La lucha contra la nocividad

Postfacio a la edición española de HISTORIA DE DIEZ AÑOS
La “Historia de Diez Años”, publicada en el número 2 de la revista Encyclopédie des Nuisances (“Enciclopedia de la Nocividad”) en febrero de 1985, redactada por el grupo del mismo nombre, quiso ser el balance de la “primera época de la revolución proletaria moderna” comenzada en 1968. El título proviene de un libro de Louis Blanc, todo un clásico de la política, donde se explicaba con ingenio y perspicacia el periodo transcurrido entre 1830 y 1840. Para la EdN el proletariado había logrado poner en crisis al sistema de dominación en varios países, pero se había detenido ante la magnitud de la tarea histórica que las consecuencias de su acción planteaban, de forma que dicho sistema se modernizaba y pasaba a la carga, descomponiendo los medios obreros e imposibilitando el contraataque. La EdN trataba de analizar a fondo esa derrota que tras de sí no dejaba ni líneas de demarcación con el enemigo capitalista, ni “conclusiones generales irreversibles”. A medida que la dominación espectacular ocupaba el terreno social se degradaban “las condiciones subjetivas de la revolución” y la alienación hacía estragos. Con el territorio del combate se perdía la memoria, y con la memoria, la misma idea de un proyecto de organización social autónomo. Esa crítica sin concesiones permitió una lucidez con la que se pudo no sólo diagnosticar el “mal” de la época, sino buscar un antídoto. La EdN tomaba sus distancias con los grupúsculos izquierdistas y pro situs que, identificados con un proletariado abstracto y confiando en la próxima aparición de unas “condiciones objetivas” revolucionarias, creían ahorrarse el trabajo de conocerlo y de apoyarlo, manteniéndose en compás de espera. Pero también las tomaba, en ese punto al menos, con la I.S., que había justificado su disolución de manera triunfalista: la I.S. no era necesaria porque los situacionistas estaban en todas partes. La EdN partía del extremo opuesto: como demostraba el reflujo post Mayo 68, el proletariado situacionista capaz de volver superflua la reflexión teórica no existía. Es más, puesto que la fusión de conciencia histórica y revuelta contra la sociedad del espectáculo ya no podía aguardarse como resultado inevitable de las condiciones dominantes, había que incidir en la citada reflexión y trabajar en pro de “un punto de vista crítico unificado” que abriese perspectivas de superación.  Para ello la EdN actuaría del siguiente modo: en lugar de dar a conocer una nueva teoría general crítica de la sociedad, procedería a la actualización de dicha crítica mediante su relación con hechos concretos de descontento, protestas contra la “nocividad”. Así pensaba continuar la sentencia de este mundo pronunciada por la teoría revolucionaria del periodo precedente, es decir, por la teoría situacionista.
Por “nocividad” —nuisances— la EdN entendía no solamente los diversos excesos del sistema productivo, el carácter nocivo de sus productos o los factores “técnicos” que amenazaban la vida de las personas, sino el hecho de la separación real entre los individuos y los resultados de su actividad, responsable de la existencia execrable de especialistas.[1] El origen del concepto y el punto de partida enciclopedista hay que buscarlo en las “Tesis de la I.S. y su Tiempo”, concretamente en la tesis 17:
“La polución y el proletariado son hoy los dos lados concretos de la crítica de la economía política. El desarrollo universal de la mercancía ha quedado completamente verificado como realización de la economía política, es decir, como “renuncia a la vida”. Cuando todo entra en la esfera de los bienes económicos, sea incluso el agua de las fuentes o el aire de las ciudades, todo se convierte enmal económico. La mera sensación inmediata de nocividad [nuisances] y de peligro, más opresiva a medida que pasan los trimestres, al agredir principalmente a la gran mayoría, es decir, a los pobres, constituye ya un inmenso factor de revuelta, una exigencia vital de los explotados, tanmaterialista como lo fue la lucha de los obreros del XIX por la comida…”[2]
La supervivencia de la especie, incompatible con la existencia del Estado, adquiría el rango de necesidad histórica, cuya tarea prescrita era, según el anuncio del proyecto de Enciclopedia para finales de 1979 aparecido en la revista “L’Assommoir”, “la abolición del Estado y de las relaciones mercantiles de las cuales es guardián. Podría parecernos mucho, incluso demasiado. Sin embargo nuestra época no podrá contentarse con menos.” [3]
