Triunfo del Matrimonio. Si cada uno no creyera que hace lo que quiere, sería imposible que hiciera lo que le mandan.

Los habrá, seguro que la mayoría, que celebren la legalización de las parejas homosexuales como un logro de la democracia iluminada y un progreso en los ideales de igualdad, fraternidad y hasta libertad. ¡Libertad de Dios! Y serán pocos, homosexuales o no, los que compartan esta gran tristeza. Se habrán reído mucho con las manifestaciones de la derecha derrotada, que aún negaba a los homo- el reconocimiento de sus derechos, y no habrán llorado de pena con las manifestaciones homólogas de los homo- y sus amigos reclamando a lo Alto, y al fin con éxito, sus derechos.
No sé por qué me estraño tanto: es lo que pasa con tantas contiendas y disputas bajo el Régimen: que, entre la agitación apasionada y el barullo de las ideas, lo que se oculta es lo más claro. Y así con esto: el guirigay de opiniones acerca de cosas tan divertidas como el reparto de los derechos humanos y lo natural y santo de las relaciones homosexuales habrá hecho que no se perciba lo elemental: que en esta contienda el único vencedor es el MATRIMONIO, o llámesele unión o Pareja o como se quiera. Pero que es lo mismo: la sumisión del amor también entre sujetos del mismo sexo a la Ley y el Orden, con el disfrute de las ventajas sociales que el Estado concede como premio.
No otra cosa han ganado los amigos homo- , al verse reconocidos por el Régimen, que la misma sumisión y derechos de los hétero-. Pero, en cambio, nunca el matrimonio, que ya en estos treintaytantos años de régimen se había venido reafirmando cada vez más como el único fin y modo de convivencia para el amor, ha alcanzado un triunfo tan esplendoroso como al lograr superar la vieja diferencia entre las parejas del mismo y las de diferente sexo.
Si la Iglesia misma se hubiera adelantado un pasito más en su incontenible progreso democrático, habría ya acogido entre los brazos abiertos este triunfo del matrimonio, la consagración de la unión a los ojos del Señor y su consiguiente capacidad para costituir un hogar y dedicarse a la formación de nuevos feligreses para el Régimen; y, si la gente de la izquierda no estuviera tan cegada por la idea que arrastra desde más de 30 años (y que ha inculcado a una parte de los más jóvenes y crédulos), estaría llorando conmigo amargamente.
Fue hace unos 40 años, al irse a establecer el Régimen que hoy padecemos (el viejo Régimen era aquél en que había dos tipos de democracia disputándose el territorio, una división entre totalitarios y liberales, y todo aquello: ¿se acuerdan los más viejos de mis lectores?), al irse a establecer el ideal único del Estado confundido con el movimiento del Capital, fue entonces cuando muchos hijos de burgueses, más o menos estudiantes, sintiendo lo que se nos venía encima, se levantaban, por California o Tokio o Alemania o París y hasta Madrid, diciendo NO, de maneras más o menos lúcidas o floridas; y, entre otras cosas, ese NO venía a dar en una declaración de amor libre: amor libre, sí, señores: libre de leyes, de autorización, de padres, de reglamentos; y el natural fracaso estrepitoso de los intentos no dice nada contra esto: que “amor libre” es lo solo que el pobre amor sabe decir, mil y millón de veces, contra el Poder. Imaginen lo que habrían dicho aquellos chicos y chicas que perecieron en el intento si les contaban que iban a llegar, con el progreso, a la victoria de la pareja homosexual y su reconocimiento por el Poder.
Pues bien, he aquí que los hombres y las mujeres que vivieron aquello se han quedado quietos, muertecitos, en las ideas que después de aquello se reintegraron al orden y cantaron su fe en el nuevo régimen, y así han ido tirando 30 añitos, llevando detrás a muchos de los que no habían ni nacido en aquel entonces y por aburrimiento acababan por creer en cualquier cosa.
Y así, en este número que Archipiélago dedica al acontecimiento, o mucho me equivoco (y ¡ojalá me equivoque mucho, mucho!) o no sé si habrá una o dos voces o plumas que, en vez de dedicarse al docto análisis de las cuestiones legales y sexuales, me acompañen en esta desolada declaración de lo más claro: que en esta contienda con la Ley, mediante la afiliación de los homo- a la misma sumisión y conformidad de los hétero-, el único vencedor ha sido, una vez más, el matrimonio.
Fuente: Revista Archipiélago nº67. Cuadernos de crítica de la cultura.

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