Recuerdos de Saint-Imier, de 1872 a 2023. Relatos de un encuentro anarquista mundial

Con un mes de retraso, por fin estamos de vuelta de las vacaciones de verano con un informe del Encuentro Internacional Antiautoritario de 2023, un encuentro anarquista mundial en Saint-Imier, Suiza. Este festival celebró el 151 aniversario del congreso fundacional de la federación conocida como la Internacional Antiautoritaria, la continuación de la Asociación Internacional de Trabajadores, una de las organizaciones sindicales europeas más importantes del siglo XIX. El encuentro de Saint-Imier, al que acudieron unas 5.000 personas -la mayoría procedentes de Europa central, pero también de lugares tan lejanos como Chile y Australia-, puede que sea el mayor acontecimiento exclusivamente anarquista del año. A continuación, ofrecemos diversos testimonios y valoraciones.

El encuentro constó de cinco días de actividades distribuidas en 12 lugares repartidos por toda la ciudad, sin contar los actos improvisados en espacios públicos. Hubo más de 412 sesiones de charlas y talleres, 48 conciertos, 36 proyecciones cinematográficas, 11 representaciones teatrales y 7 exposiciones, además de una feria del libro con casi 100 mesas. A pesar de esta amplísima programación, en la mayoría de las actividades había que permanecer de pie por falta de asientos. 

Se desaconsejó realizar fotografías en todo Saint-Imier, aunque los fotógrafos de los medios de comunicación corporativos tomaron algunas disimuladamente. Puedes ver un breve reportaje fotográfico de algunes anarquistas griegos aquí.

Una pegatina en las calles de Saint-Imier en julio de 2023.

De 1872 a 2023

En primer lugar, recordemos el acontecimiento que los anarquistas vinieron a conmemorar en Saint-Imier.

Antes de que estallara la insurección de la Comuna de París en la primavera de 1871, las tensiones llevaban años gestándose en el seno de la Asociación Internacional de Trabajadores, la principal federación obrera revolucionaria de Europa. En aquella época, había al menos cuatro corrientes dentro de la Internacional; podemos resumirlas a grandes rasgos por asociación con las figuras de Pierre-Joseph Proudhon, Louis Auguste Blanqui, Karl Marx y Mikhail Bakunin[1]. Les seguidores de Proudhon pretendían cambiar la sociedad formando cooperativas de trabajo propiedad de los trabajadores; les de Blanqui, conspirando para hacerse con el poder del Estado de manera dictatorial; les de Marx, formando partidos políticos para competir en las elecciones. Por el contrario, Bakunin y sus compañeres pretendían utilizar tácticas revolucionarias para atacar tanto al capitalismo como al Estado, con el objetivo de movilizar a la población en general de forma horizontal.

En aquella época, no existía un movimiento anarquista, formalmente hablando. Algunes individues se identificaban como anarquistas (Proudhon lo había hecho célebremente en 1840), pero no existía un organismo organizativo distintivo que defendiera la oposición permanente a todas las formas estatales y al capitalismo.

Tras la Comuna de París, cuando la mayoría de les participantes en el levantamiento estaban en prisión, escondides o enterrades en fosas comunes, Marx convocó una reunión a puerta cerrada del Consejo General, el órgano central de coordinación de la Asociación Internacional de Trabajadores. Con el apoyo de un miembro blanquista recién incorporado, y por encima de las objeciones de les representantes de las secciones de base de la Internacional, el Consejo General declaró que «la clase obrera no puede actuar, como clase, si no es constituyéndose en partido político», imponiendo unilateralmente por decreto a toda la federación la estrategia política preferida por Marx.

Esto fue ampliamente entendido como una toma de poder autoritaria. Los miembros de la Internacional en Suiza lo condenaron en una declaración conocida como la Circular de Sonvillier: «Si hay un hecho incontrovertible, mil veces confirmado por la experiencia, es que la autoridad tiene un efecto corruptor en aquellos en cuyas manos se pone».

El siguiente congreso de la Internacional se celebró en La Haya en septiembre de 1872. Para asegurarse una mayoría, Marx y sus seguidores utilizaron la autoridad del Consejo General para manipular el proceso por el que los delegados recibían sus credenciales; las secciones italianas de la Internacional boicotearon completamente el congreso. Les partidaries de Blanqui se unieron a les de Marx para ratificar un controvertido programa centralizado y autoritario, expulsando a Bakunin in absentia e intentando hacer lo mismo con sus partidarios. Sin embargo, para sorpresa de todos, Marx impulsó entonces la decisión de trasladar la sede del Consejo General al otro lado del Atlántico, a Nueva York, en un intento de matar a la Internacional antes de dejar que escapara a su control.

El 15 de septiembre de 1872, ocho días más tarde, les delegades que representaban a España, Francia, Italia, Suiza y Estados Unidos[2] se reunieron Saint-Imier para reorganizar la Internacional. Aunque la mayoría eran anarquistas, establecieron una estructura inclusiva, invitando a todes les socialistas revolucionaries a organizarse de forma horizontal en lugar de responder a un cuadro centralizado y dictatorial. («El Congreso niega por principio el derecho legislativo de todos los Congresos», reza la declaración que redactaron; «la destrucción de todo poder político es el primer deber del proletariado»). Este es el acontecimiento que conmemoran las reuniones de 2012 y 2023 en Saint-Imier.

Un año más tarde, en septiembre de 1873, delegades de Inglaterra, Francia, España, Italia, Holanda, Bélgica y Suiza se reunieron en Ginebra para continuar la Internacional, retomándola donde la había dejado el congreso de Saint-Imier de 1872. J.G. Eccarius, anteriormente mano derecha de Marx, estaba entre elles. César De Paepe y muches otres antigües participantes en la Internacional también siguieron participando.

Hoy en día, incluso les anarquistas a menudo no tienen clara esta historia. Por ejemplo, en su cobertura de la reunión de 2023 para el periódico marxista Junge Welt, Gabriel Kuhn menosprecia el congreso de St. Imier, describiendo Saint-Imier como un «retiro para los anarquistas que habían sido expulsados de la Primera Internacional en el Congreso de La Haya» y afirmando que:

«la Internacional antiautoritaria debía ser una alternativa anarquista a la Primera Internacional, calificada de dictatorial. El éxito fue modesto«.

