Trauma y represión a seis años de la operación Pandora II

Trauma y represión a seis años de la operación Pandora II El autor, una de las personas represaliadas en esa operación policial ordenada por la Audiencia Nacional española, profundiza en las investigaciones sobre el trauma psicológico y la fuente de información que aportan a la hora de encarar procesos represivos como el que ha vivido

/Mercedes Sánchez

Este mes de octubre ha cumplido seis años de la operación Pandora II, en la que diez personas fuimos detenidas bajo la ley antiterrorista. Seis años pueden parecer poco, pero hoy mi vida –así como, seguramente, la de muchos del resto de encausados– ha cambiado mucho y hay cosas que las miro con el sabor de boca de haber quedado atrás. En los últimos años he dedicado mucho tiempo a entender lo que me ha pasado en relación a diferentes procesos personales, entre ellos, la represión. Esta búsqueda me ha llevado a descubrir y entender el trauma y cómo actúa en diferentes esferas de nuestra vida. Sin querer entrar mucho y utilizando una descripción poco precisa, cuando hablo aquí de trauma me refiero al estado en el que se queda nuestro cuerpo –en concreto, partes del cerebro y del sistema nervioso autónomo–, al ser expuestos a situaciones que no podemos procesar. Cuando se convierte en la herida traumática, nuestra psique se fragmenta, aísla la parte en la que queda la memoria traumática, mantiene en alerta los mecanismos de protección frente al peligro, impidiéndonos, aunque a menudo de forma inconsciente, volver al estado de reposo inicial. Las consecuencias de esto pueden ser hipervigilancia y reactividad, estados de depresión y ansiedad, revivir eternamente la situación traumática a partir de flashbacks o pesadillas, estados de ánimo alterados, etc.

Cuando hablo aquí de trauma me refiero al estado en que se queda nuestro cuerpo, en concreto, partes del cerebro y del sistema nervioso autónomo, al ser expuestos a situaciones que no podemos procesar

La historia de lo que hoy en día llamamos trauma, pese a tener un largo recorrido, cambia drásticamente a partir de diferentes experiencias de guerra del siglo pasado. Al devolver a los soldados (sobre todo estadounidenses) a casa, muchos de ellos llegaban con heridas psíquicas que les impedían reanudar sus vidas con normalidad. Esto fue especialmente significativo en la guerra de Vietnam, la cual dejó una elevada tasa de suicidios entre los veteranos. Es en este momento cuando distintos organismos e instituciones estadounidenses comienzan a invertir mucho en investigación. Gracias a ello, la neurociencia pudo entender mucho sobre cómo funcionaba y qué impacto tenía el trauma. De lo que se dieron cuenta era que las mismas huellas cerebrales y neuronales que observaban en los soldados, quedaban en personas que habían sufrido otras vivencias: maltrato de distinto tipo, supervivientes a catástrofes naturales o asesinatos, etc. De hecho, la evolución de estas investigaciones nos ha enseñado que el trauma no es algo que ocurra sólo a partir de hechos tan impactantes como una guerra, o en situaciones que podemos considerar como altamente dramáticas, sino que también con experiencias que vivimos cotidianamente. La realidad es que la mayoría de personas tenemos en mayor o menor medida nuestra propia huella traumática. Volviendo al tema que nos ocupa, la represión estas investigaciones aportan luz sobre factores interesantes a la hora de afrontarla. Cuando durante las guerras mundiales aparecieron masivamente casos de trauma, uno de los primeros debates médicos se centró en el carácter moral de los pacientes. Desde la ética marcial de la época, un soldado debía ser un guerrero glorioso y no debía mostrar ninguna clase de emoción. Por tanto, en muchos casos estos pacientes eran vistos como inferiores, o incluso como vagos o cobardes. Algunos médicos llegaron a describirlos como inválidos morales. Poco a poco, las investigaciones fueron demostrando lo contrario: este tipo de daños también se manifestaban en quienes tenían una personalidad moral muy alta. De hecho, salieron a relucir casos de soldados que, a pesar de haber destacado por su valentía en el combate, habían acabado sufriendo lo que entonces llamaron neurosis de guerra. Por último, las autoridades médicas acabaron asumiendo la evidencia: cualquier soldado expuesto al peligro durante cierto tiempo podía desarrollar las mismas heridas psíquicas.

