Los atentados del 7 de octubre que prendieron la mecha del genocidio actual en Gaza fueron hace ya más de dos años. Y prácticamente en poco más de un año, hemos visto un intento de asesinato a un candidato a la presidencia estadounidense, la caída del régimen de Bashar al-Assad en Siria, el bombardeo a bases iraníes en una supuesta prevención de un conflicto mayor entre Irán e Israel, un terremoto de 7,6 grados Richter en una península de Japón, drones rusos cruzando fronteras polacas, los ataques del 8 de julio en Ucrania, escaladas intensas en los conflictos entre chapitos y mayitos, el asesinato de Charlie Kirk, protestas masivas en Estambul, revueltas de gran magnitud contra los poderes asiáticos de Indonesia, Japón, Filipinas o Nepal… y la lista continúa hasta el punto de que se podría sustituir el resto del articulo solo enumerando eventos de este carácter.
Desde hace ya más de cinco años pareceque el mundo vive constantemente al borde de un estado de emergencia global, amagando cada semana con dar su ultimo paso antes de caer de bruces en el desastre mientras el resto sufrimos las consecuencias. Asumiendo que todos estos eventos son premonitorios y no solo excusas para justificar el delirio del mundo político, interesa saber cómo se manejaría la democracia global en términos post-catástrofe. Para llegar a concluir algún tipo de presagio se puede analizar la evolución de otros países enfrentados a procesos de impacto y recuperación similares.
Eso es lo que aborda Naomi Klein en La Doctrina del Shock (2007), un texto en el que analiza con profundidad propuestas políticas que sucedieron a escenarios muy convulsos. Esta táctica política —la doctrina del shock— consiste en el aprovechamiento del impacto que sufre una población tras un desastre, ya sea económico, natural o político para establecer un nuevo tipo de orden. Como fue, por ejemplo, el trabajo llevado a cabo por los Chicago Boys de la mano de Friedman para convertir el Chile de Pinochet en un experimento neoliberal. Estos, explotaron el estado de, propiamente, shock, que aturdió a la población chilena tras el ataque al Palacio de la Moneda y la muerte de Allende, para implementar medidas económicas y sociales de corte neoliberal como la privatización de empresas o la desregularización del mercado.
De esta manera, Klein demuestra cómo el capitalismo ha empleado situaciones de crisis para introducir medidas económicas poco populares, que además han solido ir de la mano de otras herramientas violentas y autoritarias para aumentar este estado de shock. Con los atentados a las Torres Gemelas, por ejemplo, se vio a tiempo real cómo el gobierno norteamericano impuso medidas de mayor vigilancia sobre su población, que en ese momento estaba todavía recuperándose del duelo del ataque. Respaldados con la pretendida justificación de velar por la seguridad de la ciudadanía, el Gobierno de EEUU parecía lucir de total inmunidad ante sus políticas, lo que permitió establecer un estado de control sobre su población que no fue evidente hasta que ya fue demasiado tarde.
Suponiendo que el mundo no seguirá en este borde pre-catastrófico mucho tiempo, y que tarde o temprano algún desastre sacudirá el status quo ¿cuál serán nuestras consecuencias?
La incertidumbre se convierte entonces en quién tendrá las mejores cartas a la hora de jugar en la partida del shock y qué repercusiones sociales o económicas tendrá una victoria sobre otra. Y la respuesta por ahora parece dar ventaja a los postulados e intereses de la derecha. Evidencia de esto es la ola extremista que amasa el tsunami que atraviesa Europa, imitación del modelo derechista estadounidense, ya sumido en un gobierno más que alarmantemente.
Esta situación, fuera de sembrar temor e incertidumbre en la izquierda global, debería servir
de toque de atención. Las banderas ondeadas siguen siendo las mismas, pero el campo de batalla es diferente, y de momento es la derecha la primera en parecer adaptarse. El trabajo ahora de la izquierda es remodelar su estrategia y evitar a la derecha en ‘duelo del shock’. Para ello se tiene que replantear sus directrices y objetivos, porque cuando ya no se puede tirar más del hilo de la vieja izquierda hay que empezar a tejer otra.
Sabemos que a pesar de la insistencia en desmentir los bulos que hacen a la ultraderecha tan popular y en demostrar cómo sus propuestas hacen aguas moral e ideológicamente, el coladero de credo de que presumen sigue calando en un número cada vez más creciente de la población.
Sorprendentemente la táctica sigue siendo la misma de hace casi un siglo: aprovechar
estados de incertidumbre económica y culpar de la deficiente situación de cada país a los colectivos minoritarios que ‘llevan al garete a la economía’ y a la izquierda que los defiende. Este tipo de estrategia se asemeja bastante a la doctrina del shock: generar y utilizar situaciones críticas como pretexto para sacudir el orden político, cuestionar el contrato social y los avances previos y poner en entredicho las instituciones, incluso las más democráticas. Pero la manera de difundir este discurso es diferente, y ahora el rol propagandístico lo toma internet.
Por su parte la izquierda también trata de hacer su labor en las redes sociales, pero la
estrategia sigue siendo la misma con la que esta perdiendo influencia entre la gente más joven frente a los Vito Quiles, los Núcleo Nacionales y los Roma Gallardos de la red. Y si la catástrofe llega mañana igual son estos ejemplares de influencers los que inspiraran a la juventud derechista a ganar en el ‘duelo del shock’.
Porque en el zeitgeist político hacen más ruido las acusaciones culturales que las propuestas políticas reales. La derecha gana votos porque sabe jugar en la guerra cultural y la izquierda, a pesar de no parecer estar hecha para el espectáculo en el que se ha convertido la política actual, está entrando al juego, y de momento no le está saliendo bien la jugada. En vez de politizar la economía y reivindicar una lucha sistémica se dedica a recolectar zascas a la derecha para subir a redes. Y por ahora esta estrategia contraproducente solo ha conseguido verter más gasóleo en la hoguera de la guerra cultural, y por lo tanto, indirectamente beneficiar a la derecha, y a su vez provocar un descontento general en gran parte de la izquierda no identificada con este tipo de política.
Con suerte, antes de que estalle la tercera guerra mundial, o se inunden las ciudades costeras, o volvamos a sumirnos en otra profunda crisis económica, o sabe dios qué, desde la izquierda se haya tejido ya el paracaídas necesario para sacarnos del desastre sin tener que sufrir más gobiernos conservadores neoliberales con derivas autoritarias que se aprovechen de estos contextos críticos. Y aunque las últimas victorias políticas en la izquierda (como la llegada a la alcaldía de Nueva York por parte de Zohran Mamdani, la organización masiva y a nivel global de protestas a favor de Palestina, o incluso el nuevo proyecto de partido de Jeremy Corbyn) sean avances positivos, todavía queda mucha maratón por recorrer.
Pero, de momento no queda mucha más opción que seguir recibiendo vídeos de abandonos
simbólicos en el congreso, insultos personales en mítines o debates culturales entre influencers políticos. Eso, o esperar pacientemente que el péndulo vuelva a oscilar hacia su lado izquierdo antes del shock.