En realidad, tras la pírrica toma de poder de Marx en el Congreso de La Haya, la gran mayoría de los miembros de la Internacional rompieron con la facción de Marx. Esta última pereció inmediatamente. El historiador marxista G.M. Steklov lo subrayó:

en el mejor de los casos, su existencia continuada era apenas perceptible para observador externo, y no era más que una agonía prolongada… Los intentos de revivir el cadáver fueron infructuosos”.

Mientras tanto, un gran número de organizaciones que habían formado parte de la Asociación Internacional de Trabajadores original se adhirieron a la Internacional reconstituida que surgió de la reunión de Saint-Imier. Continuaron trabajando juntas, celebrando congresos anuales durante el siguiente lustro, a pesar de la intensa represión estatal[3]. Steklov, que no era amigo de los anarquistas, documenta todo esto en su Historia de la Primera Internacional.

La narrativa de que la Internacional de Saint-Imier representó un alejamiento minoritario de la Asociación Internacional de Trabajadores es revisionismo histórico, difundido en gran medida por marxistas que no leen a sus propios historiadores. Lo que Steklov llamó más tarde la «Internacional Anarquista» no era, como Kuhn da a entender, una «alternativa» a la Asociación Internacional de Trabajadores; era simplemente la continuación de ésta, liberada de un grupo de autoritarios que habían intentado secuestrarla sin éxito. Los anarquistas no eran una secta díscola dentro del movimiento obrero de las décadas de 1870 y 1880; eran una corriente central dentro del mismo.

Para más información sobre estos acontecimientos, puedes empezar con We Do Not Fear Anarchy, We Invoke It, de Robert Graham: The First International and the Origins of the Anarchist Movement, de Robert Graham, y The First Socialist Schism: Bakunin vs Marx in the International Working Men´s Association. El propio Graham ha publicado una breve historia del congreso de Saint-Imier y de la continuación de la Internacional a partir de entonces.

Una pintura en el lateral de un edificio de Saint-Imier celebra el patrimonio relojero de la ciudad y el movimiento anarquista local del siglo XIX.

¿Y en 2023?

Muchas cosas han cambiado desde 1872.

El anarquismo, establecido en 1872 como movimiento formal, se ha extendido por todo el mundo, ha sido completamente destruido por la represión, y ha resurgido y se ha extendido una y otra vez. En otro lugar, examinamos cómo ha cambiado la economía en el último siglo y cómo esto influye en la estrategia revolucionaria contemporánea. Aquí basta con decir que, aunque quienes se reunieron en Saint-Imier en 2023 eran en su mayoría trabajadores, de una forma o de otra, en el volátil contexto actual, compartir profesión o lugar de trabajo ya no es un punto de partida fiable para construir una práctica de resistencia colectiva a largo plazo.

De ahí que, en lugar de federaciones laborales, tengamos redes más laxas basadas en infraestructuras de comunicación y unidas por ideas.

Es característico de nuestra época que cada vez más gente se rebele contra el capitalismo, el Estado y otras formas de opresión al mismo tiempo que esas fuerzas hacen insostenibles los viejos modelos de organización y solidaridad. No es de extrañar que hubiera más asistentes a este encuentro en Saint-Imier que al último evento de este tipo en 2012; del mismo modo, no es de extrañar que hubiera menos organizaciones con programas a largo plazo y procesos organizativos formales. No debemos ver esto como un fracaso de les organizadores, ni del movimiento en su conjunto; hay factores estructurales en juego que son más influyentes que cualquier grupo organizador, medio o ideología.

Del mismo modo, no debemos imaginar que aquelles que pueden viajar fácilmente por todo el mundo para participar en una reunión de este tipo son representativos del movimiento anarquista contemporáneo en su conjunto. Les asistentes eran desproporcionadamente más jóvenes y provenientes de entornos comparativamente privilegiados; los problemas estructurales impidieron a muches anarquistas asistir, especialmente de fuera de Europa.

No obstante, si queremos que el movimiento anarquista moldee la historia en lugar de ser simplemente un producto de nuestro tiempo, depende de nosotres establecer nuevos proyectos y redes de infraestructuras anarquistas a largo plazo que puedan estar a la altura de los retos que tenemos por delante y asegurarnos de que trasciendan las fronteras del privilegio y la geografía. El hecho de que miles de personas hicieran el esfuerzo de reunirse en Saint-Imier el pasado julio indica lo urgente que se haga este trabajo.

Resulta alentador que un pequeño número de organizadores sin ningún tipo de respaldo financiero consiguieran crear un evento sólido en el que prácticamente todo estaba disponible de forma gratuita. Esto demuestra que los modelos anarquistas pueden tener éxito a mayor escala. Sólo queda ampliarlos.

Para ofrecer un relato polifacético del encuentro de Saint-Imier, hemos reunido aquí una colección de impresiones, compuestas por anarquistas de Alemania, Rusia, Bielorrusia, Finlandia, Estados Unidos y otros lugares del mundo.

Cobertura periodística local de la concentración de Saint-Imier.

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Infraestructura anarquista

Pasamos la primera mañana en la zona de la feria del libro, donde habíamos asumido la responsabilidad de cuidar los puestos de libros adyacentes. Cuando se acercó la hora de comer, delegamos en N- y B- la tarea de ocuparse de la comida. Fueron a averiguar dónde se servía la comida.

N- volvió al cabo de unos minutos después, desanimado. «Es imposible. Nunca había visto tanta gente en una cola».

«¿Se ha quedado B-?» Le pregunté. «¿Está en la cola?» Empezaba a tener hambre.

«Está perdido», respondió N-. «Hay mil personas en esa cola. Se extiende hasta más allá del edificio y por la cuesta. No creo que lo volvamos a ver».

Cinco minutos después, apareció B-, llevando alegremente varios platos llenos de comida en sus brazos. «¿Qué ha pasado?» le pregunté. «¿Tenían comida reservada para la gente que está en las mesas?».

