Todo comienza con una sencilla pregunta: ¿por qué? ¿Por qué sentimos que estamos perdiendo esta batalla? ¿Por qué a nadie le importa? ¿Por qué me cuesta cada vez más relacionarme? ¿Por qué me da igual irme de este lugar que quedarme? ¿Por qué quiero irme? ¿Por qué parece que a nadie le importa que todo esto desaparezca?
Miraba a los molinos que coronaban ya las cumbres y se dejaban ver por encima de Silió. Arriba, esos gigantes blancos; abajo, la Vijanera, la “máxima” expresión de folclore, arraigo e identidad. Primer domingo del año, al sonar de los campanos de los Zamarrones, el pueblo a rebosar: celebración, festejo, orujo y coplas que señalaban la vanguardia de lo «reprochable y criticable» que acontecía. La gente las aplaudía. Se cantó sobre su identidad, sobre el valor de resistir los abusos que caen sobre su mundo; se señaló a los molinos, se cantó sobre la injusticia y la gente aplaudió y aplaudió…
Las raíces —como vínculo vivo con el territorio—, el arraigo, la identidad y el territorio… si esto no está unido por una fuerte emoción, por un claro sentimiento, que venga quien sea y lo diga. Si perdemos todo eso no hay tierra que defender ni nadie que defienda la que hay. Nuestra desconexión del territorio, que empezó ya a fraguarse hace siglos, es la muerte de este y de nosotras mismas: de nuestra libertad, de nuestra supervivencia, de la capacidad de resistir contra un sistema que no tiene límites.
¿Qué entendemos por arraigo o qué queremos entender por arraigo en estas líneas? Resulta un término polémico, sujeto a múltiples interpretaciones de otras tantas facciones políticas que pueden hacernos patinar sobre la línea que hay entre lo reaccionario y lo emancipatorio (Badal, 2024). Por ello, hablaré de este término en el sentido de considerar al ser humano como parte del mundo en el que vive, como un actor más, a fin de querer confrontarlo con su antítesis: el desarraigo. En este sentido, reclamar el término como emancipatorio.
¿Qué somos o qué nos queda si perdemos lo que sea que une nuestro cuerpo a lo que está bajo nuestros pies?
El territorio actualmente se ve empapado de concepciones paisajísticas casi museísticas. La naturaleza termina siendo cualquier trozo de tierra que se nos hace virgen a la vista; los espacios libres de ruido son una opción de consumo más, buscando silencio y color para darnos “baños” lejos del mundo urbano, que a cambio de las “facilidades” ha hipotecado lo que hay fuera de él. La arquitectura urbana, cada vez más funcional y homogénea, ha ido acompañando la gestación de un número creciente de no lugares:
«Zonas efímeras, ahistóricas, anónimas e insignificantes que no dejan huella en nuestra memoria».
El urbanismo de las ciudades, siempre sujeto a los PGOU, la arquitectura y los intereses dominantes han ido comiéndose poco a poco la espontaneidad de las relaciones humanas, del tejido de barrio, de la identidad —entendida como algo construido en la relación con el entorno y con quienes lo habitan— que define a quienes viven en él (independientemente de dónde vengan) y de las raíces (que pueden surgir en cualquier momento), y que constituyen la historia viva que nos conectaba las unas con las otras.
Pareciera que la propia arquitectura de estos lugares «evitara la catástrofe de tener que pasar tiempo juntas, para evitar crear lugares de identidad, significación y sentido fuertes». Zygmunt Bauman ya escribió sobre este fenómeno.
Políticas del miedo, nuevas necesidades consumidoras vinculadas a nuevos consumos, cadenas comerciales devorando el comercio local, la especulación de la vivienda, la imposibilidad de habitar y las nuevas urbanizaciones cerradas sobre sí mismas, aisladas, muertas… (la lista sigue y sigue). Como toda enfermedad, esto se contagia al mundo rural. Habitantes enfermas de las ciudades buscamos refugio en los pueblos de alrededor; los pueblos de alrededor reclaman las “facilidades” del mundo urbano; la gente contaminada de una lógica urbana y capitalista planteamos un escenario donde las constructoras, las inmobiliarias, las empresas energéticas y los políticos se frotan las manos… el tiempo y el hormigón hacen el resto.
Roto el tejido social, rotas las redes, rotos los espacios comunes y la memoria que vertebra nuestro paso por el mundo… ¿qué es lo siguiente? O, mejor dicho, ¿qué más ha estado ocurriendo al mismo tiempo?
El éxito de los atentados que caen sobre nuestro territorio no solo depende de las políticas llevadas a cabo por los partidos políticos en coalición con grandes empresas (Iberdrola, por ejemplo).
Triunfan cada vez más porque hay un entramado social que lo permite, no por su falta de acción —que también—, sino por su absoluta indiferencia, cuando no por su aceptación consciente.
Pero esto no es un hecho espontáneo ni casual: es intencionado y premeditado. Si analizamos la situación de los parques eólicos, por poner un ejemplo, vemos que las empresas aprovechan la crisis climática y el declive de los combustibles fósiles como una nueva oportunidad de negocio. Ante la presión social que exige medidas a los Estados frente al futuro desolador que se dibuja, se les abre un mercado de par en par. No es mi intención entretenerme mucho aquí, pero sí analizar algunas de las causas que han llevado a la conformidad social que ve justificable y necesario el destrozo medioambiental para construir, por ejemplo, esos macroproyectos eólicos sobre el territorio, sin ser capaces de imaginar otros mundos posibles. ¿Cómo van a imaginarlo?
