La justicia restaurativa afrofeminista es una práctica anticolonial

La primera vez que un hombre me dijo que me fuera a mi país tenía ocho años. Nadie intervino. Nadie lo detuvo. Era principios de los 2000 y aún no sabía que ese momento se iba a quedar pegado en mi memoria como saliva seca. Como una advertencia: este país puede escupirte en cualquier momento, y nadie va a mirar.

Ahora tengo 29 años y ese hombre, probablemente, no se acordará. No recordará mi cara. Pero yo no he olvidado que se me rompió algo, ni que desde entonces aprendí a vivir sabiendo que mi dignidad no estaba garantizada. El daño del racismo antinegro no deja huella en quienes lo provocan, pero marca la piel y la memoria de quienes lo resistimos. Y ese no fue el único episodio.

En la adolescencia enfrenté bullying racista en el instituto. Y siendo adulta formas más sutiles y más íntimas: vínculos donde el racismo y la misogynoir no se nombran pero se sienten, comentarios sobre el cuerpo, silencios que incomodan, fragilidad blanca que se ofende cuando nombras el daño. Espacios donde decir la verdad cuesta relaciones, trabajos, pertenencia.

Con todo esto conocí el concepto de justicia restaurativa, no como una teoría, sino como una necesidad vital. Escribir desde ahí, desde el cuerpo, desde la herida, es una forma de decir “yo también tengo derecho a sanar”. No todo puede restaurarse, pero al menos debería poder nombrarse. Porque el silencio no es neutral. Y la no reparación también es una forma de violencia.

¿Cómo hablar de justicia cuando no hay verdad reconocida? ¿Cómo restaurar una herida que nunca fue vista ni nombrada? ¿Qué pasa con las niñas negras que fuimos cuando los agresores ni siquiera reconocen el daño que dejaron? ¿Qué pasa cuando las personas blancas se resisten a ver su lugar en un sistema que sostiene la necropolítica, que administra nuestras vidas como desechables? ¿Qué pasa cuando se nos sigue negando la complejidad de ser vecinas, estudiantes, madres, trabajadoras, personas con agencia y se nos reduce a un monolito racial? Nombrar el daño también es eso: reconocernos como no humanas en un mundo que insiste en vernos como otras, sostener nuestra alteridad como imprescindible para seguir vivas.

Porque no es solo lo que me pasó a mí, es lo que nos sigue pasando. Es lo que le pasó a Mahamedi, asesinado en la comisaría de policía en Montornès. Es lo que le pasó a Mamouth Bakhoum, el mantero senegalés que murió al huir de la policía y lanzarse al río en Sevilla. Es lo que le pasó a Abdoulie Bah, disparado por la policía en Canarias. Y a quienes fueron masacrados en la frontera sur en el Tarajal y Melilla. Es lo que nos pasa cada vez que el Estado criminaliza los cuerpos negros. Cada vez que se justifica el perfilamiento étnico-racial. Cada vez que se mata y se archiva.

¿Qué pasaría si el dolor de una niña negra agredida en la calle no se leyera como anecdótico, sino como un síntoma estructural de un país que nos quiere desechables? ¿Qué pasaría si las muertes de hombres negros no se asumieran como errores, sino como el resultado de una necropolítica que administra nuestras vidas como prescindibles? ¿Qué pasaría si en lugar de reducirnos a víctimas o cifras se reconociera nuestra humanidad entera: ser vecinas, estudiantes, trabajadoras, madres, personas con deseo, con proyectos, con agencia? ¿Qué pasaría si en vez de pedirnos pedagogía, las personas blancas se sentaran a escuchar y a reconocer el daño sin cuestionar nuestra complejidad ni nuestra capacidad de narrarnos?

Yo quiero hablar de esperanza, de la posibilidad de abrir procesos de restauración. Y, para eso, lo primero es reconocer el daño y sus consecuencias. Ese reconocimiento no puede ser parcial ni superficial: tiene que ser estructural, sistémico e histórico. Tiene que nombrar el racismo antinegro, la misogynoir, la islamofobia, las políticas migratorias, el control policial, el silencio mediático, la indiferencia institucional. Y, sin embargo, me pregunto: ¿queremos realmente ser reparadas por el Estado? Porque para sanar hacen falta condiciones reales: derecho a la regularización, acceso garantizado a la salud mental, posibilidad de pagar el alquiler sin vivir ahogadas, empleos dignos donde no se reproduzca la misogynoir, redes comunitarias afro donde mirarnos sin miedo. No hay restauración sin dignidad, y no hay dignidad sin derechos.

