Una lectura de El Amanecer de Todo, (parte 1)

Hace pocos meses, a iniciativa de algunas personas que forman parte de la librería la Vorágine de Santander y el Ateneo Popular de Camargo, se organizó un club de lectura en torno al libro El Amanecer de Todo, de D. Wengrow y D. Graeber. Paso a relatar a continuación algunas de mis impresiones sobre esta estimulante actividad y respecto a una obra que, en mi opinión, no dejó indiferente a ninguna de las personas que participamos en su lectura y en las discusiones y debates que se generaron en torno a ella.

Quería comentar en primer lugar la experiencia del club de lectura en sí misma. Estuvo dividida en varias sesiones que facilitaron la lectura paulatina de un libro que cuenta con varios centenares de páginas y cuyo estilo y lenguaje están a medio camino entre lo divulgativo y lo científico, pero son ciertamente difíciles de digerir. Para entendernos, ¡no es el típico libro que te llevarías a la playa! Un formato organizativo que fue un acierto ya que propició la comprensión y discusión sosegada y sin prisas de las distintas ideas que contiene la obra. Respecto a la asistencia, fue desigual a lo largo de las sesiones y significativamente menor en las últimas respecto de la primera. Pero, por trazar una media, diremos que unas diez personas acudieron de manera regular a las distintas sesiones. Creo que, en general, todas salimos satisfechas de la experiencia y con ganas de repetir en el futuro. Por poner alguna pega, me molestó el acaparamiento de la palabra en algunos momentos por parte de algunas personas y la falta de herramientas colectivas para evitarlo. A pesar de ello, creo, esta actividad me parece sumamente valiosa de reproducir ya que constituye un buen ejemplo de educación o formación popular y horizontal.

Entremos ahora en materia. Por resumir mucho, el Amanecer de Todo es el resultado de las investigaciones del recientemente fallecido antropólogo D. Graeber y del arqueólogo D. Wengrow, cuyo objetivo es hacer una revisión general de la prehistoria a partir de las distintas pruebas que ha aportado la ciencia en las últimas décadas en los campos que constituyen su especialidad. El libro consiste así en una llamada de atención tanto a la academia, que ha tendido a sumergirse cada vez más en la hiperespecialización en detrimento de los relatos «globales» que platean preguntas más generales; como al «gran público» todavía anclado en los relatos cuasi mitológicos del pasado sustentados en la caduca visión evolucionista de la historia y del progreso. Una propuesta que no deja de ser arriesgada, ya que el libro abarca mucho saltando constantemente de una época a otra y de una punta del mundo al otro, deteniéndose en sociedades y culturas muy distintas y alejadas entre sí. Y, sin embargo, los autores nos van guiando hábilmente en este viaje espacio-temporal bajo un hilo conductor común, que formulan a través de la pregunta ¿en qué momento nos quedamos estancados? Veamos a continuación el significado de esta enigmática pregunta.

Wengrow y Graeber destacan que dos visiones de la ilustración han dominado la forma de comprender el pasado, una sustentada más bien en la filosofía de Hobbes, resumida en la máxima de «el hombre es un lobo para el hombre», lo que vuelve necesaria y legitima la existencia de la autoridad. Y, por otro lado, la visión basada en el pensamiento de Rousseau, según la cual el estado natural del hombre es la libertad, lo que se conoce como el mito del «buen salvaje». Ambas confluyeron en los siglos XIX y XX entremezclándose con las teorías de la evolución social, según las cuales las sociedades humanas están divididas en estadios que van desde la primitiva tribu hasta las desarrolladas sociedades estatales, y que van ganando en complejidad gracias a ese motor imparable de la historia llamado progreso. Hoy en día, aunque esa visión que, en parte caricaturizamos aquí, se ha matizado mucho y ha sufrido muchos reveses y críticas, sigue teniendo en el fondo cierto peso. Incluso la historiografía más radical no consigue escapar de ella, sobre todo cuando se interroga sobre cuestiones como «el origen de la desigualdad» o «el origen del estado».