«Oh, no, nada de eso. Ha sido sorprendentemente rápido». Parecía casi aturdido.

Salí a ver la cola. Tuve que caminar un buen trecho para llegar al final. En varias ocasiones pensaba haber llegado al final, y resulta que todavía estaba en algún lugar en el medio. Finalmente, conseguí situarme en la cola. Debía de estar a cientos de metros de donde se servía la comida. Si la cola hubiese sido tan lenta como la de los baños, al anochecer aún habría estado en ella.

Pero la cola avanzaba muy deprisa. Estoy acostumbrado a hacer cola, pero en esta fila, avanzábamos sin parar todo el tiempo. ¿Quizá la gente que iba delante de nosotres se daba por vencida y se marchaba? Pero no, seguíamos avanzando a paso firme.

Al cabo de un par de minutos, distinguí dos filas de mesas delante de nosotres. La cola se dividía en dos y pasaba entre ellas. Al otro lado de cada mesa, había un furioso torbellino de actividad. Estoy acostumbrado a ver a une voluntarie sirviendo lánguidamente patatas en un plato. Lo que vi, en cambio, era media docena de voluntaries preparando platos de comida a toda prisa, colocándolos en filas sobre las mesas. La parte más lenta de toda la operación eran les comensales que recogían los platos. Podías coger tantos platos como pudieras llevar y nadie te miraba con recelo. Era realmente una operación increíble.

Después de comer, cogí mi plato sucio y fui en busca de un lugar dónde lavarlo. Esperaba lavar mi propio plato en una sucia palangana de aguas grises con olor a lejía. En cambio, había toda una operación de lavado de platos en la que participan lo que parecían ser docenas de personas. Ni siquiera cabía en la carpa que se había montado: eran demasiades. Insistieron en que depositara mi plato en un montón y delegué la tarea en elles.

La siguiente noche, descubrí que mi camarada se ha perdido la cena. Según los horarios establecidos, habían pasado varias horas desde que el equipo de cocina dejara de servir la comida. No obstante, por si acaso, me acerqué a la zona de servicio para ver si podía encontrar algo comestible Me imaginé un trozo de pan sobrante, o algo así.

No había nadie cerca de la zona donde se servía la comida. Al menos, no en el lado receptor de la misma. Las cosas se anunciaban poco prometedoras.

Pero al acercarme a las mesas, vi que había alguien detrás de una de ellas, todavía apilando comida en los platos y alineándolos en la mesa. Parecía un menú diferente al que se había servido en la cena. Había 5000 anarquistas en esta ciudad, pero aquí no quedaba nadie más, sólo nosotres dos.

«¿Sabes si están destinados a algún grupo o evento específico, o algo así?». le pregunté, señalando los platos llenos de comida que estaba sirviendo.

«No tengo ni idea», me respondió sin dejar de trabajar. Tenía un aire aguerrido pero decidido, como me imagino a les rebeldes de Kronstadt. «Elles siguen dándomelos, así que yo sigo sacándolos».

«¿Quiénes? ¿Hay alguien que pueda responder a mi pregunta?».

Hizo un gesto detrás de él. Se acercó desde cierta distancia detrás de la mesa un trabajador de la cocina, que venía a reponer su provisión de lentejas.

«¿Esta comida es para algún grupo o evento específico, o algo así?». volví a preguntar.

«¿Esta comida?», me respondió el empleado de cocina, sereno, señalando las hileras de platos llenos de comida que se acumulaban en la mesa. «No, esto es para todes».

La anarquía funciona. O al menos, si la reunión de Saint-Imier sirve de indicador, nadie pasaría hambre en una sociedad anarquista.

Cobertura de la reunión de Saint-Imier en la prensa local.

Un atrevido experimento

“Anarquía 2023” fue un valiente y arriesgado experimento de autoorganización. El encuentro reunió a más del doble de les habitantes del pueblo. Me dijeron que el grupo que llevó la iniciativa de organizar el encuentro estaba formado por unas diez personas, por lo que la mayor parte de la organización se dejó en manos de los colectivos e individuos invitados, que en su mayoría eran completamente desconocidos entre sí. No obstante, todes les organizadores adoptaron un enfoque anarco-comunista muy idealista. A nadie se le pagaba por sus esfuerzos; a nadie se le cobraba nada más que una donación voluntaria por participar y recibir recursos como comida y alojamiento; y nadie estaba al mando. Cualquiera podía anunciar un taller y declarar un espacio para el mismo.

Les organizadores toleraron un amplio abanico de opiniones, incluidas algunas completamente opuestas a sus ideas. Observé que algunos debates cuyo propósito únicamente era criticar abiertamente otros proyectos anarquistas existentes se eliminaron del programa, pero todavía había muchos actos en el programa que lo hacían de forma un poco más sutil.

No sé si el evento fue un desastre financiero, pero en cuanto al funcionamiento diario del encuentro, diría que fue un gran éxito. En particular, la organización de la comida fue asombrosa y completamente adaptada a las dimensiones del evento: no tuve nunca que esperar en la cola más de 20 minutos, a pesar de que miles de personas se apretujaban en ella. Se proporcionó comida a quienes tenían necesidades dietéticas específicas, como las personas celíacas; incluso había una sección especial para las personas que aún querían usar mascarillas y mantener la distancia social.

Debido a la enorme cantidad de temáticas abordadas y presentaciones, apenas fue posible hacerse una idea general de los actos, y yo me mantuve ocupade en satisfacer mis propios temas de interés: reunirme con activistas de Europa del Este y planificar proyectos comunes con elles. Probablemente la mayoría de les demás asistentes estaban ocupades del mismo modo. Esto significa que no fue realmente “Anarquía 2023”, sino más bien “Anarquías 2023”, no un movimiento, sino innumerables movimientos diferentes que simplemente se cruzaron en el tiempo y el espacio, pero con poca conexión real.

Nunca tuve la oportunidad de conocer a ningún anarquista implicade en el movimiento anterior a la Segunda Guerra Mundial, así que me alegró mucho escuchar a Ben Morea, que ha tenido un tremendo impacto en la formación del movimiento anarquista contemporáneo, por ejemplo, acuñando el término de grupo de afinidad.

