Hace ya tiempo del inicio de la aniquilación del mundo rural tradicional por parte de los gobiernos de los estados occidentales. El cambio al nuevo régimen trajo el desprecio y la desacreditación de la cultura y los modos de vida de las gentes del campo. En el siglo XX a las políticas nacionales de desmantelación (desatención, institucional-burocratización, reformas agrarias, embalses, eucaliptos…) se unen los medios de comunicación (mass media, con las imágenes, valores y necesidades creadas que promocionan) y de transporte, primero; y la entrada en la UE (con la injusta, antidemocrática, hipócrita y neoliberal PAC, causa del fin de tantas unidades familiares remotas), después; para completar la debacle desintegradora y demográfica que emprendiera la actitud del estado siglos atrás.
En el caso de la cornisa cantábrica se hizo cierta la teoría de que a una centralidad política le basta con especializar un territorio para dominarlo, al impedir su autosuficiencia. Desde finales del siglo XIX las huertas van desapareciendo (sustituidas por pastos para la diosa vaca) y el campo y la montaña se convierten en terreno con vistas al interés capitalista. Pantanos, minas, industrias, infraestructuras viarias, aves, parques eólicos, estaciones de esquí, insumos… persisten en comprometer la salud de los pueblos y apuntalan la crisis rural basando el desarrollo en los dictados del modo de vida urbano (ayudas, empresas, productivismo, turismo). Las pérdidas cultural (usos y costumbres, semillas, fiestas, habla, toponimia) y patrimonial (inmueble, biomasa) son inimaginables, innumerables y avanzan día a día.
Como suele decirse, las condiciones de vida en las ciudades (meros nodos capitalistas) empujan a la gente a volver al pueblo, pero casi nunca a producir comida, que es la esencia del agro. El campo necesita y merece ser habitado; debe atraer población y volver a la multifuncionalidad, algo complicado por incomprensible según los parámetros político-económicos imperantes (trabajo, consumo, especulación). Estas críticas condiciones a las que nos ceñimos invitan a una oportunidad valiente. Es factible y deseable la organización, el apoyo mutuo, de muchos pequeños productores, el aprovechamiento de baldíos y montes (aún sin cuestionar la explotación animal), la gestión de recursos (revegetación) y la reactivación de las economías y los mercados locales. Y es crucial atender y aprender de los movimientos indígenas americanos, ejemplo de autenticidad, entrega y lucha que siempre y vilmente se nos oculta.
Si son razonables las ideas de que la sostenibilidad bien entendida es un camino y de que para contrarrestar las diferencias de clase a escala mundial debemos reducir bastante nuestro consumo, la montaña se antoja como un marco propicio para la búsqueda de la humildad (sencillez, capacidad de sacrificio, tesón) y la dignidad robadas a nuestros bravos antepasados. Se trataría, entonces, de asir las virtudes de la antigüedad e ir superando sus defectos y los hándicaps territoriales, con cierta ayuda, quizás, de la ciencia y la técnica.
En los lugares, aldeas, etc. de Cantabria abundan (aunque mucho menos que en Asturias) las casas en venta, abandonadas o raramente habitadas, susceptibles de ser adquiridas u ocupadas y rehabilitadas, de servir al ensayo de nuevas formas de tenencia y usufructo. Esto sumado a una disposición sobre los terrazgos del satisfactorio trabajo de la tierra plantearía un intento de independencia frente al estado, libertad de retar su autoritarismo en estos tiempos de la comodidad de internet y la facilidad del toque de tecla.
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