A lo largo de su trayectoria, la EdN que debuta el 1984, año orwelliano donde los haya, trataría de mantenerse en la línea marcada por la crítica situacionista tardía al tiempo que rompía con el supuesto básico del obligado devenir revolucionario de la ‘clase de la conciencia’. Si bien el carácter esencialmente nuevo de su trabajo crítico le alejaba del punto de vista de la I.S., el extremismo coherente de la teoría situacionista le devolvía a la ortodoxia. El ex colaborador y enemigo oculto de la EdN, Guy Debord, escribía a su factótum Martos con disgusto a propósito del número 12 de la revista: “En este número se cita a la I.S. más que en los once precedentes…”[4] En esa tesitura, las viejas verdades de los sesenta continuaban, a los ojos de la EdN, siendo válidas en los ochenta. Así pues, la destrucción de los ambientes obreros no significaba la desaparición del proletariado, “la mayor de las fuerzas productivas”, ya que si “la expropiación de la vida existe, la lucha de clases también”. Tales conclusiones, puestas en entredicho por el desarrollo tecnológico y la atomización social que remataron la derrota proletaria, y por el carácter irreversible de la misma derrota, eran nuevamente afirmadas cinco años después en un texto similar a la “Historia de Diez Años”, titulado “Ab Ovo.”[5] El nuevo balance sin embargo adelantaba que el proyecto revolucionario del proletariado no podía basarse en la apropiación de los medios de producción, en su detournementpor los trabajadores, puesto que eran inservibles para la construcción de una vida libre, sino en su íntegra transformación. Más tarde, cuando se adhirió sin tapujos a la crítica antiindustrial, la EdN hablaría de desmantelamiento del aparato productivo. Había sabido servirse de lecturas de algunos autores intelectualmente honestos como Ellul, Charbonneau o Mumford, alejados del medio radical pero sagaces en el desarrollo de dicha crítica. Siguiendo el camino señalado por Hannah Arendt,[6]calificaba a la sociedad como sociedad de masas atomizadas y tildaba a la democracia espectacular de sistema totalitario de nuevo cuño, sin terrorismo policial ni partido nazi, todo lo cual difícilmente ligaba con el concepto habitual de proletariado, elemento típico de una sociedad de clases, completamente diferente de la contemporánea. Pero la existencia del proletariado quedaba garantizada con una nueva definición: era el sujeto de las luchas contra la nocividad, aquellas que los ideólogos de la dominación llamaban luchas “en defensa del medio ambiente” o luchas ecologistas. Habiendo desaparecido de las fábricas la lucha de clases, sobrevivía bajo esta nueva forma. Los rescoldos de la contestación antinuclear y la crisis general de la burocracia, manifiesta en el derrumbe del sistema soviético, la revuelta china y los estimulantes retrocesos del partido estalinista polaco, incitaban al optimismo, pero con eso o sin eso la EdN se mantenía en sus trece, confiando en la posibilidad de la formación colectiva de un punto de vista crítico en las luchas contra los fenómenos nocivos; es más, “hoy vuelve a ser posible comunicar con éxito un programa de liquidación social fundado en la comprensión exacta de los intereses comunes, a quienes no tienen ningún poder de decisión: puesto que en el momento en que el desarrollo mismo del envenenamiento, de la falsificación y del secreto convierte la verdad una necesidad vital para cada uno, la mentira universal de las representaciones separadas conduce a los individuos a crear por sí mismos, mediante su autoorganización, los medios de la verdad.”[7]  Por culpa de un situacionismo más que residual, la EdN caía en el defecto de creer que el reino de la mentira crearía como reflejo dialéctico en los individuos la necesidad vital de la verdad, gracias a lo cual un programa revolucionario no tendría graves problemas en comunicarse. Lo contrario era más cierto. Aunque ya no contemplara la teoría situacionista, de acuerdo con Marx, como “la expresión general, y nada más, del movimiento histórico real”, la consideraba “un mínimo” al que había que reforzar y desarrollar. Ese ir y venir a la I.S. fue típico de la EdN en todos sus momentos. Era capaz de plantear la cuestión social en sus coordenadas históricas reales, incluso capaz de proporcionar a la época algunas ideas subversivas, pero el prestigio de la teoría más radical de su tiempo podía con su empeño. Para los miembros de la EdN la teoría situacionista no era un saber acabado propio de una época pasada, con méritos enormes pero en proceso de recuperación por el sistema dominante, sino, como diría Hegel, una teoría válida que, al ser cronológicamente la última, resultaba de todas las precedentes y contenía todos sus principios. Si bien pueden rastrearse en todos los números de la revista elementos de una crítica objetiva distinta, y así lo comprendieron y denunciaron sus enemigos, el único juicio crítico que llegó a emitirse fue ad hominem; se refería exclusivamente a la práctica de la I. S. y no a las lógicas insuficiencias de índole teórica que podían hallarse frente a una situación completamente nueva.