Es indudable que los autores de El Amanecer de Todo, con una clara intencionalidad y un tono provocativo ponen el dedo en la llaga metiéndose con esa tradición a radical a la que ellos mismos pertenecen. Consideran que no tiene mucho sentido querer buscar el origen de todos los males de la humanidad –haciendo un símil con la historia bíblica de Adán y Eva– sobre todo porque las concepciones de, por ejemplo, la desigualdad o del estado varían de una sociedad a otra, lo que hace que sea difícil establecer comparaciones. ¿O acaso podemos meter bajo el mismo concepto paraguas de «estado» el Egipto de los (y las) faraones y la Alemania bismarkiana? A lo largo de los distintos capítulos, de hecho, los autores van desmontando los mitos que tenemos del pasado a través de ejemplos concretos de sociedades. Y nos presentan así indicios de culturas del paleolítico con desigualdad, estudios antropológicos que hablan de sociedades de cazadores recolectores con jornadas de «trabajo» maratonianas o con fuertes jerarquías (aunque temporales), ejemplos de ciudades sin gobernantes y de sociedades igualitarias que construyen edificios monumentales, evidencias de sociedades agrarias no patriarcales… uno de los argumentos principales del libro es que las sociedades humanas comenzaron a hacer «cosas de humanos» desde sus orígenes y, que todas ellas están dotadas de conciencia política y capacidad de imaginar (y experimentar) otros mundos. Por ello, hay que huir de las visiones monolíticas mediante las cuales tendemos a categorizar las sociedades del pasado y que llevan a afirmaciones como: «las sociedades de cazadores recolectores eran comunistas (primitivas)» o «la agricultura favoreció el surgimiento de las élites».

Pero a pesar de su crítica, los autores se cuidan mucho de no hacernos caer en el pesimismo antropológico, en caer en la visión «hobbesiana» (o neoliberal) de la historia que nos lleve a pensar que no hay alternativas. Que lo «natural» es la desigualdad, la jerarquía, la falta de libertad. Esto nos lleva a señalar que el concepto de libertad es uno de los ejes sobre el que gira toda la obra. Pero no como ideal abstracto o formal, de acuerdo a la concepción del liberalismo, sino de una libertad que se puede poner en práctica. Distinguen así tres formas básicas de libertad social: la libertad de trasladarse físicamente, de mudarse de entorno; la libertad de ignorar o desobedecer órdenes dadas por otros; y, por último, la libertad de crear realidades sociales totalmente nuevas, o de alternar entre realidades sociales diferentes. Estas se dieron en distintas épocas de la historia y en distintas sociedades humanas, aunque los autores las evidencian especialmente en las sociedades nativas norteamericanas. Unas libertades que, por cierto, pueden coexistir con la existencia de élites u otros sistemas de autoridad. Vemos aquí entonces el particular enfoque de la obra y lo que hace que sea verdaderamente original: no se preocupa tanto por evidenciar la existencia o no de jerarquías o desigualdades, sino buscar trazas de esas libertades y, sobre todo, por el momento y el por qué empezaron a retroceder hasta el punto de encontrarnos en la situación en la que estamos hoy en día, hasta encontrarnos estancados.

Lo frustrante del libro es que nos lanza esta pregunta, pero no nos da una respuesta clara, lo deja como «final abierto». Aunque nos da algunos indicios. Paradójicamente, al tratar de esbozar dicha respuesta, Wengrow y Graeber caen en la contradicción de querer «buscar los orígenes» del fin de la libertad. En ese sentido, apuntan que una forma de acercarse a ello es poner el foco en lo simbólico, en lo ritual. Lo que empezó como un juego, como una forma de experimentar nuevas realidades políticas en situaciones excepcionales, se fue trasladando paulatinamente a la esfera de la cotidianidad y de la realidad material. La guerra, por ejemplo, en sus orígenes podría haber sido una especie de juego, una teatralización más simbólica que letal, para luego convertirse en lo que es, la base de sistemas de dominación a gran escala. Y estrechamente ligado a la guerra está el patriarcado, cuyo origen podríamos identificar en el ámbito de lo doméstico. Según la concepción del Derecho romano, el padre de familia es propietario de la casa y de todas las personas que habitan en ella, ya sean mujeres, hijas o esclavos. Lo que se produce muchas veces en el ámbito doméstico (en Roma, pero también en otras sociedades), es una confusión entre la violencia y los cuidados. El padre de familia tiene, en la teoría y en la práctica, la autoridad absoluta sobre unas personas que adquiere y posee a través de la violencia (la guerra en el caso de los esclavos), pero a la vez la obligación moral de cuidar de sus parientes. La extensión de estos lazos de violencia-cuidados a la esfera de lo público es evidente. La dominación (patriarcal) sería así el resultado del paso de unas jaulas más pequeñas a otras más grandes y la clave del asunto. «Si hay una historia particular que deberíamos estar contando, una gran pregunta que deberíamos estar haciendo de la historia humana (en lugar de los “orígenes de la desigualdad”) es precisamente esta: ¿cómo nos quedamos atascados en una forma de realidad social y cómo acabaron relaciones basadas, en última instancia, en la violencia y la dominación normalizadas en esa realidad social» (p.729).

En la segunda parte de este texto, iremos en busca del desatascador.

* Artículo publicado en el Boletín Briega nº 46 Agosto 2023

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