No quieren verles crecer entre notas, deberes y temas aprendidos de memoria. Prefieren fomentar sus capacidades y diferencias para que se conviertan en personas resolutivas y seguras de sí mismas el día de mañana. Pero, ¿cómo conseguirlo? Mientras unos optan por descolgarse del sistema educativo, otros retrasan el momento de escolarizar a sus hijos o les matriculan en escuelas alternativas como la que ya existe en Santibañez de Villacarriedo o la que plantea una plataforma ciudadana cántabra llamada `A volar’. La Kumpanía, un espacio de expresión que acaba de
abrir sus puertas en Santander, también apuesta por ese modelo de educación creadora. Son señales cada vez más visibles de que este movimiento está ganando fuerza.
Objetores del cole
Aumentan las familias cántabras que optan por no escolarizar a sus hijos o mandarles a una escuela libre
Muchos piensan que educar a sus hijos en casa está prohibido y, por tanto, que pueden ser perseguidos por jueces y asistentes sociales. Sin embargo, una legislación ambigua y contradictoria que, por una parte reconoce el derecho a la educación de los niños y, por otra, el derecho preferente de los padres a elegir el tipo de formación que consideren más adecuada para ellos, hace que convivan entre nosotros familias que renuncian a su escolarización para mostrar su rechazo hacia los métodos de enseñanza tradicionales y la rigidez de la estructura escolar.
No todos se atreven a dar el paso y ocuparse personalmente de la formación de sus hijos, sin delegar en ninguna institución educativa y, aunque quisieran, tampoco todos podrían porque «exige dedicación completa, un apoyo fuerte por parte de la pareja y mucha energía», afirma Isabel de la Fuente, una madre cántabra que se ha pasado los últimos seis años educando a sus tres hijos en casa.
Isabel considera que esta opción — también conocida como homeschooling— tiene ventajas evidentes para los niños: «Me ha permitido regalarles confianza y seguridad en sí mismos», pero implica una gran responsabilidad: «Es una decisión mucho más responsable que la de escolarizar», añade.
Después de ser madre y profesora durante un tiempo, Isabel ha optado finalmente por matricularles en un colegio público de Santibañez de Villacarriedo, una escuela libre que aplica una metodología afín a la suya: «Ideológicamente sigo creyendo en los valores de la educación en casa, pero las circunstancias de la vida me han ido llevando hacia otras cosas», dice para justificar que ha comenzado a trabajar fuera de casa. A la reciente escolarización de sus hijos también le encuentra aspectos positivos: «Servirá para que no se centren tanto en su relación conmigo y para que les pasen cosas distintas a mí’, dice.
Libres para tomar decisiones
El caso de Isabel es singular pero, ni mucho menos, es el único. Aunque el homeschooling es conocido en otras zonas de España como Cataluña y, sobre todo, en países como EEUU, en Cantabria existen familias que han educado a sus hijos, algunos ya mayores, sin haber pisado nunca un aula.
En la Universidad de Cantabria imparte prácticas de Literatura Infantil el profesor bilbaíno José Miguel Castro que defiende un sistema de aprendizaje diferente -la Educación Creadora, fundada por Arno Stern- y que también desescolarizó a una de sus hijas cuando ésta tenía unos diez años. Según su padre, era un caso de fracaso escolar cantado: «Fue como ver a álguien que se está ahogando y tirares de cabeza a rescatarlo», explica Castro.
En la actualidad, su hija se dedica profesionalmete al mundo del cine. La misión de Castro consistió en asistirla, proporcionarle material, llevarle a exposiciones… para que ella decidiera en qué quería trabajar. A sus 32 años, se lo agradece: «Me dice que le he hecho el mejor regalo posible, confianza en el ser humano y en sus capacidades, algo que ahora ella puede regalar a los demás».
Sus dos hermanas abandonaron la formación reglada al terminar el instituto y hoy se dedican a profesiones liberales relacionadas con la educación y la danza. De todas ellas, su padre destaca que «son desemvueltas, saben buscarse la vida, y tomar decisiones». Entiende que le pregunten por su éxito profesional pero le parece curioso que a las personas que a las personas que optan por educar a sus hijos en casa se les exija «la perfección absoluta» mientras que a la escuela se le toleran unos índices de fracaso escolar muy altos.
Rechazo a la escuela
A veces los servicio sociales o los propios centros educativos cursan denuncias cuando detectan que un menor falta a clase de forma reiterada. La inspeción educativa solicita entonces un informe al servicio del menor de la comunidad correspondiente para que recabe toda la información sobre el caso. No obstante, en cuanto se demuestra que se trata de una popción educativa y no de un caso de abandono suele archivarse directamente. Pocos casos llegan ante el juez y, de ellos, la mayoría son sobreseídos, aunque «hay familias a las que le pueden llegar a hacer la vida imposible», admite Jose Miguel Castro.
Más que partidario de la educación en casa, Castro defiende la no enseñanza y la necesidad de un rol distinto para el educador, que ha de basar su relación con los demás en el servicio, y no en el poder, como un profesor convencional. El mayor error del sistema educativo es, en su opinión, la uniformidad: «El escolar se convierte en un minusválido funcional. Al agruparle por edades, y hacerle seguir un programa con independencia de sus intereses, capacidades, ritmos de trabajo o estados emocionales, niega a la persona en beneficio del ente escolar, y el resultado es que los lentos fracasan y los rápidos se aburren».
A consecuencia de esta estructura escolar, añade Castro, los niños se ven forzados a hacer cosas que no les interesan y acaban pareciéndose a los demás porque esa es la única manera de sentirse valioso y aceptado por el grupo. Una circunstancia que le lleva a sostener una afirmación aún más dura: «Estructuralmente, la escuela está trabajando por la xenofóbia, ya que esa uniformidad choca con la realidad actual», en la que se mezclan alumnos de distintas razas, religiones y capacidades.
En última instancia, esta forma de aprendizaje, según sostiene este profesor vasco, nos hace desgraciados e inseguros porque fomenta la comparación y la competición permanente: «Para que la persona se sienta fuerte necesita que otro sea débil», sostiene.
La mayoría de las familias a las que conoce han decidido no escolarizar a sus hijos porque creen que «la estructura escolar está diseñada para servir al estado, a la sociedad o a un determinado proyerto educativo, pero no a los intereses del niño». Sin embargo, advierte sobre algunos padres, sobre todo en países donde el homeschooling está muy extendido como Estados Unidos, que no les envían al colegio por proteccionismo: «Detrás de esta opción a veces se esconde el afán ideológico de algunas familias, cercanas a grupos evangelistas radicales, que tienen miedo a que sus hijos se contaminen», dice.
En Cantabria, sin embargo, las familias que integran este movimiento solo buscan que sus hijos crezcan de forma autónoma. De hecho, una nueva plataforma que se hace llamar ‘A Volar’ está en conversaciones con la Consejería de Educación para poner en marcha una escuela libre en Santander que respete la individualidad de los niños. Niños desenvueltos y seguros de sí mismos, no triunfadores ni competitivos.
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