[8] La nocividad quedó definida como la última contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción y la lucha contra la nocividad fue convertida en un trasunto de la lucha de clases. Con esa operación de salvamento por transferencia se soslayaba la evidencia de que si el movimiento obrero clásico había periclitado, las luchas posteriores sufrirían las consecuencias de la derrota y serían necesariamente débiles y limitadas. No podía reconstituirse una clase casi ex nihilo y mucho menos convertirse en la fuerza central que pudiera paralizar a la sociedad de masas con sus exigencias de verdad. Lo que en “Historia de Diez Años” eran contradicciones menores, en “Ab Ovo” se habían convertido en trabas ideológicas. Del error se saldría con la práctica; los enciclopedistas esperaban contemplar “el nacimiento de una revuelta declarada contra la insatisfacción general” pero no como “lúcidos y desarmados cronistas del desastre” sino como parte de una corriente crítica a constituir respirando el aire libre de las luchas contra la nocividad. En el manifiesto que anunciaba el fin de su existencia como grupo, pero con el objeto de “ramificar” el proyecto inicial y acceder “a un estadio superior de eficacia” que sirviese“para federar las protestas en torno a las posibilidades de intervención que se descubran” gracias“al encuentro de nuevas ocasiones y nuevos aliados”[9]apostaban claramente por la acción. Al constituirse la “Alliance contre toutes les nuisances”, primer paso –y único– hacia la formación de la corriente crítica anteriormente señalada, pronto comprobaron en directo los problemas que comportaba la introducción en la época de “ideas y métodos incompatibles con la existencia del ecologismo administrativo.” Las luchas contra la nocividad eran fácilmente recuperadas por los ecologistas y los concejales de los municipios, no permitiendo sus protagonistas que la menor crítica revolucionaria se les acercase, prueba de la falta absoluta de conciencia de clase en la crisis territorial y ambiental. Por supuesto que existía el proletariado, puede que más que nunca, sólo que no en forma de clase. Al estar disperso en una sociedad de masas no existía “para sí”, desconocía su verdad y no estaba en condiciones de extraerla de ninguna lucha. Los individuos proletarizados, expropiados, se hallaban encerrados en las miserias de su vida privada, y esa reclusión voluntaria era tan profunda que ningún interés general, ni ningún interés de clase, podía cristalizar a partir de muchos particulares. El gran éxito de la dominación era la separación total de los individuos, la base del capitalismo moderno y del fascismo político. La nueva “clase obrera”, el proletariado que sufre la nocividad y lo sabe, no podía ser otra cosa que la negación abstracta de la renovada y transformada clase dominante, pero de ningún modo un sujeto histórico real. No se había equivocado la EdN al postular la nocividad como la esencia de la producción de mercancías y al indicar el carácter principalmente nocivo de la separación; el error consistía en afrontar tales evidencias con la esperanza puesta en una recomposición proletaria. El enigma del proletariado fue resuelto tarde, cuando la EdN había dejado de ser un grupo organizado y solamente se manifestaba de modo ocasional. En los noventa, la nueva época manifestaba a plena luz el verdadero alcance de la desposesión y de la miseria de los individuos, apenas en penumbra diez años antes. La subversión situacionista era impunemente recuperada por el aparato cultural y mediático de la dominación y convertida en “la última forma del espectáculo revolucionario.”[10] Mediante el análisis de las huelgas de diciembre de 1995 en Francia, los enciclopedistas se encontraron con un proletariado espectador de sí mismo, cuyas luchas transcurrían en los medios de comunicación y eran administradas por sus empleados. Póstumamente, la EdN rompió con la tradición situacionista y la superó, denunciando en un folleto colectivo una lucha de clases virtual, un fenómeno mediático y un espectáculo de masas. Y aunque en un mundo desastrosamente unificado nadie podía salvarse por separado había “que empezar por salvarse uno mismo” puesto que teníamos “la obligación de desengañarnos de todas las credulidades de la vida moderna…”[11] Para los antiguos miembros del grupo y para los compañeros que se les adhirieron, las “Observaciones sobre la Parálisis de Diciembre” eran “el primer texto importante que al hablar de un movimiento social, lo hace en términos nuevos, libres de la antigua visión marxista o post marxista.”  A partir de ahí la nueva tarea a realizar consistiría en “sacar las conclusiones que se imponen de las hipótesis todavía vagas, formuladas en los quince números de la revista. Tal aclaración, en un primer tiempo entre nosotros, podría aparecer en  forma de cuarenta o cincuenta verdades bien dichas, pasando entre otras cosas por la criba las nociones que antaño se tenían por fundamentadas de la antigua teoría revolucionaria, de Marx a la I.S.”[12] Lamentablemente dicha tarea nunca se llevó a cabo.
