En defensa de la República y de la propia vida

Centenares de cántabros participaron activamente en la lucha armada contra la dictadura, sufriendo una dura represión que casi siempre acabó con la muerte o la cárcel. Aunque las instituciones de nuestra tierra apenas han reconocido su compromiso y sacrificio, el interés social por conocer mejor esta lucha atestigua el reconocimiento popular a quienes dieron su vida en defensa de la República y la libertad.
El pasado cuatro de noviembre fallecía el histórico guerrillero Martín Santos Marcos, El Gitano, uno de los protagonistas más destacados de la resistencia armada a la dictadura en las tierras cántabras. Apenas dos semanas después se presentaba en el Casyc el documental La saga del Cariñoso (ver entrevista a su realizador en la sección culturas, páginas 14-15, de este ejemplar), que reconstruye la dura peripecia de la familia de otro de los más conocidos guerrilleros de la posguerra, José Lavín Cobo. Más recientemente, en noviembre de 2010 Antonio Brevers presentaba el libro La Brigada Machado. Manuel Díaz López, “Dóctor Cañete”, memorias inéditas de este guerrillero integrante de la mítica Brigada Machado –el mismo autor publicó en 2007 otro texto sobre la misma temática: Juanín y Bedoya, los últimos guerrilleros–. Por último, hace escasas semanas, el historiador Miguel Ángel Gómez Solla presentaba su libro La República sitiada. Trece meses de guerra civil en Cantabria (julio de 1936-agosto de 1937), en donde estudia en detalle la evolución política de la región durante la fase de la guerra en que se mantuvo bajo control de los republicanos.
Cuatro noticias unidas por el hilo conductor de la resistencia antifascista en Cantabria, desde el estallido de la guerra hasta la derrota y la lucha guerrillera, cuya memoria, pese a la muerte de tantos de sus protagonistas, se resiste a morir.
Y es que, pese al notable retraso con que en Cantabria se ha ido investigando y dando luz a las esperanzas, los conflictos y las duras realidades que se sucedieron a lo largo de la Segunda República Española, la Guerra Civil y la Dictadura, la cuestión de los guerrilleros ha levantado desde la transición un amplio interés social. Precisamente en 1977 se publicó la conocida obra de Isidro Cicero Los que se echaron al monte, que tuvo una extraordinaria acogida popular y el mérito de acercar a muchos cántabros la vida y la muerte de algunos de los más destacados guerrilleros: Machado, Gildo, Juanín y Bedoya. Al año siguiente volvería a la carga Cicero con El Cariñoso. Los emboscados del Miera, que también ha conocido varias ediciones, llegando a buen número de hogares. Sin embargo, después de la fiebre de saber de los primeros años de la transición, los guerrilleros, al igual que las fosas o la represión, volvieron al olvido, del que sólo salían ocasionalmente gracias el tesón de algún investigador entusiasta. Caso de Pedro Álvarez, que a finales de los ochenta publicó Juanín. El último emboscado de la postguerra española, confirmando la fuerte atracción ejercida por la historia del guerrillero más conocido y mitificado. Ya en los años noventa comenzaron sus pesquisas investigadores pertinaces como Jesús Gutiérrez Flores y Valentín Andrés, que después de muchos años de trabajo nos han permitido conocer mucho mejor la historia de la represión franquista y de la guerrilla, sin olvidar los valiosos testimonios aportados por antiguos guerrilleros como Felipe Matarranz (Lobo) o Jesús de Cos.
La llegada de nuevas generaciones con ganas de conocer el pasado oculto del país, el desarrollo del movimiento por la memoria histórica, las novelas y películas sobre la guerra y la posguerra… son resultantes y factores de un renovado interés por el tema. Esta demanda social y la existencia de importantes vacíos en la historia regional llevaron en 2008 a la Universidad de Cantabria a publicar el libro de Valentín Andrés Gómez Del mito a la historia. Guerrilleros, maquis y huidos en los montes de Cantabria, que ya va por su segunda edición. A día de hoy, con diferencia el mejor estudio sobre la guerrilla antifranquista en nuestras tierras, fruto de la paciente y esforzada dedicación del autor durante más de una década. Una obra que, sin pretender hacer de menos a las obras pioneras de corte periodístico y novelado, nos ofrece un estudio riguroso y ampliamente documentado. Entre otras fuentes, con nada menos que un total de 67 testimonios de toda Cantabria, recogidos entre antiguos guerrilleros, familiares y otras personas que han podido informar sobre la guerrilla, un esfuerzo meritorio dada la dificultad por localizar a los informantes, cuyo testimonio se podría haber perdido en pocos años debido su avanzada edad media. Sin dejar por ello de recurrir a los archivos, con información muy valiosa procedente del Archivo General de la Administración y el Archivo Histórico del PCE.
