba la protección de la vida, se hizo urgente construir un marco internacional de derechos humanos que estableciera límites universales al poder. Lamentablemente, este marco ha sido ultrajado permanentemente. Al ver lo que ha ocurrido y ocurre con Palestina, sólo podemos certificar su defunción.
La devastación de territorios, la destrucción de ecosistemas, el aniquilamiento de pueblos, culturas y saberes, y la normalización de estas dinámicas bajo discursos de seguridad, legitimidad, defensa o “elección divina”, configuran un escenario global terrorífico. Palestina no es una excepción ni un conflicto periférico: es un lugar central desde el cual se hacen visibles, de manera descarnada, las lógicas que organizan el poder capitalista, imperialista y colonial en el mundo contemporáneo.
Hablar de Palestina hoy implica confrontar un sistema de violencia que desborda las categorías convencionales. No basta con hablar de conflicto, ni siquiera de ocupación o colonialismo de asentamiento, aunque estos términos sean imprescindibles. Lo que está en juego exige un marco más amplio que permita comprender la convergencia de múltiples formas de destrucción que supone la existencia del ente sionista llamado Israhell. En este sentido, propongo pensar el sionismo y su proyecto político como la figura del “monstruo omnicida”.
El monstruo omnicida no es una simple metáfora, sino una forma de nombrar un sistema con la capacidad y la práctica de destruir toda forma de vida. No solo vidas humanas, sino también territorios, ecosistemas, culturas, lenguas, memorias y formas de conocimiento. Este sistema articula y despliega múltiples violencias: genocidio, ecocidio, urbicidio, etnocidio, escolasticidio, etc. No se trata de fenómenos separados, sino de expresiones de una misma lógica que convierte cualquier forma de vida en algo desechable, gestionable, eliminable.
Palestina se sitúa en la acción de esta lógica. La destrucción de infraestructuras civiles, el asedio a poblaciones enteras, la fragmentación territorial, el control sobre el agua, la tierra y el movimiento, el ataque sistemático a instituciones educativas y culturales, el bloqueo de alimentos y medicinas, de la energía, la destrucción del hábitat, el encarcelamiento en masa, la tortura, el asesinato impune y un triste y largo etcétera son parte de un proyecto de dominación, el sionista, que opera mediante la destrucción sostenida de las condiciones de vida.
Nombrar esto como omnicidio no es algo retórico, sino una cuestión ética y política. Es rechazar los marcos que minimizan, fragmentan o justifican esa violencia, y afirmar que lo que está en juego es la vida en su totalidad. El sionismo así concebido es un peligro para la existencia y una amenaza para la humanidad.
Sin embargo, el concepto de omnicidio encierra una contradicción que resulta fundamental. Un sistema que se basa en la destrucción total no puede sostenerse indefinidamente, porque en su propia lógica incluye su autodestrucción. El omnicidio contiene de alguna manera el suicidio. Un poder que arrasa con todo, con la tierra, con los cuerpos, con las condiciones que hacen posible la vida, socava también las bases de su propia existencia. El sionismo al estar fundado en la devastación llevan inscrito su propio límite. Pero la gran pregunta es ¿hasta cuándo?
Frente a esta lógica de muerte y destrucción, nombrar a Palestina es nombrar un lugar de resistencia. En medio de esta necropolítica, emergen prácticas que sostienen la vida: redes de apoyo mutuo, formas de organización comunitaria, producción de conocimiento sin recursos, solidaridades que cruzan fronteras. Estas prácticas son centrales para resistir ante la destrucción.
Asumir que lo que ocurre en Palestina nos concierne directamente, porque revela las lógicas que atraviesan nuestras propias sociedades. Es reconocer que estamos en una encrucijada: entre la normalización de la destrucción y la deshumanización y la posibilidad de afirmar la Vida, así en mayúsculas. Hablar de “Palestina en la encrucijada” es, en última instancia, hablar de nosotros, nosotras, nosotres. Es hablar de aquí y ahora. De las decisiones que tomamos en nuestra cotidianeidad, de las posiciones que adoptamos (boicot, sanciones y desinversiones), de las alianzas que construimos. Entre el avance de un proyecto político, económico y social omnicida monstruoso, que destruye todo a su paso como es el sionista, y las resistencias cotidianas en Palestina que insisten en sostener la vida, la encrucijada se transforma en una llamada a actuar.
*Esta columna está elaborada con base en la presentación que realicé para la Jornada “Palestina en la Encrucijada” organizada por la asociación Interpueblos en Santander, el 19 de marzo de 2026. https://interpueblos.org/noticias/conferencia-palestina-en-la-encrucijada/, de ahí el título de la misma.