Con toda evidencia la sinrazón dominante ha seguido su curso y ha acabado de edificar su mundo. El terreno social sobre el que podría nacer una reflexión crítica desaparece a pasos agigantados junto con la posibilidad de un sujeto histórico emergente que la lleve a cabo. La revolución, bien trabada por los mecanismos de recuperación, ya no es un escándalo. Cuando los gestos de la revuelta se convierten en valores mercantiles la revuelta es imposible. La necesidad de una teoría crítica radical que nos ayude a captar la realidad y a marcar una estrategia para cambiarla, tal como la postulaba la EdN, se nota, pero dado el estado lastimoso de los individuos bajo el totalitarismo de la mercancía, y dados los mecanismos de represión y control puestos en marcha, lo principal sería ya no la interpretación del mundo sino la supervivencia ante las condiciones alienantes extremas que lo gobiernan; cuando un barco se hunde interesa menos un tratado de navegación que saber construir una balsa. Para salvarse del rodillo uniformizador y destructor del capitalismo global, de momento, será más necesario, como dice con cierto humor volteriano Jaime Semprun, un manual de horticultura.[13] La degradación de los seres humanos ha llegado a tanto que es difícil pensar que el mundo pare en otra cosa que en la barbarie, cuando a decir verdad ya están instalándonos en ella. La clase revolucionaria puede haber desaparecido, pero eso no significa que haya que haya que preservar la crítica revolucionaria en algún refugio a diez metros bajo tierra, para exponerla a la luz el día que la barbarie se resquebraje y dicha clase reaparezca: “Querer darle a nuestra empresa una eficacia a largo plazo está perfectamente justificado, puesto que las ideas a defender pueden tardar mucho en imponerse. No obstante, las medidas a tomar en tal sentido, no deben perjudicar en absoluto la eficacia a corto plazo ¿Pretendéis conservar la conciencia crítica en la reserva, como un trozo de pan en la fresquera? Un mendrugo mohoso, eso es lo que parecerá vuestra conciencia si no se renueva mediante la práctica.”[14] Tan urgente pues resulta la preservación del pensamiento crítico como las tácticas de resistencia inmediata, pues su existencia depende de la circulación de las ideas, la salvaguarda del debate público, las prácticas de solidaridad efectiva, la voluntad subversiva, la conservación de la dignidad personal, la secesión del mundo de la mercancía, la preservación de la memoria, la supervivencia de un mínimo de lenguaje crítico autónomo, etc., o sea, de todo aquello que mantenga algo de luz en el caos. La incongruencia del conformismo queda manifiesta por el carácter de los tiempos, donde cada detalle humano, por ejemplo, un hecho tan simple como la alimentación sana, exige la abolición del capitalismo para existir. En el mejor de los casos, la “corriente crítica que se atreva con todos los problemas y no respete ninguna especialización”[15] ya llegará, y en el peor, si el mundo queda definitivamente arruinado, dará igual que llegue como que no.
 
Miguel Amorós
Texto redactado en noviembre de 2004 para la edición de Klinamen, y reelaborado en mayo de 2009 para Ediciones Corsarias.
Fuente: Alasbarricadas.

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