Una torre de reloj en Saint-Imier celebra la historia de la ciudad como centro relojero.

Iniciativa anarquista

Es la primera charla a la que voy; tardo veinte minutos en llegar andando al edificio donde está programado. Cuando llego, tardo diez minutos más en abrirme paso entre la multitud que abarrota la entrada y subir a la segunda planta. Allí descubro que hay dos eventos reservados en la misma sala. Mirarlo en la página web no ayuda: en el programa oficial, ambos actos aparecen con el mismo número de sala.

Les asistentes a ambos actos se agolpan en la sala. No es lo bastante grande para albergarles a todes; hay mucha más gente atrapada en el vestíbulo, lo que congestiona aún más el movimiento de la gente.

No soy yo quien hace esta presentación. Pero quiero verla, y décadas de organización anarquista me han dado un fuerte sentido de mi propia capacidad de actuación. «Vamos a necesitar que una de las presentaciones se traslade a otra sala», declaro, con la esperanza de que esto me ayude a averiguar quiénes son les presentadores.

«No podemos irnos», responde alguien que participa en el otro taller, al que yo no quiero asistir. «Ya hemos colocado nuestras cartulinas en las paredes».

Une aplicade finlandés que, como yo, no tiene mucha vinculación con la presentación a la que ambes intentamos asistir sale a ver si queda alguna sala vacía. «¡Que nadie se vaya, vamos a buscar otra ubicación!», anuncia.

Esto da a una persona joven la impresión equivocada de que estoy en una posición de autoridad. «¿Puedes decirme cuándo va a empezar?», me pregunta. «Ya han pasado cinco minutos de la hora de comienzo».

«Escucha», le respondo, «yo no estoy a cargo de este evento. Sólo intento asegurarme de que pueda celebrarse. Todo este lío no es idea mía».

Al final, le finlandés regresa, ha conseguido otra sala y el acto comienza con unos minutos de retraso.

Al día siguiente, tengo previsto presentar una charla. Basándome en mi experiencia, me aseguro de llegar a la sala con cuarenta minutos de antelación. Para mi sorpresa, está casi vacía.

Abro el ordenador e intento averiguar cómo conectarlo al proyector. No soy muy amante de la tecnología, que digamos.

Mientras lucho por encontrar un cable, se me acerca un señor latinoamericano muy serio.

«Quiero dejarlo claro», me dice. «No estoy en una posición de responsabilidad aquí. No estoy a cargo de los acontecimientos en esta sala».

«Vale, ¿sabes quién lo está?».

«Nadie”.

«Oh, bueno, qué bien», le contesto, con desesperación.

«Entonces ¿tienes un puerto HDMI?», continúa, enérgico. «Si quieres aparecer en la emisión en directo, tendremos que colocar la cámara en esta posición, pero si prefieres permanecer en el anonimato, la moveremos hacia aquí, para que solo muestre la pantalla, y de ti dependerá acordarte de no aventurarte a cruzar esta línea invisible. ¿Necesitáis acceso a la tarima? ¿Cuántos sois y cuándo llegarán tus compañeres?».

Este cartel en uno de los edificios donde se celebraron los actos de la concentración anarquista de Saint-Imier parece dar a entender que algunos de los debates se anunciaron como trampas explosivas para forzar a los desprevenidos asistentes a participar en los debates.

Lo que me da esperanza

Un par de marionetas de esqueletos gigantes moviéndose por una pista de baile abarrotada. Una pista de patinaje sobre hielo cubierta transformada en un enorme encuentro del libro. Una pizzería improvisada en la que puedes conseguir pizzas veganas hechas por camaradas, siempre que estés dispuesto a esperar. Gente esparcida por los prados vacíos que rodean el pueblo, hablando y echando la siesta al sol. La cola más larga que he visto nunca para llegar a la cocina, pero también sorprendentemente eficiente y rápida. Todas las bicis atadas fuera del recinto principal de la sala de espectáculos, porque puede que ni siquiera nos fiemos les unes de les otres. Una sala repleta de cientos de personas gritando «Siamo Tutti Antifascisti», y todes lo decían en serio. Tropezar con una exposición de arte en un patio en la azotea, con burbujas y patatas fritas en forma de ositos de peluche, donde se exponen grabados realizados por algunes de les niñes. Tomarse de la mano y contemplar la Vía Láctea, pedir deseos a las estrellas fugaces hasta que el alba se dibuja azul en el horizonte, anunciando la llegada del día.

Llego tarde por la noche y lo primero que veo son las innumerables tiendas pequeñas y caravanas extendidas en prados vacíos de vacas. Caminando por la noche, me dirijo al recinto principal de espectáculos, abrazo a un querido amor y escucho las últimas canciones de una banda punk colombiana. Volveré a esta sala en las próximas noches para charlar con amigos y deleitarme con un dúo de hip-hop y DJs, bailando, sintiendo mi cuerpo, trasladándome hasta mi hogar.

Durante el día, ojeo el programa en busca de lo que más me interesa: charlas que me interesan en idiomas que entiendo. Me llama la atención una presentación sobre Gustav Landauer, poeta anarquista y místico del siglo XIX, pero desgraciadamente está programada a la misma hora que otra cita prioritaria. Sigo con mi jornada y vuelvo a comprobar el programa más tarde, para darme cuenta de que la charla sobre Gustav Landauer se ha trasladado a primera hora de la tarde. Subo por la ladera de la montaña con la intención de pasarme por un taller de experiencia somática. Me detengo y hago algunos ejercicios de respiración y conexión con la tierra dirigidos por una persona que alterna el inglés y el francés. Luego atravieso la plaza abarrotada, donde la gente se ha reunido para escuchar una emocionante presentación.

Por encima del estruendo, juro que oigo cantar. Me atrae. Me alejo del lugar de la conferencia de Gustav Landauer y vuelvo a cruzar la abarrotada plaza, siguiendo el dulce sonido hasta la esquina, donde un grupo de anarquistas se reúne en el patio de una iglesia. Un querido amigo me había avisado de que aquí habría un coro anarquista, y ahora me he topado con elles.