¿Qué significa hablar de justicia restaurativa en clave afrofeminista?

No se puede hablar de justicia restaurativa sin antes nombrar el daño. Y el daño, aquí, no es solo lo que me pasó a mí. No es solo el escupitajo que recibimos mi hermana y yo a la salida de una mezquita cuando éramos niñas. Es el daño colectivo y sistémico. Fueron las vidas que se masacraron en el Tarajal y en Melilla. Fueron los cuerpos encerrados en los CIEs, los abusos policiales, los golpes que no llegan a los telediarios. Los pactos migratorios. Fueron las muertes impunes. Fueron Mahamedi, Abdoulie Bah, Mamouth Bakhoum, y tantas otras personas negras asesinadas o empujadas a la muerte por un sistema que no ve nuestros cuerpos como vidas que importan.

Hablar de justicia restaurativa no puede ser un ejercicio teórico ni amable. Tiene que ser una respuesta política al silencio, a la negación, a la no reparación. La justicia restaurativa es una forma de abordar el daño que prioriza la reparación por encima del castigo. No se pregunta qué norma o ley se ha incumplido, sino qué ha pasado, a quién se ha dañado, y cómo se puede reparar. Pone en el centro a las personas afectadas, reconociéndolas como sujetas autónomas, con saberes, con derecho a decidir si quieren o no iniciar un proceso. Implica a la comunidad. Rechaza la neutralidad. Busca transformar los vínculos. Y se basa en la escucha activa, la participación, la verdad, el cuidado y la no repetición.

Esto, dicho así, puede sonar abstracto. Pero cuando lo bajo a tierra, aquí, en el Estado español, no me parece nada abstracto. Aquí es donde las muertes se archivan. Aquí donde el perfilamiento racial no es una excepción, sino rutina policial. Aquí es donde hablar del racismo antinegro sigue pareciendo incómodo, exagerado, inoportuno. Aquí es donde el dolor de una niña negra escupida se considera anecdótico y las muertes en frontera se justifican como errores trágicos.

¿Cómo podemos hablar de restauración cuando ni siquiera hay reconocimiento del daño? ¿Cómo se acompaña a una persona negra cuando el Estado niega que violenta? ¿Cómo sostenemos procesos justos si quienes tienen poder se resisten a mirarse? ¿Cómo se construye una justicia distinta si nos falta tiempo, recursos y redes porque estamos precarizadas?

Fania Davis, abogada, activista afrofeminista y una de las principales referentes en justicia restaurativa, lleva décadas sosteniendo esta práctica desde una raíz política, espiritual y comunitaria. En 2005 fundó Restorative Justice for Oakland Youth, una organización que trabaja en escuelas y barrios para frenar la criminalización de la juventud negra y construir alternativas de justicia que no dependan del castigo ni de las instituciones punitivas.

Davis dice que “hacer justicia no es castigar, sino sanar, restaurar y transformar”. Y también advierte de que la justicia restaurativa no puede quedarse en una herramienta para resolver conflictos individuales. Si no enfrenta las estructuras que producen el daño (el racismo, el patriarcado, el capitalismo), entonces no es justicia, es otra forma de sostener el sistema.

Yo me lo pregunto desde aquí, desde el cuerpo de una mujer negra, afrodescendiente, hija de migrantes soninké y diakhanké que vive en el Estado español. Porque aquí, hablar de justicia restaurativa en clave afrofeminista es un acto de resistencia. No queremos pedagogía impuesta, queremos verdad. No queremos una reconciliación forzada.

No todo puede ni debe restaurarse. Forzar a participar, silenciar el dolor, cerrar en falso, revictimizar, instrumentalizar… eso no es justicia. Eso es violencia maquillada.

Por eso, cuando yo hablo de justicia restaurativa, no hablo de suavidad. Hablo de una práctica anticolonial. De una ética que mira el daño sin disfrazarlo. Hablo de crear procesos que devuelvan poder y dignidad. Que no repitan la herida. Que escuchen de verdad. Hablo de una justicia que no se mide en sentencias, sino en romper y transformar lo que conocemos.

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