Nota para el decrecentismo

Como en las primeras civilizaciones extractivistas, volvemos al punto de partida, a las condiciones naturales. Al principio, estas eran abundancia de materias primas, recursos energéticos, vías marítimas libres, clima favorable, medio ambiente estable… El declive y empeoramiento de dichas condiciones por culpa del crecimiento sin barreras al que obliga la carrera por el beneficio, sumerge el orden mundial en una convulsión permanente para la que no hay salida pacífica. Que la sociedad haya de cambiar es una conclusión compartida por la mayoría dentro o fuera los despachos decisionistas, ahora bien, que eso signifique algo más que la adaptación ordenada al naufragio, está por ver. El mayor instrumento de reajuste de la crisis multiforme, la “transición energética”, y su concreción política, el “Nuevo Pacto Verde”, se han mostrado rápidamente como una estafa política y una vía verde de la economía depredadora, sin que el carácter eminentemente “fósil” de la misma se haya modificado en lo más mínimo. Sus partidarios propugnan una “economía poscrecimiento” que reduzca la huella ecológica y al mismo tiempo garantice “cualitativamente” el bienestar, es decir, que conserve el modo de vida actual en el marco de una frugalidad voluntaria. Ni que decir tiene que el protagonista principal de proceso es el Estado, o mejor, los Estados, o sea, los agentes subalternos del desarrollismo a ultranza, a los que se otorga la responsabilidad de poner en marcha las nuevas instituciones poscrecimiento y de aplicar las medidas consiguientes de decrecimiento productivo y simplicidad consumista compatibles con los “mercados.”

No nos sorprenderá la actitud casi abiertamente pro capitalista del progresismo político y social si tomamos en cuenta el viejo adagio de que “en cualquier época que se trate, las ideas dominantes son las de la clase dominante.” El modo de vida dominante es el que reflejan los modelos de la clase dominante. La clase liberada del trabajo sumiso, la que domina económicamente, domina intelectualmente. En su seno existe una división de tareas; toda una legión de ideólogos y expertos trabajan en la elaboración de ilusiones y objetivos de todo tipo, a menudo opuestos, pero tan pronto como la dominación está en peligro las contradicciones desaparecen. La misma clase que nos ordena cómo crecer, nos dice cómo decrecer. Evidentemente, no metemos en el mismo saco a los verdaderos automarginados, a los científicos disidentes del discurso oficial o seudo-opositor, a la defensa autónoma del territorio y a todo el activismo realmente anti-desarrollista, ni siquiera aunque sean adeptos o simpaticen con las recetas del llamado “decrecimiento”. Solamente señalamos las limitaciones de la visión decrecentista. El capitalismo no es un simple régimen económico sino un sistema que abarca a toda la sociedad, mantiene atrapados a todos sus individuos y determina todas sus maneras de vivir. La globalidad es el concepto clave. La crisis climática, el parlamentarismo, las relaciones de mercado, las guerras y hasta el mismísimo decrecimiento no son hechos neutrales y atemporales, son fenómenos específicamente capitalistas, relacionados entre sí y que evolucionan en un contexto histórico propio. Hay que analizar la situación crítica contemporánea y actuar social y políticamente partiendo de ello. Al ignorar eso, los decrecentistas sinceros, anti-capitalistas, cometen el mismo error que los decrecentistas falsos del stablishment. Para estos, bastará con la acción política y los decretos administrativos; para aquellos, será suficiente el voluntarismo mágico de la objeción al crecimiento. Ambos quedan pillados en el torrente de intereses mezquinos que conforman la realidad superficial.

El texto es la nota prólogo del libro «Antidesarrollismo vs Decrecentismo» publicado por Ediciones Fantasma

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