En agosto, de vacaciones a Monte

 

En agosto, de vacaciones a Monte

Este verano nos vamos de vacaciones a la costa… ¡a la costa norte de Santander! O, mejor dicho, a la costa de San Román, Monte y Cueto. El texto que sigue es una reflexión sobre un curioso fenómeno que se ha estado produciendo a lo largo de este último año en esta zona periurbana caracterizada por sus prados separados por muretes de piedras: la aparición de caravanas, camiones, módulos y casas prefabricadas en multitud de fincas de la zona. Una silenciosa oleada de nuevos habitantes estacionales que llama la atención y que nos hace preguntarnos por el incierto futuro de un territorio que está en el punto de mira de los intereses urbanísticos y especuladores locales.

El fenómeno no es nuevo, ya que la zona en cuestión se ha caracterizado desde hace décadas por la problemática de las edificaciones ilegales y la instalación de diversas formas de vivienda móvil o sin cimentar en terrenos no urbanizables y/o cercanos a la costa. Con el tiempo algunas personas han conseguido regularizar su situación, mientras que otras no han tenido tanta suerte. Por ejemplo, en 2016, el barrio de Corbanera, en La Maruca, estuvo en el punto de mira del Ayuntamiento, quién ordenó el derribo de varias edificaciones ilegales. Y es que la zona goza de cada vez más atractivo como zona vacacional y turística, lo que repercute en su transformación. Recordemos, en esa línea, cómo hace unos años la movilización vecinal llevo a la paralización del proyecto de la senda costera, que preveía asfaltar, señalizar y delimitar los caminos de la costa, en vistas a volverlos más transitables. Una agresión al territorio que se identificó como la punta de lanza de una amenaza mayor en forma de ladrillo.

 

 

Sin embargo, pensamos que este nuevo crecimiento del neochabolismo vacacional ha sido motivado en gran parte por la pandemia del Covid-19 y las medidas restrictivas que la han acompañado. Por un lado, el confinamiento estricto de la primavera de 2019 llevó a mucha gente a confrontarse a la dura realidad de vivir encerrados en minúsculos y sofocantes pisos, y a valorar la importancia para la salud mental y física de pasar tiempo en espacios exteriores. Así es como los más privilegiados se apresuraron en comprar segundas residencias lejos de las ciudades. Otros, con menos poder adquisitivo, han tenido que

conformarse con ir al «prao» e instalarse una caravana, unos columpios y una piscina de plástico. Por otro lado, la pandemia ha conllevado un cambio, no sabemos si temporal, en los flujos turísticos propios del mundo globalizado de las últimas décadas. De momento la gente es más reticente a viajar fuera de su país, o no puede hacerlo por las limitaciones de entrada que hay a ciertos países o por los cierres perimetrales.

 

Este segundo factor explica también que se opte por la cercanía geográfica a la hora de pasar las vacaciones. Uno de los aspectos positivos de esta situación es que conlleva unas vacaciones más sostenibles. Dónde antes teníamos una familia que se cruzaba el Atlántico en avión para pasar dos semanas en un hotel, ahora tenemos una familia haciendo barbacoas al aire libre y plantando un huerto en su terrenito, a 1km de su residencia habitual. ¡El sueño ideal del ecologismo! Claro que no hay que engañarse, probablemente nadie lo haga por conciencia ecológica, o por lo menos no como motivación principal. De todos modos

cabe señalar que esto no deja de ser un movimiento minoritario, ya que, como es lógico, hay muchos habitantes de la ciudad que ni siquiera tienen la posibilidad de acceder a la propiedad de una finca rústica en la costa. Por lo tanto, a efectos de emisiones o contaminación, probablemente el impacto sea anecdótico.

 

Otra de las consecuencias de este neochabolismo es que, como apuntábamos anteriormente, supone una transformación del territorio. Los tradicionales cercados de muretes de piedra dan paso a feos enrejados metálicos; el paisaje se llena estructuras artificiales, depósitos de agua, sillas y mesas de plástico; se incrementa la presencia de coches… en definitiva, se profundiza en la urbanización de un territorio que todavía conserva algo de ruralidad. Esta espontaneidad y libertad de asentamiento al estilo «salvaje oeste» no deja de tener cierto atractivo para quien escribe estas líneas, que sueña con un mundo dónde se quiebre la autoridad estatal y dónde cualquiera pueda residir dónde le plazca, siempre y cuando no entre en conflicto con el resto de la comunidad. Y ahí es dónde creemos que reside la clave de esta problemática, no tanto si estos nuevos asentamientos son o no son ilegales como si entran en conflicto con los intereses colectivos. ¿Queremos que la costa norte se conserve como espacio rural, dónde primen las actividades tradicionales como la ganadería o la recogida de la caloca? ¿O preferimos, por el contrario, que se convierta en un gigantesco camping más o menos informal? ¿Es posible que, como hasta ahora, exista un frágil equilibrio entre lo uno y lo otro?

 

No tenemos una respuesta clara a estas preguntas que deberían ser objeto, creemos, de debate colectivo. Lo que sí nos preocupa es la otra alternativa que podría plantearse desde el poder. Recordemos lo que el anterior Plan General de Urbanismo de Santander (PGOU), que fue tumbado en los tribunales, preveía para esta zona: un cambio de suelo de rústico a urbano, para llenarlo de bloques de pisos, urbanizaciones,carreteras y viales. Un gran pelotazo que está paralizado temporalmente pero que, seguramente, sigue en el punto de mira de las constructoras que tienen muchos de los prados de la zona en propiedad. Para hacernos una idea de en lo que se convertiría la zona basta con darnos una vuelta por las actuales obras de la antigua cooperativa agrícola de Monte. Con ello nos damos cuenta de que el impacto negativo sobre el territorio de las viviendas informales no es para nada comparable con el impacto que tendría la construcción de urbanizaciones de chalets, con sus correspondientes campos de golf, pistas de tenis, supermercados, etc.

No podíamos concluir este artículo sin dejar una última reflexión. ¿Y si nos atreviésemos a llevar el debate sobre la costa norte más allá del uso residencial o de ocio? ¿No estamos desaprovechando unas tierras extremadamente fértiles que podrían destinarse a uso agrícola? Algo que deberíamos haber aprendido de la pandemia es la fragilidad de las redes comerciales, y que el colapso de centros productivos que se encuentran en la otra punta del mundo puede llevar rápidamente al desabastecimiento a las otras partes del mundo dependientes de las primeras. En ese sentido, parece urgente recuperar la producción local en áreas tan elementales como es la alimentación. Una vía hacia ello sería apoyar una producción agroecológica en unas tierras que se encuentran a un tiro de piedra de Santander, y que, bien aprovechadas, podrían cubrir parte de la demanda de alimentos de su población. Y lo bueno de esta alternativa es que sería fácil compatibilizar la presencia de huertos con pequeños espacios de ocio en forma de caravanas y jardines. Al fin y al cabo, quizás las personas que se están instalando actualmente y están plantando su pequeño huerto nos están indicando el camino a seguir.

Artículo publicado en el Boletín nº25 Briega en papel de Agosto 2021

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