La historia de los huidos, de los guerrilleros, en suma de los echados al monte bien para evitar la represión, bien para continuar la lucha contra el fascismo, o por ambas cosas, es la historia de un puñado de hombres conocidos, en algunos casos de resonancias casi míticas, y de centenares de hombres y mujeres anónimos. Si hacemos un rápido repaso por las partidas más importantes, tal vez sorprenda comenzar por la Guerrilla Azaña, dirigida por Juan Gil –el hijo del practicante de Carabeos–, que actuó en Campóo y el norte de Burgos hasta la muerte de su jefe y varios guerrilleros en una emboscada en Ahedo de las Pueblas (Burgos), en el verano de 1941. Pero sin duda el guerrillero más conocido de aquellos años fue José Lavín Cobo (El Cariñoso), jefe de una partida que tenía su centro de actuación en el valle del Miera y mantuvo en jaque a las fuerzas represivas durante los años 1940-41, hasta su muerte en un enfrentamiento armado con la Guardia Civil en la céntrica calle santanderina de Santa Lucía, a la que siguieron las muertes de otros miembros de la guerrilla. La dura represión desplegada por la Guardia Civil, con el apoyo del ejército y de falangistas de los pueblos, no impidió sin embargo que en los años siguientes continuaran activos un núcleo guerrillero en las comarcas del Pas y el Miera (Ferroviario, Tampa, Rada y otros antiguos colaboradores de El Cariñoso, que actuaban ligados a la dirección santanderina del PCE) y otro en torno a Liébana y los valles vecinos, liderado por Ceferino Roiz (Machado) y que llegó a contar con cuarenta hombres.
A mediados de los años cuarenta, coincidiendo con el declive y posterior derrota del Eje, con la esperanza en un pronto final de la dictadura y con el esfuerzo desplegado por el PCE para relanzar la lucha armada, se produjo un aumento de la actividad de las guerrillas, que tuvo efectos también en el caso de Cantabria. En Liébana y sus alrededores se organizó la Brigada Guerrillera de los Picos de Europa, dirigida por Juan Fernández de Ayala, Juanín, tras la muerte de Machado en 1945. En la zona centro-oriental se reorganizaron en la Agrupación Guerrillera de Santander, vinculada al PCE, al igual que la Brigada Cristino García, que actuaba en Campoo y el valle del Besaya bajo la dirección de Martín Santos Marcos El Gitano. Unos y otros desarrollaron en los años siguientes una gran actividad, confiados en poder contribuir a una pronta caída de la dictadura, con acciones como la liberación de presos, el reparto de propaganda y sonados sabotajes, incluida la voladura de la Comisaría y de la Delegación de Abastos de Torrelavega o el atraco del polvorín de Dolomitas.
Sin embargo, los aliados dieron la espalda poco a poco a la causa de los antifascistas españoles y la dictadura no sólo no cayó, sino que intensificó la represión y el hostigamiento sobre los guerrilleros, sus familias y todos aquellos campesinos sospechosos de poder ayudarlos. Como resultado de ello la guerrilla fue languideciendo lentamente durante la segunda mitad de los cuarenta, cayendo muchos de sus miembros abatidos por las balas de la Guardia Civil. Los últimos guerrilleros fueron los conocidos Juanín y Bedoya que consiguieron sobrevivir hasta 1957 en los valles lebaniegos: Juanín fue muerto en la zona de Vega de Liébana el 24 de abril y Bedoya el 2 de diciembre cerca de Castro-Urdiales, cuando trataba de huir a Francia. Hasta aquí la narración más habitual, pero ¿y qué decir de los protagonistas menos conocidos, más o menos anónimos? Por lo pronto, que son parte fundamental de la historia y con frecuencia lo pagaron con tanta o mayor dureza que los guerrilleros. Valles enteros sufrieron un ambiente de opresión y vigilancia durante años, que en el valle del Miera se llevó al extremo de obligar a sus pobladores a abandonar las cabañas y bajar a los pueblos, para evitar que los guerrilleros pudieran contar con apoyos y provisiones, lo que privó a muchos ganaderos de sus medios de vida, obligándolos a vender a precios irrisorios sus escasas vacas y condenando a muchos al hambre, la enfermedad –tifus– y la miseria.
Pero sin duda fueron las familias de los guerrilleros, en especial las mujeres, madres e hijas, quienes llevaron la peor parte, con vejaciones, malos tratos, violaciones y torturas que en ocasiones acabaron con la muerte. Enlaces, conocidos y en general todos los sospechosos de haber ayudado a los del monte sufrieron también todo tipo de amenazas, chantajes y violencias. Un buen ejemplo de las prácticas de la época fue la masacre de Tama, cuando se produjo un enfrentamiento entre varios guardias civiles y tres guerrilleros escondidos en la casa de Dominador Gómez, muriendo un sargento y los guerrilleros Hermenegildo Campo (Gildo), y José Sánchez (Pin). En represalia por la muerte de su jefe los guardias asesinaron al dueño de la casa, a su mujer Carmen de Miguel y a su hija Carmencita, una niña de 16 años, incendiando luego su hogar.
LAS MUJERES DE LA LUCHA ANTIFRANQUISTA. Las mujeres, madres e hijas, fueron quienes llevaron la peor parte, con vejaciones, malos tratos, violaciones y torturas que en ocasiones acabaron con la muerte.
Extraido de Diagonal Cantabria nº23
 

Contenido reciente

Contenido relacionado