Con deleite y asombro, me paro y escucho. Intervengo cuando puedo, mirando por encima del hombro de alguien que sostiene un cancionero anarquista.

Al final, me alejo, con la intención de escuchar al menos un poco de la presentación de Landauer. Atravieso la ciudad y subo tramos de escaleras para ver los últimos minutos. Resulta que la charla trataba realmente de Spinoza, o, mejor dicho, de la relación de Gustav Landauer con la obra de Spinoza.

En un momento dado, sin embargo, la persona que da la charla comenta que Landauer escribió que cuando alguien se convierte en camarada, ganas dos veces: primero, haciendo un nuevo amigo, y segundo, teniendo un enemigo menos. Sólo por esta perla ya merecía la pena asistir.

Mi estancia en St. Imier fue embriagadora y plena. Fue como si el tiempo se alargara y luego volviera a apretujarse. Un día parecían muchos días, dos días parecían una semana. Como muchas otras personas en este mundo, me considero une niñe perdide, divorciade de una herencia cultural satisfactoria y despojade de su relación con la tierra. Me esfuerzo por reconstruir esto último en mi vida cotidiana; lo primero, lo construyo, lo pierdo y lo vuelvo a construir. Fui a St. Imier, en parte, para conectar con la herencia anarquista que me une a la historia, vinculándome tanto al pasado como al futuro, lo que me ha ayudado a dar sentido a mi vida durante los últimos veinticinco años.

En un pequeño pueblo suizo con una calle llamada “Rue Bakounine”, pude sentir el tirón de la pertenencia, el hilo que sigue tirando de mí hacia casa. No es que estos espacios temporales me hagan sentir joven, sino que me hacen recordar quién soy. Lo más notable, en una pequeña ciudad llena de miles de anarquistas, no era quién estaba allí, sino quién estaba ausente. Porque a pesar de les muches, muches anarquistas que estaban allí, sé que hay muches más en todo el mundo que no estaban. Y eso me da esperanza.

Un cancionero anarquista, utilizado durante el canto coral en el encuentro de Saint-Imier.

La inspiración que necesitamos

Volví a casa después del encuentro de Saint-Imier con mucha motivación y fuerza. Caminar por las calles de Saint-Imier, pasando por charlas autoorganizadas y debates en diferentes idiomas en casi todas las esquinas, me mostró una vez más lo que es posible cuando la gente se reúne en espacios autoorganizados.

Intercambiar ideas y experiencias, debatir estrategias, encontrar viejes camaradas y amigues y hacer otres nueves, una feria del libro que ocupaba toda una pista de hielo (quiero decir, ¿qué locura es esa?)… Estar rodeado de miles de anarquistas de todo el mundo que comparten ideas similares y conectan las diferentes luchas que libramos… todo esto me inspiró mucho. El tipo de inspiración que necesitamos desesperadamente para continuar nuestra lucha.

Por otro lado, el encuentro me dejó muchas preguntas abiertas sobre cómo tratar los conflictos y contradicciones dentro de nuestro movimiento. ¿Qué hace falta para que estemos dispuestes a escucharnes unes a otres y podamos aprender y crecer juntes? ¿En qué momento la solidaridad se convierte en una frase vacía de contenido? ¿Cómo vivimos nuestros ideales más allá de las fronteras en tiempos de guerra? ¿Cuánta organización formal o informal necesitamos? ¿Qué consideramos que es vencer en las luchas en las que estamos comprometides?

Imaginemos la Internacional Autoritaria

Los periodistas a sueldo que hablaron de la reunión de Saint-Imier sacaron a relucir los tópicos habituales sobre el anarquismo. «Mucho de lo que se ofrece aquí es contradictorio», declaró un periodista. Criticando una charla poco concurrida en la que un anciano alemán repitió como un loro parte del argumentario pro-ruso sobre Ucrania, el mismo autor se jactó:

 «Esto sería impensable en un programa dirigido y moderado. Pero eso también requeriría más autoridad de la que a la mayoría de los anarquistas les gustaría».

Mucha gente que no ha estado previamente expuesta al anarquismo da por sentado que «más autoridad» es la solución para todos los problemas. La cuestión, por supuesto, es cómo decidir quién ejerce esa autoridad. En Rusia, donde podría decirse que hay más autoridad que en Suiza, las autoridades son las mismas que promueven los temas de conversación con los que este periodista no estaba de acuerdo.

Para tener otra perspectiva, imaginemos una reunión comparable del bando contrario. Imaginemos la Internacional Autoritaria, un evento que acoge a todos los que creen apasionadamente en la importancia de la autoridad como valor en sí mismo. ¿Sería menos contradictorio, menos polémico?

¿Qué lugar y qué aniversario elegirían los partidarios de la autoridad? Cada nacionalista propondría la capital de su propio país; cada monárquico abogaría por la fecha de la fundación de su línea real favorita. Tal vez la ciudad de Roma podría satisfacer a casi todos: a los republicanos por la República Romana, a los imperialistas por el Imperio Romano, a los autócratas por el golpe de Estado que convirtió a aquélla en éste, a los católicos por el Vaticano, a los nazis por la Marcha sobre Roma que llevó al fascismo al poder. Pero, ¿qué fecha elegirían?

Incluso si se pusieran de acuerdo sobre el lugar y la hora, pensemos en lo amargamente que discutirían, unidos sólo por la fe en la importancia de la jerarquía, la centralización y la dominación. Los defensores de la teocracia religiosa, la dictadura militar, la oligarquía corporativa y la república constitucional se gritarían unos a otros, cada uno esforzándose por obligar a los demás a obedecer a su déspota o código legal preferido. Los devotos de Ayn Rand discutirían con los estalinistas; los miembros del Ku Klux Klan que votan a Trump se pelearían con los serios socialdemócratas noruegos.

¿Cómo resolverían los tecnócratas y los líderes de las milicias sus diferencias sobre cómo repartir la autoridad? ¿Votando? ¿Bajo un riguroso proceso de selección? ¿Mediante la fuerza bruta?

