
Cuando se recuerda la Revolución Social de 1936, todavía es frecuente que los relatos se centren en dirigentes, milicianos o grandes organizaciones. Sin embargo, aquella historia también fue protagonizada por miles de mujeres que combatieron el fascismo, impulsaron proyectos emancipadores y cuestionaron las relaciones de poder dentro de sus propias organizaciones. Muchas de sus experiencias quedaron relegadas a un segundo plano o directamente excluidas de la historia oficial.
Luchaban por un mundo nuevo, de Yanira Hermida, nace precisamente de la necesidad de recuperar esa memoria silenciada. A través de las trayectorias de Lucía Sánchez Saornil y Sara Berenguer Laosa, el libro reconstruye una genealogía de mujeres libertarias que hicieron de su vida una forma de militancia y de la revolución una herramienta para conquistar espacios de libertad que hasta entonces parecían inalcanzables.
La revolución también era una cuestión de mujeres
La obra sitúa las experiencias de Lucía y Sara en una larga tradición de lucha por la emancipación femenina dentro del movimiento libertario. Mucho antes de 1936, anarquistas como Teresa Claramunt ya habían denunciado la subordinación de las mujeres y defendido la necesidad de que fueran ellas mismas quienes protagonizaran su propia liberación.
La llegada de la República y la creciente participación femenina en sindicatos, ateneos y grupos libertarios favorecieron la aparición de nuevos debates sobre educación, sexualidad, trabajo y autonomía personal. En ese contexto surgiría Mujeres Libres, una organización que entendía que la revolución social y la emancipación de las mujeres debían avanzar juntas.
Lucía Sánchez Saornil: conquistar un lugar propio
Hablar de Mujeres Libres es hablar de Lucía Sánchez Saornil. Poeta, sindicalista, militante anarquista y una de las fundadoras de la organización, Lucía encarnó una forma de compromiso que cuestionaba tanto el orden capitalista como las inercias patriarcales presentes dentro del propio movimiento libertario.

Emma Goldman (al centro) visita la España republicana en 1938 junto con la secretaria internacional de Solidaridad Internacional Antifascista (SIA), Lucía Sánchez Saornil (a la izquierda), y Cristina Kon (a la derecha), como traductora.
Sus escritos insistían en que la emancipación de las mujeres no podía quedar subordinada a una futura revolución, sino que debía construirse en el presente mediante la educación, la independencia económica y la participación activa en la vida social y política. También defendió una visión avanzada de la libertad sexual y vivió abiertamente su lesbianismo en una época en la que hacerlo suponía un desafío radical a las normas sociales.
Sara Berenguer Laosa: la revolución desde la acción cotidiana
Si Lucía representa la elaboración teórica y organizativa del anarcofeminismo, Sara Berenguer Laosa encarna a toda una generación de jóvenes mujeres que se incorporaron a la lucha revolucionaria a partir de julio de 1936. Su paso por Mujeres Libres la llevó a tomar conciencia de las desigualdades que sufrían las mujeres incluso dentro de espacios que se proclamaban igualitarios.
Desde entonces participó en actividades educativas, redes de solidaridad, tareas de retaguardia y visitas al frente organizadas por Solidaridad Internacional Antifascista. Como tantas otras militantes, hizo compatible la acción revolucionaria con una intensa labor de apoyo mutuo y organización colectiva.

Sara Berenguer Laosa en 1937
Su trayectoria demuestra que la revolución no solo se construyó en las barricadas o en los comités, sino también a través del trabajo cotidiano de miles de mujeres que sostuvieron organizaciones, redes de cuidados y proyectos de transformación social.
Recuperar una historia incompleta

Noventa años después, Luchaban por un mundo nuevo nos recuerda que la Revolución de 1936 no puede entenderse sin las mujeres que la hicieron posible. Las vidas de Lucía Sánchez Saornil y Sara Berenguer Laosa permiten acercarse a una historia de emancipación, compromiso y resistencia que durante demasiado tiempo permaneció en los márgenes.
Recuperar sus voces no significa añadir un capítulo olvidado a la historia de la revolución. Significa comprender que esa historia siempre estuvo incompleta sin ellas.