Estas causas están, sí o sí, relacionadas con el desarraigo (entre otras). Está relacionado porque, mientras pequeños grupos locales tratan de enfrentarse a esos gigantes, la impasividad social es abrumadora, tanto que habrá personas que se sorprenderán el día que pasen por El Escudo y vean qué hay ahí. Es abrumador cuando las motivaciones que llevan a defender otros territorios de la región son meramente paisajísticas y turísticas (estrechamente ligadas), y mucho más abrumadoras resultan las declaraciones, el apoyo de los medios de comunicación y los contenidos educativos respecto a este tema en las aulas… En resumen: todo lo que construye el capitalismo verde.
¿Es el desarraigo la única explicación para que estén triunfando estos proyectos? No, pero es uno de sus síntomas.
La industrialización, el éxodo rural, la tecnologización, el urbanismo exacerbado, la turistificación, la especulación… todo ello ha ido envenenando nuestras raíces y nos ha alejado de la tierra en la que vivíamos, convirtiéndola en un cuadro (en el sentido literal y figurado). La proliferación de no lugares y la pérdida de identidad que configuran la actual posmodernidad de una sociedad líquida, errante y sin destino generan una identidad líquida, convirtiéndonos en turistas perpetuos en nuestra propia tierra (Bauman). Un turista es un actor de consumo que pasa temporalmente por un lugar para admirar la belleza o aquello que ofrece; es un espectador, y los espectadores no actúan. Del mismo modo, los nuevos espacios que se erigen ante nosotros lo hacen sin identidad y desconectados de sus raíces históricas, y así:
«Un espacio sin arraigo produce sujetos desarraigados»
(Rem Koolhaas).
Cuando los lugares que habitamos no cuentan historias ni sostienen memorias, nuestra propia identidad se erosiona.
Cuando perdemos la memoria de los espacios que nos rodean, el lugar también queda desarraigado, y eso ocurre también en el paisaje. Nos hemos alejado tanto del escenario que nos hemos convertido en espectadores, y el vínculo que nos queda se convierte en algo meramente visual (Badal, 2024). El territorio se convierte en una imagen estética, en un fondo, y pierde su valor (y nosotras con él). Y, sin embargo, el argumento de defender ese paisaje es el que más adeptos gana, pero también el más ingrávido.
La sensación de haber perdido la guerra es abrumadora cuando este es el escenario que se plantea; sin embargo, no todo está perdido. Sería inmovilizador y sentenciador no ver que las resistencias siguen, que existen espacios y grupos que no se rinden y que siempre tenemos la capacidad de recuperar y de reconstruir lo que un día nos perteneció como sociedad, pero también de construir y pensar otras formas de habitar(nos). Tejer redes, hablar con nuestras vecinas, recuperar y/o crear espacios comunes. Ser parte de y no espectadora de. Ocupar espacios, reclamar lugares, romper las barreras sociales que nos han ido introduciendo basadas en el miedo y la desconfianza. Proyectos asociativos, cooperativas, huertas, parques, plazas…
Podríamos hacer un listado de las luchas sociales por la defensa del territorio que existen o han existido, pero lo esencial es nuestra propia capacidad y voluntad a la hora de actuar en nuestro día a día. Los relatos son inspiradores, pero debemos reclamar nuestro papel como sujetos activos capaces de tomar decisiones sobre nuestro territorio, porque somos parte de él y eso también puede ser revolucionario. La experiencia nos demuestra —como lo han hecho décadas de luchas en Cantabria frente a centrales nucleares, infraestructuras, macroproyectos energéticos o industriales—[1] que, cuando sentimos que están destruyendo lo que sentimos como parte de nosotras, la respuesta es abrumadora y no tiene por qué reducirse a solo a aquello que alcanza nuestra mirada a ver. No permitamos reducir la defensa del territorio a la defensa del paisaje, ni mucho menos a la defensa de «mi paisaje» (o mi fondo de decorado). Debemos ir más allá, sin fronteras, sin límites, ni aquí ni en ningún lao. Porque defender el territorio no es defender un paisaje, sino reconstruir el vínculo que nos une a la tierra y entre nosotras.

[1] En Cantabria, la defensa del territorio ha sido una constante histórica. En los 70’s la lucha contra la Central Nuclear de Santillán, en los 80’s contra el Parque Natural de Oyambre, en los 90’s contra la Autovía Eléctrica del Cantábrico, la Vuelta Ostrera, en los 2000 contra la Térmica de Solvay, contra la Estación de Esquí de San Glorio, contra la Planta de Bioetanol de Sniace en Dualez, contra el TAV, en los 2010 y en adelante: contra la incineradora de residuos tóxicos de Mataporquera, contra el Fracking, contra el Polígono Industrial de Las Excavadas. Actualmente contra los Polígonos Eólicos, el TAV… Y muchas otras luchas no incluidas en esta nota.