Los capitalistas competirían por desplumarse unos a otros. Los alimentos, la vivienda y otras necesidades sólo estarían disponibles a precios de mercado, o peor aún, si algún magnate o agencia estatal consiguiera establecer un monopolio. (¿Qué es un monopolio, sino «más autoridad» en el ámbito de la economía?)

En lugar de discrepar sobre cómo poner fin a la guerra en Ucrania, los asistentes contenderían por sacar provecho de ella o emular las estrategias de Putin para reprimir los movimientos de protesta. En lugar de debatir sobre el protocolo de seguridad de la COVID-19, algunos discutirían sobre cómo crear una escasez artificial en el acceso a los tratamientos médicos como forma de aumentar los beneficios, mientras que otros estudiarían cómo utilizar los cierres patronales como pretexto para aplastar la disidencia. Por un precio considerable, los asistentes podían elegir entre talleres con títulos como «Da tu propio golpe de Estado» y «El férreo imperio de la ley».

Detengámonos aquí antes de que reinventemos accidentalmente la Sociedad de Naciones o la Bolsa de Nueva York. Desde este punto de vista, los diversos grupos y discursos que convergieron en Saint-Imier parecen sorprendentemente coherentes. Tomar como punto de partida la simple idea de que la desigualdad y la opresión son cosas malas no resolverá todas las cuestiones que se nos plantean. Pero nos pondrá en la buena dirección.

La mesa de CrimethInc. en la zona de la feria del libro de Saint-Imier, uno de los casi cien proyectos editoriales anarquistas que estaban representados allí.

Faltó algo

Es difícil evaluar el festival de Saint-Imier. Miles de anarquistas de diferentes partes del mundo (la mayoría de Europa occidental y meridional) crearon tantos mundos paralelos que nadie pudo decir algo sobre la mayoría de ellos. Desde representaciones teatrales y conciertos hasta la feria del libro y cientos de talleres/presentaciones/encuentros, la diversidad del movimiento anarquista estaba allí, pero al mismo tiempo faltaba algo…

Para un evento que celebra uno de los hitos más importantes en el surgimiento de un movimiento anarquista organizado, había poco espacio que pudiera llevarnos más lejos en el tema de la organización internacional. Hablando de esto con algunes compañeres, me dijeron que esas eran unas expectativas equivocadas para tener respecto a un evento que se presentaba más como un festival que como un congreso o algo por el estilo.

Como festival, el acontecimiento de Saint-Imier se sostiene: había suficiente entretenimiento y programación seria para mantenerte ocupado. La infraestructura estaba ahí para consumir y participar en estructuras de voluntariado. Pero más allá del consumo, las ideas revolucionarias del siglo XIX parecen haber desaparecido de algunas partes del movimiento anarquista del mismo modo que han desaparecido de las cabezas de los relojeros suizos.

Con el declive del movimiento anarquista en algunas partes del mundo, la pregunta sigue en el aire: ¿necesitamos más festivales con programas completamente abiertos, con la esperanza de que haya cooperación en algún lugar a puerta cerrada? (Estoy bastante seguro de que hubo cierta cooperación en St.Imier, al menos a nivel de grupos individuales). ¿O es que al movimiento anarquista internacionalista le falta algo más importante para mantener vivas las ideas y seguir apoyándose mutuamente más allá de las fronteras?

Arte callejero en Saint-Imier con una cita de Hélène Cixous.

Vida de pueblo

El encuentro internacional antiautoritario que tuvo lugar en la pequeña ciudad de Saint-Imier construyó una especie de vida de pueblo paralela.

Este pueblo de 5000 anarquistas mostraba una intensa vida rural con sus rumores, sus intensos conflictos y su apoyo mutuo, con sus patrones en los que nos encontrábamos con la misma gente en cada esquina cada día y, sin embargo, era imposible encontrarse con algunas personas ni una sola vez en el transcurso de cinco días. A algunes les irritaba el formato; no entendían si se trataba de una reunión o de un festival o de algo intermedio.

Les veteranes de anteriores encuentros en Saint-Imier afirman que siempre ha habido debates encarnizados, pero los temas cambian. En comparación con la última gran reunión (en 2012), este año fue mucho más «queer» y no hubo debates sobre comer o no comer carne; esta vez, todo era vegano, con diferentes cocinas para la comida sin gluten y una cocina extra para las personas alérgicas. ¡Maravilloso! Fueron sorprendentes los esfuerzos de abastecimiento. Y esta vez no hubo disturbios de personas carnívoras.

Fue un espacio increíble en el que se pudo reunir a gente de Chile y Bielorrusia para comparar notas sobre sus experiencias participando en insurrecciones y enfrentándose a la represión. Un día, a la misma hora, podías elegir entre el taller «Aborto DIY» y el taller «Parto feliz».

Algunos de los puntos polémicos de este año fueron:

-Hubo algunas charlas sobre la «dictadura del coronavirus» y la «obligación» de vacunarse, que irritaron a mucha gente debido a su proximidad con las teorías de la conspiración. Algunas personas sacaron a relucir sus argumentos antivacunas incluso en talleres que no tenían nada que ver con el tema.

-Crítica antirracista (por ejemplo, una crítica a una presentación de Sea Punks en el sentido de que reflejaba una actitud de «salvador blanco»).

-Hubo un gran alboroto por un ataque a una mesa de libros, en la que se destruyeron algunos libros que les atacantes consideraban islamófobos.

Para nosotres, el mayor enfrentamiento se produjo en torno al tema de la guerra en Ucrania. Estalló el segundo día en una mesa redonda sobre la resistencia ucraniana a la invasión. A les organizadores no les interesaba discutir «si» había que apoyar la resistencia ucraniana; querían hablar de «cómo». Algunes autoproclamades antimilitaristas no lo aceptaron; al final, pusieron el grito en el cielo por la censura, diciendo cosas como «¡No sabéis lo que es la anarquía!».