A veces insistimos en mantener la imagen moral del guerrero revolucionario, que no tiene miedo y se enfrenta a la lucha con la verdad como espada y la conciencia social como escudo

Si extrapolamos esto a nuestro mundo, podemos ver analogías muy claras: todos y todas podemos salir heridas de experiencias traumáticas como la represión. De hecho, a veces también insistimos en mantener la imagen moral del guerrero revolucionario, que no teme y se enfrenta a la lucha con la verdad como espada y la conciencia social como escudo; pero lo cierto es que ese guerrero, si existe, también es susceptible de ser herido cuando se expone a una situación traumática. Somos vulnerables y cuanto antes lo aceptamos antes podremos integrarlo. Esto es algo importante de mencionar, ya que existe una especie de pacto de silencio que nos impide hablar públicamente de ciertas cosas, como si nos volviera débiles o se generalizara un estado de miedo, y no nos damos cuenta de que es precisamente eso lo que nos debilita. Muchas personas que afrontan la represión con fortaleza y dignidad, detrás de los comunicados políticos y declaraciones judiciales, sienten el peso emocional de la experiencia que están pasando y lo viven en silencio. Esto sólo sirve para aislarnos, y consecuentemente, es un factor que tiende a debilitar a nuestras comunidades.

Enlazado con esto, otra cosa que descubrieron es que lo más efectivo a la hora de afrontar y superar la herida traumática, no era ni la moral marcial, ni el patriotismo ni el odio al enemigo; era nada menos que el amor que sentían los soldados entre ellos. Los lazos interpersonales les ayudaban a superar la situación. Ésta es, sin duda, una información de una relevancia primordial: a la hora de afrontar la represión, nuestra mejor salvaguarda son los vínculos comunitarios que establecemos. Si las relaciones interpersonales que tenemos están dañadas, somos más susceptibles de no afrontar ciertos procesos. Esto es más importante aún cuando estalla la represión, momento en el que la tensión y el miedo suelen suponer que nuestras diferencias crezcan. Nos guste o no, la represión es capaz de romper incluso a los grupos que aparentemente están más unidos. Por eso es vital que esta unión sea más efectiva –y afectiva– que aparente. Hoy en día diría que los vínculos humanos lo son todo en un movimiento revolucionario: la base, la estructura y la finalidad. De hecho, una de las mayores derrotas políticas que podemos vivir es la ruptura y disgregación de nuestras comunidades, algo que muchas hemos podido experimentar y de lo que a menudo nos damos cuenta cuando ya es tarde.

La ruptura de la confianza básica, los posibles sentimientos de vergüenza e inferioridad y la necesidad de evitar situaciones que recuerdan al trauma, llevan a las personas a rehuir las relaciones cercanas

Sin embargo, la lógica del trauma puede llevar implícita una tendencia al aislamiento. El daño en las relaciones no es algo secundario, sino que los acontecimientos traumáticos tienen un efecto directo en el sistema de vinculación que une al individuo con el grupo. Además, el trauma empuja a las personas a rehuir las relaciones íntimas y, al mismo tiempo, a buscarlas desesperadamente. La ruptura de la confianza básica, los posibles sentimientos de vergüenza e inferioridad y la necesidad de evitar situaciones que recuerdan al trauma, llevan a las personas a rehuir las relaciones cercanas. Asimismo, el miedo intensifica la necesidad de protección. Por eso la persona traumatizada puede tender a aislarse ya aferrarse de forma ansiosa e incoherente. Si entendemos que, además, las situaciones traumáticas muchas veces afectan a todo un grupo, podemos imaginar las dificultades que atravesará éste para poder afrontarlas.

Es importante que aprendamos a dejar de escondernos en los discursos y análisis sociológicos, existen otros factores importantes a atender a la hora de afrontar procesos colectivos. Se trata de poner nuestros propios cuerpos en el centro de lo que llamamos político, o en cualquier caso, entender que cuando vivimos ciertas situaciones es difícilmente eludible. Quiero aclarar que no todo lo que tiene que ver con la represión nos habla de fragilidad, ni mucho menos, también lo hace de fuerza, coraje y determinación. Tendemos a pensar que una cosa y otra son excluyentes, pero de lo que en realidad se trata es de aprender a integrar la relación entre ambas.

 

 

 

 

 

 

 

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