Una escuela que basa su proyecto educativo en el amor, el juego, la libertad y el respeto. ¿Una utopía? No, una realidad que ha germinado en un pequeño pueblo de Cantabria. Su director, Orlando, se inspira en los principios pedagógicos de Rebecca Wild y Pestalozzi y los proyectos educativos de Sudbury Valley en América y Summerhill School en Inglaterra.
UNA COSA QUE SOPRENDE nada más entrar en el colegio es la libertad con la que los niños se mueven por la escuela y el colorido de su mobiliario. Colores en las sillas y en las baldas, baldas repletas de juegos y libros de diversa índole. Un paraíso para el niño. Siento que tengo ganas de volver a estudiar. Y creo que esa es la sensación que tienen también algunas de los estudiantes de este colegio con los que charlo en el area del laboratorio. En este instante los estudiantes están fabricando perfumes con plantas y hierbas naturales.
Me preguntan que qué hago aquí y les explico. Me comentan que vienen de colegios de Santander, del colegio la Atalaya o Juan de Herrera. Este colegio les gusta mucho más. “En este colegio no te mandan ni te meten presión”, comenta una de las niñas. Y es que, uno de los problemas con los que se encuentran los profesionales de la enseñanza es que cuando los niños no disfrutan aprendiendo con los métodos tradicionales, su comportamiento y resultados académicos empeoran. Grandes fracasos escolares provienen de la falta de motivación del alumno por aprender. Pero esto choca con la idea de que el aprendizaje es algo natural, idea que propone el director del colegio como fundamental en la enseñanza.
Diferentes espacios para jugar, investigar y aprender
La diferencia de esta escuela con otras, diferencia que hace que estos niños adoren ir al colegio cada mañana, es que siguen sus propios procesos de aprendizaje. No hay notas y los niños pueden moverse libremente por los diferentes espacios: la zona de lectura, el laboratorio, el área de manualidades, zona de matemáticas, juegos científicos, la zona de ejercicio… Los niños deciden qué es lo que quieren investigar y el profesor aporta los materiales y el espacio. El profesor se convierte entonces en un guía más que en un líder de la clase.
Tal y como nos comenta Orlando, director de este centro, “los niños no distinguen entre juego y trabajo”. Los niños siguen sus propios procesos de aprendizaje. Este centro, con un total de 15 alumnos, es una de las escasas escuelas unitarias que existen en la región.
De carácter público, la edad de sus alumnos varía entre los 3 y los 10 años. Esta diferencia de edad no supone un problema para los niños. Cada uno aprende a su nivel e interactúa de manera activa. Además, algo novedoso, el director del centro permite que las madres y los padres intervengan en la vida de la escuela y ayuden en las actividades del centro. Una madre nos cuenta como su hija comenzó a desmotivarse con el colegio y a volverse muy reservada.
Señala que a su hija la gustaba pintar pero los profesores comenzaron a reñirla por salirse de la raya. “Mi hija empezó a perder la confianza en sus cualidades pero aquí ha vuelto a recuperarlas”, asegura la madre. Aquí los niños aprenden a pintar no con fichas, sino de manera libre y autónoma, lo cual les permite expresarse de manera más artística y libre. Nos comentan en la escuela como muchos de los niños no sabían qué pintar cuando llegaban. Al llegar al centro lo único que se les da son libros con dibujos y pinturas para que observen y practiquen.
El resultado, un trabajo mucho más creativo y libre y unos niños más seguros de sí mismos.
Asamblea y decisiones compartidas
El día a día de esta escuela está estructurado por dos asambleas en las que todos, profesores, madres y alumnos pueden intervenir y aportar ideas. En la asamblea de la mañana se decide en qué proyectos se va a trabajar y cómo se va a organizar la jornada. Así mismo todos cantan una canción creada por ellos, para empezar el día con alegría. Al término de la jornada se anota todo aquello que se ha hecho y aprendido durante el día para poder así editar el periódico del colegio, periódico que es realizado por todos.
Una agenda completa
Para hacerse una idea de qué tipo de actividades se llevan a cabo basta con observar el entorno: un laboratorio con muestras de diferentes hierbas aromáticas, un niño leyendo apaciblemente en una esquina, la hora de los cuentos, un tablero en el que se discuten las razones por las que las olas existen y por qué, una obra de teatro que está siendo elaborada, cerámica y materiales diferentes para manualidades, y juegos, miles de juegos para aprender. En este colegio el contacto con el medioambiente también es muy relevante, los niños hacen numerosas salidas al campo para recolectar muestras y aprender de la naturaleza y también han creado y cuidan un estanque y un huerto.
Todas estas actividades se completan con las visitas itinerantes del profesor de inglés y el de educación física. Esta riqueza de experiencias sirve para que los niños aprendan por experiencia directa, y luego puedan decidir de manera autónoma y consciente. Así, tal y como dice Orlando, “los niños resuelven la vida a cada paso”. Una última pregunta que ronda todavía en mi mente es la de si los niños salen de la escuela aprendiendo. A pesar de no existir calificaciones, Orlando observa y anota el proceso de aprendizaje de cada niño.
Al final, todos los niños salen de ahí con los conocimientos necesario para poder desenvolverse en el mundo real.
Me despido del día y siento que me encantaría volver a la escuela. A una escuela como ésta. En mi mente todavía resuena la canción de la asamblea del día, compuesta por ellos, “Gatos y Perros Músicos”. Sin lugar a dudas, un espacio mágico, una propuesta más en Santander, al otro lado del espejo.
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