A lo largo de la semana también se celebraron varios actos supuestamente antimilitaristas, que no fueron interrumpidos por quienes apoyan a les luchadores antiautoritaries en el frente de Ucrania. Pero en la mesa redonda sobre las perspectivas antiautoritarias del apoyo a la resistencia ucraniana, algunes que se autodenominaban como antimilitaristas intentaron sabotear el acto. Hubo gritos y empujones, que volvieron a traumatizar a las personas de Ucrania que estaban en la tarima para hablar. Se rieron en voz alta durante el minuto de silencio en recuerdo de nuestres camaradas que murieron luchando contra Putin. Fue feo y contrario a la solidaridad, o incluso a la decencia humana. Pero, aun así, al final del día, había mucha más gente dispuesta a escuchar las experiencias de les anarquistas directamente afectades por la guerra y el imperialismo de Putin. Hubo muchas voces de solidaridad de todo el mundo, y eso fue fortalecedor.

Lo más bonito que escuchamos fue un taller de canto antifascista, en el que incluso gente que se resiste a cantar abrió sus mentes y sus bocas y encontró un momento de relajación mutua alzando su voz.

La última noche, nos encontramos en la calle con unes vecines que hablaban del encuentro. Une le decía al otre que era bueno que se celebrara este evento: por fin, había algo de actividad en el pueblo. Y eso a pesar de las pintadas, los cortes de calles y las cancelaciones de trenes.

La reunión de Saint-Imier… fue diversa, emotiva, vibrante y ruidosa.

P.D.: El domingo por la noche, una vez finalizado el acto y cuando la gente estaba limpiando y volviendo a casa, una fuerte tormenta eléctrica azotó la ciudad. Las noticias informaron de que había un metro y medio de agua en la plaza central, pero que nadie resultó herido. Esperamos que todo el mundo esté a salvo.

«Por favor, no haya conflictos políticos». Un cartel satírico en Saint-Imier.

Algunas quejas

La DPA [Deutsche Presse-Agentur], la mayor agencia de prensa de Alemania, informó sobre la reunión anarquista con la notable conclusión de que incluso había una calle con el nombre de Bakunin en St. Imier, pero que era un callejón sin salida.

Por supuesto, esta no es mi valoración de las ideas anarquistas. Sin embargo, yo también tengo que sacudir la cabeza ante algunos desarrollos de la subcultura anarquista. Mis sentimientos van del asombro divertido a la triste resignación.

Por ejemplo, a falta de cualquier otra infraestructura de comunicación capaz de llegar a un número comparable de personas, el equipo organizador intenta llegar a los participantes haciendo anuncios por megáfono en las colas de comida. La gente debe cruzar las vías sólo por los pasos a nivel oficiales, se nos dice, o de lo contrario se cobrarán enormes multas al equipo organizativo. Y si se pintan las fachadas de las casas, la caja colectiva tendrá que pagar la limpieza y, además, la falta de simpatía en el pueblo reducirá las posibilidades de que un evento así pueda volver a celebrarse aquí.

¿Por dónde empiezo? ¿Debo señalar que la muerte de Sébastien durante el transporte Castor en Francia en 2004 me enseñó a pisar las vías del tren sólo en acciones muy bien planificadas? ¿Que no tengo ni idea de la situación jurídica suiza y, por tanto, no sé si el cruce de vías por parte de los participantes en un evento puede cobrarse económicamente a les organizadores? ¿Qué me habría interesado obtener esta información? ¿Qué los anuncios se centran en el dinero y no en el sentido y el sinsentido o los peligros de cruzar las vías? ¿Qué me parece fuera de lugar llevar a cabo debates subculturales con pintadas en las paredes de las casas de Saint-Imier?

Pero mi primer impulso es otro: la desobediencia. Y creo que es por la forma de comunicación.

Tuve la sensación de que algunas de las personas que hicieron estos anuncios me trataban con la misma condescendencia con la que me tratan las autoridades en otros lugares. Sus llamamientos parecían dar por sentado que «nosotres» querríamos «lo mismo» sin rechistar. ¿Qué es ese «lo mismo» que se transmite en el subtexto? ¿Una reunión que recibe informes positivos en los medios de comunicación? ¿Un municipio que no se opone a volver a acoger un acontecimiento de este tipo dentro de diez años? Que yo personalmente comparta estos objetivos es irrelevante para mi malestar. Lo que me molesta es que se tachen otras opiniones de desviaciones indeseables. Porque las respuestas podrían ser diferentes y esas posiciones también merecen su espacio.

«Por favor, no pongas carteles si no eres organizador». Un cartel irónico.

Una historia de críticas

La gente tiende a ver el pasado con lentes de color de rosa mientras se centra en los aspectos negativos del presente. Les anarquistas no son una excepción. Comparando el encuentro de 2023 con el de 2012, por ejemplo, algunes participantes se quejaron de que el de 2012 fue un evento serio de organización política, mientras que el de 2023 no fue más que una gran fiesta.

Yo no estuve en la reunión de 2012, pero leí los informes que aparecieron después. Les asistentes denunciaron que no había suficiente contenido político significativo, que los debates eran superficiales, que no había suficiente compromiso con cuestiones en torno a la raza y el género y que faltaban estructuras adaptadas que garantizaran la accesibilidad. Hubo controversia porque se tiró una tarta a un político que, al parecer, había denunciado el anarquismo militante. Las personas veganas llevaron a cabo una acción contra les asistentes que estaban cocinando carne.

Les organizadores del encuentro de 2012 también fueron criticados por intentar confeccionar elles mismes el programa. Un crítico refunfuñó: «Si se convoca otro encuentro internacional en el futuro, sería estupendo ver los principios anarquistas de cooperación y responsabilidad compartida al frente de la organización».

Podría decirse que les organizadores del encuentro de 2023 rectificaron, creando un proceso casi totalmente abierto a través del cual cualquiera podía anunciar un evento. Y, sin embargo, sorprendentemente, este experimento tuvo más o menos éxito en sus propios términos. La próxima vez, podemos anticipar que les organizadores volverán a sobrecorregirse, reaccionando contra las deficiencias y las críticas del encuentro de este año.

La crítica es una parte esencial de la organización. Pero el papel adecuado de la crítica es informar nuestros propios esfuerzos activos, no empantanarnos en la negatividad ni intimidar a les demás para que hagan las cosas como nosotres queremos. No debemos distraernos de los enormes logros de nuestres camaradas por el hecho de que aún haya margen de mejora.

Del mismo modo, no debemos imaginar que el movimiento anarquista puede lograr las cosas que deseamos sin nuestra participación activa.

Los fantasmas del pasado: una marioneta esqueleto en el encuentro de Saint-Imier.

Acompañades por el espíritu de Mary Shelley

Nos encontramos en las montañas del Jura experimentando una especie de fantasmagoría provocada por el jet lag y el agotamiento por el calor. Al llegar a Saint-Imier, empleamos las pocas palabras francesas que no se habían evaporado de nuestras mentes como conjuros para invocar un espresso que nos sacara de la niebla. Con cada espresso ingerido, éramos más conscientes de lo que estaba ocurriendo. Cada vez estábamos más impresionades por la logística de la comida y más fascinados por la multitud. Cada día llegaba más gente de Latinoamérica, los Balcanes, Europa del Este y, por alguna razón, muchos de Leipzig (Alemania) en particular.

Aunque era en gran parte un mar lingüístico de francés y alemán con salpicaduras de italiano o español, nuestros acentos estadounidenses se colaban entre las corrientes y llegaban a oídos curiosos. En una ocasión, une anarquista británico se puso a charlar con nosotres en el arroyo que había junto a la pista de hielo donde se celebraba la feria del libro. Comparamos notas sobre las corrientes de transfobia y la recuperación de la lucha trans en nombre de las identidades en la sociedad de consumo en nuestros respectivos contextos. Lamentándonos de la pesadilla climática, exploramos la posibilidad de que las bodegas de vinos oscuros salgan ganando. Repasamos el drama de las ferias del libro anarquistas de nuestras respectivas regiones y nos compadecimos de la difícil situación económica en la que vivimos, a pesar de estar situades en el corazón del Imperio.

Otro de esos encuentros tuvo lugar detrás del Espace Noir. Estábamos sentades en medio de una espesa humareda, soles en medio de una multitud, discutiendo desde hacía un rato sobre diversas cosas, pero cuando une de nosotres mencionó Chicago y otre las gorgonas, una persona suiza mayor intervino: «¿Qué es eso de las gorgonas?».

«Las gorgonas solían ser figuras guardianas», respondió une de nosotres. La conversación derivó de los monstruos como presagios al monstruo de Frankenstein como representación de «lo abyecto» y «lo excluido», y de ahí a la revelación de que Mary Shelley escribió Frankenstein mientras viajaba en tren por la región del Jura, citando en todo momento la poesía de sus amigos. Todes nos reímos mucho de la cerveza «Schützengarten», lo que abrió la puerta a la conversación sobre las armas: nosotros nos sorprendimos de la cultura de las armas deportivas en Suiza y las suizas se sorprendieron de que practicáramos habitualmente una versión del tiro al plato que incluye disparar latas de cerveza desde un AR15 legalmente modificado para poder dispararlas al aire con una escopeta deportiva. Esta conversación nos dejó pensando en las brechas generacionales en el anarquismo estadounidense y en cómo sería buscar encuentros más afectivos en lugar de más formales y estructurados.

Esta «búsqueda de lo afectivo» no fue muy bien en la práctica, ya que a une de nosotres se le rompieron las gafas al pasar por una cuneta, la noche anterior a nuestra charla, pero en nuestra penúltima noche en Saint-Imier, encontramos con éxito la fuente de la música gabber y hardtek que nos había acompañado a lo lejos en nuestras noches. Empezamos por el puesto de bocadillos fritos (donde la música no tenía los bpm adecuados) y pasamos por la máquina expendedora de queso. Finalmente, encontramos una minirrave en un claro junto a un puente del tren. En cuanto vimos su sistema de sonido, la logística fue inmediatamente inteligible para los que teníamos conocimientos de audio, lo que nos dio un sinfín de ideas para llevarnos de vuelta a casa.

Antes de abandonar la región, nos dirigimos a la ciudad lacustre de Neuchâtel. Junto a las hermosas aguas azules del lago y las coloridas estatuas prusianas, las paredes de la ciudad estaban decoradas con grafitis: las clásicas tres flechas que tapan las pintadas nazis, «¡ZAD Partout!» y «Nique la Police». Finalmente, vimos unas palabras de Mary Shelley escritas en la pared, perfecto para alimentar nuestras ensoñaciones.

Arte callejero en Saint-Imier: selecciones del poema de Arthur Rimbaud «Barco Borracho».

El coro

Lo último que vimos antes de marcharnos fue un conjunto coral en la plaza de Saint-Imier, formado por varios coros revolucionarios de toda Europa que cantaban juntes canciones anarquistas centenarias. Las voces del pasado se dirigían a nosotres en el presente. Fue profundamente conmovedor.

Las tendencias, las controversias, incluso les individues anarquistas van y vienen, pero el espíritu de lo que estamos haciendo es más grande que nosotres, más antiguo que nosotres, y es un honor ser testigo de su transmisión de un siglo a otro.

Un cancionero anarquista abierto a una canción clásica en Saint-Imier, 2023.

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NOTAS:

[1] A grandes rasgos, podemos caracterizar así la política asociada a estas corrientes: Proudhon (pro-mercado, anti-estado, anti-feminista, anti-insurrección), Blanqui (anti-capitalista, pro-estado, anti-feminista, pro-insurrección), Marx (anti-capitalista, pro-estado, pro-feminista, anti-insurrección) y Bakunin (anti-capitalista, anti-estado, pro-feminista, pro-insurrección).

[2] Las dos secciones americanas de la Internacional estuvieron representadas en Saint-Imier por Gustave Lefrançais, participante en la Comuna de París y, por cierto, la persona a la que se dedicó la letra del himno revolucionario «La Internacional».

[3] Teniendo en cuenta que la Internacional había sido fundada en 1864, los cinco años de actividad de la «Internacional Antiautoritaria» entre 1872 y 1877 se comparan bastante favorablemente con los ocho años durante los cuales Marx estuvo involucrado antes de eso. La última parte de la historia es menos conocida simplemente porque la gran mayoría de la historia de la Internacional ha sido pasada por alto por los marxistas.

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